Sociedad

CORONAVIRUS

"Socialismo o barbarie" no es un diagnóstico, sino una consigna para la acción

Tiempo estimado 14:21 min


En estos días aciagos, mientras la hiperinformación embota el pensamiento y los anuncios gubernamentales desbordan de cifras meteóricas que apenas pueden analizarse, muchos son los diagnósticos -no solamente médicos- sobre este cuerpo mundial atacado por un virus. Pero ¿cuál es el tratamiento recetado?

Andrea D'Atri

@andreadatri

Viernes 20 de marzo | 16:30

Hace pocos días -que en tiempos pandémicos son una eternidad- el periodista y fundador de Podemos, Juan Carlos Monedero, tituló su columna en el diario Público mencionando el famoso lema de la revolucionaria Rosa Luxemburgo: “Coronavirus: socialismo o barbarie”. Nunca mejor citado que en estos tiempos que corren. Más de 10 mil muertos y 240 mil contagiados (comprobados) en el mundo son cifras opacas que fundamentan medidas excepcionales de los Estados, mientras a la población se la priva del derecho a discernir y se le ordena obedecer sin cuestionamientos, so pena de ser virtualmente linchado por sus congéneres aterrorizados, obligado a pagar una multa o ser encarcelado.

Con el perfeccionamiento inaudito que permiten las nuevas tecnologías del siglo XXI, se toman medidas medievales como el confinamiento masivo e indiscriminado, consensuado sin fisuras, después de haber diseminado masivamente la propaganda del terror. El mismo método del siglo XIV se hace más llevadero con las videoconferencias en streaming. Pero es inconcebible que los avances científicos y tecnológicos no se apliquen, con la misma celeridad, para testear copiosamente a la población y -como parte de un plan integral coherente- tomar medidas racionales de aislamiento, que evitarían generar un caos mayor al que ya se ha provocado.

Nos dicen que, en las condiciones actuales, no se puede hacer eso. El caos sanitario, social y económico que ya se ha generado comienza por allí. Queda demostrado que el paciente cero de esta pandemia no es un turista irresponsable de tal o cual nacionalidad, sino el desmantelamiento de los sistemas de salud pública que, como tantas otras cosas, se vieron afectados por los recortes después de la crisis de 2008, tanto en España como en otros países del mundo.

el paciente cero de esta pandemia no es un turista irresponsable de tal o cual nacionalidad, sino el desmantelamiento de los sistemas de salud pública

El paciente cero es el capitalismo

Pero escribo confinada en un piso de Barcelona, así que me permito empezar señalando que, en una década de recortes desde aquella crisis donde el Estado capitalista salvó a los bancos y las grandes empresas a costa de hundir a millones, se redujo la inversión en salud en 21 mil millones de euros y la plantilla de médicos en 9 mil profesionales; se quitaron 5 mil camas y se envió a 80 mil trabajadoras y trabajadores sanitarios al paro.

La sanidad privada mueve 30 mil millones de euros al año. Solo por mencionar al grupo Quirón Salud, tenemos que cuenta con 43 hospitales, 39 centros de día y 35 mil trabajadores y está construyendo un centro oncológico de protonterapia de vanguardia tecnológica, con una inversión de más de 40 millones de euros. Imaginen esto mismo a escala internacional.

En España, la intervención inmediata de todo el sector privado para actuar coordinadamente con el sector público ya fue ordenado por el gobierno de coalición del PSOE y Unidas-Podemos. Pero esto no alcanza, porque el personal sanitario está agotado; se denuncia la falta de elementos básicos para prevenir los contagios y atender a los pacientes; los stocks y la producción de batas, mascarillas, sábanas, guantes no alcanzan.

Proyecten esto que sucede aquí, por la cantidad de países más ricos del mundo, donde se vive algo similar. Sumen a esto que el virus amenaza con propagarse en los países pobres en las próximas semanas y meses.

Son ellos o nosotros

Por esa razón, en algunos países, las grandes empresas automotrices empiezan a reconvertir su producción como sucedió en la Segunda Guerra Mundial. Algunos gobiernos lo solicitan y otros lo imponen. En el Estado español, el multimillonario Amancio Ortega -el dueño de Zara y otras marcas- amenaza con despidos y suspensiones a los trabajadores de sus empresas, mientras ofrece modificar sus líneas de producción de indumentaria, para fabricar material sanitario que espera venderle al Estado en medio de la desesperación generalizada.

Pero también se necesitan respiradores artificiales y otros instrumentales médicos complejos, químicos, mobiliario, catering y muchas cosas más que hoy están escaseando, mientras algunas fábricas siguen produciendo bienes innecesarios para la emergencia y sin cuidar las condiciones de seguridad de sus plantillas y otras cierran, enviando a las trabajadoras y trabajadores a su casa con suspensiones y despidos, pero todos igualmente confinados en cuarentena.

