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A diez años de la caída de Mubarak en Egipto: lecciones de una revolución inconclusa

Hoy hace diez años que se festejaba en las calles de El Cairo la caída de Mubarak de la mano de masivas manifestaciones ¿Qué lecciones podemos sacar de la Primavera Árabe para la actualidad?

Baran Serhad

Munich | @El_Comandante

Viernes 12 de febrero | 21:58

A principios de la última década, el mundo se vio conmovido por el primer ciclo de lucha de clases que anuncian los síntomas de decadencia del neoliberalismo: la Primavera Árabe, que comenzó en Túnez y rápidamente se extendió a toda la región con protestas masivas. El más profundo y radical de estos procesos tuvo lugar en la Plaza Tahrir. Ésta no sólo es un símbolo del papel que puede llegar a tener la intervención de las masas en la historia de la humanidad, también es objeto de innumerables análisis hasta el día de hoy.

Situación revolucionaria o revolución

Finales de enero de 2011: Hosni Mubarak, aliado de las potencias imperialistas, llevaba ya tres décadas gobernando Egipto de forma dictatorial. En el transcurso de su mandato había reducido a un máximo posible las posibilidades de participación de la población en la política. Además, había acumulado acusaciones contra él: enorme violencia policial y la censura ejercida sobre toda forma de crítica hacia el régimen; corrupción; malversación de fondos públicos; apropiación de bienes confiscados por las aduanas; obtención de beneficios ilegales mediante la venta de terrenos de importancia geopolítica; lavado de dinero y fraude electoral. Además, las políticas neoliberales de privatización que avanzaban en todo el mundo desde el final de la Guerra Fría habían aumentado la tasa de desempleo en el país, especialmente de la juventud, hasta niveles sin precedentes. Los niveles de inflación, en permanente aumento, causaron la subida de los precios de alimentos, por lo que la pobreza y el hambre se extendieron a amplias capas de la población, ya que cerca de dos tercios de los egipcios son menores de 35 años .

Pero el pueblo no aceptó esto. Ya había habido huelgas y protestas en varios puntos del país en años anteriores, sobre todo en la Mahalla de los años 2000. Pero estas protestas no rompían el marco de lo ya existente, ni tampoco cuestionaban al régimen. En 2011, a partir de los acontecimientos en Túnez, millones de personas salieron a las calles de las ciudades del país exigiendo la dimisión de Mubarak, la libertad de prensa y de expresión y un Estado democrático. En toda la región, estas manifestaciones fueron protagonizadas principalmente por la juventud, que fue la más afectada por los recortes en prácticamente todos los presupuestos sociales y las privatizaciones que se intensificaron a raíz de la crisis financiera y económica mundial que comenzó en 2008. Tan afectada por no tener nada que perder, decidió, en lugar de resignarse, luchar por una vida diferente. Aunque la respuesta del gobierno consistió en una brutal represión , muchos manifestantes permanecieron en la Plaza Tahrir durante 18 días.

El día 14, el 7 de febrero de 2011 la clase obrera, concentrada en las ciudades, intervino como tal -antes los trabajadores habían participado en las protestas como meros ciudadanos-. Desde posiciones estratégicas como el ferrocarril, la producción, el correo y los bancos, el Canal de Suez y la Bolsa, entre otros, que eran fundamentales para el comercio internacional, se paralizaron, y en todo el país se escucharon exigencias económicas, como la mejora de los salarios y de las condiciones de trabajo, y demandas democráticas, como el derecho a la libre organización sindical. La metodología de la huelga dio al movimiento una fuerza muy distinta, que hizo temblar al régimen. Así, el 11 de febrero de 2011, Mubarak renunció y declaró vicepresidente a Omar Suleiman, del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

Para entender mejor cuando los marxistas hablan de una situación revolucionaria, Lenin categorizó tres características principales para poder determinarla a nivel teórico:

  • 1) Cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin ningún cambio; cuando hay una crisis, en una u otra forma, entre las “clases altas“, una crisis en la política de la clase dominante, que abre una hendidura por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no basta, por lo general, que los de abajo no quieran “vivir como antes“, sino que también es necesario que “los de arriba no puedan vivir“ como hasta entonces.
  1. 2) Cuando los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudas que lo habitual.
  • 3) Cuando, como consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de la actividad de las masas, las cuales en tiempos “pacíficos“ se dejan expoliar sin quejas, pero que en tiempos agitados son arrojadas, tanto por todas las circunstancias de la crisis como por las mismas “clases altas“, a la acción histórica independiente .

