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Afganistán: el carácter pro imperialista del feminismo liberal

Madeleine Freeman

Sou Mi

Imperialismo

Afganistán: el carácter pro imperialista del feminismo liberal

Madeleine Freeman

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Ideas de Izquierda

[Desde Nueva York] El imperialismo estadounidense es responsable de las condiciones a las que se enfrentan hoy las mujeres en Afganistán y en otros países en todo el mundo. El feminismo liberal, con toda su dependencia del Estado capitalista e imperialista, no conduce a otra cosa que a un callejón sin salida cuando se trata de la liberación de la clase trabajadora y de las mujeres pobres.

Mientras Joe Biden iniciaba la retirada de las tropas de Afganistán y una ciudad tras otra caían en cuestión de días bajo el control de los talibanes, el mundo observaba con horror las escenas de Kabul y de todo el país: soldados estadounidenses a quienes las familias les alcanzaban bebés con la esperanza de intentar ponerlos a salvo, cuerpos que caían de los aviones mientras los ciudadanos estadounidenses, funcionarios y aliados que estaban dentro eran sacados del país, y la represión de las fuerzas talibanas mientras los afganos luchaban por proteger su futuro.

Se produjo una feroz reacción de los dos partidos del régimen contra Biden por los acontecimientos que se están produciendo en Afganistán, desde los progresistas que denuncian la caída de la democracia ante las fuerzas de la reacción fundamentalista, hasta los neoconservadores que lamentan el humillante final de la guerra más larga del imperialismo estadounidense. Los titulares y columnas de opinión de todas las principales publicaciones burguesas tocan la marcha fúnebre de la etapa de la luna de miel con la administración Biden y hacen sonar las alarmas de un paisaje geopolítico cambiante, tras este último golpe al imperialismo estadounidense. Los ruidos de la primera gran crisis de la administración Biden son ensordecedores.

Pero por encima del estruendo se oye un coro rotundo: ¿qué pasa con las mujeres y las jóvenes de Afganistán?

Los políticos, las figuras públicas y los analistas de EE. UU. y del mundo, que guardaron silencio durante años sobre las terribles condiciones a las que se enfrentaban las mujeres y los niños en Afganistán cuando eran las bombas estadounidenses las que mataban a la gente en sus casas y los comandantes de las milicias respaldadas por Estados Unidos los que golpeaban y mataban a las mujeres, de repente han recuperado su voz.

Un grupo de senadores de ambos partidos, encabezado por los demócratas Bob Menéndez y Edward Markey, ya ha firmado una carta en la que insta al Secretario de Estado Anthony Blinken y al Secretario de Seguridad Nacional Alejandro Mayorkas a tomar medidas especiales "para proteger a las mujeres afganas", afirmando que "están gravemente preocupados por la seguridad de las dirigentas, las activistas, juezas, parlamentarias y defensoras de los derechos humanos".

António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, dijo en una declaración ante el Consejo de Seguridad de la ONU que está "especialmente preocupado por los relatos de las crecientes violaciones de los derechos humanos contra las mujeres y niñas de Afganistán, que temen volver a los días más oscuros".

El senador republicano por Texas, Michael McCaul, un opositor explícito a los derechos de las mujeres y al acceso al aborto, también expresó repentinamente una abrumadora preocupación por los derechos de las mujeres, diciendo: "Estamos viendo cómo se desarrolla esta pesadilla, un desastre sin paliativos de proporciones épicas, y lo que más me preocupa son las mujeres que quedan allí y lo que les va a pasar".

Nancy Pelosi se apresuró a decir que está "profundamente preocupada por los informes sobre el trato brutal de los talibanes a todos los afganos, especialmente a las mujeres y las niñas", y que "Estados Unidos, la comunidad internacional y el gobierno afgano deben hacer todo lo posible para proteger a las mujeres y las niñas del trato inhumano de los talibanes".