Solo por mencionar a las principales empresas del Estado español, que conforman el Ibex35, tenemos que reportaron 47 mil millones de ganancias el año pasado. Además de la Telefónica, el Banco Santander y otras, entre ellas se encuentra el emporio de Amancio Ortega. Monedero, en su artículo, después de describir la barbarie que hay que combatir, plantea que "las empresas no son el enemigo". Solo con el recuerdo de 2008, millones de personas afirmarían que si no son el enemigo, se le parecen bastante. ¿Es acaso, irracional, sugerir que resignen, aunque más no fuera, una parte de sus ganancias, cuando a la población se le imponen penurias inauditas?

Monedero plantea que ’las empresas no son el enemigo’. Solo con el recuerdo de 2008, millones de personas afirmarían que si no son el enemigo, se le parecen bastante

Multipliquen esta mínima medida de emergencia por todas las grandes corporaciones del mercado mundial. Si vamos a una guerra, mejor estar pertrechados. Nadie ganó ninguna batalla, quedándose en casa de brazos cruzados.

Tampoco alcanzan las camas, los espacios adecuados para el aislamiento de los pacientes. Pero las grandes y millonarias cadenas hoteleras españolas vieron mermar sus reservas y despidieron a sus plantillas o las enviaron a casa, aprovechando la cuarentena, con una paga del 70% de su salario de la que se tiene que hacer cargo el Estado.

Sin embargo, aunque ahora lloren las pérdidas que les provocó el coronavirus y exijan que el Estado las rescate, según un informe de setiembre de 2019, las 6 mil empresas hoteleras españolas sumaron unas ventas de casi 20 mil millones de euros apenas en 2017. Es hora de que devuelvan al pueblo español, una parte de lo que ganaron durante la última década de esplendor de la explotación turística, usufructuando los bellos paisajes, el clima agradable y la cultura del país.

¿No es hora de que se abran esas habitaciones -sin pago- para organizar a las personas afectadas, atendiendo a sus necesidades según los niveles de riesgo que presenten? ¿No es urgente transformarlos en viviendas transitorias para las 40 mil personas sin techo que hay en todo el Estado español?

Lo pueden hacer aquí y en el resto del mundo. Pero el gobierno español ha prometido desembolsar 117 mil millones de euros para hacer frente a esta crisis y la mayor parte de ese dinero irá a los bolsillos de los empresarios por vía directa o indirecta, sosteniendo con subsidios a las plantillas suspendidas por las patronales, mientras los de siempre se vuelven a enriquecer. Y lo mismo sucede en el resto de los países golpeados por la pandemia.

Tocamos sus intereses ahora o saldremos de esta crisis, como de las anteriores, con ricos más ricos, pobres más pobres, y quizás, millones de muertos.

Frente al rescate de Sánchez a los capitalistas, nacionalización de la banca e impuestos a las grandes fortunas

El virus no tiene pasaporte

Ante todo este desastre que nos transmiten por televisión y compartimos por redes sociales, desde nuestros confinamientos, las fronteras demuestran más que nunca que, más que la solución, son parte del problema. La pandemia se propaga con las fronteras cerradas y los vuelos cancelados, no conoce de impuestos aduaneros ni tasas de importación. El coronavirus no tiene pasaporte. Cada estado nacional resolviendo sus asuntos domésticos, introducen más caos al caos y son un obstáculo a la planificación.

Como en un loop de pesadilla, en la Unión Europea vemos los mismos acontecimientos suceder en cada país, con apenas días de diferencia. Y ahora, vemos cómo ingresan en esta espiral macabra, los países de América Latina. ¿Qué sucederá en ese continente, con millones de personas sumergidas en la pobreza más extrema, con su sistema inmunitario deprimido por la desnutrición y las condiciones precarias de vida? ¿Cuánto falta para que se repita este mal sueño en África, donde más de 25 millones de personas viven con VIH, lo que las convierte en población de riesgo? A esos grupos de la población, el coronavirus afectará sin preguntar edades y las tasas de mortalidad podrían dispararse brutalmente.

Para millones de latinoamericanos y africanos, quedarse en casa podría empeorar la situación o, en el mejor de los casos, no tener ninguna relevancia frente a las extremas condiciones de riesgo en las que viven cotidianamente.

El coronavirus no tiene pasaporte. Cada estado nacional resolviendo sus asuntos domésticos, introducen más caos al caos y son un obstáculo a la planificación.

La clase trabajadora puede resolver el caos creado por los capitalistas

Como se ve, son muchas y disímiles las tareas para hacer frente a la pandemia. Pero tienen algo en común: para fabricar tests de coronavirus, mascarillas, camas hospitalarias, respiradores artificiales o nuevos hospitales se necesitan trabajadoras y trabajadores que no estén confinados en su domicilio, como hoy mismo no lo está el personal sanitario ni el de otros sectores esenciales.