En un principio, el ejército le mostró una cara "amigable" a las masas para evitar la revolución social, ya que ésta habría puesto en peligro radicalmente sus privilegios. La toma de control por parte del gobierno militar fue una transición ordenada con leyes de emergencia. Por lo tanto, la fiesta en la capital no duró mucho. Más bien, las manifestaciones continuaron sin cesar bajo el gobierno interino de Suleiman, que ni siquiera resolvió los principales problemas de las masas. Por no decir que hizo todo lo contrario, restringiendo aún más la libertad de manifestación, reprimiendo brutalmente las protestas que se estaban llevando a cabo, encarcelando a los manifestantes sin fundamento legal, presentando ante los tribunales a más civiles que Mubarak en las tres décadas anteriores juntas , autorizando contratos temporales y despidos, y minando el derecho a la huelga.

Cuando Mohamed Morsi, del Partido de Libertad y Justicia, fundado por la islamista Hermandad Musulmana, ganó las elecciones presidenciales en junio de 2012 y asumió el cargo, el consejo militar para el proceso constitucional ya se había autoconcedido más derechos que los que tenía el jefe del Estado. Bajo Morsi, tampoco cambió mucho la situación del país . Podríamos comparar su programa con el de Erdoğan, porque contenía principalmente ataques a los trabajadores y se limitaba a darle una cara diferente a la corrupción.

Morsi introdujo primeramente un borrador para una nueva constitución basado en los "principios de la sharia", que no preveía ninguna libertad para la prensa, declaró el islam como religión del Estado y restringió aún más los derechos de las mujeres. Como resultado, las protestas de decenas de miles de personas resurgieron a partir de diciembre, hasta que una petición contra Morsi en junio del año siguiente atrajo 22 millones de firmas, el equivalente a una cuarta parte de la población egipcia. Ésta volvió a expresar su descontento en El Cairo, Suez, Alejandría, Ismailia y Mahalla.

El 3 de julio de 2013 se produjo un golpe militar. Abd al-Fattah as-Sisi, que se había convertido en jefe militar bajo el mandato de Morsi en agosto, tomó el poder y mantiene el cargo de presidente hasta hoy. Continúa la política iniciada por el consejo militar y es apoyado tanto por fuerzas reaccionarias (como los salafistas) como por el imperialismo, especialmente estadounidense, pero también alemán e israelí, ya que empresas de estos países están involucradas en los megaproyectos del Estado egipcio. El proceso revolucionario fue una espina clavada en el costado de Estados Unidos, que veía su supremacía en la región, ganada principalmente mediante guerras, en peligro por la posible pérdida de una buena relación con un país geopolíticamente importante para el transporte de petróleo.

Las lecciones de la situación revolucionaria en Egipto en relación con la teoría de la revolución permanente

El proceso revolucionario en Egipto ha tenido varios puntos de inflexión. El derrocamiento de Mubarak fue una importante victoria parcial para las masas, pero de ninguna manera significó que el proceso revolucionario haya llegado a su fin. El requisito para llevar la revolución social hasta el final, al menos en el territorio nacional, habría sido la destrucción del aparato estatal burgués mediante una huelga general insurreccional y la implantación de un gobierno obrero de tipo soviético.

Pero al derrocamiento de Mubarak le siguió primero un gobierno de junta, luego el de Morsi, hasta que fue destituido por el Bonapartismo de Sisi en un golpe de Estado. El mantenimiento del Estado burgués significa lo contrario a una transición automática a la revolución socialista. Así que la primera y mayor lección que podemos y debemos sacar del proceso revolucionario en Egipto es: no basta con derrocar al gobierno, hay que hacer la revolución obrera y socialista. Al caer un gobierno debe seguirle el derrocamiento del Estado capitalista y sus vías de explotación.

Tras la dimisión de Mubarak, el ejército egipcio asumió el rol de freno de emergencia para contener la radicalización de las masas o su perspectiva de revolución social. Esto sólo fue posible porque el gobierno de la junta estaba apoyado por el imperialismo. Conviene recordar aquí que toda la "Primavera Árabe" se convirtió en un objetivo: en Libia, las fuerzas de la OTAN inclusive intervinieron abiertamente, por lo que la dictadura de Gadafi fue derrocada no por los trabajadores con una perspectiva de la revolución social, sino por los imperialistas con la de garantizar su propia esfera de influencia en la región.

