Cultura

ENTREVISTA A JULIO MOURA

Adorando la vitalidad: Virus a 35 años de Locura

Entre himnos y hits, el grupo alcanzó su obra cumbre cuando el rock argentino aún era un experimento. El recuerdo de Julio Moura en esta rica charla con La Izquierda Diario.

Juan Ignacio Provéndola

@juaniprovendola

Viernes 23 de octubre | 23:35

Hay varias maneras de abordar la obra de Virus. La primera -la más a mano- es a través de sus hits. También, claro, está la figura de Federico Moura como armonizador de todo el fenómeno que la banda catalizó en su tiempo y espacio. Pero también hay un camino más largo y profundo: el que fueron mojoneando sus discos, cada uno tan personal y distinto, complementario y superador. La aparición new wave con Wadu wadu, la fiereza política de Recrudece, el experimento disque hard rock de Agujero interior y la explosión synth-pop de Relax se suceden año a año de manera consecutiva entre 1981 y 1984.

Dentro de este último contexto, Locura (publicado en octubre del ’85) representa el momento de mayor éxito comercial y de máxima influencia para la eternidad: existen decenas de covers, versiones y rasgos ineludibles para artistas posteriores. Fue el instante en el que la banda -acaso sin saberlo- pasaba a convertirse en un clásico para siempre a fuerza de sellos distinguibles: el acorde de Fa mayor en piano que abre el álbum como inicio de “Pronta entrega” remite rápidamente a ese momento del rock argentino post Malvinas en el que se imbricaban el baile y la corporalidad, pero con pasiones más profundas que el mero hedonismo y hasta cierto hálito dark. Technopop after postpunk apto para todo público bajo pinturas multicapa de sintetizadores y poesías que se hacen carne entre lo hondo y lo urgente.

1985 es la primavera alfonsinista en su expansión emocional con el Juicio a las Juntas, pero justo antes de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. La cumbre hacia algunas libertades negadas durante la Dictadura llegaba a un punto desde el cual solo quedaría ir barranca abajo rumbo a las asonadas militares, las presiones de los sectores rurales y económicos, la hiperinflación y el descontento social en un fadeout que daría paso a la aparición del menemismo.

Con Virus, ese año ocurrió un fenómeno similar: si Locura marcó la desinhibición estético-sexual de un Federico Moura sin tapujos ni formalidades vetustas (“por un minuto abandono el frac / y me desnudo en lo espiritual… para amar”), Superficies de placer, el disco siguiente, exuda en la entrelínea de su atmósfera mid-tempo la melancolía de una banda consciente de que su cantante iniciaba su despedida. El adios después del amor.

En aquel año abrió Cemento, se inauguró la Rock&Pop, apareció el suplemento de Clarín, Los Redondos publicaron su disco debut y Rockas vivas, de Miguel Mateos, se convertiría en el álbum más vendido por mucho tiempo. Cuando el rock argentino parecía establecer un punto de quiebre, casi como un mojón de partida desde el cual tomar envión hacia la masividad que se expandiría en los ’90, Virus ya había sacado ventaja y aportaba con Locura su punto más alto de ventas (¡más de 200 mil copias vendidas!), un manojo de hits inoxidables y objetos de consumo que resisten al paso de las décadas, los siglos y las tecnologías: cinco de las ocho canciones de ese disco están en su top ten de más escuchadas en Spotify, y tan solo “Pronta entrega” y “Luna de miel en la mano” (los dos éxitos encumbrados de esa placa) juntan 55 millones de reproducciones en esa plataforma. Una locura, literal.

La distancia va perdiendo su espesor

A esta altura todos más o menos sabemos que “Luna de miel en la mano” habla de la paja, que “Sin disfraz” es un himno gay y que el Lelouch de “Tomo lo que encuentro” es el cineasta francés que dirigió Los unos y los otros, la película que consagró al bailarín argentino Jorge Donn en su hipnótica versión del Bolero de Ravel. También podemos advertir que, en efecto delay, “Pecado para dos” inspiró veinte años después el estribillo de “Fuego”, de Intoxicados (y por eso Pity Álvarez fue invitado por la versión 2000 de Virus a cantarla en la grabación del DVD Caja negra), que “Dicha feliz” es un manifiesto eterno sobre el embobamiento al que nos somete la televisión o bien que “Destino circular” podría ser hoy escuchada como una profecía del encierro cuarenténico (aunque aluda más bien al Síndrome de Estocolmo, las amarras del esclavo con su amo).

