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Red Internacional

Entrevista.Adrián Vitali: “En Argentina hay más de 650 curas abusadores ocultos por la Iglesia”

El excura cordobés publicó el libro “El Secreto Pontificio”, un recorrido por historias de sobrevivientes, por la estructura encubridora montada por la jerarquía católica y el rol de los papas en la pederastia. “Para la Iglesia el abuso de un niño no es grave, es tan solo un pecado a redimir con oración”, concluye en esta entrevista donde habla de la relación de la institución con “el cuerpo”, con las mujeres y la lucha de las y los sobrevivientes.

Viernes 5 de noviembre | 20:16
Imagen y edición de video Manu Badenes

Adrián Vitali nació en Córdoba en 1967. A los 19 años decidió ingresar al seminario mayor de la capital de la provincia mediterránea. Estuvo allí siete años hasta convertirse en sacerdote. Tres años después de consagrarse, siendo cura en Villa Libertador decidió abandonar el sacerdocio tras sufrir amenazas de la jerarquía eclesiástica.

Poco antes se había enamorado de una mujer, quien producto de esa relación quedó embarazada. Al confesarle la situación al entonces cardenal Raúl Primatesta (alto cómplice de la dictadura genocida), Vitali recibió como respuesta: “te vamos a trasladar fuera del país y le vamos a pasar la cuota alimentaria al chico, vos vas a seguir siendo cura pero a ellos no los podés ver nunca más”.

Hace mucho tiempo ya que Vitali no es cura. Hoy tiene 54 años y vive con su compañera (la misma de entonces) y con sus dos hijos. Tras nueve años de investigación, entrecruzando la teología y la filosofía estudiadas en el seminario con la información que día a día fue recabando sobre diversos crímenes cometidos por curas y obispos, finalmente publicó El Secreto Pontificio. La ley del silencio .

Allí hace foco en la pandemia pederasta de la Iglesia, a través del testimonio directo de sobrevivientes, de su análisis de las normas y disposiciones internas del Vaticano para encubrir miles de casos y de un racconto de las actitudes de los últimos cinco papas, desde Pablo VI a Francisco. También ensaya una explicación histórico-política de por qué en la Iglesia los abusos son moneda corriente y nadie paga por ellos.

En el libro dice que “las religiones crean a su Dios de acuerdo con el pensamiento que tienen del cuerpo”. Para la Iglesia católica, afirma, “el cuerpo es malo y el alma es buena. Hay que salvar el alma. Los daños del cuerpo se resuelven en la confesión y con el perdón al que cometió el daño, donde hay que poner la otra mejilla para lograr la salvación siendo un buen cristiano”.

Por eso asegura que en la Iglesia “se abusa de los cuerpos inocentes de los niños y se justifica por todos los medios, no revelar el secreto, para que algún día prescriba en la conciencia de la víctima y así obtener la absolución a través de un supuesto olvido somatizado en el dolor de los cuerpos y en la angustia inexplicable del psiquismo”.

Por estos días Vitali presentó su libro en la Ciudad de Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata y otras ciudades del país. En cada caso, lo hizo junto a sobrevivientes de abusos eclesiásticos y activistas por la separación de la Iglesia del Estado y por la apostasía colectiva.

El jueves 28, en el centro Awkache de La Plata compartió mesa con Julieta Añazco (quien brinda su testimonio en el libro), el abogado de víctimas Juan Pablo Gallego (que escribió el prólogo), las periodistas Miriam Lewin y Paula Bistagnino y la abogada Pía Garralda (patrocinante junto a Gallego de Rocío, denunciante del cura Raúl Sidders). Minutos antes de esa presentación habló con La Izquierda Diario.

¿Qué es y por qué existe el “Secreto Pontificio”?

  •  El Secreto Pontificio se incorporó en 1977 con el papa Paulo VI, donde se sumaban todas las cuestiones de Estado. Como todos los estados tienen sus propios secretos, también los tiene el Vaticano. El problema es que en 2001, cuando estallan los escándalos en Boston, la Iglesia pierde el control del primer documento secreto que era Crimen Solicitación de 1962 (instaurado por Juan XXIII). Ese secreto, que duró 39 años, se filtró y necesitaban de nuevo ese secreto. Entonces lo que hizo Ratzinger, que era el secretario de Juan Pablo II de la Antigua Inquisición que es la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue incorporar el pecado de pederastia al secreto pontificio, cuando antes nunca estuvo. En 2019, cuando se suicidó el cura Eduardo Lorenzo, Francisco, para salvar a Víctor “Tucho” Fernández, arzobispo de La Plata y su fiel amigo, derogó este secreto. Todos pensaron que iba a dar los nombres de todos los curas abusadores, pero no. Sacaba el pecado de pederastia del paraguas del secreto pontificio. Hoy los delitos de pederastia en los tribunales eclesiásticos no están bajo la órbita del secreto pontificio. Hoy, una víctima puede ir al tribunal eclesiástico y pedir el antecedente del cura que abusó, es importante que las víctimas lo sepan.