A esta altura de la crisis, todos los sectores son esenciales si se reorganizan, bajo el control de sus trabajadores que sabrán establecer, democráticamente, un régimen de licencias pagadas al 100 por ciento para quienes lo necesiten, jornadas reducidas, rotación y medidas de seguridad e higiene para cuidar de sí mismos. Los capitalistas, por el contrario, sólo dan muestras de poner, por encima de las necesidades colectivas, su sed de ganancias. Los gobiernos, por su parte, defienden los intereses de los capitalistas, salvando empresas de la quiebra con fondos públicos o exigiéndoles que produzcan lo que se necesita pero para comprárselo con dinero que luego se quitará a la población con recorte de prestaciones y ajustes.

Lo que vemos en estos días demuestra que, ante una crisis como la que estamos atravesando, el confinamiento indiscriminado de la población aporta más caos a la situación. Muchos millones de trabajadoras y trabajadores siguen sosteniendo el funcionamiento precario del mundo durante esta pandemia en la industria alimentaria, farmacéutica, en los servicios sanitarios, la recolección de residuos, la limpieza, el transporte, etc. Muchos otros millones, capaces de poner en movimiento esta extraordinaria y enorme maquinaria de la industria química, automotriz, metalúrgica, textil y tantas otras que, reconvertidas podrían colaborar en la lucha contra la pandemia, están encerrados en sus casas.

A esta altura de la crisis, todos los sectores son esenciales si se reorganizan, bajo el control de sus trabajadores

La “medida de emergencia” que necesitamos es el control obrero de la producción

Adiestran sus perros armados para enfrentar rebeliones

El confinamiento generalizado, impuesto en forma repentina y sin estar integrado a un plan que contemple otras medidas y sin tener en cuenta la situación social de millones, no resuelve por sí mismo el problema. Para muchos trabajadores ha significado que su única salida en este caos sea reclamar que lo envíen a casa, aunque para eso tenga que resignarse a cobrar una ayuda estatal inferior a su salario.

Contradictoriamente, ahora cuando se empieza a hacer evidente que es necesario que millones trabajen para paliar la propagación de la pandemia y avanzar aceleradamente en la atención y cura de los enfermos, el Estado (que ya ha conseguido fortalecer suficientemente el consenso social para que las fuerzas represivas actúen contra los que se rebelan al confinamiento, aunque fuera para sacar a pasear a su perro) podrá recurrir a toda la fuerza de su aparato punitivo y represivo, si es necesario, para enviarnos a trabajar a punta de pistola.

Por eso, son ellos o nosotros y es ahora. Si queda en sus manos, no podremos esperar ninguna solución para nuestros padecimientos, sino todo lo contrario. Y ni siquiera estamos hablando de lo que nos esperaría en el futuro si no logramos quitarle el mando de esta guerra a los canallescos generales que privilegian sus beneficios de hoy, por sobre la vida de millones que se arriesgan a infectarse con coronavirus. Los mismos sobre los que mañana querrán descargar las consecuencias de sus empresas quebradas, con millones de parados, sin techo y condenados al hambre y la miseria.

El reforzamiento actual de los aspectos punitivos del Estado es el preparativo indispensable de los capitalistas para las posibles rebeliones que genere la guerra que nos han declarado. Porque el capitalismo es barbarie más o menos disimulada en tiempos saludables, pero abiertamente descarnada cuando las crisis económicas, sociales y políticas se aceleran por la quiebra de una compañía global de servicios financieros, como en 2008, o la aparición de un coronavirus como en 2020.

Tomar el destino en nuestras manos

Que los progresismos y las izquierdas reformistas acepten con resignación esta realidad, proponiendo paliativos como kits de higiene para repartir a los sin techo, suspensión de los desahucios mientras dure la crisis o rentas universales de supervivencia mínima, es pura demagogia miserable. Si la elección ante la que nos encontramos, como dice Monedero en su artículo, es "socialismo o barbarie", las prescripciones parecen bastante lejos del diagnóstico. Como si nos anunciaran una enfermedad terminal en fase aguda y nos recetaran un analgésico.

La concatenación de los acontecimientos conduce aceleradamente a una encrucijada de escala internacional: los gobiernos seguirán priorizando el salvataje de los capitalistas a costa de nuestras vidas o las masas trabajadoras impondrán su programa que, necesariamente, ataca las ganancias y beneficios empresarios para salvar a la humanidad de estos estragos. Los utópicos reformadores del capital que sigan marcando el paso con altisonantes discursos y acciones impotentes, terminarán barridos de la Historia, por las masas hastiadas de padecer tantos agravios inauditos. Nuestras vidas valen más que sus beneficios.

Socialismo o barbarie, no es tan solo un diagnóstico. Hoy, más que nunca, es una consigna para la acción.





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