Lo que en cambio nadie tiene noción es del origen de la primera frase cantada del disco. “‘Recordando tu expresión’ tiene que ver con que estábamos hablando de nuestro hermano Jorge”, sorprende el guitarrista y compositor Julio Moura 35 años después. Jorge, el mayor de los seis hijos que tuvieron Pico Moura y Velia Oliva, era militante del ERP, fue secuestrado por un Grupo de Tareas el 8 de marzo de 1977 en la casa familiar de City Bell y aún permanece desaparecido. Sus hermanos ya le habían “dedicado” una canción más explícita en el disco Agujero interior: “Ellos nos han separado” (y quizás una contracara en “Los sueños de Drácula” con la paranoia onírica de la persecuta). “No tenía ningún sentido decirlo en aquel momento, ya que fue algo íntimo. Lo importante es la interpretación de la gente, que le da a la música la apertura para que cada uno lo entienda a su manera”, dice ahora Julio en conversación telefónica y buscando bajarle tensión. “En una entrevista le preguntaron a Federico si la letra significaba esto o aquello, y él dijo: ‘Solo me acuerdo de que mientras la hacíamos yo lo puteé a Julio, y Julio a mí’. La interpretación de la letra es personal. Uno puede tener el concepto con el que la hizo, que hasta puede ser abstracto. ‘Recordando tu expresión’ fue lo primero que escribí, pero luego empezamos a tirar y a tirar con Fede… y eso desembocó en la letra final”. Efectivamente “Pronta entrega” tomó en su tiempo (y en los posteriores) numerosos significados, aunque nadie haya percibido el detalle de la frase inicial.

Salto en la música, entro en tu cuerpo

Como sea, la resultante de este disco (el quinto de Virus en cinco años desde el iniciativo Wadu wadu, de 1981), fue la yuxtaposición de un montón de influencias e inquietudes, de sonidos y de contribuciones. Una evidencia clara está en el aporte letrístico de dos personas que ni siquiera eran parte orgánica de la banda: el pintor Eduardo Costa (autor de “Luna de miel en la mano”) y el sociólogo Roberto Jacoby, quien escribió canciones en prácticamente todos los discos de Virus y varias de las emblemáticas de Locura. “Según me han contado, ciertos muchachos de renta consideraban ‘Sin disfraz’ como un himno profesional”, contó Jacoby en una biografía sobre Federico Moura que se repartió gratuitamente en ocasión de un show homenaje. En efecto, la línea “en taxi voy, Hotel Savoy y bailamos” habilitaba esa apropiación tan solo cambiando la primera vé corta por una bé larga y comprendiendo que el otrora lujoso hospedaje de avenida Callao había devenido en búnker del ambiente gay durante los años ’80.

En esa misma publicación, Costa explicó que un día Federico Moura le dijo sin rodeos: “¿No querés escribir una canción sobre masturbación?”. El artista plástico tomó como punto de partida la frase “todo hombre es su propia esposa o luna de miel en la mano” de Ulysses, novela del escritor irlandés James Joyce. Costa jamás había escrito una letra en su vida, aunque luego volvería a hacerlo en “Encuentro en el río musical”, esa suerte de canción-despedida de Superficies de placer, el siguiente y último disco de Virus con Federico en voz. Con la poética resuelta, el grupo redondeó la música casi a último momento, en Nueva York, adonde habían ido a hacer la mezcla final del disco.

“En las canciones había una fase de laburo grupal en la que cada cual iba aportando cosas, o bien se adaptaba. Incluso podían sacarse cosas porque no nos gustaban”, explica Julio Moura, principal compositor de Virus y su corazón melódico (aunque, con humildad, diga que “nunca un tema, siendo una banda, es enteramente tuyo”). Guitarrista de alma y vocación, Julio reconoce que en esa época apelaba a los teclados a la hora de la creación “porque me resultaba un poco más amplio para el trabajo de armonías y de acompañamiento de una base para una línea melódica de voz”.

En sus manos, más que caramelos de miel, había una ductilidad que le permitió aportar la mitad de las composiciones de Locura: “Tomo lo que encuentro, “Destino circular”, “Lugares comunes” y la mentada “Pronta entrega”, probablemente la canción que Virus más rápido se resolvió. “Hay una historia que cuento siempre: lo llamé a Federico diciéndole que había armado verso y estribillo de un tema, pero nos puteamos porque ninguno de los dos quería ir a la casa del otro a terminarlo. Finalmente vino Fede a la mía e invirtió la parte del puente. Hicimos la letra ahí y en cuarenta minutos terminamos. Después le dimos algunos toques más adelante, en el pulido final, pero creo que es la canción que más rápido nos salió. Él creía que ‘Pronta entrega” iba a ser el hit de Locura, aunque terminó siendo ‘Luna de miel’… lo cual demuestra que nosotros no estábamos muy encima sobre qué canciones convenían pasar en las radios”.

