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Opinión. 15 años sin el Negro Fontanarrosa: lo que hizo con mi vida

Hoy se cumplen 15 años sin Roberto “el Negro” Fontanarrosa. Todos los años lo recuerdo dos o tres días antes de las fechas, de su nacimiento que es el 26 de noviembre y la su muerte que se convirtió en el día del amigo canalla. Y siempre que lo recuerdo me hago la misma pregunta: ¿por qué? Eso es lo que quisiera contestar para compartir con ustedes.

Raro tener que “encasillarlo” –como él decía–, pero para quien no lo conoce fue un humorista, narrador de historias, guionista, historietista, fanático del fútbol y de los rituales de la amistad. Esto último lo encontré en otro medio que leí por la mañana y me cerró un montón porque provoca eso. El tipo era un gracioso mal que sigue trascendiendo en sus cuentos y en cada lectura que hacemos de sus libros. Fin de su biografía.

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Pero bueno, voy a narrar una historia personal y no la del Negro, simplemente estoy aprovechando estos 15 años que no son pocos para plasmar aquel entonces, ya que parafraseando y cambiando el sujeto de la frase que él dijo, “qué me importa lo que hizo el Negro con su vida, me importa lo que hizo con la mía”.

Yo tenía unos 15 años. Un adolescente frustrado por los cambios, sobre todo, cambio de escuela. Fue re jodido. Porque detrás de ese gran cambio que significa otro barrio, otros amigos, otras maestras, etc., significa empezar desde cero. Y entre los duelos de la adolescencia, ¡qué paja!

Los pibes y las pibas en ese momento no estábamos tan dotados de vida. Nos pasó un 2001 por encima, nuestras familias terminaron recontra golpeadas y años más tarde fuimos nosotros los precarizados de la “década ganada”. Porque para tener un mango teníamos que laburar de lo que sea, y para fumar un cigarrillo CJ revisábamos hasta debajo de la cama para encontrar 10 centavos.

Había que rearmarse. Volver a hacer amigos. Volver a agradar a los viejos que hicieron hasta lo imposible para dar todo lo que nunca alcanzaba y nosotros dejábamos la escuela para básicamente hacer “nada”, para que luego llamen a nuestra generación como “ni ni”.

Y en la escuela nueva, que con el tiempo empecé a querer y hoy voy con ganas como docente reemplazante, conocí algunas historietas de Inodoro Pereyra. Que ya las conocía de por ahí, pero le presté atención por primera vez. Un compañero, también repetidor y nuevo en la escuela, como buen hincha fanático de Central que milita sus ídolos, habló en clase sobre la intervención de las malas palabras que hizo el Negro en el Congreso de la Lengua en 2004 que luego la profesora nos proyectó en otra clase. Este compañero además, en otro momento me preguntó, ¿conoces al Negro Fontanarrosa? La verdad que no tenía ni idea de quién era y no podía ligar por mí mismo que era el mismo que dibujó la historieta de Inodoro Pereyra y habló del énfasis en las letras al pronunciarlas en palabras como “mieRda”. Tomé nota de eso porque me pareció interesante. Me quedé con sabor a poco y con el tiempo empecé a conocer más sobre el genio del humor. Mucho más cuando nos enteramos la terrible noticia de su muerte.

Como les decía antes, para la juventud de ese entonces, no había muchas motivaciones ni tampoco “modelos a seguir”. Los 90 tuvo o pareció tener de eso pese a sus crisis, porque veíamos a los más grandes con posters y afiches en sus piezas e ídolos que nos mencionaban, pero en los 2000 no, o al menos en mis círculos de amigos. A lo sumo el Pity Álvarez pero éramos conscientes de que cada año estaba más complicado de salud y perdía la mística. Ahí es donde se asomó el Negro Fontanarrosa en mi vida y en las de muchos.

En los últimos años de la escuela secundaria, los que íbamos a tener la posibilidad de continuar estudiando alguna carrera, teníamos problemas con la comprensión de textos lo cual nos adelantaba una nueva frustración en puerta: otra vez fracasar, abandonar, desilusionar a las familias, etc. El contexto no ayudaba porque estábamos atravesados por las primeras experiencias en las redes sociales donde introducía la cultura de la imagen y del emoji: como Fotolog, MSN, Facebook, los pack de SMS que te hacían romper las palabras para poder mandar mensajes resumidos y demás. Otros lenguajes totalmente diferentes al que necesitábamos. Porque necesitábamos leer, comprender textos como condición fundamental para estudiar.

Cuando empezó a circular la línea de colectivos por Ruta 21 que hoy conocemos, tuvimos nuestros primeros viajes a Rosario. Seguro los más adultos conozcan bien la situación y las dificultades del transporte para aquella época. Caminando por la peatonal Córdoba pasamos por una librería y la vidriera básicamente era todo de Fontanarrosa. Ya fue de impacto ver eso porque en Villa solo había –y hay– una librería que traía a pedido y mucho menos con esas características: miles de libros y merchandising como los que había de Pereyra y Mendieta. Cambié la Coca, el paquete de masitas y todo posible gasto para comprarme mi primer libro de cuentos del Negro: El mayor de mis defectos. Gran decisión.

Al llegar al monumento, nos tiramos al pasto y leímos el primer cuento: Giovanni y Andrea. Solo dos páginas. Sí, dos páginas que nos hicieron tentar de la risa. De ahí surgió el debate sobre qué estábamos leyendo, qué género, si era literatura, si leerlo nos convertía en lectores, porque dudábamos si era un libro posta o qué. Para nosotros era algo muy simple, una anécdota, algún momento, carecíamos de una definición y nos confundió que alguien escribiera como seguramente hablaba. Así nos pasó con cada cuento. Y a ese libro lo gasté leyendo.

Entonces, cuando vuelvo a los orígenes como un niño preguntando el porqué, me es difícil encontrar respuestas racionales, creo que más bien fue una identificación la que experimenté. El Negro en aquel momento apareció como un ídolo. Apareció como una esperanza frente a la “nada” de la adolescencia. Nos transmitió simpleza. Nos dio muchas carcajadas y amistades. Descubrimos la pasión. Lo tomamos como referencia para mostrar la picardía juvenil de revelarnos en la escuela con malas palabras. Ese “¿por qué?” significa que hubo un antes y un después por lo menos en mi vida, y seguro que les pasó lo mismo a muchos de ustedes. Al haber visto al Negro como a un icono, como a un modelo a seguir, puedo escribir estas letras, ya que después de cada libro que leí de él, me motivé a escribir mis propias historias. Borges, Cortázar, Martín Fierro, la Ilíada y la Odisea, entre muchos que intentábamos leer en las escuelas en aquellos momentos eran inalcanzables para que nos motiven a amar a la literatura y mucho menos a escribir. Tiempo después pude abrazar esas letras, y fue por Fontanarrosa.


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