    Se podría entender lo de “secretos de Estado”, pero ¿por qué la Iglesia católica en tanto religión tiene que tener secretos, por qué es tan importante para ella el secretismo, expresado claramente, según relatás en tu libro, en el archivo que tiene hace 800 años y al que sólo se accede con autorización del papa?

  •  Por el poder. En la iglesia todo lo que no es sagrado es secreto. Lo que no se puede mostrar es lo que no es sagrado, y como no se puede mostrar nadie puede acceder. El archivo vaticano tiene 800 años de existencia y la sistematización de la información que hay en ese archivo comienza en el siglo XII con la Inquisición donde las primeras víctimas fueron las mujeres, las brujas. Bruja significa “mujer de sabiduría”, de ahí nace y ya venía expresándose el machismo religioso contra las mujeres. ¿Cómo las mujeres iban a tener saberes, cómo iban a saber sobre las propiedades de los yuyos? Entonces decían que habían hecho un pacto con el diablo y así las llevaban al tribunal de la Inquisición y las torturaban. Antes de quemarlas, las confesaban para salvar el alma porque, para la Iglesia, el cuerpo es malo, pecaminoso, y lo único que importa es el alma. Entonces el secreto siempre está ligado a la impunidad, y ¿quién tiene impunidad?, el que tiene poder. El que puede pagar, el que puede silenciar, el que puede exponer su hipocresía delante de todos sin que nadie les pueda decir nada y aunque todos sepamos lo que es esa institución. Eso es poder y el poder es siempre materia, no es espiritual.

    Uno de los ejes de tu libro refiere a la concepción antropológica que tiene la Iglesia sobre el cuerpo. Decís que para ella “el cuerpo es malo y el alma es buena” y que “los daños del cuerpo se resuelven en la confesión y con el perdón al que cometió el daño, donde hay que poner la otra mejilla para lograr la salvación siendo un buen cristiano.” ¿Qué más podés decir de esa concepción antropológica?

  •  Detrás de cada acto humano hay una concepción de hombre y mundo. Por ejemplo, la concepción que tenía el nazismo era que la raza perfecta era la aria y todas las que no eran arias había que eliminarlas. La Iglesia también tiene esa concepción de desprecio del cuerpo, aunque no fue siempre así. La concepción semita de Jesús de Nazaret concibe al cuerpo como una unidad existencial, no existe el alma sino la persona. El cristianismo de los primeros siglos le daba mucho valor al cuerpo. Cuando llega el año 380, con el edicto de Teodosio el Grande, que declara al cristianismo como religión oficial del imperio romano, pasa a la concepción antropológica griega donde existen dos mundos: el de las ideas, que era el mundo perfecto, y el mundo sensible que era el mundo imperfecto.

    ¿De ahí que el cuerpo puede ser castigado sin culpa?

  •  Claro. Así el cuerpo es una cárcel donde está el alma y tiene que liberarse para volver al mundo perfecto. Esa “cárcel” hay que domesticarla porque tiene sensibilidad, tiene sexualidad, es peligrosa, indómita; por eso hay que matarla de hambre con los ayunos, hay que darle latigazos, ponerle silicios. Es decir, empieza la persecución al cuerpo, que ha enfermado a la gente, ha llevado a estas conclusiones que para la Iglesia el abuso de un niño no es grave. Si fuera grave, se le aplicaría la máxima pena del Código Canónico que es la expulsión. Pero para la Iglesia es grave si alguien dice una herejía, si alguien dice una apostasía, es capaz de hacer un escándalo como pasó con la obra de teatro en el Colón.

