Cultura

RELATO #CAMPOFUERA

El amor en tiempos de call centers

Tiempo estimado 7:48 min


Llegué muerta a mi casa. Me había comido toda la verdugueada del Junior Manager por putearlo al viejo de mierda que no paraba de decirme que me iba a denunciar. ¡Ya fue, viejo sorete, si no querés comprar un teléfono, decime y fue, pero dejá de amenazar con que me vas a matar!...

Lautaro Pastorini

@lautarillodetormes

Viernes 26 de julio | 21:45

Llegué muerta a mi casa. Me había comido toda la verdugueada del Junior Manager por putearlo al viejo de mierda que no paraba de decirme que me iba a denunciar. ¡Ya fue, viejo sorete, si no querés comprar un teléfono, decime y fue, pero dejá de amenazar con que me vas a matar!

El consuelo de pobre es que era viernes. Tenía un vino Hereford en la heladera, dos atados de cigarros, internet y una pizza frizada, que en vez de ponerle cantimpalo, le iba a poner rúcula, para comer un poco de verde. Me puse en bolas en cuestión de minutos. Ni me bañé y me tiré en el sofá. Cuando de repente sentí el vibrador del teléfono. Maxi me mandaba un audio.

—Hola linda, ¿cómo estás? Yo bien. Estaba acá en mi casa, mirando un poco la lluvia, tocando un poco la guitarra, y justo me acordé de que te vi saliendo del Call, y me puse a pensar en vos. ¿Tenés ganas de que nos veamos? No sé ¿que tomemos algo? Espero respuesta, jajaja.

Que garrón. Ya el audio me bajó la poca libido que me quedaba ¿cómo le digo que no? Me quedé pensando con el teléfono en la mano, cuando lo siento vibrar de nuevo. Era Maxi.

—Escuchá Reina, justo estaba tocando unos acordes de Luciano Pereyra ¿te gusta Lucho? A mí me dicen que canto igual. Escucha: Un dolooooor, vive en cada esquina de mi almaaa y me ataca el no escuchar tu voz en las mañanas, nadie entiende tanto como yooo… ¿te gustó? Porque era para vos…. aguardo respuesta jajaja.

No me gusta Luciano Pereyra. No me gustan los imitadores de Luciano Pereyra. Tampoco Abel Pintos. Tampoco. No, no, no me gustan. Los ahogaría en su propia sangre para que sepan qué se siente que los torturen con su propia materia. Si, ahogarlos en su propia sangre.

Pero Maxi se esforzaba y, desde el punto de vista más superficial, no me parecía tan feo. Que se yo, por lo menos se la cree, me dije. Encima se mantiene en línea todo el tiempo, aguardando respuesta. Intente responderle por escrito:

—Hola Maxi, yo todo bien. En realidad me iba a quedar en casa, porque estoy muerta, pero si querés otro día, nos juntamos y tomamos algo, ¿sí?

Borré todo. Hace mucho que no mojo, pensé. Total, ya me comí cada pastelito.

—Hola Maxi, jaja que linda canción. Bueno, si querés nos encontramos a tomar algo. ¿Querés?

Cuando llegué a la esquina donde habíamos convenido, me prendí un cigarrillo. No había llegado todavía. No se lo merecía pero igual me bañé, me pinté y cumplí con todas las convenciones sociales.

Entonces vi que detrás de un quiosco de diarios alguien se asomaba y se volvía a esconder. Lo llamé: ¿Maxi sos vos? y la figura se metió detrás del quiosco de nuevo. Cagué, digo, otro pito fresco. Así que encaré para la otra esquina, y de repente escucho: ¡Esperá Julia! Era él. Tenía una camisa cuadrillé leñadora, un suéter con rombos atado al cuello, unos vaqueros clásicos y unas zapatillas náuticas. El pelo lo tenía bien engominado, que le resaltaba el jopo y los pirinchitos de la coronilla.

—¿Vos estabas escondido atrás del quiosco de diario?

— … no ¿vos cómo estas? ¿Llegaste bien?

—Si…

Nos quedamos en silencio.

—¿Querés que vayamos a un bar re copado que conozco?

Dale, le dije, y nos subimos a la Mondial 110 que había dejado muy oportunamente al lado del quiosco de diarios.