Las fantasías vamos a alcanzar

Autodefinido como un “hijo de la revolución cultural de los ’70” (“en donde, durante la guerra de Vietnam, la música pasó a ser un lenguaje universal de la juventud como parte de un hecho cultural dentro de un entramado social”, profundiza), en los tiempos de Locura Julio Moura vivía en un departamento sobre Palermo y había armado un pequeño set hogareño de grabación con una portaestudio, su guitarra y unos teclados desde los cuales, además, disparaba baterías electrónicas. De esa forma podía construir demos bastante acabados, incluso con las líneas melódicas de la voz (“que las hacía con los teclados, aunque a veces las podía cantar en un idioma extraño, jaja”). “Igualmente no tenía un patrón fijo de composición -aclara-. En ‘Amor descartable”, de Relax, empecé con un ritmo sobre un bajo y, sobre esa base, después generé la melodía”.

LID – Locura continuó la línea synyh-pop de Relax, que a la vez coincidió con el crecimiento de Virus. ¿Cómo fue ese proceso en el que la guitarra quedó bajo un entorno más electrónico?

JM - Me iba adaptando a lo que surgía en cuestión de tecnología. Eso es inevitable. Si lo transportás a la actualidad, a través de una computado podés tener 14 mil millones de sonidos distintos. En aquel momento se empezó a trabajar con Midi y con Sentey, disparando una cosa que activaba otra. Todo eso era parte de una experiencia y hasta, diría, de un juego divertido. Como sea, no lo incorporo dentro de un estilo. Claro que si, objetivamente, lo escuchas de afuera, prevalecen los sintetizadores. Pero si tuviera que encuadrarlo en algo, lo haría en el rock. Más allá de que había cosas melódicas. Nunca pude identificarme con algo en especial. Es lo mismo que las influencias: tuve todas, de todas las cosas que me gustaron. ¿Los Beatles o los Rolling? ¡Me gustan los dos!

Me refería más que nada al entorno musical: Agujero interior salió apenas dos años antes que Locura pero tenía más presencia de guitarras, incluso de distorsiones…

Sí, porque son cosas que vos vas buscando en función de nuevas cosas que te entusiasman. De pronto salían unos teclados que tenían sonidos alucinantes, entonces eso te inspiraba a generar determinado tipo de canciones. Un ejemplo: los secuenciadores marcan una base integral que te orienta hacia algún lado, pero eso es circunstancial, vos luego lo vas completando. En Agujero interior el planteo que nos hicimos fue lo que no habíamos podido con los dos discos anteriores: que el álbum sonara como la banda lo hacía en vivo. Sea por la falta de experiencia, o de técnica, había sido difícil lograr eso. Una guitarra con 120 watts en vivo suena distinto en un estudio. Y nosotros éramos una banda de vivo. En Relax, el disco siguiente, vinieron todos estos cambios que se fueron insertando en los instrumentos, que por cierto eran muy seductores. ¡Llegamos a tocar con tres teclados! En Relax arrancamos con “Me puedo programar” y en Locura ya lo hacíamos en “Dicha feliz”, donde el tercer teclado lo hacía yo, o en “Pecado para dos”. “Tomo lo que encuentro” o “Luna de miel”, a cargo de Federico…

En “Encuentro en el río musical”, el último video de Virus con Federico, también hay tres teclados…

Sí, porque en la canción había un loop, una secuencia que se dispara y se toca arriba. Pero en ese disco, Superficies de placer, en realidad cambió poco todo eso porque llegó un momento en el que no era tan divertido tocar arriba de una secuencia, con todo lo que implica a nivel click y retorno en el escenario. No te podés salir del tempo de la secuencia porque, si no, te vas a la mierda. En Superficies pasamos a otra circunstancia, hay sonidos más analógicos, tiene que ver también con el momento. Ese disco, a diferencia de Locura, tiene un tinte bastante nostálgico. Y está relacionado también con cosas que nos pasaban a nosotros: después de ciertos años de carrera te asentás un poco más, empezás a tener hijos, jaja.

