Internacional

ESTADOS UNIDOS IMPUSO SU CANDIDATO

Trump, el BID y la batalla que no fue

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La elección para la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo se transformó por primera vez en una disputa política abierta. Las razones de la pelea y el triste papel del "progresismo".

Jueves 17 de septiembre | 01:22

Como nunca antes en sus seis décadas de historia, la elección de este año para la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) se transformó en una disputa política abierta. Algo que normalmente atañe a un grupo reducido de burócratas de las finanzas gubernamentales de 48 países, principalmente de las Américas y Europa, pasó a ser un acontecimiento de dimensiones geopolíticas, con el telón de fondo de la coyuntura electoral norteamericana.

El hecho en cuestión es que Estados Unidos, o mejor dicho Donald Trump, fue por la presidencia del BID, que según usos y costumbres de la diplomacia de los “organismos multilaterales” le correspondía a un latinoamericano. Y así fue desde 1959 hasta el próximo 1 de octubre cuando asumirá el cargo el norteamericano Mauricio Claver-Carone que se impuso por el 66,8% de los votos (o 30 votos a favor, 16 abstenciones y 2 que no votaron, entre ellos China).

En abstracto, podría decirse que es un cambio más simbólico que sustancial. El BID tiene sede en Washington. Estados Unidos es su mayor accionista con el 30% del capital y de los votos proporcionales, y además es la principal potencia imperialista que ha construido para su beneficio el orden liberal en el que se inscriben instituciones como el BID. Sin embargo, esta es una lectura simplista y sobre todo prepolítica porque no toma en cuenta las relaciones de fuerza ni el significado de los sistemas de alianzas. Tampoco el resultado de una disputa en la que el imperialismo estadounidense se anotó un poroto. América Latina se autoinfligió una derrota lo que, como plantea Juan Tokatlian, profundizó su irrelevancia en la política mundial, aunque agregamos nosotros, por la subordinación de los gobiernos capitalistas a Estados Unidos.

Trump apostó fuerte a dar una señal ofensiva hacia América Latina –y por elevación hacia China- con el sello inequívoco del “America First” y el unilateralismo que ha caracterizado la política exterior imperialista bajo su presidencia. Todo indicaría que la administración Trump busca consolidar su influencia en la región, e incluso proyectar el “trumpismo” como factor de poder, más allá de cuál sea el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre, en las que por ahora el demócrata Joe Biden corre con ventaja. Y en su estrategia obtuvo un triunfo.

El manejo del BID, que da financiación para proyectos gubernamentales de infraestructura (incluyendo la obra pública), es parte del poder de fuego de Estados Unidos para limitar la creciente influencia de China que se ha transformado en el principal socio comercial de muchos países de América Latina aliados de Estados Unidos, y también en un gran prestamista (superior al BID), con Venezuela, Brasil, Ecuador y Argentina como los cuatro principales receptores de financiamiento chino.
Aunque aún la disputa de Estados Unidos y China no está en el nivel de obligar a escoger uno de los dos bandos, no hay que ser muy imaginativo para intuir que desde esa posición Estados Unidos –y en particular la derecha republicana- tendrá una mayor capacidad coercitiva para condicionar el financiamiento a los países de América Latina al alineamiento político con Washington.

Como cualquier otra acción política de la Casa Blanca hasta el 3 de noviembre, la jugada de Trump en el BID tiene una motivación electoral. No es una casualidad que haya postulado a Claver-Carone, un halcón de la derecha republicana de origen cubano que podría asegurarle los 29 electores de Florida, uno de los principales “swing states”. Anticastrista recalcitrante, Claver-Carone está indisolublemente asociado con la línea dura de la derecha republicana contra Cuba, Venezuela y Nicaragua. Entre sus mentores se encuentra el senador Marco Rubio, uno de los promotores junto con John Bolton, del golpe fallido de la oposición de derecha en Venezuela encabezado por Juan Guaidó. Dicho sea de paso, fue el funcionario de segunda línea que Trump envió a la asunción de Alberto Fernández y que se retiró sin decir adiós cuando se enteró que estaba invitado un representante del gobierno de Maduro.

En clave también electoral, Joe Biden, junto con una troupe de demócratas y republicanos anti Trump, rechazaron a Claver-Carone por ser una pieza de la polarización política. Y algunos senadores y ex funcionarios republicanos, entre ellos George Shultz, militaron por el voto en contra del candidato norteamericano, alertando que podría disparar una “crisis institucional inmediata en el BID”.

La ofensiva del gobierno de Trump configuró dos bandos en la región. A grandes rasgos, se conformó de un lado un bloque homogéneo de los gobiernos de derecha y extrema derecha que se alinearon con Trump y militaron desde el minuto cero por la elección de su candidato, liderado por Brasil y Colombia. Por otro, un agrupamiento informal y sin estrategia clara de los que intentaron una débil resistencia que terminó en un fracaso, liderado por Argentina y México. Entre estos últimos son mayoría los miembros del Grupo de Puebla, aunque también hubo derechistas como Sebastián Piñera, y ex presidentes neoliberales y pronorteamericanos como Ernesto Zedillo (México), Julio María Sanguinetti (Uruguay), además de Fernando Henrique Cardoso (Brasil), Felipe González (España), Ricardo Lagos (Chile) y Juan Manuel Santos (Colombia).

El bando latinoamericano de Trump estuvo integrado por Brasil, Colombia, Ecuador, Bolivia (representada por el gobierno golpista de Añez), Paraguay, Uruguay, El Salvador, Panamá, Guatemala, Honduras, Haití, Jamaica, República Dominicana, Bahamas, Guyana, Surinam y Venezuela, que increíblemente todavía está representada en “organismos multilaterales” por Juan Guaidó, el okupa que se proclamó “presidente encargado” y trató sin éxito de dar un golpe de estado contra Maduro, pero que a esta altura hasta sus amigos de la derecha venezolana lo consideran un cadáver político.

