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Red Internacional

Tras las movilizaciones del 7 de septiembre impulsadas por el presidente Jair Bolsonaro, algunos cambios coyunturales se perfilan en el escenario brasileño.

Viernes 29 de octubre | 23:21

Después de las manifestaciones, que fueron de considerable magnitud y una fuerte retórica de enfrentamiento, Bolsonaro retrocedió. Lo expresó en una carta -redactada por Michel Temer- que expresaba un límite en la relación de fuerzas. Muchos analistas se apuraron en decir que sería una medida tomada en un día y contrariada en el otro. No fue lo que se vio. Su contenido expresaba elementos de un “retroceso más sostenido”. Fue literalmente un pedido de disculpas después de haber agitado mucho a su base.

Ese fue el punto álgido de las disputas entre el bolsonarismo y el "bonapartismo institucional" -ese conjunto de fuerzas que componen la casta política del régimen- que terminó en un impasse donde el presidente de la República afirmaba que no acataría ninguna orden del juez del Supremo Tribunal Federal.

La escalada de la retórica golpista de Bolsonaro era también una forma de reacción a las embestidas de ese bonapartismo institucional, como la prisión de Roberto Jefferson, un exdiputado aliado del oficialismo, y de blogueros bolsonaristas, así como la creciente amenaza hacia el propio clan Bolsonaro en la investigación sobre las fake news. Algunos llegaron a decir que Carlos Bolsonaro, hijo del presidente, estaba en la lista del juez supremo Alexandre de Moraes, lo que es especulación pero no deja de ser una hipótesis a considerar.

A partir de ahí el escenario se mantuvo. Las hostilidades y enfrentamientos están muy lejos de lo que fueron. Bolsonaro está más disciplinado y evita atacar a las otras instituciones. El Supremo Tribunal bajó el ritmo de las embestidas dirigidas a Bolsonaro. Destacamos que ese tono menos beligerante no representa un acuerdo estable o estructural. Al contrario, podría romperse ante nuevos hechos. Sin embargo, es relevante que el acuerdo tenga una permanencia en el tiempo. Hubo medidas “laterales” como la prisión y deportación desde Estados Unidos de Allan dos Santos, una figura muy importante del sector "olavista" del Gobierno (que sigue al gurú Olavo de Carvalho), y también la prisión del militante bolsonarista Zé Trovão por promover acciones golpistas el 7 de septiembre.

En este momento no parece haber ningún otro hecho con fuerza para ser más disruptivo y volver a calentar la crisis política. Tampoco se acerca a eso el informe final de la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) que lleva el caso de las fake news, y que llegó a su fin con resultados muy pequeños desde el punto de vista de las disputas entre las fracciones, en especial de lo que prometían sus defensores.

La izquierda que llegó a decir que la CPI podría derribar a Bolsonaro debería dar explicaciones sobre ese resultado, que en la práctica sirvió solo para desviar hacia el Senado el foco de la rabia popular contra el Gobierno, a la espera de que pudieran de hecho enfrentar al gobierno. En realidad varias de las figuras que lo protagonizaron también fueron responsables de incontables ataques a los trabajadores, y la CPI siempre sirvió para lavarles las manos por todo lo que pasaba en la pandemia.

El resultado final es un “quiebre de expectativas”, que preveíamos y venimos denunciando. Aunque no descartamos que algo pueda ser usado en el futuro para alguna nueva disputa entre actores del régimen, es un hecho que la actual correlación de fuerzas impide que se abra cualquier dinámica más destituyente.

Al mismo tiempo, están inscriptas posibilidades de cambios abruptos en la coyuntura y en la situación, que pueden alterar los ánimos en la disputa entre las fracciones burguesas.

El escenario de la economía internacional está potencialmente cargado de crisis que pueden desencadenar nuevos fenómenos importantes en el país. Recientemente vimos una crisis en la cadena de abastecimientos, desencadenada por los fuertes cambios provocados por la pandemia, además de otras señales preocupantes para sectores de la burguesía brasileña, como la suspensión de la exportación de carne bovina a China, por dos casos aislados de contaminación, y que aun no fue restablecida. Más importante aun es no perder de vista que los efectos de la pandemia en la subjetividad también tienen expresión, en algunos países, en la “búsqueda por recuperar lo perdido” por parte de los trabajadores. Tiene mucha importancia la oleada de huelgas en Estados Unidos, conocida como “striketober” (conjunción de las palabras “strike”, huelga, y “october”, octubre), por mejoras salariales y de condiciones de trabajo. Una señal de pujanza de la clase trabajadora en el principal país imperialista del mundo, un síntoma expresivo de las enfermedades capitalistas que van ganando nuevos contornos.