Llegamos a un lindo bolichín que quedaba por calle Francia, uno de esos bares de cerveza artesanal. Por lo menos no tenía malos gustos. Nos sentamos afuera y pedimos unas pintas. Él se reclinaba para atrás y con las manos se sostenía una rodilla, como haciéndose el interesante.

Al ratito, cae un hombre de unos cuarenta años con una criatura de diez, medio rubión. El hombre le palpa el hombro a Maxi. Éste se da vuelta, sonríe y lo abraza al grito de ¡Rubén! Luego se agacha, lo abraza al nene y le da un gran beso en la frente mientras me mira a mí a los ojos. El hombre me saluda a mí y fuerza al niño con un tirón de hombros a que me diera un beso.

—Qué casualidad que te crucemos acá, Maxi. Justo con Brian nos acordábamos de todo lo que hiciste por los chicos en el pabellón de oncología del Vilela ¿te acordás? Que les tocabas la guitarra, les contabas cuentos, te disfrazabas de payaso. Todo un milagro en nuestras vidas ¿no, Brian?

Maxi no paraba de sonreír y se tapaba los ojos, como emocionado, a pesar de tenerlos secos.

—Sí, gracias por curarme el cáncer con esperanza, señor Maxi, dijo Brian.

Maxi lo tomó de la cabeza y la apoyó contra su pecho, a la vez que le acariciaba el pelo.

—Estos pibes son tremendos. Vos me curaste a mi Brian, vos me enseñaste del valor de la vida.

Yo me prendí otro cigarro, y me pedí una cerveza negra bien cafetera, con diez de graduación alcohólica. Maxi no era solo un boludo: era un boludo que laburaba las situaciones. Le tenía que dar crédito por eso. Me quedé.

Entre y pinta y pinta, el tiempo volaba. Maxi se mataba de risa con cosas que él mismo contaba, chistes internos que tenía con sus amigos, chistes que le había tirado él al almacenero. Largaba otra carcajada y decía todo el tiempo: soy terrible, soy terrible. No sabés lo que soy yo.

Yo iba por la cuarta pinta y pensaba en lo miserable que había sido la vida conmigo. Estaba cansada y podía sentir cómo los zapatos me iban creando las estrías de las piernas. Maxi hablaba a los gritos, exaltado de contento. Incluso agarró a un muchacho que pasaba con una guitarra y le pagó para cantarme una canción. ¿Adivinen de quién? Sí, de Abel. Porque él le dice Abel solo, no dice Abel Pintos. Como si lo conociera, como si fueran amigos.

Al ratito le dije que me tenía que ir, que el sábado me tocaba laburar a la mañana. ¿Ya te vas?, me dijo, con carita de perro mojado y me hizo dudar. ¿Qué hago? pensaba ¿pierdo algo si arranco? Sí, la dignidad. Pero a lo mejor tan mal no la paso, y además se esmeró demasiado. Tomamos una pinta más y nos fuimos a su casa.

La casa de Maxi era… cómo definirlo. En la pieza tenía un poster de Zanabria campeón en el ‘74, y al lado, el clásico cuadro del mono con camiseta de Newell’s, una botella de vino en la mano y uno de esos gorros de telas que se anudan en las puntas. Mi viejo tenía ese mismo cuadro pero el mono era de Central. Que mono vendido.

En el rincón había un cúmulo de revistas El Gráfico amarillentas y sucias. Y, para mi sorpresa, en el baño encontré una Para Ti con la imagen de María Leal en tapa.

En la cabecera de la cama había un Cristo tallado en madera que colgaba de la pared ¿Cómo hace la gente para garchar con un Jesús crucificado que te mira a los ojos todo el tiempo? Algún tipo de morbo hay en eso de mezclar sexo y religión.

Empecé a desvestirme, pero enseguida lo veo a Maxi sentado en la cama, cabizbajo.

—¿Qué pasa, Maxi?, le pregunté.

—Nada, es que… cómo te lo digo… Creo que necesitamos conectarnos un poco más antes de tener algo serio ¿no te parece? O sea, yo a vos no te considero una cualquiera, alguien con quién garchar y fue. Te tengo mucho respeto ¿me entendés? Yo a vos te veo como…. Espera, ¿a dónde vas?

Salí huyendo antes que suene “la futura madre de mis hijos”. Me tomé un taxi, llegué a casa. Me serví un vaso de vino, me fumé un buen caño y me puse a ver anime coreano en YouTube.

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