No sorprende que Bolsonaro, un trumpista de la primera hora, haya promovido la candidatura de Claver Carone. Bolsonaro operó un giro más general del gigante sudamericano hacia un alineamiento incondicional con la política exterior de la Casa Blanca, lo que significa un activo importante para Trump ya que Brasil es uno de los “estados pivot” o “estados llave” (Henry Kissinger) por su capacidad de establecer la agenda regional. A cambio, Bolsonaro probablemente consiga la vicepresidencia del BID, lo que coincide plenamente con el rol de lugarteniente de los intereses imperialistas que asumió su gobierno.

El otro actor clave de la alianza trumpista en América Latina fue el presidente colombiano Iván Duque que actuó como el puntero de Claver-Carone para juntar los votos en la región.

También fue de la partida Luis Almagro, el vasallo estrella de Washington y secretario general de la OEA, que ahora está más en sintonía con el gobierno de derecha de Lacalle Pou.

Entre los derrotados se encuentra Argentina que intentó primero presentar un candidato propio, Gustavo Béliz, luego trató de postergar la elección hasta el próximo año (en realidad hasta que se definiera el próximo ocupante de la Casa Blanca) en una alianza con México, Perú, Chile, Costa Rica y los países miembros de la Unión Europea. Pero ante la defección de México, terminó bajando el programa y aceptando por buena la abstención.

El gran responsable de que naufragara el tímido intento de resistir la ofensiva trumpista, fue nada menos que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, el “amigo” de Alberto Fernández, que casi sin avisar a sus aliados, decidió dar quórum y salvar su alma “progresista” con la abstención.

Esto no es una sorpresa. AMLO como le dicen popularmente, viene colaborando con el gobierno de Trump en áreas tan sensibles como las políticas antiinmigrantes. México contiene del lado de su frontera a los que intentan ingresar a Estados Unidos, cumpliendo el rol de policía. El 8 de julio, el presidente mexicano viajó a Washington para celebrar la puesta en marcha del T-MEC, el tratado de libre comercio que reemplazó al viejo TLC, a instancias de Trump que buscó obtener mejores términos para el capital imperialista. En esa visita, AMLO dio un discurso humillante. Sin sonrojarse, le agradeció a Trump, que construye un muro en la frontera con México y considera a los mexicanos violadores y asesinos, ser respetuoso del pueblo mexicano y no tratar al país como una colonia.

El T-MEC mató al Grupo de Puebla, que a esta altura es apenas un grupo de autoayuda para quienes tienen nostalgia del ciclo de los gobiernos “progresistas” y apuestan al triunfo de Biden en noviembre, con la ilusión de que un cambio de signo en la Casa Blanca afloje la presión norteamericana y permita negociar los términos de la sumisión. Pero más allá de la forma, el contenido de la política imperialista de Estados Unidos es el mismo con republicanos o demócratas en Washington. Sin ir más lejos, bajo la presidencia de Obama Estados Unidos apoyó el golpe de estado de Honduras. Y Biden y su partido reconocen al golpista Juan Guaidó como “presidente” de Venezuela.

El BID en las finanzas, junto con la OEA (Organización de Estados Americanos) en el terreno político y el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) en el ámbito militar son las instituciones multilaterales de sujeción de América Latina a la potencia mandante por estas pampas. Este “tridente” fue un hijo de la Guerra Fría a través del cual las burguesías latinoamericanas se alinearon con Estados Unidos en su cruzada “anticomunista” contra la Unión Soviética en el exterior y la amenaza de la revolución en el interior, que surgía de la onda expansiva de radicalización irradiada por la revolución cubana.

Creado bajo la presidencia del republicano Dwight Eisenhower en 1959, el BID unió a un gran prestamista –Estados Unidos- con los receptores de financiación –los países latinoamericanos-, aunque se sumaron otros participantes con menor peso de capital como la Unión Europea, Japón y China que se integró en 2008.

Esta definición es muy importante para despejar el panorama de quienes, como el canciller argentino Felipe Solá, presentan como una “patriada” presidir algunos de estos organismos a través de los cuales Estados Unidos ordena su patio trasero mediante la billetera, la presión política y la amenaza militar en última instancia. Mientras, el gobierno argentino sigue en el Grupo Lima, un grupo creado para respaldar la línea golpista del imperialismo y la derecha en Venezuela.

La historia de las clases dominantes latinoamericanas es la de su subordinación al amo del norte, más allá de las resistencias parciales que expresaron los gobiernos nacionalistas burgueses de las décadas de los ’30 y los ‘40 del siglo XX y alguna otra excepción. Pero sin plantear ninguna estrategia que permitiera superar la dependencia y el atraso y lograr una real integración y unidad de América Latina.

Los llamados “gobiernos populistas” latinoamericanos de las primeras décadas del siglo XXI, incluso los que tuvieron más roces con el imperialismo norteamericano, como el de Chávez (y su heredero Maduro) en Venezuela o el de Evo Morales en Bolivia, no cambiaron esa dependencia estructural. La gran lección, reafirmada una vez más por esta pequeña batalla que no fue, es que solo los trabajadores y los oprimidos podrán poner fin a toda explotación y opresión imperialista. Los miles de jóvenes, precarios, trabajadores, afrodescendientes, latinos y mujeres, que han tomado las calles en Estados Unidos contra el racismo y la violencia policial son aliados indispensables para esa tarea.





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