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A brillar mi amor: un rock & roll cósmico

Más temprano o más tarde fatalmente debía suceder. A las 9.46 horas (meridiano de Greenwich) de la mañana del 11 de septiembre, en el verano excepcionalmente hermoso de 2077, la mayor parte de los habitantes de Europa vieron aparecer en el cielo oriental una deslumbrante bola ígnea. En cuestión de segundos se tornó más brillante que el Sol y al desplazarse a través del cielo –al principio en completo silencio—iba dejando en pos una ondulante columna de polvo y humo.

Gabriel Paissan

Físico | CNEA y CONICET | Docente CRUB - UNCo

Viernes 3 de junio de 2016 | Edición del día

El fragmento de texto corresponde a la estupenda novela de ciencia ficción “Cita con Rama” de Arthur Clarke. El relato estremece con la imagen de un meteorito colisionando con la Tierra. Se trata de una fantasía construida sobre un evento casi tan improbable como cierto. La historia bien podría estar inspirada en lo que se conoce como el evento de Tunguska.

Una colisión cósmica ocurrida sobre la tundra siberiana, muy temprano en la mañana del 30 de junio de 1908. Los testimonios de los pobladores son elocuentes…."el cielo se abrió en dos, y por encima del bosque, toda la parte norte del cielo pareció que se cubría de fuego. Sentí en ese momento un gran calor como si se hubiese prendido fuego la camisa...quise quitármela….pero entonces el cielo se cerró, hubo una gran explosión y se oyó un enorme estruendo que me tiró al suelo unos cuantos metros”.

Se estima que unos 2.000 kilómetros cuadrados de bosque quedaron arrasados. Ráfagas de fuego en la zona de impacto produjeron un incendio que quemó miles de árboles. Los efectos se sintieron durante varios días y en lugares distantes de Asia y Europa. Se cuenta que los londinenses podían leer el diario a la noche con la luz dispersada por el polvo que quedó suspendido en la atmósfera. Los ocasos eran brillantes y llenos de color.

A través de estudios sismológicos se determinó que el epicentro del fenómeno ocurrió en las cercanías del río Podkamennaya Tunguska (de ahí el nombre del evento). Una zona de taiga pantanosa y deshabitada que permanece congelada la mayor parte del año. Es fácil deducir el carácter devastador de la explosión si hubiera ocurrido sobre una ciudad.

¿Qué fue lo que produjo la explosión del evento de Tunguska? ¿Cuán devastador puede ser? ¿Qué probabilidades hay de que se repita un suceso similar?

Es sabido que toda una gama de cuerpos menores de nuestro sistema solar (meteoroides) ingresan continuamente a las altas capas de la atmósfera terrestre (convirtiéndose en meteoros). Las más de las veces son partículas de polvo del orden del gramo, que –por su efímera performance luminosa en el cielo- llamamos glamorosa pero impropiamente “estrellas fugaces”. En menor medida ingresan cuerpos más grandes, con masas del orden del kg a una decena de toneladas. Por ser más masivos, prolongan el espectáculo luminoso durante mucho más tiempo. Algunos son tan grandes que no alcanzan a volatilizarse completamente y antes de tocar la superficie pueden estallar con un fuerte estruendo, se denominan bólidos (*).

En la jerga popular no se hace distinción entre las etapas de ingreso y caída de roca espacial: meteoroides, meteoros y meteoritos. Hablamos de meteoritos en general, pero por meteoritos se define a los restos de estos meteoros que llegan al suelo sin desintegrarse.

En el caso del Tunguska, a partir de los registros sismológicos, junto a la forma y dimensiones de la devastación, permitió establecer que se trató de una explosión aérea a una altura de entre 5 y 10 kilómetros, y que la energía liberada fue de entre 10 y 15 megatones. Una liberación de energía equivalente a unas 1000 bombas atómicas como las que EE.UU lanzó sobre Hiroshima o Nagasaki. Es intuitivo deducir que ni siquiera el bólido más grande podría liberar semejante cantidad de energía.

En 1908, el imperio del Zar estaba demasiado preocupado con otro tipo de acontecimientos sociales. Así que no fue hasta 10 años después de la Revolución Rusa que se envió una primera expedición para examinar el terreno y entrevistar a los testigos.

La misión estuvo dirigida por el geólogo soviético, especialista en meteoritos, Leonid A. Kulik. Encontró que la explosión había quemado y derribado miles de árboles que yacían extendidos en forma radial apuntando en sentido contrario a un delineado punto de impacto. Kulik dedujo que el escenario había sido causado por la colisión con un meteorito de hierro. Para cerrar el caso sólo le faltaba encontrar el cráter. A pesar de sus esfuerzos no halló ningún cráter, ni escombros del cuerpo que habría impactado en la zona.

¿Qué otra cosa podría ser que desaparezca sin dejar rastros? ... ¿un cometa? ... ¿por qué no? Al fin de cuentas dado que éstos están compuestos principalmente por hielo de agua y de gases congelados como metano y amoníaco. Uno del tamaño apropiado produciría la bola de fuego y explosión observadas y se volatizaría sin dejar un cráter. Apenas quedarían pequeñas partes sólidas del núcleo cometario.

