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Literatura / Día de las infancias

Fuera de Lugar : abuso sexual infantil

Tiempo estimado 12:40 min


La mayoría de las infancias no son ese lugar idílico que las clases dominantes construyeron a través de la literatura. Suelen estar cargadas de recuerdos de pobreza, carencias, opresión y abusos. De eso hablamos hoy en esta columna. Recomiendo 3 novelas. Una de ellas, Fuera de lugar, de Martín Kohan.

Laura Vilches

Concejala PTS - FIT Córdoba. Legisladora provincial PTS-FIT (mandato cumplido) | @VilchesLaura

Viernes 21 de agosto | 13:21

En las primeras fotos las del invierno, aparecían solamente los nenitos. Tres o cuatro, a veces cinco; los que Magallán pudiese conseguir. Fotos con un solo nene decidieron no hacer más. Ya sabían: No funcionaban. Si había un solo nene, y nadie más, la imagen adquiría automáticamente un aire de retrato familiar, viraba hacia la ternura y no surtía ningún efecto. Lo intentaron y salió mal, hasta los compradores más asiduos desistieron en esos casos.

Así comienza la novela Fuera de lugar, de Martín Kohan. Escrita en 2016, empieza como empiezan muchas de las novelas de Kohan. Si hay algo que decir, digámoslo al principio y de frente. Esa pareciera ser la clave. Dos veces junio, en similar modo comienza preguntando “¿a qué edad se puede comenzar a torturar a un niño?”. Si hay que golpear, que la patada entre en directo a la boca del estómago. Porque en el caso de Fuera de lugar, además, el objetivo es correr la representación de la infancia como el lugar idílico de la felicidad total.

Es el revolucionario ruso León Trotsky, de quien esta semana se cumplen 80 años de su asesinato a manos de un sicario estalinista, quien señala en su ensayo autobiográfico Mi vida, que la construcción de la imagen de una infancia feliz tiene mucho de operación ideológica de las clases dominantes, de los privilegiados. Y esta construcción imaginaria tiene lugar precisamente, a través de la literatura: “los que gozaron de una niñez con todo asegurado y además sin tristezas, en las familias hereditariamente ricas y cultas, entre caricias y juegos, suelen guardar de aquellos tiempos el recuerdo de una pradera llena de sol que se abre al comienzo del camino de una vida”, dice Trotsky. Sin embargo, para la mayoría de las personas, los y las desposeídos, el recuerdo de una infancia suele ser un momento sombrío, plagado de privaciones y carencias. “La vida descarga sus golpes sobre el débil, ¿y quién más débil que los niños?” Pregunta Trostky.

Y esa pregunta nos vuelve a llevar a Fuera de lugar, porque aquellos niños que son fotografiados por adultos que recrean escenarios (interiores y exteriores, al aire libre para montar el escenario de juego inocente y de una desnudez “cultural” además de literal según se le ocurre a uno de los cómplices de este abuso) son niños que un cura responsable de un hogar para niños huérfanos o padres ausentes, ofrece para el negocio de la pornografía.

Este policial negro, poco tradicional, poco apegado a las estructuras típicas de la novela policial, arranca así: La idealización de esa infancia no es más que un mero efecto de la ficción, en este caso, fotográfica. Una ficción que oculta la explotación sexual de niños de las clases desposeídas.

Y no llama la atención el ingreso directo de la institución eclesiástica desde el comienzo de la trama. Para que no queden lugar a dudas: Magallanes es el cura que entrega a los niños para ser fotografiados. El “negocio” se le ocurre a un comerciante, Nitti, que lleva productos hasta la frontera con Chile, hay fotógrafos (Lalo y Marisa y Murano) involucrados, y todos hacen uso de los cuerpos de los niños, se dividen el rédito económico en tres partes. Y el cura, se queda con un tercio, pero además hace un uso del poder por el control de ese “recurso” que los demás usan también.

