Cultura

A 46 años de la toma de Astilleros Astarsa

Corría el año 1970 y el astillero más grande de todo el cordón industrial más importante de la Zona Norte del Gran Buenos Aires iba a ser el escenario de una enorme gesta obrera que le torcería el brazo y enfrentaría la prepotencia y explotación de los patrones.

Luján Echeverría

CeProDH | Zona Norte GBA

Domingo 26 de mayo | 23:42

“Astilleros Astarsa Río de la Plata S.A” estaba situada a orillas del Río Luján en la Ciudad de Tigre, y contaba a principios de los años 70 con una importante población trabajadora de alrededor de 1.000 (mil) obreros, siendo este el total de las 2 plantas en las que se dividía sus tareas: Navales y Metalúrgicos. Los contratos más importantes se realizaban con empresas estatales, para la construcción de barcos para Empresa Líneas Marítimas del Estado (ELMA), Yacimientos Carboníferos Fiscales, como de locomotoras para Ferrocarriles Argentinos y el armado de tanques para el ejército, entre otros.

Corría el año 1970 y el astillero más grande de todo el cordón industrial más importante de la Zona Norte del Gran Buenos Aires iba a ser el escenario de una enorme gesta obrera que le torcería el brazo y enfrentaría la prepotencia y explotación de los patrones.

Los ritmos extenuantes de trabajo, gravísimos accidentes, las condiciones insalubres, eran moneda corriente, sumándole a que los trabajadores para aumentar sus ingresos debían hacer horas extras, las que se extendían a 12 horas de trabajo de manera rotativa.

Estas condiciones son las que llevaron a los trabajadores a organizarse y presentarse a elecciones para pelear por sus reclamos y desplazar a la burocracia del SOIN (Sindicato de Obreros de la Industria Naval). Con la conformación de la Lista Marrón en 1972, unos 50 activistas se presentan a elecciones pero no logran ganarle a lista de la burocracia, que utilizó maniobras fraudulentas para mantener su conducción. El SOIN estaba manejado por grupos operativos de la CNU y del CdO lopezrreguista

El trabajo de sol a sol, bajo condiciones deplorables, golpeaba sobre los cuerpos de los obreros navales encargados de reparar y construir buques, maquinas industriales y locomotoras. “El trabajo era infernal: un gran predio al aire libre, tanto en verano como en invierno, en el que sólo se manipulaba hierro. Al lado del río, un desastre. Por cada barco que se fabricaba morían uno o dos trabajadores, había una cantidad de enfermedades laborales, como la sordera, que no eran reconocidas”, supo declarar Juan “Chango” Sosa, ex trabajador y dirigente gremial, quien fuera secretario general de la agrupación “ 12 de Septiembre “.

Cada nueva botadura, cada barco que era echado al agua, se llevaba la vida de los obreros navales. Mientras lo que daba en llamarse Departamento Medico para la atención de la salud de los trabajadores parecía sólo destinar su función a darle a los trabajadores “la pastilla mágica” como solución a todos los problemas. Recuerda una solicitada en el Diario Crónica en mayo del 73 la que denunciaba tal desidia patronal:

¿Hasta cuándo seguir soportando que personajes vestidos de uniforme blanco, pretextando la jerarquía del título médico emparchen desde una gripe hasta una hernia con una pastilla blanca? ¿Hasta cuándo seguir soportando que cada barco botado al ritmo de pomposas bandas, bañado con añejo champagne, oculte la muerte de un compañero durante su construcción?

Los sordos ruidos de golpes sobre chapas y metales, la toxicidad para los pulmones y vías respiratorias a causa del uso de pinturas y soldaduras, el trabajo con trajes a más de cincuenta grados de calor dentro de los compartimentos estancos de los barcos donde se concentran gases con gran facilidad, eran una muestra brutal del inhumano trabajo que los obreros soportaban en el astillero.