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    También decís que al abuso, que para la Iglesia no es grave sino que lo considera un pecado y no un delito, se suma que los niños de cierta condición social, familiar y emocional se transforman en el blanco predilecto de los curas abusadores

  •  Eso es lo espantoso. Recordemos que en Argentina somos 45 millones de habitantes y hay un cura cada 7.000 habitantes, desde la década del 80 en adelante. De los 80 para atrás había uno cada 3.500. Tom Doyle era un sacerdote que trabajaba en la embajada vaticana de Estados Unidos, donde estaba Pío Laghi (nuncio en Argentina durante la dictadura que fue premiado con esa embajada). Cuando saltó el escándalo de Boston, Doyle fue mandado a solucionar este problemita y se entrevistó con un cura psiquiatra que trabajó con curas abusadores durante 20 años y le reconoció que el 10 % de los curas son abusadores. En este contexto, imagínate que antes la justicia le sacaba los niños a sus padres porque no los podían tener y el Estado tercerizaba a los vulnerables a las organizaciones religiosas en nombre de la caridad. Acá está el caso de Julio Grassi; esas mega obras que cobraban del Estado por cada niño que había. Y esto se dio en todos lados porque había una arbitrariedad de ejercicio del poder de la Iglesia con esos chicos. ¿A esos chicos quién les creía? Nadie.

    Ahí hay una complicidad deliberada de todas las instituciones del Estado

  •  El Estado terceriza a la Iglesia porque cree, como muchos, que los chicos van a estar bien, se saca un peso de encima y después pueden sacarse la foto con el cura famoso que maneja el hogar, a cambio de bendiciones baratas. Con Grassi todos querían sacarse la foto y cuando estalló el escándalo, todos se alejaron y nadie rindió cuentas de nada. Sin embargo, el Estado sigue depositando en la Iglesia niños y plata.

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    ¿A qué le llamás las “cárceles de la iglesia”, de las que hay en todos lados y en Argentina hay casos como en Tortuguitas, Córdoba, Lobos, etc.?

  •  Para la Iglesia un abusador es una persona que pecó, no es un delincuente, no es un psiquiátrico. Es una persona que pecó como cualquiera. La pederastia y el abuso son pecados, no delitos. Por eso una vez que ese cura confesó su situación se le renueva el voto del celibato y se lo manda a un monasterio, a una casa de retiros espirituales o a lugares que se llaman “casas de reclusión”, donde los curas rezan, se flagelan, hacen ayuno y llevan una vida de “piedad y oración” para después volver a la comunidad “renovados espiritualmente”.

    ¿Y cuando vuelven a la comunidad qué hacen?

  •  Vuelven a la función pastoral y, por ende, siguen cometiendo esos abusos y delitos. El caso más escandaloso es el del Instituto Provolo. Nicola Corradi era cura en Verona, se cansó de abusar de niños sordos en Verona. Lo trajeron a La Plata. La cantidad de chicos de los que debe haber abusado ahí. Fue tan espantoso que lo llevaron a Mendoza y allí siguió abusando de chicos hasta que lo denunciaron. Y murió siendo cura, nunca lo expulsaron.

    - En el libro hacés una cuenta para calcular la cantidad de curas pedófilos que habría en Argentina. Hablás de más de 600 que siguen ocultos. ¿Cómo llegás a ese número?

  •  Me baso en datos de la Conferencia Episcopal Argentina y a partir de los datos que brindó (el cura) Tom Doyle de Boston, que tuvo acceso a información que está oculta para todo el mundo. En la película Primera Plana se ve cuando el periodista está investigando y el director (del Boston Globe) le dice que con dos casos no hacían nada, que necesitaban siete u ocho casos. Entonces él lo entrevista a Doyle y le dice que está buscando siete u ocho casos, y Tom Doyle le responde “no, son ochenta, el 10 % de los curas”. Sabemos que la matriz del abuso en la Iglesia es la misma en todo el mundo, por lo tanto una proyección de esos números a Argentina nos da unos 650 curas abusadores. Pero me animo a decir que son muchos más. Y esto va a ir saliendo a medida de que las víctimas denuncien. En Francia decían que era el 1 %, pero después de las recientes revelaciones pasó a ser el 3,6 % de curas abusadores.

    Es indudable que todo esto siempre estuvo en conocimiento del Jorge Bergoglio, tanto como cardenal en Buenos Aires como ya siendo papa, incluso encubriendo él directamente a abusadores como Grassi o Ilarraz. ¿Qué pensás y sentís cuando escuchás a periodistas, políticos del gobierno y de la oposición derechista e incluso a intelectuales decir que Francisco es un ejemplo de honestidad y combate a los abusos en la Iglesia?