Sin embargo, la hipótesis que ha ido ganando mayor consenso es que se trató de la explosión de un asteroide rocoso, que por definición tiene una composición más frágil que la de un meteorito metálico. Distintas simulaciones computacionales aportan una idea de lo ocurrido. En ellas se recrea la dinámica de un cuerpo celeste ingresando en la atmósfera donde las presiones ejercidas por la resistencia del aire presumiblemente hacen que estalle convirtiéndose en un chorro de gas con altas temperaturas. Por el mismo impulso del objeto, ese gas ardiente se desplaza hacia la superficie a velocidades supersónicas.

Determinar si fue un cometa o un asteroide, no es tan ocioso como puede parecer. Aunque suene de película (o novela) si se quisiera preparar un plan de contingencia contra una eventual catástrofe cósmica, saber qué fue podría ser de ayuda.

Por lo pronto, sabemos que lejos, en la frontera del espacio interestelar, hay billones de núcleos cometarios moviéndose como un enjambre envolviendo esféricamente al sistema solar. De vez en cuando, un tirón gravitacional perturba el movimiento de uno de estos núcleos y es atraído hacia el espacio interior del sistema.

Los cometas –especialmente los de muy largo período- se mueven siguiendo órbitas elípticas muy excéntricas. Si uno de ellos tuviera un rumbo de colisión con la Tierra, tendría tiempo de “tomar carrera” e impactar contra ella a velocidades muy superiores a la que lo haría un asteroide que se mueve en órbitas cercanas (y que por ende de período más corto). Esto implica que si la Tierra colisionara con un cometa pequeño pero que adquirió gran velocidad se liberaría la misma cantidad de energía que la que se liberaría si la colisión se produjera con un asteroide más grande pero con velocidad menor. Pero la probabilidad de que un cometa se cruce en su camino con la Tierra es mucho menor que la de un asteroide.

A partir del registro de fulguraciones de meteoritos en la atmósfera, como por ejemplo las “estrella fugaces” que se describieron al principio, se ha extrapolado que un impacto como el de Tunguska debería ocurrir una vez entre 200 y 1.000 años…una frecuencia que no da para relajarse demasiado.

En cambio la frecuencia de impacto de un cometa pequeño, para producir un suceso como el de Tunguska es de uno cada cien mil años. Y el impacto de uno grande como el cometa Halley, debería ocurrir una vez cada mil millones de años.

La estimación de estos tiempos tan largos no significa que las colisiones con cometas están descartadas. La Tierra con sus 4.000 millones de años, ha existido lo suficiente como para haber recibido varios impactos. De hecho es una conjetura que el agua presente en la atmósfera podría explicarse como producto de la colisión con un cometa.

La Luna misma se considera como un remanente de la colisión de la Tierra con un planetoide del tamaño de Marte ocurrida hace unos 4.400 millones de años atrás.

De modo pertinente, la carencia de atmósfera en la Luna y por lo tanto de la ausencia de erosión nos provee una forma de estimar una frecuencia de impactos que datan desde los tiempos de su formación. Su cara visible desde nuestro planeta, exhibe unos 10.000 cráteres, un millar de ellos son mayores de un kilómetro de diámetro. Una simple división entre su edad y la cantidad de cráteres observados nos arroja la formación de un cráter (un impacto) cada cien mil años.

Las colisiones de asteroides y cometas forman parte de la historia de la evolución de la Tierra y de cada planeta, luna, otros grandes objetos celestes, incluyendo a los propios cometas y asteroides en todo el sistema solar.

Nuestro planeta guarda numerosas cicatrices de esas colisiones. La trascendencia de estos eventos se proyectan sobre la misma evolución biológica La extinción de masiva de especies, como las de los dinosaurios se atribuye a un impacto hace 65 millones de años.

En 1994 pudo observarse el espectacular desmembramiento y colisión de un cometa sobre Júpiter. En septiembre del 2007 pudo observarse un objeto que cruzó el cielo del altiplano peruano e impactó en el suelo dejando un cráter de 13 metros de diámetro y 4,5 metros de profundidad.

Una toma de conciencia sobre este tipo de fenómenos no ha hecho más que empezar. Spaceweather.com, un servicio de clima espacial (una especie de servicio meteorológico que provee datos sobre el medio ambiente Sol-Tierra) desde no hace mucho ha incluido en sus informes diarios, un relevamiento de Asteroides Potencialmente Peligrosos (APPs): rocas espaciales de más de 100 metros de diámetro que pueden acercarse peligrosamente a la Tierra. Sus previsiones para el bimestre junio-julio son:

…Semejante desastre, de ello se tuvo plena conciencia, podía no volver a ocurrir en mil años, pero podía volver a ocurrir al día siguiente. Y la próxima vez las consecuencias podrían ser peores.
Pues bien: no habría una próxima vez
Arthur Clarke “Cita con Rama”

A continuación unos videos compilados de bólidos

(*) El miércoles 18 de mayo pasado, varios medios nacionales, daban cuenta de un bólido observado desde varias localidades de la costa atlántica. Habría causado cierta conmoción en la población que lo describió como “una bola de fuego seguida de una luz blanca” y de una “fuerte explosión”.

Bólido en la costa atlántica 18-05-2016. (Captura imagen CN3 Pinamar)

Bólido en la costa atlántica 18-05-2016 (Diario La Nación)







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