Movilizaciones y procesos en la lucha de clases

En medio de todo esto, está en curso un reflujo mayor, para no decir el final, de las movilizaciones por Fora Bolsonaro de 2021, a menos que haya algún cambio abrupto en la situación. Esto es fruto de una prolongada operación articulada por las principales burocracias sindicales. La entrada de la derecha a los actos, en la práctica, no aumentó el tamaño de las manifestaciones, sino todo lo contrario. Desde el principio criticamos la forma y el contenido de las convocatorias a estas manifestaciones, siempre por fuera de un plan de luchas, sin asambleas en los lugares de trabajo y estudio. Esto redujo el “ímpetu” de un sector ampliado de la vanguardia en todo el país, y abrió la puerta para que las centrales sindicales levanten la próxima movilización, que estaba indicada para el 15 de noviembre, en una sola reunión de cúpula de las burocracias, y tal vez ni siquiera eso ocurra.

Otros procesos de lucha que se desarrollaban retrocedieron, sin contar con una política de solidaridad activa por parte de esas grandes centrales. El campamento indígena y una serie de luchas y huelgas localizadas finalizaron, minoritarios pero importantes señales de descontento. Sin embargo es muy importante destacar que esa definición no es unilateral. Con una mayor normalización y retomada de diferentes sectores económicos, es posible que una insatisfacción que estaba contenida por la pandemia pueda fluir y se produzcan nuevos procesos de lucha.

Hay en curso una interesante movilización de aeronáuticos contra la quita de derechos, incluso con posibilidad de huelga. Fue expresiva la votación del 95% de los trabajadores que votaron empezar la preparación de la huelga, siendo más de 6.000 los trabajadores participantes. Es interesante señalar que es justamente un sector muy afectado por la pandemia, que sufrió recortes y despidos, y que ahora está dispuesto a luchar para no perder aun más derechos. Señal importante también viene de los garis en Rio de Janeiro, un sector combativo y que ya protagonizó muchas luchas, y que ahora está nuevamente movilizando, enfrentando a los despidos política del gobernador Paez y la empresa municipal de limpieza urbana (Comlurb) y con su sindicato notoriamente carnero, que se rehúsa a estar presente en las manifestaciones o siquiera a convocar asambleas. También fue llamativo el paro de empleados de la educación en el estado de San Pablo, que se organizaron incluso en contra de la voluntad de su sindicato, en un contexto en el que los empleados públicos vienen siendo blanco preferencial de los distintos gobiernos.

Además de estos, los municipales y los estudiantes becados de las universidades componen ese cuadro de potenciales conflictos que tenemos que seguir con atención. En todos ellos venimos peleando para que la izquierda se unifique para fortalecer las luchas, exigiendo medidas de solidaridad activa por parte de las grandes direcciones sindicales.

El gran debate hoy en la burguesía es sobre el "techo de gastos", una ley constitucional impuesta en 2017 (durante el gobierno golpista de Michel Temer) que impide aumentar el gasto público. Bolsonaro necesitaba aplicar una política de auxilio para recomponer en alguna medida una base social, sobre todo en la región noreste y entre las camadas más precarias, y aumentar así sus posibilidades electorales en un escenario ya muy difícil. El cálculo fue modificado, y después de muchas maniobras, el gasto excedió lo previsto en 30.000 millones de reales.

Este resultado fue una crisis importante entre distintas alas del Gobierno, y con seguridad tiene su correspondencia en fracciones de la burguesía. Después del anuncio del subsidio Auxilio Brasil y las implicancias que tendrían en el techo de gastos, cuatro secretarios de economía renunciaron, y mucho se especuló sobre la salida de Paulo Guedes, que por fin anunció que se queda, pero fuertemente desgastado. El también anunció que ahora el mote del gobierno es ser “reformista y popular”, expresando el proyecto de seguir con las privatizaciones y reformas, pero con algunas formas de asistencialismo.