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La intervención de los Estados imperialistas permitió a sus compañías monopolistas obtener grandes ventajas en las inversiones: Por ejemplo, la empresa alemana Siemens está construyendo plantas de gas y energía eólica en Egipto y recientemente ha conseguido un importante contrato para un proyecto de tren de alta velocidad.

Ante estas intervenciones, la segunda lección deber ser que la revolución social tiene que ser necesariamente antiimperialista y que, por lo tanto, la solución ha de superar el marco nacional-territorial.

La Hermandad Musulmana conservadora-tradicional era la fuerza opositora más fuerte, pero no lideró realmente a las masas, pronunciándose desde el principio en contra de la violencia y frenando de esta manera el proceso revolucionario. Esto se debe a que su base -tanto votantes como miembros- contaba con pequeños burgueses que también representaban los intereses de los grandes terratenientes y de la burguesía local y extranjera. Es decir, también había una presión dentro de sus propias filas para no romper con su propia burguesía ni con el capital financiero mundial, para no abolir la dictadura o sus restos, ni con el imperialismo. La oposición se mostró incapaz de establecer los "pilares de la democracia" (asamblea constituyente, elecciones libres, juicios por los crímenes de la dictadura, devolución de la tierra a los campesinos pobres, fin de la opresión de las mujeres, entre otros).

Se puede constatar que fue el policlasismo de los opositores lo que impidió una victoria. Ninguna de las reivindicaciones democráticas se contraponía a los intereses de la (pequeña) burguesía por sí sola, pero sí lo hicieron todas en su conjunto, ya que están y terminaron ligadas a demandas económicas, como la de mayores salarios y mejores condiciones de trabajo. De este modo, las masas pobres, trabajadoras y, en gran medida, jóvenes, que se encontraban bajo su dominio, siguieron presionando para acabar con la miseria y pelear por la libertad. Se sintieron obligadas a seguir reclamando sus derechos democráticos, como la asamblea constituyente libre y soberana.

Pero el objetivo de ambos actores -el ejército y la Hermandad Musulmana- era promulgar una nueva constitución basada en la sharia, excluyendo a las organizaciones obreras y a los revolucionarios, junto con las potencias imperialistas. El hecho de que dos años de "democracia" -democracia burguesa- no hayan acercado a los manifestantes a sus objetivos provocó, una nueva ola de radicalización.

El ejército y el imperialismo terminaron viéndose obligados a golpear porque no podían detener el avance del proceso revolucionario. A medida que las masas fueron tomando conciencia de que los problemas de Egipto no podían resolverse en el marco del sistema capitalista, tuvieron que temer que éstas dieran pasos hacia la revolución socialista. En este proceso, el golpe sirvió para controlar a los trabajadores y las masas egipcias, poniendo fin a su rebelión.

La primera tesis de Trotsky en su "Revolución Permanente" es que no se necesitan las etapas separadas de una revolución democrático-burguesa primero y luego una socialista. El proceso revolucionario en Egipto demuestra esta tesis por la negativa: si las fuerzas burguesas o pequeñoburguesas dirigen luchas democráticas, inevitablemente fracasarán porque la burguesía no tiene ningún interés en llevar las reivindicaciones democráticas hasta el final.

Lo que faltaba en Egipto era tanto la construcción de órganos de autoorganización -en la Rusia revolucionaria lo eran los soviets (consejos)-, así como un partido obrero revolucionario que dirigiera al proletariado para que no fuera dirigido y luego traicionado por una dirección (pequeño) burguesa. Las huelgas, así como la formación de sindicatos libres, constituyeron un paso en esta dirección. Pero no estaban vinculados a un programa claramente socialista y, por lo tanto, quedaron a medio camino. La conquista de los derechos democráticos y su conexión con las medidas socialistas, así como la introducción de una economía planificada controlada democráticamente y la expropiación de los capitalistas, son tareas de la organización revolucionaria de la clase obrera, que no es otra cosa que la dictadura del proletariado .

Hoy nos encontramos en medio del segundo gran ciclo de la lucha de clases. Y aunque nunca antes tanta gente -ni numéricamente ni en proporción a la población mundial- ha formado parte de la clase trabajadora como hoy, ésta está extremadamente dividida. Para superar estas divisiones, debemos organizarnos independientemente del Estado capitalista, del reformismo y de los organismos burocráticos mediadores en los sindicatos. Una mirada al Egipto de hace diez años nos enseña que para ello necesitamos no sólo organismos de autoorganización democrática de base, sino también un partido que los dirija. Nuestra tarea es construirlo.







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