Las extensas jornadas que llegaban a las 12 horas diarias y los despidos del activismo y delegados de la lista Marrón se sumaban a esta situación que desencadenaba en insalubridad y accidentes mortales: “Por cada barco que se fabricaba morían uno o dos trabajadores “sentenció Sosa. Y así fue. En el año 1973 dos obreros perdieron su vida. Primero fue un trabajador “gruista” que cayó de 20 metros de una grúa tras desmayarse debido al intenso calor; luego un joven trabajador de 24 años ayudante del sector de calderería, José María Alesio: “Se sintió como una especie de explosión o un ruido sordo y se veían llamas. Entonces ahí vimos al compañero prendido fuego por completo. Era un activista. La mayoría de nosotros éramos jóvenes, amigos de la infancia, amigos de la barra. Vivíamos todos cercanos. Todo ese barrio estaba construido alrededor de Astarsa”, relataba en un reportaje el trabajador naval y delegado de Astilleros Astarsa entre 1973 y 1976 Carlos Morelli.

En medio de una enorme conmoción por lo sucedido con el desenlace de las muertes obreras se convocó inmediatamente a asamblea. Y el grito fue uno solo: “A tomar la fábrica!!”. Los obreros tomaron la planta esa misma mañana con una veintena de ejecutivos como rehenes. Una de las reivindicaciones era el control por parte de los trabajadores de la Comisión de Seguridad e Higiene dejando afuera a la patronal en todo lo que tuviese relación con la salud y las condiciones de trabajo de los obreros, control que la patronal no estaba dispuesta a perder. La dirigencia sindical se había hecho presente tratando de levantar la medida de fuerza diciendo que el obrero accidentado se reponía en el Instituto del Quemado. Lo cierto es que Alesio había fallecido. Una ola de indignación recorrió el taller, los burócratas fueron repudiados, insultados y tuvieron que abandonar el astillero.

Los obreros activistas de Astarsa contabilizaron en aquel momento 8 accidentes de trabajo en los últimos 15 días, 2 muertes incluidas, sumando 6 muertes en los últimos 4 años.

“Los delegados trabajaban normalmente en sus puestos y, cuando había que iniciar algún trabajo que se consideraba que era riesgoso, se los llamaba. Entonces iba la Comisión de Seguridad e Higiene Obrera (y obviamente también la de la patronal) y discutían la situación. Si no había acuerdo y los compañeros decían que no, no se ingresaba al lugar. Inclusive hubo que clausurar lugares que se sabía que eran riesgosos. Y la patronal en ese momento accedía a todo” (Insurgencia Obrera en la Argentina 1969-76, Ediciones IPS, entrevista a Carlos Morelli).

La toma de la fábrica en aquel momento obligó al Ministro de Trabajo, al Ministro del Interior y al mismísimo Gobernador de la Provincia a intervenir. Éste último tuvo que enviar un representante a la planta para levantar la toma. Ninguna negociación logró hacer retroceder a los trabajadores. Así fue como a lo largo de varios días los obreros impusieron un pliego de reclamos: entre ellos, el pago de los salarios caídos, reincorporación de los despedidos que tuvieron carácter persecutorio, que la patronal no tomaran represalias.

“El compañero Luis Benencio, (Jaimito), fue el encargado de organizar la comisión de Seguridad e Higiene, obviamente asesorado por el decano de la Facultad de Medicina –que en ese momento era un compañero de izquierda- y la Universidad Tecnológica. De esta forma se pudo discutir de igual a igual con la patronal, con la Comisión de Seguridad que todavía tenía la patronal acerca de las causas por las que nosotros decíamos que algún lugar era riesgoso", relata Morelli.

Inmediatamente se transformaron en un ejemplo de lucha y referentes para la vanguardia obrera. Los obreros de Astarsa lograron que esta lucha se extendiera a los otros astilleros, que implementaron la Comisión dentro del cuerpo de delegados. Es decir, los mismos delegados controlaban las condiciones de trabajo en cuanto a la salud de los obreros. Mientras duró la Comisión del Control Obrero de la Seguridad, Salubridad e Higiene (1973-1976), no hubo en el astillero ningún accidente laboral.

Secuestros y desapariciones en el astillero

Astarsa formó parte de la Coordinadora de Zona Norte, aquella organización de delegados y agrupaciones combativas en oposición a la burocracia sindical que se desarrolló al calor de la lucha contra el Plan Rodrigo, y que organizó paros y marchas multitudinarias a mediados del año 1975.