Y, efectivamente, aparecieron más guitarras

Hubo un trabajo más relajado. Tuvo que ver el hecho de hacerlo en Río de Janeiro, un lugar que nos gustaba mucho. Y coincide también con el comienzo de la enfermedad de Federico, lo cual generó otros espacios en los cuales fuimos descartando ciertas cosas y reemplazándolas por otras más analógicas. Federico grabó las voces en Brasil. Se fueron todos y me quedé yo con él. Y fue una historia intensísima: él venía de cuarenta días de pulmonía, y largarse a grabar las voces de todo ese disco en dos semanas fue toda una proeza. Igual, en lo personal, creo que fue el disco en el que mejor cantó.

¿Cómo era el laburo con el letrista Roberto Jacoby, teniendo en cuenta que no era parte orgánica de Virus?

En muchos casos había un boceto de la letra. A veces se usaba todo, otras veces, poco, y en algunas, nada. Pero en todos los casos era Federico quién decidía en función de la naturalidad y comodidad con la que quería cantar las cosas. Incluso con las letras mías. Con Fede laburábamos de una manera muy relajada en ese sentido, a pesar de que nos peleábamos mucho, jaja. Lo cual me parece algo normal cuando laburás con alguien, y si encima ese alguien es tu hermano, jaja. También hubo muchas canciones que ni llegamos a grabar. Generaba una canción con una línea melódica y luego Federico y Roberto hacían una letra que a mí no me gustaba un carajo. ¡Y todo bien! No era ni una tragedia, ni una ofensa. Palo y a la bolsa: seguimos con el que viene. Ni siquiera las volvíamos a escuchar cuando luego preparamos el disco siguiente. Lo mismo me pasó para Enigma 4, mi disco solista, que salió en 2018: descarté maquetas que tenía de meses antes.

La mención a Claude Lelouch en “Tomo lo que encuentro” es quizás uno de los hipertextos más poderosos de Virus: muchos argentinos descubrieron al cineasta gracias a esa canción…

Con Federico y Jorge Caterbona ya lo conocíamos. La letra es de Roberto, quien es un tipo muy talentoso y esa mención nos encantó. La música la compuse en un Fun Machine. Yo hacía la base que marcaba un ritmo y un movimiento de bajo. Sin conocer el Fun Machine, cambiaba la tonalidad de menores a mayores… ¡y me pareció maravilloso! Estaba experimentando con algo que no conocía. Muchas veces me preguntaban cómo hacia para pasar de un Si menor a un Re menor con Fa… ¡y no tenía la menor idea! Simplemente apretaba. Eso es lo genial de la música: a veces no tiene lógica. El mismo Do que hice en “Superficie de placer” es el que hizo Beethoven siglos atrás.

Locura fue el quinto disco en cinco años consecutivos. ¿Cómo hicieron para generar esa obra en medio de semejante hiperactividad?

A partir de Agujero interior no parábamos de tocar en vivo. Hacíamos giras de dos o tres meses y nos limitaba el tiempo para preparar un disco. Y cuando paras de giras largas y agotadoras, medio que no tenés ganas de componer. Igual lo hacíamos porque siempre había un espacio para pensar en lo que venía. Un espacio de deseo para incentivarte a la búsqueda del próximo. Además, las discográficas te ofrecían a hacerlo, pero vos podías decir que sí o que no. Y cuando agarrás ritmo y estas entusiasmado, eso es lo mejor que te puede pasar. Una vez que arrancabas un tema y empezaba a tener forma, tenías la obsesión de terminarlo: no podés decir ‘paro acá y en dos semanas lo retomo’. Aunque luego sucede otra cosa: una vez que terminás el tema… deja de ser tuyo. Cada persona lo incorpora a su manera, darle miles de significados distintos.

¿No sentían extenuación por tocar y grabar tanto y tan frenéticamente?

Sinceramente, no. No había ni tiempo para verlo desde otro lado. Más de una vez nos preguntaron si éramos conscientes. ¡Y realmente no lo éramos! Veníamos de componer, grabar, salir de gira… y ya pensábamos en otro disco. Por supuesto que las giras son devastadoras, ameritan un esfuerzo muy grande. Tu ego te manda a querer que salga perfecto, y eso tiene un desgaste. El concepto de éxito no tiene que ver con la venta de discos ni con la convocatoria masiva, sino con el hecho de lograr hacer lo que más te gusta. Eso nos hacía entender que todo era un esfuerzo, pero en pos de hacer algo que amábamos. La clave del éxito es hacer música y que se comparta. Entrar a un supermercado con el barbijo puesto, el alcohol en gel, la distancia social, todos los protocolos… y de repente escuchar que está sonando nuestra música.







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