Después de las reacciones negativas en el mercado financiero, Guedes declaró sus intenciones de avanzar en la privatización de Petrobras, en un formato parecido con el usado en Electrobras, lo que hizo que las acciones de la empresa suban un 7 %. Parece ser un mensaje del Gobierno ante la explosión del techo de gastos, o sea, unos mimos al mercado financiero, que pretende seguir medidas privatizadoras y de ataques a las condiciones de vida de la clase trabajadora. Con el aumento vertiginoso del precio de los combustibles y gas de cocina, el Gobierno hace demagogia que prometen más ataques, lo que solo empeorará la situación, que incluso es fuente de una crisis electoral permanente con sectores que ya fueron de su base, especialmente los camioneros.

Al mismo tiempo, algunos sectores del mercado financiero declararon que esto puede ser una “cortina de humo” frente a las reacciones negativas que hubo, ya que un proceso de este tipo tardaría en hacerse. Es importante remarcar que más allá de los objetivos evidentemente electorales, también ese cambio de “mote” del gobierno es una expresión social del país, con preocupaciones burguesas cada vez más elevadas con la posibilidad de revueltas sociales en el marco del gran avance del hambre y la miseria. Existen alas dentro de la propia burguesía que discuten la “remodelación” o una “adecuación” del techo de gastos, teniendo en vista el escenario de “estanflación” del país, es decir, inflación sin crecimiento, combinada con esa situación nacional.

Varias alas burguesas están reaccionando fuertemente en contra de lo que se llamó “el agujero en el techo”. Entre los sectores que promueven esta política están las alas del bonapartismo institucional, también muy difundidas por la corporación mediática Globo. Quieren a toda costa mantener el techo, con garantía de nuevos ataques y privatizaciones. En realidad, estas diferencias sobre el techo están inscriptas en un acuerdo para el mantenimiento de la agenda de los ataques neoliberales.

En medio de toda esta contienda, fue llamativa la declaración de Lula, que corrió a las redes sociales a decir que no criticaría a Bolsonaro. Esto tiene su razón, su política principal, que ya casi se transforma en el principal mote electoral es “incluir a los pobres en el presupuesto”, que es exactamente lo que hizo Bolsonaro. Una expresión de lo que pretende el PT en su proyecto de vuelta al gobierno, una imagen del “reformismo senil” que tendrá que lidiar con un país envuelto en una crisis enorme, y con un escenario internacional bien lejanos de aquellos dos primeros años del PT en el gobierno, en un eventual nuevo gobierno.

Impacto del nuevo programa

Mientras el bolsa familia tenía un valor medio de 189 reales por mes, este programa tendrá temporalmente el valor de 400 reales, siendo que 100 reales serán temporarios, solo para el año 2022, una medida evidentemente electoral. Su alcance pasará de 14 a 17 millones. Casi la mitad será destinado a la región noreste, no por casualidad, región con las menores tasas de aprobación y mayores de rechazo del Gobierno, y también importante base electoral de Lula. Cuánto podrá revertir en mayor intención de votos al gobierno es algo que está por verse, siendo difícil que se repita exactamente el efecto.

Ahora, más allá del valor inferior, la inflación acumulada de un período a otro es grande, si tomada sobre los alimentos, mucho mayor que los índices oficiales que giran alrededor del 10 %. Sin embargo, ante la escalada de miseria, también está inscrita en las posibilidades que el auxilio pueda tener efectos importantes, con algún rebote en la popularidad de Bolsonaro. Debemos seguir acompañando y analizando estos desdoblamientos.

Tercera vía, mayores definiciones y mucha incertidumbre

Lo que describimos se inscribe en una coyuntura que empieza a adquirir contornos electorales. Esta tendencia se va a hacer mucho más fuerte en 2022, pero las candidaturas de varios sectores ya se empezaron a definir más claramente, y hay mucha exposición en los medios.

El juez Sergio Moro se afiliará a Podemos, incluso está lanzando un libro como forma de empezar su campaña. El presidente del Senado Rodrigo Pacheco anunció su salida del DEM hacia el PSD, partido del que se especulaba podría componer lista con el PT, lo que todavía no está descartado, aunque este movimiento parece indicar que el PSD puede querer una candidatura que no lo comprometa en primera vuelta y tener mayor flexibilidad en alianzas locales. El periodista Luis Datena sigue como candidato del nuevo partido União Brasil, fusión de los partidos del “centrão” DEM y PSL. Ciro Gómes ya es una figura segura hace tiempo.