El resto de los personajes, Correa y Cardozo van apareciendo conforme el escenario se diversifica y expande, a medida que abarca toda la geografía nacional (de la Patagonia al Litoral) que, por otro lado, se proyecta hacia otros continentes. Las fotos que sacan para el mercado de la pornografía infantil, son para algún continente lejano, para el mercado de una Rusia que se abre tras la derrota y la restauración capitalista en la vieja unión soviética y los estados del este, donde, según en narrador, “proliferaron los nuevos ricos”, “las lacras”, “las mafias viciosas” dispuestas al consumo de fotografías con niños cuyas pieles morenas, torneadas por el sol, curtidas, airearan la mirada frente a las pieles pálidas y el cabello rubio a las que estarían habituados en la ex URSS.

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La novela, va tejiendo así la trama para el despliegue de este negocio ilegal de la pornografía infantil. Como en la descripción de Hanna Arendt sobre la violencia sistemática del estado totalitario, aquí también el mal se desvanece en acciones banales, con apariencia de únicas separadas de una maquinaria de violencia que se descompone en responsabilidades de acciones nimias, aparentemente aisladas, fuera de lugar y con la casualidad que cruza originariamente a unos personajes con otros en diversos puntos de la geografía, ya sea en las sierras de Córdoba o en una estación de tren del conurbano.

El resto de la trama avanza a pasos tensos con el involucramiento de un adulto en las fotos donde antes había solo niños, con la incorporación de un niño autista de apariencia escandinava entre los niños de rasgos y herencia de los pueblos originarios de nuestro país. Y todo pega un vuelco cuando hay alguien que muere y no es de muerte natural. Es una novela policial, así que no voy a decir más.

Voy a dejar otras dos recomendaciones con el mismo tema aunque distinto tratamiento. Una es la novela de Guillermo Martínez, Los Crímenes de Alicia, donde en un policial de estructura más clásica (o de enigma) retoma la historia de un Lewis Caroll (recordemos que también era un pastor protestante) y su vínculo con las niñas y niños, aunque particularmente con la pequeña Alice Lidell a quien le dedica sus libros Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo.

La otra novela, es primera de la argentina Luciana Di Mello, Mandinga de amor, publicada orginalmente y también en 2016 por Seix Barral) y republicada en la colección 8M del suplemento Las 12. Allí se aborda otra forma del abuso en la infancia, como dicen algunas críticas, sin “la piedad de la corrección política” en un espacio también, como ocurre con Fuera de lugar, de frontera, o donde las fronteras son, como siempre, porosas.

¿Por qué se me ocurrió recomendar estas obras? En primer lugar, porque aún con su temática dura, están tremendamente escritas. Pero además, porque abordan un nudo problemático que atraviesa la infancia lejos de ese mito idealizado del que habla Trotsky. La niñez de las mayorías populares, aun contra lo que desearíamos nosotras y nosotres, son algo más de ese mito idealizado de la felicidad. Es momento de privaciones, de carencias materiales (el último informe de UNICEF argentina señala que la pobreza infantil superará el 60% en nuestro país) y afectivas y en muchísimos muchísimos casos, de violaciones y abusos.

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La red de Socorro rosa, para este pasado fin de semana del tradicional día del niño, o “de las infancias”, como fue redenominado, lanzó una interesante campaña por los derechos de niñes, y sobre todo de las niñas. El lema es : en un mundo justo las niñas no son madres, denunciando por un lado el abuso sexual del que muchas de ellas son víctimas.
Con el hashtag “Vivas y jugando” lanzaron al debate público números que son elocuentes: cada 3 horas, una niña entre 10 y 14 años es forzada a gestar, parir y criar. Y esto es en los casos en que el abuso sexual, la violación, deriva en embarazos que son 8 casos de cada 10 según datos de 2017.