Sin lugar a dudas, la centralización del poder por parte de los talibanes –un grupo nacionalista étnico-religioso que tienen concepciones reaccionarias radicales contra las mujeres– ya ha puesto en peligro a cientos de miles de mujeres y niñas y presagia el retroceso de los logros alcanzados por el movimiento feminista afgano en las últimas dos décadas. Hay informes desde dentro de Afganistán que cuentan historias de mujeres que temen salir de sus casas por miedo a ser golpeadas por los soldados talibanes, mujeres que trabajan para llevar el alimento a sus familias y a ellas mismas a las que se les prohíbe entrar a las universidades, y activistas que temen por sus vidas y que son señaladas como objetivos a atacar por alzar la voz contra los talibanes.

Si el avance de los talibanes en Afganistán durante los últimos veinte años ha demostrado algo, es que su gobierno implica una opresión brutal contra las mujeres como medio de estabilización social, despojándolas de la libertad de movimiento, de autonomía corporal y de participación en la vida pública. A pesar de las garantías de los talibanes de que "no habrá violencia contra las mujeres" para conseguir el apoyo y el reconocimiento internacional, no hace falta imaginar cómo será su gobierno; el "regreso" de los talibanes a las áreas metropolitanas de Afganistán más directamente bajo la influencia de Estados Unidos ha sido una realidad para muchas mujeres en todo el país durante años: palizas y ejecuciones públicas, mujeres a las que se les prohíbe buscar atención médica sin un acompañante masculino y mujeres jóvenes a las que se les niega el acceso a la educación o la posibilidad de ganarse el sustento para sus familias después de que sus padres y hermanos fueran asesinados por las fuerzas talibanas, por el ejército afgano o por Estados Unidos.

Sin embargo, la efusión de tanta piadosa indignación en nombre de las mujeres y niñas de Afganistán es un eco morboso de las mismas razones engañosas que se utilizaron para invadir ese país en 2001 y que crearon las condiciones para la opresión de las mujeres afganas durante las últimas dos décadas. De hecho, las mujeres de Afganistán han sido tratadas como peones del imperialismo desde antes de la ocupación soviética de 1979, utilizadas primero como excusa para entrometerse e invadir y luego descartadas como daños colaterales en la búsqueda de ganancias para los capitalistas extranjeros y locales, así como de influencia en la región.

Los llamados a "salvar" a las mujeres de Afganistán de las garras de los reaccionarios talibanes en nombre de los "derechos humanos" y la "democracia" son poco más que una nueva justificación para la continua intervención imperialista en Afganistán y en otras partes del mundo, ya sea en forma de apoyo militar o de "ayuda humanitaria". La intervención imperialista nunca ha "salvado" a las mujeres de Afganistán ni lo hará; su base ideológica en los principios del "feminismo liberal", con su dependencia del Estado capitalista, no ofrece ningún camino más allá de cooptar a las feministas en el redil capitalista y convertirlas a ellas mismas en opresoras. Cualquiera de los avances logrados en el terreno de la libertad y los derechos de las mujeres no fue producto de la intervención de Estados Unidos o de sus aliados en el gobierno afgano, sino por la movilización independiente de las feministas afganas. Mientras los talibanes se afianzan en el poder y el futuro sigue siendo incierto para los millones de mujeres afganas que permanecen en el país o se desplazan como refugiadas por todo el mundo, su supervivencia depende de los millones de afganas hartas tanto de los talibanes como de los gobiernos respaldados por Estados Unidos y que buscan sus propias soluciones. Su liberación depende de la alianza del movimiento de mujeres afganas con la clase obrera y los oprimidos dentro del país y en toda la región, para que ni el imperialismo estadounidense, ni los talibanes, ni la Alianza del Norte decidan por los explotados y oprimidos del país.

El costo de 20 años de ocupación estadounidense

Una breve foto de las condiciones en todo Afganistán es suficiente para mostrar definitivamente que 20 años de intervención estadounidense y su imposición del feminismo imperialista a punta de fusil, lejos de mejorar drásticamente la vida de la mayoría de las mujeres del país, ha garantizado directamente su continua opresión. A los defensores de la guerra de Afganistán y del feminismo liberal les gusta señalar a un puñado de mujeres periodistas, médicas y otras "profesionales" –así como a alguna que otra figura política o capitalista– que residen en las principales ciudades del país para mostrar la influencia positiva del capitalismo estadounidense; también les gusta ignorar a los millones de mujeres de la clase trabajadora y pobres que han sido repetidamente desplazadas, empobrecidas, mutiladas y asesinadas en el curso de una guerra civil librada con el apoyo de Estados Unidos durante varias décadas.

