Sociedad

DIARIO DE VIAJE

El brazo "tonto" de la ley

Tiempo estimado 9:14 min


Miércoles 7 de agosto | 14:22

La recepción de la comisaría era espaciosa, demasiado amplia para la poca gente que esperaba hacer trámites. Sin embargo, todos nos encontrábamos del mismo lado, incluso de pie, aunque a pocos metros había más sillas. Dos mujeres con ropa de estilo indio, otra con velo que acunaba a un bebé mientras dos chiquillos corrían a su alrededor, su esposo, una elegante pareja de africanos, un joven de rasgos orientales, dos hombres árabes y nosotros tres, nos ubicamos respetuosamente del lado que decía “sala para extranjeros”. Mientras el espacio que estaba señalizado como “sala para españoles”, permanecía vacío.

Llevaba más de cuatro meses haciendo diversos trámites para que mi estancia en Catalunya fuera legal. Iba acompañada por amigos del lugar, porque ya estaba harta de que las cosas fueran tan engorrosas y siempre algún funcionario descubriera que faltaba un papel, un sello, una firma. Además, el lugar en el que me habían sorteado para realizar el trámite, era una comisaría de una ciudad del interior, a la que convenía ir en auto.

Creí que lo mejor era entrar sonriendo, pero ninguno de los dos policías de la recepción levantó la vista. Uno jugaba con su teléfono móvil, el otro tenía el aparato pegado a su oreja, como pendiente de una conversación. Enseguida supe que quien decidía el orden en que ingresábamos las personas que ya habíamos solicitado turno por “la internet”, era un hombre mayor, enjuto, un poco encorvado, que hacía “su trabajo” a regañadientes y portaba una lista con los nombres de quienes esperábamos pacientemente en la “sala para extranjeros”.

***

Mientras esperábamos, la mujer con velo decidió acallar a su bebé, amamantándolo. Entonces, uno de los policías de la recepción, echando hacia atrás su silla reclinable y rascándose el ombligo a través de los botones de la camisa, aprobaba calurosamente, y en voz alta, que no había nada mejor que la leche materna. Y empezó a contar que había crecido de esa manera. Quizás elevaba el volumen, creyendo que la mujer con velo no entendía español. En muchas ocasiones vi cómo los policías están convencidos de que si hablan fuerte, quien no comprende español, lo podrá entender igual. El agente insistía en que antes era costumbre ver mujeres nodrizas que amamantaban a los hijos de aquellas que no tenían leche. Que ahora no es común. Aunque él había visto, hacía pocos días, a tres mujeres amamantando en la playa. “Y españolas, eh, esas eran españolas”, agregó. Nos miramos con mis amigos. Los tres pensamos que Santiago Segura se habría inspirado en este tipo cuando creó a Torrente. Pero también tradujimos, en silencio, las entrelíneas xenófobas de sus frases.

El viejo encorvado se acercó a preguntar de nuevo los nombres de quienes esperábamos y corroborar nuestros turnos. Le habló más fuerte al muchacho de rasgos orientales que, aunque le gritaran con un altavoz, no entendía español. “¿Es que lees lo que dice aquí? Aquí dice ocho…oooo… choooo… hoy es siete. Ocho es mañana, has venido antes.” El chico lo miraba impávido. Mi amigo se acerca y con un acento más catalán que la fiesta de Sant Jordi, le aclara “que tumórrou, que vengas tumórrou”. El joven seguía imperturbable, lo que ratificaba –a mi entender- que era de origen oriental. Por suerte no se movió, porque el papel decía que tenía que estar el día siete del mes ocho y no el día ocho del mes siete, como había leído el viejo encorvado. Pero esto lo descubrió mi amigo y al viejo no le gustó nada que lo desautorizara delante de un seleccionado internacional que lo miraba con recelo.

Pronto llegó mi turno y el de la mujer del velo. Apenas se acercó a la mesa que le correspondía, le dijeron que no podían hacer su trámite. Se volvió a sentar a mi lado y me explicó que su madre estaba internada en Marruecos, que pronto debía someterse a una intervención quirúrgica y que ella tenía los pasajes, pero debía tramitar el permiso de retorno para su bebé, porque al más pequeño no podía dejarlo con su padre en Catalunya. El viejito encorvado, de muy mal modo, se entrometió en nuestra conversación para repetirle que no le harían el trámite. Y dirigiéndose a mí, quiso explicar por qué no les correspondía a ellos resolver su problema. La mujer se quebró y entendí el desasosiego en su mirada, mientras le pedía a mi amiga que la ocultara de su marido, para que él no la viera llorando.

