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Red Internacional

El 9 de diciembre de 1987 se inició la primera Intifada. Un masivo y radical levantamiento palestino contra los asesinatos de árabes por parte del Estado colonialista de Israel.

Mirta Pacheco@mirtapacheco1

Miércoles 9 de diciembre de 2020 | Edición del día

La chispa que encendió la pradera fue el asesinato de cuatro jóvenes palestinos demorados en un checkpoint del campo de refugiados de Jabalia en la franja de Gaza, donde fueron arrollados por un militar israelí, producto de un “accidente”, según el propio Estado terrorista de Israel.

La saña criminal premeditada abrió la furia de un grupo de manifestantes palestinos, entre ellos tres jóvenes de 17, 10 y 11 años que resultaron asesinados por los soldados israelíes. Los sucesos corrieron como reguero de pólvora encendiendo el fuego de la Intifada desde fines de 1987 hasta las brasas entradas de los ‘90, en ese lapso perdieron la vida 1.559 palestinos (304 menores) mientras que las bajas israelíes fueron 400, mayoritariamente soldados, según el organismo de derechos humanos israelí Betselem.

Este levantamiento de masas estuvo protagonizado por una nueva generación de jóvenes y mujeres palestinos que no arrastraban las viejas derrotas provocadas por la Nakba (N.R.: catástrofe en árabe. Hace referencia a la constitución artificial del Estado de Israel con las consecuentes masacres y expulsión de los palestinos de sus tierras) en 1948, pero que tampoco habían conocido la dominación de Egipto sobre la franja de Gaza así como el control de Jordania sobre la margen occidental de la Cisjordania y Jerusalén oriental (hasta 1967), los dos territorios donde se concentraba una parte importante del pueblo palestino obligado a huir por las políticas de limpieza étnica del Estado sionista que expulsó a 1 millón de palestinos al exilio.

Las nuevas generaciones fueron testigos del salto cualitativo de la colonización judía en los territorios palestinos que derramaba la bonanza israelí, mientras sus condiciones de vida iban por la alcantarilla. Si en 1975 había 2.500 colonos judíos, para 1985 se incrementaron a 60.000, viviendo en 100 asentamientos. Ahora que se cumplen 33 años de la enorme rebelión popular palestina, los asentamientos ilegales suman 140, con 600.000 israelíes viviendo en ellos y las empresas que hacen negocios en esa región y cuyos orígenes son países imperialistas, ya supera el centenar.

En aquel año, librados del conservadurismo de sus mayores, miles de jóvenes, educados bajo el odio a la colonización, constituyeron la levadura que enfrentó a las tropas israelíes arrojando bombas Molotov y una permanente lluvia de piedras, obtenidas de esa característica zona de montaña.

Miles de parias de los campos de refugiados y las escuelas administradas por la UNRWA (la agencia de refugiados de la ONU) formaron los primeros batallones callejeros, asistidos por niños y ancianos. Sin embargo (contra la idea "occidental y judeo cristiana" de las mujeres palestinas como absolutamente sumisas, a quienes solo se les asigna un lugar de llanto y sufrimiento) fueron las mujeres quienes más se destacaron, desempeñando un papel importante en la primera línea de la vanguardia, interponiendo sus propios cuerpos a los tanques y las tropas israelíes. Los movimientos de mujeres formaron comités de socorro que rompían los toques de queda israelíes para llevar alimentos y medicinas a los barrios bajo asedio y protestar por los miles de presos que purgaban en las mazmorras hebreas. Durante este período fueron encarceladas alrededor de 3.000 mujeres.

Recomposición del movimiento nacional palestino

La Intifada brotó como una erupción volcánica que expresaba la recomposición del movimiento nacional palestino contra la ocupación sionista, dando a luz nuevas organizaciones coordinadas por el Mando Nacional Unificado. Ese organismo de masas estaba bajo la hegemonía de Fatah y la OLP, a pesar de que su dirección encabezada por Yasser Arafat se hallaba exiliada en Túnez, tras los duros golpes propinados por el Ejército israelí en Beirut y la masacre de Sabra y Shatilla, que los obligó a escapar de Líbano en 1982.

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Las nuevas instituciones de las masas declararon la huelga general contra la represión israelí y alentaron la lucha callejera. El brutal deterioro del estándar de vida llevó a la ruina a las clases medias, las que imprimieron un movimiento de desobediencia civil contra el pago de impuestos y multas, así como al boicot de las mercancías israelíes.

Simultáneamente se desarrollaron dos corrientes de opinión: una sostenía la lucha contra la ocupación sionista de los territorios palestinos y otra que marcaba el objetivo estratégico de destruir el Estado de Israel para recuperar la Palestina histórica.

La brutal represión sobre las masas palestinas dejó al desnudo a los sionistas con un enorme descrédito internacional que abrió ciertas fisuras entre los israelíes. La emergencia de los refuseniks (que ya habían aparecido en 1982 durante la primera Guerra de Líbano, recordada como la operación Paz para Galilea), expresaba un movimiento de miles de soldados y oficiales objetores de conciencia que se negaban a prestar servicio en los territorios palestinos. Los refuseniks preferían ser sometidos a los tribunales militares (que condenaron a varios de ellos a prisión) dieron lugar al desarrollo de movimientos pacifistas como Shalom Ajshav, vinculado a la intelectualidad liberal, y Iesh Gvul, un movimiento de soldados de lazos con grupos antisionistas.