Estados Unidos no solo desempeñó un papel fundamental en la creación de los talibanes y apoyó a las milicias fundamentalistas para doblegar a la Unión Soviética, que ocupaba el país, sino que, desde que cambiaron de bando en la década de 1990 e iniciaron su propia invasión en 2001, las fuerzas estadounidenses en Afganistán han permitido y participado en innumerables casos de violencia contra las mujeres por parte de los líderes de la Alianza del Norte y de las milicias locales. Dice Tariq Ali:

En cuanto a la situación de las mujeres, no ha cambiado mucho. Ha habido poco progreso social por fuera de la Zona Verde, infestada de ONGs. A pesar de las reiteradas peticiones de periodistas y activistas, no se han publicado cifras fiables sobre la industria del trabajo sexual que creció al servicio de los ejércitos de ocupación. Tampoco hay estadísticas creíbles sobre violaciones, aunque los soldados estadounidenses recurrieron con frecuencia a la violencia sexual contra "sospechosos de terrorismo", violaron a civiles afganos y dieron luz verde a los abusos a menores por parte de las milicias aliadas.

Incluso mientras denunciaba el trato que los talibanes daban a las mujeres, Estados Unidos respaldaba a la Alianza del Norte y le brindaba reconocimiento internacional en el ámbito de la ONU, a pesar de las escasas diferencias ideológicas con los talibanes en lo que respecta a los derechos de las mujeres. Muchos de esos dirigentes tenían cargos en el gobierno afgano hasta el momento en que los talibanes tomaron el poder la semana pasada.

Ni hablemos de los estragos que la guerra se ha cobrado entre los afganos que viven en la región o que han sido desplazados de sus hogares en el transcurso de ella; las mujeres y los niños han sido los que más han sufrido la violencia en las últimas décadas, primero bajo la mirada de la Unión Soviética, luego bajo la de los talibanes y después bajo la de la República Islámica de Afganistán y las fuerzas estadounidenses.

Según los informes oficiales, más de 71.000 civiles han muerto como consecuencia directa del conflicto en Afganistán y Pakistán. Al menos 7.679 de esas muertes eran niños. Desde 2010, más de 3.000 mujeres han muerto como consecuencia de los combates, y más de 7.000 han resultado heridas. Según un reciente informe de la ONU, "en el primer semestre de 2021 murieron y resultaron heridos en Afganistán más mujeres y niños que en los seis primeros meses de cualquier año desde que se iniciaron los registros en 2009". Ha sido el año más letal para las mujeres y los niños en una década. Por supuesto, es probable que las cifras reales sean bastante más altas y no tengan en cuenta los cientos de miles de personas que han muerto de hambre, enfermedades y heridas.

En el momento de la caída de Kabul en manos de los talibanes, a mediados de agosto, había más de 3,5 millones de personas desplazadas solo en Afganistán, que vivían en refugios improvisados sin acceso adecuado a agua, atención sanitaria y alimentos. De las 555.000 personas desplazadas solo este año, el 80% son mujeres y niñas. Esto sin mencionar los millones de refugiados afganos que han huido de su país, para escapar de la persecución y la pobreza para terminar enfrentándose a condiciones similares en países como Irán, Turquía y Alemania.

La intervención estadounidense y la constante guerra civil, a la vez que son lucrativas para los fabricantes de armas de Estados Unidos y llenan los bolsillos de los funcionarios afganos y talibanes, crearon unas condiciones de extrema pobreza que debilitan las continuas luchas de las feministas afganas por su vida y por la ampliación de sus derechos. En 2020, un 47,3 % de la población vivía por debajo del umbral de pobreza. La tasa de desempleo en Afganistán es del 11 %, con tasas más altas entre las mujeres que los hombres. Es posible que más mujeres se hayan incorporado a la fuerza de trabajo a partir de que los talibanes perdieran el poder en 2001, pero la mayoría se enfrenta a condiciones precarias y a salarios bajos. Aunque las tasas de alfabetización han mejorado entre las mujeres de algunas zonas de Afganistán, el porcentaje de adolescentes afganas que saben leer sigue siendo del 37 %.