Sus principales accionistas, hasta los años setenta, fueron la Sociedad Importadora y Exportadora de la Patagonia de la tradicional familia Braun Menéndez (si, aquellos de la masacre patagónica) y la Ferretería Francesa Estrabou y Cía.
En 1975 varios de los militantes fueron secuestrados por grupos paramilitares siendo salvajemente torturados, aunque la intensa movilización de trabajadores de las fábricas de Tigre y vecinos logró su liberación.

Llegada la dictadura genocida, aquella organización de lo mejor de la vanguardia obrera de los años 70, se cobraría un total de 19 desapariciones de trabajadores del Astillero. Previamente a la represión del golpe del 76, ya desde el año 1973, en los astilleros de la Zona Norte (entre ellos Mestrina, Aqcuamarine y Riomar) hubo desaparecidos y asesinados.

En Astarsa, aquel 24 de marzo del 76, entonces se instaló una columna militar que estableció un comando dentro de la empresa, al mando del teniente coronel Molinari, y detuvo a cuatro o cinco trabajadores dentro de la fábrica tras identificar e interrogar al personal registrando las instalaciones, los vestuarios y cofres personales. Cuenta Morelli como sobreviviente al respecto, al ver que varios camiones entraban a la fábrica: “un funcionario jefe de personal, con una lista, hacía que los fueran deteniendo al ingresar y los hacían subir”, según relataba Página/12 en su edición del domingo de hace varios años. Morelli contó también que se enteraron a través de una secretaria de uno de los directivos que “la empresa estaba confeccionando una lista de obreros para pasársela a la comisaría cuando se produjera el golpe”. En medio de helicópteros sobrevolando el cielo del astillero, con tanques y carros de asalto custodiando el operativo se pedían documentos a quienes llegaban a la puerta.

Juan Manuel Ludueña era también trabajador y delegado de Astarsa y estuvo secuestrado en la comisaría de Tigre. Antes de su secuestro, presenció cómo se llevaban a muchos de sus compañeros directamente del astillero. Ocurrió durante los días 24 y 25 de marzo de 1976. Ludueña fue “marcado” al bajar del micro que trasladaba a decenas de trabajadores y personal de civil se acercó indicándole que estaba detenido bajo disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional). La patronal ya había dado aviso a los militares genocidas quiénes eran los obreros que debían desaparecer porque cumplían un rol importante como delegados o activistas. A varios de ellos Ludueña los vio en la comisaría de Tigre, como a los Roqueta (padre e hijo), y a Martín “Tano” Mastinú, quienes aún continúan desaparecidos.

Tan claro estaba que esas listas se las habían proveído la patronal –declaró Luis Benencio, testigo del “Juicio de los Obreros” que en un momento había dos compañeros de apellido Sosa, y cuando detienen a un Sosa y lo suben arriba del camión, uno de los de abajo de la patronal les dice: ‘¡Ese Sosa no es!’”
Otro testimonio clave fue el de Luis Fucks, obrero de Astarsa como los anteriores, quien dijo que “había varias listas, y que la responsabilidad directa de los empresarios se puso de manifiesto, por ejemplo, por el hecho de que el Jefe de personal le dijera antes de retirarse de la empresa: “Ustedes están todos marcados, tarde o temprano se las van a dar”.

Entre Astarsa y Mestrina hay 30 obreros navieros desaparecidos. En los astilleros Astarsa, un grupo de jóvenes trabajadores avanzó del terreno sindical al político, adquiriendo conciencia de clase y también la decisión de apostar por cambiarlo todo desde la raíz, enfrentando a la burocracia sindical, a los patrones entregadores de obreros y los genocidas de la última dictadura.

Su experiencia de lucha, a pesar de la brutal represión, sigue representando hoy un enorme ejemplo de organización y resistencia para las nuevas generaciones obreras, que día a día ven como se agravan las condiciones laborales y dan la pelea frente a los despidos y suspensiones desde pequeños talleres, o grandes multinacionales del cordón industrial más importante de la Zona Norte. Una tarea que se vuelve indispensable







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