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El PSDB está en una crisis permanente, ahora en disputas internas para presidente entre los gobernadores João Doria (San Pablo) y Eduardo Leite (Rio Grande do Sul), cuyo resultado saldrá en noviembre. Es importante destacar la cobertura que está haciendo Globo de esas internas. Incluso con el apoyo de los grandes vehículos de prensa, las internas del PSDB siguen expresando una gran crisis, con distintas alas enfrentándose públicamente. Ni siquiera la declaración del expresidente Fernando Henrique Cardoso en apoyo a Dória pudo unificar las alas del partido.

Todavía es muy pronto para hacer una evaluación política de la potencialidad y límites de cada candidatura de la llamada “tercera vía” entre Bolsonaro y Lula. Con excepción de Pacheco, que al parecer puede ser parte de un plan de “neutralidad” del PSD en la primera vuelta, todos los demás tienen proyectos propios, y todo indica que se mantendrán en la disputa al menos hasta la víspera de la formalización de los candidatos. Hasta entonces la burguesía va a ir testeando opciones en la opinión pública a ver si algún nombre tiene más entrada entre los electores, y a partir de eso unificarse a su alrededor. La crisis de la “tercera vía” se mantiene, incluso con toda la retórica burguesa de la necesidad de una candidatura unificada, y ya se expresan contradicciones que dificultan mucho un proyecto de este tipo.

Qué política debería impulsar la izquierda

Los momentos de mayor y menor intensidad en las disputas intra burguesas tienen como brújula seguir atacando, privatizando e imponiendo situaciones cada vez más exasperantes para las masas. Cuanto más pasividad hay en la lucha de clases, más cómoda se siente la burguesía para imponer sus ritmos y planes de ataque. Por eso, cada lucha que queda aislada y cada negativa a impulsar la movilización, son también factores concretos que influyen para que la coyuntura siga siendo reaccionaria.

La política de las grandes centrales sindicales, en especial del PT y la CUT, está muy clara. La movilización y la lucha obstaculizan sus planes porque su objetivo central es electoral y no de enfrentar a Bolsonaro y sus ataques. Ahora incluso las manifestaciones, que en su contenido eran bastante controladas por esas direcciones, fueron canceladas para que la situación se mantenga tibia, y la coyuntura esté cada vez más permeada por los debates electorales.

Por eso, la izquierda no puede ser rehén de la política del PT, y tampoco mantenerse en silencio ante la traición de las centrales sindicales. No basta con decir que el PT tienen un proyecto de conciliación de clases, olvidando que para viabilizar sus planes está conteniendo cualquier posibilidad de desarrollo de procesos de lucha más abiertos.

Todas las organizaciones de la izquierda que no tienen acuerdo con esto deberían exigir de manera unificada la realización de las manifestaciones, impulsando la autoorganización en cada lugar de trabajo y estudio, en especial en las federaciones y centros de estudiantes, sindicatos, oposiciones, donde son parte de las direcciones. Todo esto debería estar orientado por un plan de luchas concreto, con un programa que responda a los graves problemas del país, empezando por la demanda de reajuste salarial de acuerdo a la inflación y salario con derechos para todos. Junto con esto, es fundamental rodear de solidaridad a cada proceso de lucha que se desarrolle, con especial atención a aquellos que ya están dando señales de que pueden ocurrir.

Con esta perspectiva, las compañeras y compañeros del Movimiento Revolucionario de Trabajadores, que impulsan Esquerda Diario en Brasil, participaron del plenario de lanzamiento del Polo Socialista y Revolucionario, propuesto por el PSTU y sectores de activistas. Ese es el principal papel que el Polo podría proponerse, conectado a la lucha de clases, sin ninguna adaptación a las burocracias sindicales.

Junto con esto, vienen abriendo el debate sobre la urgente necesidad de la izquierda de levantar un programa político que no se adapte a este régimen político, económico y social, cargado de ataques y privatizaciones. Es fundamental la perspectiva de la lucha por "Fora Bolsonaro y Mourão", de manera combinada con el programa de una Asamblea Constituyente libre y soberana, que enfrente a los pilares del actual régimen, a través de la movilización independiente de la clase trabajadora en alianzas con todos los oprimidos.




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