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Investigaciones y estadísticas en nuestro país señalan que cerca de 3.000 niñas menores de 15 años se convierten en madres: a menor edad mayor es la probabilidad de que el embarazo sea producto de abuso sexual, relaciones forzadas o explotación sexual. Estos estudios señalan además que esta violencia es ejercida por integrantes de la familia o el entorno cercano. La mitad de los abusos ocurren en la vivienda de la víctima (46%) o de un familiar (5%), según uninformede UNICEF, 2019.

Y acá quiero detenerme en un elemento recurrente: porque los mismos sectores conservadores, entre los cuales está como actor principal la Iglesia católica, que es la que en el país, en las provincias, obliga a las niñas a parir, que se opone no solo al aborto legal, seguro y gratuito sino que hasta bloquea de la mano de la justicia, como lo hizo durante años en Córdoba, la interrupción legal del embarazo justamente para casos de violación, es la misma que encarnada en ese personaje de la novela de Kohan, en Magallanes el cura a cargo del Instituto, es responsable de la pedofilia que oculta entre sus filas, protegiendo a los abusadores, encubriendo, del mismo modo que encubrió y encubre el robo de menores bajo la última dictadura militar.
La película Spotligth es otra recomendación para quien quiera meterse de lleno con la denuncia del abuso eclesiástico y su encubrimiento. 6300 curas acusados desde 1988 de haber abusado de 100 mil niñes sólo en EEUU, según Bárbara Blaine, titular de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico. En Argentina, 63 curas fueron denunciados en los últimos 20 años, según un informe del diario La nación, que abarcan a un gran número de víctimas, el instituto Próvolo de Mendoza es uno de los más claros ejemplos.

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Otro rol juega el sistema de salud que no garantiza el acceso a la interrupción legal del embarazo, o la propia Justicia que lo obstaculiza, más allá del fallo de la Corte Suprema que indica lo contrario; o que en caso de otros abusos recurre el cuestionado “síndrome de alienación parental” para dudar del relato de niños y niñas “suponiendo que fabulan o son fácilmente influenciables por los adultos que los incitan a sostener la denuncia”, señala la psicóloga Silvina Rivilli. Acá opera el prejuicio, además, contra las madres que denuncian por abuso a varones de la familia o cercanos. Y la Justicia revictimiza, poniendo en duda una de las principales pruebas en un delito de abuso sexual infantil que es el testimonio de les niñes.

Según UNICEF, la violencia sexual contra niñes toma en cuenta “abuso sexual, acoso, violación o explotación sexual en la prostitución o la pornografía”. Puede ocurrir en los hogares, instituciones, escuelas, lugares de trabajo, en las instalaciones dedicadas al viaje y al turismo, dentro de las comunidades, en contextos de desarrollo y de emergencia

En 2002, la OMS estimó que 150 millones de niñas y 73 millones de niños menores de 18 años experimentaron relaciones sexuales forzadas u otras formas de violencia sexual con contacto físico. Son estimaciones porque las causas de violencia sexual no se denuncian, ya sea por el estigma, la vergüenza, de desconfianza en las instituciones que la amparan, como la justicia, la iglesia, los espacios de salud o las escuelas en caso de que sean confesionales.

Mientras hacía esta columna, pensaba por qué traer a colación, un martes a mediodía, recomendaciones de obras literarias que trabajen (con distinto grado de crudeza y tratamiento) este tipo de abuso en las infancias.

En primer lugar, es en homenaje a quienes, como niñes víctimas de esta violencia se animan a denunciarlo y sacarlo a la luz, rompen el mandato de silencio que se les impone como víctimas. También, vaya como reconocimiento a todxs lxs profesionales, trabajadores, familiares, amigos y amigas, compañeros y compañeras que acompañan en el proceso de la denuncia. Pero también, porque en un mundo capitalista y patriarcal tan putrefacto donde este tipo de violencia sobre les más débiles está muy extendida, quiero también homenajear a quienes se organizan para cuestionarlo todo porque, como legaba el propio en una carta a su hijo, León Sedov: “la vida es hermosa, que las futuras generaciones la liberen de todo mal y opresión, y la disfruten plenamente”.





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