Géneros y Sexualidades

COVID-19

¿A quién afecta la restricción de la tarjeta SUBE?

Un posible plan para restringir el uso de la tarjeta SUBE dejó en evidencia nuevamente políticas públicas sin una perspectiva de género. Siete de cada diez mujeres trabajan en casas particulares y utilizan trenes y colectivos desde el conurbano a la ciudad. La informalidad las dejaría una vez más sin la posibilidad trabajar.

Jueves 21 de mayo | 22:05

Con casi dos meses de aislamiento social obligatorio, comenzó a escucharse el término: nueva normalidad y con él diferentes medidas en las que tanto el gobierno de la provincia de Buenos Aires, como Rodriguez Larreta, al frente del gobierno porteño, analizan para la inclusión de más actividades y las formas de evitar los posibles contagios que supone más gente en la calle.

Así las cosas días atrás en una reunión en donde se encontraban el secretario de Seguridad de la nación, Eduardo Villalba, junto con funcionarios de la provincia y ciudad de Buenos Aires, además del presidente de Ferrocarriles Argentinos Sociedad del Estado y Martín Marinucci, presidente de Trenes Argentinos, surgió la posibilidad de establecer restricciones en el uso del transporte mediante el control de la tarjeta SUBE. En principio la idea era controlar el transporte interjurisdiccional, es decir de la provincia hacia la ciudad y viceversa.

Concretamente la propuesta discutida giraba en torno a que la tarjeta SUBE quedara fuera de servicio para todas las personas que no tuvieran trabajos formales que sean considerados servicios esenciales y que no estuvieran exceptuadas de cumplir con el aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Lisa y llanamente para la gran cantidad de trabajadoras y trabajadores que realizan sus tareas en la informalidad esta medida los llevaría a un riesgo económico aún mayor del que tienen.

Una vez que se difundió esta idea, las repercusiones por una medida que a priori no contempla un sinfín de situaciones no se hicieron esperar.

Sobre todo porque de concretarse el recurso de bloquear la SUBE, quedarían sin posibilidad de movilizarse para ir a trabajar cientos de mujeres de los sectores informales, o aquellas que necesiten salir para denunciar alguna situación de violencia.

La discusión por esta limitación puso sobre el tapete situaciones que justamente por estar naturalizadas, adquieren un status de normalidad y que a partir de este proyecto muestran cómo opera la desigualdad de género.

Por ejemplo, que la mayoría de mujeres de sectores más vulnerables trabajan de manera informal, con sueldos muy bajos, que en muchos casos no alcanzan a cubrir la canasta básica de alimentos. Pero también quedaron fuera del análisis la situación de las personas trans, de las mujeres que necesitan salir de sus casas para denunciar algún tipo de violencia machista, o simplemente una madre o padre que necesita trasladarse en tren o colectivo para concurrir a un centro de salud.

Existe una relación desigual entre los trabajos que realizan las mujeres y los varones y la forma en la que ambos utilizan los medios de transporte. Así lo describe Gala Díaz Langou, directora del Programa de Protección Social de CIPPEC, en una entrevista a Luciana Peker para el diario digital Infobae: “Esta división sexual del trabajo determina, en gran parte, la cantidad de viajes que cada persona realiza, su duración, el medio de transporte utilizado, las zonas y los horarios de movilidad, la intermodalidad, la concatenación de viajes y el propósito de sus desplazamientos.

Por otra parte, la segregación territorial también hace que las familias más vulnerables (y con más probabilidades de ser lideradas por mujeres) tengan que desplazarse más hacia sus lugares de trabajo”.

Es interesante analizar una investigación realizada por el Programa de Desarrollo Económico de CIPPEC. Allí diferencian el trabajo de acuerdo a los niveles de distanciamiento social en tres categorías: baja, media y alta, donde baja podría ser aquel trabajador que realiza sus tareas en una oficina y alta para el o la trabajadora cuya distancia es menos de un brazo o existe un contacto físico directo, como puede ser una trabajadora doméstica o una persona que cuida a otra.

Lo importante de esta investigación es que determinó que el 20% de las mujeres y el 8% de los varones vive de empleos de proximidad alta. Estos datos solo confirman la realidad que quedó evidenciada en la pandemia. Las mujeres son mayoría en las actividades de alta proximidad. Se señala también que en el gran Buenos Aires 7 de cada 10 trabajadoras lo hacen en casas particulares y utilizan trenes y colectivos.

Por el momento el plan de restringir la SUBE está en suspenso, pero como en otros temas surgidos por la pandemia, abrió el debate sobre si las políticas públicas incluyen una perspectiva de género. Y por otra parte esta limitación permite visibilizar aún más los riesgos sanitarios y económicos a los que se enfrentan mayoritariamente las mujeres por realizar tareas de cuidado que son en general trabajos precarios y mal remunerados.







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