Estas condiciones, unidas a las leyes represivas y a las prácticas religiosas aplicadas con violencia, han hecho que millones de mujeres en Afganistán dependan no solo de sus parejas y familiares masculinos para sobrevivir, sino también de las milicias y los señores de la guerra equipados con armas estadounidenses. Estos son los fundamentos materiales del sexismo y de los altos índices de violencia contra las mujeres en la región.

Estados Unidos invadió Afganistán con la excusa de rescatar a las mujeres y los niños afganos del fundamentalismo islámico. Pero desde el vamos quedó claro que sus prioridades eran la formación de un régimen servil a sus intereses y obtener ganancias a partir de la guerra. Estados Unidos ha gastado más de 2 billones [millones de millones] de dólares en el conflicto, casi "1.000 veces más dinero en su intervención militar que en las iniciativas por los derechos de las mujeres".

Según explicaron recientemente las representantes de la organización feminista Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA), existe una línea directa entre la invasión estadounidense y la opresión a la que se enfrentan hoy las mujeres en Afganistán:

Estados Unidos invadió Afganistán con el pretexto de los "derechos de las mujeres", pero lo único que ha traído a nuestras mujeres en los últimos dieciocho años es violencia, asesinatos, violencia sexual, suicidios, autoinmolaciones, y otras desgracias. Estados Unidos llevó al poder a los enemigos más feroces de las mujeres afganas, los fundamentalistas islámicos, y cometió una traición imperdonable contra nuestras sufridas mujeres. Esta ha sido su táctica durante las últimas cuatro décadas. Al alimentar a los yihadistas, los talibanes y el ISIS, que son todos elementos fundamentalistas islámicos y no solo criminales asesinos, sino también misóginos, Estados Unidos ha oprimido a nuestras mujeres en la práctica.

El callejón sin salida del feminismo liberal

La realidad de la ocupación estadounidense pone al descubierto las mentiras que se han dicho durante los últimos 20 años para justificar la ocupación continua de Afganistán y el apoyo al gobierno afgano. Pero también ha dejado claro que el feminismo liberal no ofrece ninguna solución a las mujeres afganas ni a ninguna otra mujer que luche contra la opresión en cualquier parte del mundo. Al celebrar la intervención militar de Estados Unidos, creó un relato falso de que el feminismo occidental salvaba a las mujeres árabes y musulmanas de las garras de sus culturas reaccionarias, mientras que simultáneamente debilitaba los movimientos feministas anti-imperialistas locales y recortaba la vida de la mayoría de las mujeres a lo largo de los años mientras unos pocos se beneficiaban. En ninguna parte es esto más evidente que en la fetichización de la burka y del hijab como símbolos de la opresión de la mujer, tanto en los países musulmanes como en las democracias occidentales. Vuelven a utilizarse estos mismos argumentos cuando se renuevan los llamados a "rescatar" de los talibanes los logros alcanzados por las mujeres en los últimos 20 años.

Esto no solo pasa por alto el hecho que el sexismo está lejos de haber sido erradicado en los países occidentales y que la mayoría de las mujeres trabajadoras y pobres en las naciones imperialistas también sufren la opresión de género a manos del Estado, sino que ignora dos elementos importantes: en primer lugar, las condiciones que dan lugar a la opresión de las mujeres en circunstancias sociales y políticas específicas –usando la imagen del "choque de civilizaciones", de democracia contra terrorismo, de cultura contra cultura– y, en segundo lugar, el papel que desempeña el sexismo en el sostenimiento de la economía capitalista.

La ideología del feminismo liberal se basa en los fundamentos económicos del capitalismo neoliberal. Afirma que la forma de luchar contra el sexismo es a través de una combinación de individualismo radicalizado, participación en el libre mercado y cooperación con el Estado capitalista para hacer que las mujeres y los hombres sean "iguales" bajo la democracia capitalista. Promete que las posibilidades de crecimiento para apenas unas pocas se derramará sobre todas; pero termina asegurando la libertad para una pequeña élite de mujeres sobre la base de la explotación de la gran mayoría de mujeres trabajadoras y pobres.

