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A 34 años de la tragedia, ¿qué dicen las voces de Chernóbil?

Los testimonios del horror, la Historia y las historias.

Domingo 26 de abril de 2020 | 17:25

En 2006, Mijail Gorbachov escribió un artículo para El País titulado “Chernóbil, un punto de inflexión histórica”. Habían pasado veinte años de la tragedia y diecisiete de la caída del Muro. Allí, el último secretario General del PCUS afirmaba que “la verdadera causa del colapso de la Unión Soviética” había sido la explosión de la central nuclear.

El texto servía como una defensa del accionar de la burocracia durante la catástrofe -bajo el escudo de que “el Politburó no tuvo de manera inmediata información apropiada”-; y como una relectura de la historia, que tergiversaba las bases del hundimiento del llamado “socialismo real”.

Según este relato, los crímenes políticos y sociales del estalinismo, su caricatura del avance tecnológico, el desdén de la naturaleza en nombre del marxismo y el contexto internacional quedaban desdibujados. En palabras del impulsor de la perestroika -ya devenido en jefe de la “Cruz Verde Internacional” y merecedor de un Premio Nobel de la Paz- el bloque soviético se había desmoronado por la intangible responsabilidad de la energía atómica y sus “horribles consecuencias”.

Para el imperialismo, Chernóbil sirvió como ejemplo de la inviabilidad del comunismo, asociándolo a la casta que se mantenía en el poder en 1986. Pero ¿qué representó en la conciencia de millones de trabajadores y jóvenes?

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Diez años después de los hechos, mientras el capitalismo avanzaba sobre el Este, la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich recorrió el lugar del desastre y habló con los sobrevivientes. Su libro Voces de Chernóbil, publicado en 1997, transmite un dolor inconmensurable, atravesado por la derrota; la ruptura de antiguas articulaciones entre presente, pasado y futuro; la dificultad de contar el horror.

Walter Benjamin alegaba que tras la I Guerra Mundial “una pobreza nueva” había descendido sobre Europa. Los hombres volvían mudos del campo de batalla, incapaces de transmitir lo que habían vivido. Los avances de la técnica, consagrados en los campos de batalla, tenían como contrapartida la muerte y la destrucción. La comparación con lo ocurrido aquel 26 de abril, bajo un régimen que había aplastado la democracia proletaria, parece inevitable.

Recuerdo como siendo niños las mujeres nos llevaban consigo a los baños. Y a todas, también a mi madre, se les caía la matriz (…). La matriz se salía debido al trabajo duro. No había hombres, los habían matado a todos en el frente, en la guerrilla; tampoco había caballos, las mujeres tiraban de los arados con sus propias fuerzas. (…) Pensaba que lo más horroroso ya me había sucedido en el pasado... La guerra... Que estaba protegido, que ya estaba salvo... Pero ahora he viajado a la zona de Chernóbil. (...) Y allí comprendí que no estoy protegido. Que me estoy destruyendo... El pasado ya no me protege. (…) A mí me destruye el futuro, no el pasado”, alertaba a la cronista el psicólogo Piotr S.

En ese mismo sentido hablaba Liudmila Dmítrievna Polénskaya, una maestra rural, evacuada de la zona de riesgo: “Había una cultura antes de Chernóbil, pero no existe una cultura después de Chernóbil”.

¿No me diga que no se ha dado cuenta de que entre nosotros no hablamos del tema? Dentro de decenas de años, al cabo de siglos, estos serán unos tiempos mitológicos... Tengo miedo de la lluvia. Ya ve: se lo debo a Chernóbil. Me da miedo la nieve... Los bosques... No se trata de una abstracción (…). Chernóbil... Está en mi casa... En el ser que más quiero, en mi hijo, que nació en la primavera del ochenta y seis... Está enfermo. (…) Chernóbil es la catástrofe de la mentalidad rusa”, agregaba el historiador Aleksandr Revalski, sintetizando el espíritu de decenas de narraciones.

En el libro se vislumbran las secuelas morales y prácticas de una concepción distorsionada del comunismo impuesta sobre el pueblo a través de las décadas, el aplastamiento a cualquier tipo de oposición por parte de la casta gobernante.

El testimonio de un soldado que sobrevoló la zona de la explosión lo ilustra a la perfección: “¿Ir o no ir? ¿Volar o no volar? Soy comunista, ¿cómo podía no volar? Dos pilotos se negaron; que si las esposas eran jóvenes, que no tenían aún hijos, les echaron en cara su gesto, los castigaron. ¡Se les acabó la carrera! Hubo hasta un juicio de camaradas. Un juicio de honor. (…) Ahora pienso de otro modo... Después de nueve operaciones y de dos infartos... No los juzgo, los comprendo”.

Llevábamos el grafito en cubos... Diez mil roentgen... Usábamos palas corrientes (…). Cuando regresamos a la unidad ni siquiera nos cambiaron la ropa, teníamos las mismas chaquetas, con las botas que usamos en el reactor”, detallaba un segundo soldado, encargado de limpiar el reactor.

Desde otro lado, Zoya Danílovna Bruk, inspectora del Servicio para la Protección de la Naturaleza, confesaba que sentía culpa al mentirle a los campesinos... pero que debía seguir instrucciones precisas. “Montañas de papeles con el sello ‘¡ultra secreto!’ ¡Declarar secretos los datos del accidente!, ¡declarar secretos los informes sobre los resultados de los tratamientos médicos!, ¡declarar secretos los datos sobre los índices de lesiones radioactivas entre el personal!”, recordaba.

A nivel individual, Chernóbil fue también la campesina anciana que no creía en la radiación, viendo que “las mariposas vuelan y los abejorros zumban”. Y una vecina quien, tras haber vivido dos guerras mundiales, se negaba a abandonar a su vaca. Fue el soldado que la obligaba a tirar la leche, así como su compañero que -desahuciado- le decía a una abuela que todo iba a estar bien, si tan solo se lavaba las manos. Fueron los que se quisieron ir y no pudieron, los que quisieron quedarse y debieron irse. Los médicos y médicas, enfermeros y enfermeras curando a los heridos. Los bomberos, mineros y científicos que heroicamente se propusieron para enfrentar la hecatombe y los que lo hicieron bajo amenaza marcial. Fue el hombre que permaneció cerca de la “zona de exclusión” y en 1997 todavía no podía creer que el capitalismo había regresado. Los cuerpos y las conciencias marcados durante décadas por la radiación.

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De conjunto, el drama social reflejaba un edificio que crujía. La Unión Soviética colapsaría cinco años más tarde, por presiones internas y externas, mostrando que sus bases ya estaban corroídas. Antes que una “inflexión histórica” -al decir de Gorbachov-, Chernóbil, sus voces, reflejaron un hilo de continuidad con las tantas traiciones de la burocracia a los ideales libertarios de la Revolución rusa: otra deformación que el régimen estalinista hizo del marxismo y su concepción de humanidad, naturaleza, tecnología e historia.







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