La trampa de los Acuerdos de Oslo

Ante la perplejidad israelí, impotente de sofocar la profundidad del movimiento, el premier derechista Itzjak Shamir y ministro de Defensa laborista Itzjak Rabin intentaron montar una campaña para adjudicar la responsabilidad del “caos” a Arafat, a pesar de que estaba en Túnez y que ya en 1985, durante la Conferencia de Argel, el Fatah y la OLP habían capitulado sus banderas reconociendo la existencia del Estado de Israel, abandonando su viejo programa democrático por una Palestina laica y no racista.

En el mismo mes de diciembre de ese 1987 tuvo su bautismo Hamas, “tolerado” (solo por aquellos años) por el régimen sionista. Según el veterano periodista israelí Uri Avnery, porque en tanto movimiento islámico conspiraba dividiendo el movimiento nacional de carácter laico. Mientras las masas se organizaban en comités de diversa índole, Hamas apartaba de estos comités a los sectores más pauperizados con tareas de asistencia social.

Bajo el marco contrarrevolucionario de la primera Guerra de Irak lanzada por George Bush (padre) en 1991 y la ofensiva neoliberal, el imperialismo norteamericano, el Estado de Israel y Arafat desviaron este proceso mediante los Acuerdos de Oslo de 1993 que promovían la solución de dos Estados, una trampa que en la realidad sólo servía para aumentar exponencialmente la colonización judía de los territorios palestinos, haciendo a un lado todas las demandas democráticas del pueblo palestino, entre ellas el derecho de retorno de 7 millones que residen en la diáspora, mayoritariamente en campos de refugiados de países árabes.

El pleno derecho a la autodeterminación nacional del pueblo palestino es una tarea que sólo podrá hacerse efectiva con la lucha de todos los trabajadores, los campesinos y los pueblos de Medio Oriente, enfrentando al imperialismo, su gendarme sionista y las burguesías árabes reaccionarias.

Acuerdos de Oslo (Rabin, Clinton y Arafat)

La actualidad

El aniversario número 33 de este gran levantamiento popular palestino, coincide con el fin de "la era Trump", un gobierno que en cuanto al pueblo palestino no paró de lanzar provocaciones, como cuando oficialmente reconoció a Jerusalén como capital de Israel. Algo que ningún país imperialista, ni siquiera el mismo Estados Unidos en los anteriores gobiernos republicanos o demócratas, se atrevieron a hacer, conscientes de que eso podía provocar un nuevo levantamiento palestino y obligar a los Estados árabes a posicionarse.

Este año Trump lanzó su autodenominado "plan de paz", mientras al lado suyo un sonriente Netanyahu festejaba. Si bien este plan le sirvió al repudiado primer ministro israelí (que desde hace meses viene enfrentando movilizaciones, sobre todo de la clase media israelí molesta por la crisis económica, la pérdida de empleo y las acusaciones judiciales de Netanyahu) para su campaña electoral, recibió el rechazo internacional tanto de parte de países imperialistas europeos -con millonarios negocios en la región-, como de los líderes árabes.

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Pero también hay que decir que el gobierno de Netanyahu, a instancias de su socio mayor Estados Unidos, tuvo el logro de que dos países árabes acordaron el reconocimiento del Estado Nacional Judío de Israel -tal su nombre legal-, con el consecuente blanqueamiento de relaciones políticas y sobre todo económicas.

Así es como Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, se unieron a Egipto y Jordania (que en 1974 y 1994 respectivamente, ya habían cruzado esa línea).

Se inicia, a partir de enero del 2021, la presidencia del demócrata Joe Biden al frente de la principal potencia imperialista (con todas las crisis que acarrea, tanto interna como internacionalmente) que sostiene, desde su fundación, una alianza estratégica con Israel, sobre todo como la principal potencia armamentística de Medio Oriente. Más allá de que el primer ministro israelí pierde con Donald Trump un aliado en toda la línea y que con el gobierno de Obama, Israel tuvo coyunturas en donde las intenciones políticas de sus líderes eran disfuncionales a la política exterior del demócrata.

Seguramente Biden tendrá otras formas e intentará acuerdos o propuestas no unilaterales, como hacía Trump. Pero todos recuerdan las palabras de Biden afirmando en 2015 que "Estados Unidos debe mantener su promesa sagrada de proteger el hogar de origen de los judíos".

Las masas palestinas, con una juventud hija de aquella intifada -que desconfía de líderes históricos como Abbas, el sucesor de Arafat-, saben que nada bueno pueden esperar de un gobierno de los demócratas.

De hecho los dos acuerdos más importantes como los acuerdos de Camp David primero y Oslo después, se firmaron bajo gobiernos demócratas y ambos han demostrado ser papel mojado para las justas aspiraciones palestinas.




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