Esa es la razón por la que las feministas liberales denuncian con celeridad la difícil situación de las empresarias y políticas afganas en sus declaraciones políticas, pero parecen olvidar convenientemente a los millones de mujeres que trabajan para ellas por bajos sueldos o a las mujeres que se han visto sumidas en la más absoluta pobreza como resultado de sus políticas y de la prolongada guerra, o incluso a los millones de refugiados afganos que han escapado de los talibanes solo para terminar tratados como ciudadanos de segunda clase en otros países. Consideran que la salida en Afganistán pasa por los programas patrocinados por las ONGs para fomentar las oportunidades de las mujeres empresarias y profesionales que luego producirán ganancias, ya sea directamente para los capitalistas estadounidenses o para sus aliados en el gobierno local; mientras tanto, esas ONGs abandonan y empobrecen a muchas más mujeres que las que ayudan. Según explica Rafia Zakaria:

Los cientos de millones de ayuda al desarrollo que Estados Unidos destinó a su salvador complejo industrial estaban basados en el supuesto de las feministas de la segunda ola de que la liberación de la mujer era la consecuencia automática de su participación en una economía capitalista.

Pero, como ya hemos explicado, las condiciones de la inmensa mayoría de las mujeres de Afganistán en la actualidad –que dependen sobre todo de la ayuda exterior para sobrevivir y apuntalan gran parte de la economía afgana mediante el trabajo "informal" o no remunerado– muestran el utópico engaño de la meritocracia en la sociedad capitalista. Aunque unas pocas mujeres hayan podido ganar puestos en el gobierno o conseguir trabajos bien remunerados dentro y fuera de Afganistán, la mayoría no disfruta de esas mismas libertades, ya sea bajo el control directo de los talibanes o de las fuerzas respaldadas por Estados Unidos. En cambio, constituyen la columna vertebral de la débil economía afgana, trabajando en fábricas, escuelas, restaurantes, hospitales, etc. y realizando la mayor parte de la reproducción social no remunerada del país.

El feminismo liberal confía en el Estado capitalista para llevar a cabo la liberación de las mujeres, cifrando paradójicamente sus esperanzas en las mismas instituciones que se ocupan de garantizar su sujeción desde el vamos. Los últimos 20 años en Afganistán pintan con bastante claridad este panorama. En los papeles, Afganistán tiene una de las constituciones más progresistas de la región. Afirma inequívocamente que "los hombres y las mujeres son iguales ante la ley" y establece disposiciones para que las mujeres participen en el gobierno. Varias leyes aprobadas desde entonces han tratado de ampliar esos derechos y protecciones, en particular la Ley para Eliminación de la Violencia contra la Mujer de 2009, que "establece castigos para 22 actos de violencia contra la mujer, incluida la violación, y obliga al gobierno a tomar medidas específicas para prevenir la violencia y ayudar a las víctimas. También tipifica como delito las violaciones de los derechos civiles de las mujeres, como privar a una mujer de su herencia o impedirle que siga trabajando o estudiando".

Pero, como afirma Lenin, la igualdad ante la ley no es lo mismo que la igualdad ante la vida. La constitución y la ley para eliminar la violencia contra la mujer nunca se han aplicado plenamente en ningún lugar de Afganistán. Las instituciones gubernamentales, desde la policía hasta los tribunales, debilitan activamente las pocas protecciones que pretenden ofrecer estos documentos. Además, la Constitución estipula que la Ley contra la Violencia y cualquier legislación posterior también están sujetas a un una impugnación legal legítima mediante la aplicación de la Sharia y del restrictivo código penal de 1976, lo que permite que la religión sea utilizada como arma por el Estado para subyugar a las mujeres en beneficio de una falsa estabilidad social. Además, las escasas protecciones que las mujeres han ganado en Afganistán a lo largo de los años están siendo atacadas constantemente por elementos reaccionarios dentro del gobierno afgano y por las fuerzas talibanas fuera de las principales ciudades.