  •  Yo digo que muchos creen que se van a sacar una foto con Francisco pero en verdad se la están sacando con Bergoglio. Muchos se hicieron falsas expectativas, yo mismo creí que algo iba a cambiar, pero en la praxis sólo es un gran marketinero. Le encantan los títulos y en realidad no cambió casi nada. Se pone la curz de madera y no la de plata, usa los zapatos negros y no los rojos, todos detalles que no modifican la vida de nadie. Pero cuando tuvo que intervenir en serio para cambiarles la vida a los cristianos que sufren mucho, desde divorciados a mujeres que necesitan abortar porque no pueden tener el chico, por lo que sea, él fue muy cruel.

    Otro caso emblemático es el de Sergio Decuyper

    El testimonio de Sergio, que es el primero del segundo capítulo, es la síntesis del libro. Él expresa claramente todo lo que yo quise explicar. Porque fue el propio Francisco el que le dijo “no denuncies a tu tío”. Y no se lo dijo hace 50 años, se lo dijo en 2019, después de que terminó el simposio en Roma sobre la pederastia en la Iglesia, donde todos se juntaron a decir que iban a colaborar con la Justicia, que había que denunciar a los curas, que los obispos no pueden ser cómplices. Por eso su testimonio lleva de título “Los consejos del papa me hicieron mal”.

    ¿Cómo creés que se puede combatir el entramado criminal que involucra a los abusadores, sus encubridores y el poder político-económico-judicial? ¿Qué puede hacer para vos la sociedad para desterrar ese flagelo y que los culpables sean castigados?

  •  Yo creo que las únicas que pueden correr el velo de la impunidad son las víctimas. Una vez que la víctima corrió el velo, no se puede cerrar más. Cuando una víctima dice “ese me abusó” es tremendo y ese poder se desgrana. Hoy hay una fuerza social muy grande, una empatía que antes no existía, antes se dudaba de la víctima. Creo que ése es el camino. Y también creo que habría que seguir el camino de lo que se hizo en Francia o en Alemania, montar una comisión independiente a la que las víctimas puedan acercarse a decir quién abusó de ella y cuándo sucedió. Y esa comisión independiente deberá ir a los archivos de los tribunales eclesiásticos de las diócesis. En Argentina tenemos denunciados solamente a 63 curas, estamos hablando del 1 %, no es nada.

    Volviendo al tema de la relación entre la Iglesia y el cuerpo, decís que para la Iglesia la mujer tiene sólo dos destinos posibles: el convento o el matrimonio. Y obviamente eso está impulsado por la idea de que la mujer es peligrosa y hay que controlarla y preservarse de ella. ¿Eso en tu experiencia lo pudiste comprobar? ¿Es algo propio de la cosmovisión eclesiástica la misoginia y el machismo?

  •  Sí, es así. Es la concepción machista de la Iglesia. El otro día mostraban una foto del papa almorzando con cardenales, ¿quiénes estaban paradas atrás? Las monjas, que son las que les tienden las camas, les llevan el desayuno... Jamás les van a ceder a las monjas el poder de ejercer el ministerio, como sí lo hacen las religiones protestantes. Pero el proceso (de lucha de las mujeres) es imparable, y si sigue así la Iglesia se va a quedar vacía y se va a convertir en una pequeña secta europea. Ya nadie les cree. Los jóvenes ya no participan de la vida religiosa.

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    ¿Creés que la consigna de separación de la Iglesia del Estado es correcta para plantear un punto de apoyo sobre el que se puede empezar a terminar con ese poder de la Iglesia, quitándole los recursos materiales de los que goza para financiar su estructura patriarcal, monárquica y abusadora?

  •  Primero creo que es importante por el propio Estado, por la propia población que paga los impuestos. Cuando una mamá compra la leche, con el IVA está pagando el mantenimiento público de las escuelas privadas, el sueldo a los obispos y a los capellanes. Y no es poca esa plata. Nuestras escuelas públicas, que son un desastre, tendrían que tener la misma calidad educativa que las escuelas privadas. Creo que esos recursos que van a esas instituciones, por acuerdos o por bendiciones compradas tendrían que terminar. Los recursos para construir más escuelas públicas y de mejor calidad están, los tiene la Iglesia y hay que sacarlos de ahí, de donde son destinados de manera injusta. Y al sacarles esos recursos les estás sacando parte del poder que tienen.

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