Sociedad

DERECHO A LA VIVIENDA

Aylen, una historia que pelea por un final feliz

Tiempo estimado 5:54 min


Me encuentro con Aylen en la plaza de Bolsón para charlar sobre la toma de tierra para vivir del que está siendo protagonista. Venía con la idea de charlar sobre el proceso de organización de los vecinos, pero de repente comienza a surgir su historia personal, una historia que es mil historias entrelazadas en la esperanza de triunfar en la pelea por la vivienda. Una de esas historias que no salen en los medios, ni en los reels de instagram.

Ulises Crauchuk

Corresponsal El Bolsón

Sábado 21 de noviembre | 08:01

Aylen nació en Neuquén y de muy chica se trasladó a Bolsón con su madre y hermanos. Una camioneta desvensijada de un vecino fue el pasaporte a una nueva vida lejos de la violencia a la que los sometía su padre.

Estamos a fines de los noventa, una década marcada por la desocupación y la miseria crecientes producto de diez años de política neoliberal peronista. Llegaron a la casa de unos familiares, pero la “comodidad” del hospedaje duró poco y madre e hijos se vieron en la calle sin más. Allí comenzó el tránsito por infinidad de alquileres, donde las miserias de los propietarios grabaron a fuego su vida.

De improvisto en medio de la lucha cotidiana por la subsistencia, la mamá de Aylen consiguió una oferta por un terreno en un barrio periférico de la localidad. Era mucha plata, pero las facilidades del propietario hacían posible alcanzar el sueño del techo propio y toda la familia se abocó a la pelea por hacerlo posible.

Con siete años Aylen pasó junto a sus hermanos y hermanas todo aquel verano recorriendo las plantaciones de fruta fina para realizar la cosecha. Peso a peso, y frambuesa a frambuesa, pudieron reunir el dinero para lograr el objetivo con un enorme sacrificio. Luego vendría el enorme desafío de construir la casa en el marco de la crisis del 2001, pero la tierra era suya.

Las campañas electorales son siempre un momento en que los candidatos de los grandes partidos recorren los barrios obreros ofreciendo lo que no darán en los próximos cuatro años. Las ofertas de trabajo a cambio de convencer a los suyos de votar a tal o cual, están a la orden del día. Por ello, las elecciones en la comarca suelen ser el momento de arrancar algo al menos a quienes sumergen en la miseria y el olvido a millones.

Así lo entendió la mamá de Aylen, que logró un contrato de $300 mensuales limpiando escuelas, a cambio de hacer campaña por el intendente.

Pasado un tiempo el contrato terminó, pero las docentes pelearon y lograron que la contraten de manera permanente. Con esa estabilidad precaria, logró bancar la casa y al educación de sus hijos.

Cuando un accidente vascular se la llevó, las hermanas mayores se hicieron cargo de las menores. Historias de embarazos adolescentes hay miles en los barrios, pero cuando los hijos llegan a casas donde ya no hay lugar, el hacinamiento se siente en lo cotidiano. Una familia necesita su espacio para existir.

La pareja de Aylen, el padre de sus hijos, ha pasado años construyendo casas para otros. Su sueldo no se corresponde con su capacidad y cualificación. Ellos lo saben y también el patrón. Pero aun así no alcanza para costear un alquiler que les de la comodidad de SU hogar.

Entre los hijos, las hermanas y la casa, Aylen encontró un ámbito donde ser ella junto a otras. El futbol femenino es más que una pasión, es un cable a tierra y un rescate. Su dimensión de realización individual y colectiva. Un lugar donde muchas pibas se encuentran con otras para construir lazos de amistad y camaradería, donde apoyarse acompañarse y sentirse parte de algo más grande que la rutina cotidiana o los problemas.

Las chicas pelearon una cancha que se perdió a manos de un loteo municipal, con promesas de viajes a torneos que nunca se cumplieron. Pelearon por el reconocimiento de su liga, aunque los clubes lo hicieron obligados por una ley y hoy el presidente de la liga es un hombre. Sin embargo ahí siguen, gambeteando la miseria a pura ilusión y juego.

El verano pasado Aylen consiguió su primer trabajo con posibilidades de quedar en blanco. En una villa turística como El Bolsón, los trabajos estacionales son la regla.

Lo pibes y pibas se bancan el verano en la cocina o ateniendo mesas y mostradores para que otros disfruten el verano. La promesa es disfrutar, al menos, un par de meses del otoño con la tranquilidad de lo ganado en el verano.

La esperanza de lograr un puesto efectivo se diluyó para Aylen con la cuarentena. El restorán pagó sólo el 25% del salario a quienes estaban en blanco durante varios meses y luego los echó con la promesa de volver a llamarlos “ni bien la cosa mejore”. A Aylen, ni eso. Llegado marzo le dijeron que no continuaba y así, sin más, se acabó la esperanza del primer trabajo en blanco de su vida.

La ilusión de noches de números y cuentas en el comedor por las noches para llegar a un alquiler se deshizo con la caída del trabajo de su compañero de toda la vida. La construcción sufrió un parate abrupto con al cuarentena, y los albañiles son quienes más lo sufren.

Con un IFE que apenas alcanza para pagar facturas de servicios ¿qué posibilidad de acceder a un alquiler hay para una familia obrera precarizada en este contexto?

Una tarde Aylen leyó que estaban tomando tierras en las afueras del pueblo y no lo dudó. Junto a su compañero y sus hijos salieron a pelear un pedazo de tierra para poder vivir. Y ahí están, contra viento y marea dispuestos a resistir para lograr su casa.

Luchando porque toda esa vida de lucha tenga sus frutos. Porque eso es lo que transmite Lucia y las miles que como ella pelean por la vivienda en el país, espíritu de lucha y voluntad para obtener lo que es justo y necesario: una vida que valga la pena ser vivida.

Aylen, su historia y las miles como ella, merecen triunfar.





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