Así que, aunque a las feministas de los países imperialistas les guste darse palmaditas en la espalda por haber apoyado el derrocamiento de los talibanes en 2001 y la institución de un gobierno que hizo ciertas reformas por decreto, la realidad de la desigualdad y la violencia de género a manos de los aliados, las milicias y el Estado muestra otra historia en cuanto a la extendida opresión de género que hay en el país. Según un informe de la Base de Datos Global de la ONU sobre la Violencia contra la Mujer, el 46 % de las mujeres afganas han denunciado casos de agresión sexual o física por parte de sus parejas en los últimos 12 meses. Como informa Oxfam, el 87 % de las mujeres afganas sufren algún tipo de violencia a diario. Los casos que se denuncian suelen ser desechados o ignorados por la policía, que se pone del lado de los maltratadores para mantener a las mujeres “en su lugar”. En muchos casos, la propia policía es la que lleva a cabo estos actos de violencia. Según informó recientemente la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán, "casi el 15 % de los asesinatos de honor y las agresiones sexuales perpetradas contra las mujeres en los dos últimos años fueron obra de la policía".

La respuesta feminista liberal a estos inconvenientes es apoyarse más en el Estado y sus auxiliares de las ONGs –dando más fondos a los programas internacionales de seguridad de las mujeres y a la policía– y aumentar la representación de las mujeres en el gobierno. Consideraron que el limitado número de mujeres en el gobierno afgano –antes de que cayera en manos de los talibanes– era un signo de progreso e igualdad; en realidad estas mujeres no hacían más que participar en la renegociación de los términos de la explotación y opresión de la gran mayoría de las mujeres trabajadoras y pobres de toda la nación. En ningún lugar se ve esto de forma más flagrante que en las escenas de las dirigentes políticas que participaron en las negociaciones de paz con los talibanes, con Estados Unidos actuando como mediador, durante las conversaciones de paz intra-afganas de 2020.

Con la retirada de las tropas estadounidenses y el fracaso del proceso imperialista de Estados Unidos en Afganistán, las feministas liberales vuelven a buscar formas de "salvar" a las mujeres afganas de las mismas condiciones que Estados Unidos creó en el país. Al estar descartado un incremento de la intervención estadounidense, por ahora, sus horizontes se limitan a pedir sanciones contra Afganistán, un programa masivo de reubicación de las mujeres afganas que más se han beneficiado de la ocupación estadounidense y donaciones a las ONG. Como han demostrado innumerables ejemplos históricos, estas falsas soluciones conducirán sin duda a más dificultades para lidiar con el dominio talibán para las mujeres afganas que siguen en el país. En lugar de ser una presión para los gobernantes, las sanciones no hacen más que imponer una mayor carga a la clase trabajadora y a los oprimidos. Un programa de reubicación que escoge solo a las mujeres que Estados Unidos considera dignas deja a millones de las mujeres más vulnerables aún más expuestas a la pobreza, el desplazamiento y la violencia. Las donaciones a las ONG no son más que una intervención imperialista por otros medios, que integra a ciertos sectores de las economías semicoloniales en el redil capitalista y pone parches a la creciente desintegración social.

El imperialismo estadounidense es responsable de las condiciones a las que se enfrentan hoy las mujeres en Afganistán y en todo el mundo. El feminismo liberal, con toda su dependencia del Estado capitalista e imperialista, no conduce a otra cosa que a un callejón sin salida cuando se trata de la liberación de la clase trabajadora y de las mujeres pobres. El feminismo liberal nos presenta como alternativa la liberación económica de una pequeña fracción de mujeres gracias a las bombas del Estado norteamericano que arrasan el país. Debemos rechazar esta alternativa, que afirma que apoyar al Partido Demócrata es el mal menor cuando la tragedia afgana es responsabilidad del régimen de conjunto.

En Estados Unidos, un feminismo verdaderamente anti-imperialista debe estar al frente de la lucha contra la ocupación estadounidense de Afganistán, que no va a terminarse simplemente porque se hayan retirado las tropas. Debemos construir un fuerte movimiento feminista y anti-imperialista en el corazón de la bestia, para luchar inmediatamente por la apertura de las fronteras para los refugiados afganos, oponerse a las sanciones de Estados Unidos y por el fin de los bombardeos .

Traducción: Guillermo Iturbide


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