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Lo que nos priva, la propiedad privada

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Las penurias que viven los miles obligados a tomar terrenos contrastan con las enormes propiedades vacías de los grupos inmobiliarios. El derecho a la vivienda es solo para unos pocos.

Martes 15 de septiembre | Edición del día

Fotografía: Télam

Tengo un par de datos para darles. Hay 300 familias que estaban tomando tierras para conseguir un techo en Ciudad Evita y fueron desalojadas violentamente. Hace unos días hubo también un desalojo en Victoria. Está en pie una orden de desalojo en la gran toma de tierras en Guernica. Para mí, está bueno poder ver en qué contexto se da esto.

Hay tres millones de hogares con problemas de precariedad o hacinamiento. Son la mitad de los hogares de toda Argentina. En paralelo a eso, hay inversores privados que cuentan en su haber con dos millones de viviendas. Viviendas que están desocupadas.

En relación a esto quería traerles algunos extractos de Federico Engels de su obra “Sobre el problema de la vivienda” y que, a pesar de haberlos escrito hace 148 años, sigue teniendo cierta actualidad.

El primero dice “La llamada escasez de vivienda, que representa hoy un papel tan grande en la prensa, no consiste en que la clase obrera en general viva en malas viviendas, superpobladas e insalubres. Esta penuria de la vivienda no es peculiar del momento presente; ni siquiera es una de las miserias propias del proletariado moderno a diferencia de todas las clases oprimidas del pasado; por el contrario, ha afectado de una manera casi igual a todas las clases oprimidas de todos los tiempos. Para acabar con esta escasez de vivienda no hay más que un medio: abolir la explotación y la opresión de las clases laboriosas por la clase dominante. Lo que hoy se entiende por escasez de vivienda es la particular agravación de las malas condiciones de habitación de los obreros a consecuencia de la afluencia repentina de la población hacia las grandes ciudades; es el alza formidable de los alquileres, una mayor aglomeración de inquilinos en cada casa y, para algunos, la imposibilidad total de encontrar albergue”.

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Otra cita cuenta que “¿Cómo, pues, resolver el problema de la vivienda? En la sociedad actual, se resuelve exactamente lo mismo que otro problema social cualquiera: por la nivelación económica gradual de la oferta y la demanda, solución que reproduce constantemente el problema y que, por tanto, no es tal solución. La forma en que una revolución social resolvería esta cuestión no depende solamente de las circunstancias de tiempo y lugar, sino que, además, se relaciona con cuestiones de mucho mayor alcance, entre las cuales figura, como una de las más esenciales, la supresión del contraste entre la ciudad y el campo. Como nosotros no nos dedicamos a construir ningún sistema utópico para la organización de la sociedad del futuro, sería más que ocioso detenerse en esto. Lo cierto, sin embargo, es que ya hoy existen en las grandes ciudades casas suficientes para remediar en seguida, si se les diese un empleo racional, toda verdadera «escasez de vivienda». Esto sólo puede lograrse, naturalmente, expropiando a los actuales poseedores y alojando en sus casas a los obreros que carecen de vivienda o que viven hacinados en la suya. Y tan pronto como el proletariado conquiste el poder político, esta medida, impuesta por los intereses del bien público, será de tan fácil ejecución como lo son hoy las otras expropiaciones y las requisas de viviendas que lleva a cabo el Estado actual”.

Sin embargo, la única respuesta que reciben los miles y miles de trabajadores que toman tierras, porque es la única forma de tener una vivienda, son los palos de la policía. Una fuerza que acaba de lograr un importante aumento de salario que le permitirá prepararse mejor para lo que está llamada hacer y para que lo haga contenta: reprimir obreros. En este caso a los que piden un techo.

Yo quería cerrar con el poema “Acta” de Roque Dalton que sintetiza bien lo que sentimos muchos de nosotros en este momento.

En nombre de quienes lavan ropa ajena
(y expulsan de la blancura la mugre ajena).
En nombre de quienes cuidan hijos ajenos
(y venden su fuerza de trabajo
en forma de amor maternal y humillaciones).
En nombre de quienes habitan en vivienda ajena
(que ya no es vientre amable sino una tumba o cárcel).
En nombre de quienes comen mendrugos ajenos
(y aún los mastican con sentimiento de ladrón).
En nombre de quienes viven en un país ajeno
(las casas y las fábricas y los comercios
y las calles y las ciudades y los pueblos
y los ríos y los lagos y los volcanes y los montes
son siempre de otros
y por eso está allí la policía y la guardia
cuidándolos contra nosotros).
En nombre de quienes lo único que tienen
es hambre, explotación, enfermedades,
sed de justicia y de agua,
persecuciones, condenas,
soledad, abandono, opresión, muerte.
Yo acuso a la propiedad privada
de privarnos de todo.

Espero que nos veamos todos este 17 de septiembre en las calles, por nuestros derechos y por un mundo que merezca ser vivido.





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