Géneros y Sexualidades

EL CÍRCULO ROJO

Actrices Argentinas: precarización, contexto necesario para el acoso sexual en el trabajo

La denuncia de Actrices Argentinas pone sobre la mesa las condiciones laborales en la discusión sobre la violencia machista. Columna de Géneros y Sexualidades de “El Círculo Rojo”, el programa de La Izquierda Diario en Radio Con Vos.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Lunes 16 de septiembre | 09:03

El jueves 12, con una conferencia de prensa, el colectivo Actrices Argentinas acompañó la denuncia de Anahí de la Fuente contra el exdirector del Centro Cultural San Martín por maltrato físico y acoso sexual en el lugar de trabajo.

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Diego Pimentel se vio obligado a renunciar a la dirección del Centro Cultural San Martín a fin de agosto y abandonar la cátedra que encabezaba en la Universidad Nacional de las Artes (UNA).

Existen dos elementos interesantes sobre esta nueva denuncia de Actrices Argentinas:

En la denuncia no se menciona a Diego Pimentel. ¿Por qué es algo para subrayar? Porque es una forma de recordar que el acoso y la violencia machista son perpetrados por individuos pero sus causas están arraigadas en prejuicios patriarcales y problemas sociales profundos, que van más allá de ese individuo.

El colectivo puso en el centro la precarización y la desigualdad en las relaciones laborales como el contexto necesario para el acoso laboral, en general, y el acoso sexual, en particular, que sufren mayoritariamente las mujeres y las personas LGBT.

Son elementos para subrayar porque no es el discurso que estamos acostumbrados a escuchar.

Es cierto que existen varios cambios en los medios de comunicación, gracias a la movilización de las mujeres y los debates abiertos desde la primera marcha de #NiUnaMenos en 2015. Ya casi no se habla de crímenes pasionales y hay menos lugar para las preguntas de Mirtha Legrand, como la escalofriante “¿Qué hacías para que te pegara?” (pregunta que le hizo a Laura Miller en mayo de 2015).

Pero todavía se reproducen estereotipos que justifican la violencia machista, sigue siendo ubicada en el ámbito privado. Como si esa violencia no estuviera íntimamente relacionada con el funcionamiento de una sociedad en la que las relaciones de género son jerarquizadas y la discriminación de las mujeres es funcional para ocultar la desigualdad de origen del capitalismo: la minoría que tiene todo vive del trabajo de la mayoría que no tiene nada.

Por eso la denuncia de Actrices Argentinas es importante. Porque desnaturaliza la violencia machista, como ya había hecho con la denuncia anterior, pero no se queda ahí. También desnaturaliza y discute el acoso laboral, que se traduce demasiado seguido en acoso sexual.

En esta denuncia, el colectivo se centró en el contexto en el que les toca trabajar no solo a la mayoría de las actrices, bailarinas, técnicas o trabajadoras de la cultura, sino a la mayoría de las mujeres.

La desigualdad tiene números muy concretos. En Argentina, las mujeres ganan en promedio un 27 % menos que sus compañeros varones. Esa brecha salarial sube al 40 % entre las precarias. El 45 % de las trabajadoras no alcanzaba el salario mínimo el año pasado, y ese porcentaje asciende al 73 % entre las cuentapropistas. Un tercio de las trabajadoras no realizan aportes jubilatorios, no tienen licencia por enfermedad ni obra social.

Estas condiciones construyen un contexto en el que es más probable que existan acoso laboral y el abuso de poder.

Es algo tan común que casi cualquier mujer puede relatar una situación de acoso en el trabajo y a eso nos referimos cuando decimos que está naturalizado. Así lo narra un video del colectivo Actrices Argentinas, y le pone imagen y sonido a una realidad silenciada en el ámbito laboral.

Cuando las mujeres no pueden abandonar su trabajo, porque no hay otro o porque son sostén de hogar (una de cada diez familias en Argentina son monoparentales, en realidad, monomaternales, ya que el 84% de eso hogares están a cargo de una mujer), el acoso laboral se acerca más a la regla que a la excepción.

Colectivos

Hace algunos programas, mencionamos la acción solidaria que habían realizado las trabajadoras y trabajadores de la fábrica Mondelez ex Kraft, cuando se enteraron de que una de sus compañeras sufría violencia de género. El turno noche de la fábrica se paralizó en solidaridad y enviaron un mensaje claro: #NoEstasSola.

Pero en esa misma fábrica, existía otra historia, otro antecedente. En 2011, una obrera denunció que había sido acosada por un supervisor, la empresa la suspendió. Pero cuando se acercó a hablar con sus compañeras y compañeros, juntos, varones y mujeres paralizaron la fábrica y obligaron a revertir la medida: la trabajadora volvió y el que se fue el supervisor.

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¿Esa medida solucionó el problema social de la violencia machista? No, como sabemos, es una realidad muy compleja. Pero el reconocimiento de un problema que afecta a la mitad de la clase trabajadora, por su género, como un problema colectivo, al que se responde como colectivo es una idea muy poderosa. Y es una respuesta diferente al camino individual y penal, que aparece como exclusivo en esta sociedad (a pesar de ser insuficiente y poco efectivo).

El colectivo Actrices Argentinas, a su manera, también eligió un camino colectivo. Proponen construir protocolos en los lugares de trabajo (con instancias donde participan todas las personas y que provee de herramientas para que las mujeres que se enfrentan a situaciones de acoso). Pero sobre todo porque desnaturalizan las condiciones que reproducen la violencia machista y el acoso. Porque le ponen nombre y apellido, no de una persona, sino de un problema que es sistémico: la desigualdad y la precarización reproducen la opresión de las mujeres.

En nuestro país están abiertos y siguen muy vigentes los debates acerca de cómo responder a la violencia machista y, a su vez, de cómo sería una sociedad sin esos problemas. Eso me hizo acordar a algo que se pregunta una filósofa inglesa, Lorna Finlayson. Ella se hace una pregunta crucial cada vez que vuelve a estar en discusión esa asociación ilícita que es capitalismo-patriarcado: “La pregunta importante no es si es posible que exista un capitalismo sin discriminación de género, sino si esa sería una igualdad por la que valga la pena luchar”.







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