***

Fue mi turno. Dejé a mi amiga consolando a la mujer marroquí y me acerqué al policía que, de muy mala manera y en pocos minutos, me espetó que me faltaba un trámite previo y no quiso escuchar que aquello que requería no constaba entre los requisitos. Todo esto mientras se quejaba de que mandaban a todos los extranjeros a hacer trámites a su comisaría, que había poco personal y que su computadora se había tildado. Mientras tanto, el viejo enjuto, me explicaba que “son todos así” y que “ya los conozco”, refiriéndose a la mujer de Marruecos que ya a esta altura lloraba desconsolada, con mi amiga. “Vienen a llorar que se me murió tal o cual, pero en realidad quieren el permiso porque es la fiesta del cordero para ellos, el próximo fin de semana”. Intentando que el policía me hiciera el trámite, por un lado y, por otro, debatiendo con este jubilado racista que probablemente había ejercido en la policía hace muchos años, sólo atiné a decir que me parecía que la mujer no mentía y que no sería bueno que “pagaran justos por pecadores”.

Denegado. Debía volver a Barcelona, realizar un trámite que ninguna oficina estatal aceptaría hacérmelo en lo inmediato y sin cita previa, para regresar al día siguiente, si es que no quería perder este turno que había solicitado con muchísima antelación y quién sabe cuándo volvería a conseguir. Pero cuando, resignada, me alejo del salón, me doy cuenta que mi amiga sigue adentro, ahora con el bebé marroquí en sus brazos, mientras la madre intentaba convencer a los policías de extranjería que le dieran la documentación que necesitaba.

El viejo se acercó a ratificarme lo que ya me había dicho el policía de extranjería. “Es que si no tienes ese papel no podrás hacer el trámite”. Ya lo había escuchado infinitas veces, o eso sentía. También se lo explicaba a mi amigo, como buscando un nativo que pudiera comprender lo que a los extranjeros tanto nos costaba. Le explico que seguramente será imposible conseguir esa gestión en veinticuatro horas. Se me acerca y en tono cómplice, me indica el procedimiento a seguir para conseguirlo: “Ve y llórales”. ¡Lo mismo que estaba haciendo la marroquí ahí dentro y nadie quería escucharla!

***

Apenas pisamos la acera, estallamos los tres en una carcajada. ¡Ni en las películas de Torrente! Pero no es de película. O si lo es, es una de terror. En el Estado español, cerca del 10% de la población es inmigrante y la gran mayoría se asientan en Catalunya, Madrid, Valencia y Andalucía. Alrededor de 700 personas murieron solamente en el estrecho de Gibraltar, en 2018, intentando llegar al Estado español.
Miles, cada año, encuentran su tumba en el Mediterráneo. Si logran ingresar al territorio español, son internados en los Centros de Internamiento de Extranjeros, verdaderas cárceles para personas que no cometieron ningún delito más que el de huir de la miseria, las guerras o la falta de trabajo en sus países de origen. Pero las reaccionarias leyes de extranjería ideadas por el gobierno del derechista Aznar y reforzadas por el gobierno “socialista” de Zapatero, no son iguales para todos: quienes provienen de América del Norte y Europa tienen más derechos para transitar, que el resto de los inmigrantes. Mientras la extrema derecha de Vox azuza la xenofobia y el racismo abiertamente, el gobierno del PSOE sigue abriendo nuevos CIEs y hace pocos días nomás, la progresista alcaldesa de Barcelona desalojaba, con represión policial, a los manteros senegaleses que se ganan la vida vendiendo su mercadería en las playas del centro.

Los partidos del régimen defienden las fronteras de la Unión Europea a sangre y fuego. Si tuviste la suerte de no morir en el mar ni en las alambradas de Ceuta y Melilla por proceder de otro continente, si tu color de piel no es el elegido para superpoblar los CIEs, si puedes demostrar que no buscarás trabajo ni usarás el sistema de seguridad social del Estado español y que no pedirás ninguna ayuda para solventar tu alquiler mientras residas en este territorio, entonces, para tí solo resta atravesar el largo laberinto de la burocracia. Algo que podría considerarse un privilegio. Apenas tienes que enfrentar a los que, como decía Torrente, se presentan como el brazo tonto de la ley. Ése que hará lo imposible para desmoralizarte antes de que consigas tu objetivo.

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