Cultura

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA

[Dossier] El lobby internacional de la lengua

Tiempo estimado 13:09 min


Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 31 de marzo | Edición del día

Fotomontaje: Juan Atacho

Hizo falta que viniera un rey español para que remodelaran el teatro San Martín de Córdoba. Hizo falta que el rey llegara a Córdoba para descubrir que las “tierras pampeanas” resulta que tienen sierras. Hizo falta que se hiciera un congreso de la lengua para que Macri descubriera que si España no hubiera colonizado la mayor parte del continente, nuestra historia hubiera sido otra, lenguas incluidas. A Vargas Llosa no le hacía falta ningún evento particular para denostar cualquier cosa que pudiera enojar a las potencias –aun venidas a menos¬– del mundo, pero de paso descubrió que las clases dominantes latinoamericanas también participaron en las matanzas de los pueblos originarios.

No fueron quizás estos los debates que se esperaban, pero debates no podían faltar cuando se pone en discusión la lengua, un terreno de disputas políticas más abiertas o soterradas, aun cuando sus organizadores busquen evitarlas apelando a la corrección política. Ni el cupo ampliado de mujeres en las mesas ni el “respeto a la diversidad” como mantra para abordar las variedades regionales del español y la situación de las lenguas originarias desplazadas del continente, iban a evitar que resonaran en las mesas y en los medios el tema de la lengua inclusiva –que fue tema de debate aquí y en otros países durante todo el año– o el imperialismo lingüístico español, que tiene larga data y fue además eje en el “I Encuentro Internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos”, que se organizó desde la Facultad de Humanidades de la UNC y el colectivo de artistas Malas Lenguas, y se presentó como “contra-congreso”.

Así, entre actividades culturales y charlas que convocaron un amplio público –algunas de las personalidades convocadas al Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) participaron también del contra-congreso–, hasta la denominación de la lengua se puso en discusión: ¿español o castellano? En una de las mesas del Congreso, Mempo Giardinelli, por ejemplo, señaló que el español no existe, sino un “castellano americano”, “enriquecimiento del castellano original que vino con la Conquista a sangre y fuego”. Por su parte, Claudia Piñeiro propuso que el próximo congreso debería llamarse “Congreso de la Lengua Hispanoamericana”, después de haber recitado, además, versos en qom. Al nombre también se refirió, como equivocación y ofensa a la vez, Horacio González, participante del contra-congreso.

No hay caso, toda lengua es política… Pero también es un negocio. Y no solo porque la comitiva real llegó con empresarios españoles que se juntaron a charlar de inversiones en un desayuno con Macri y Felipe VI, ni por el sponsoreo de grandes empresas como Telefónica, Banco Santander, Repsol o Iberia, sino porque esta lengua, que ya se acerca a los 600 millones de hablantes, crece como fuente de ganancias, sobre todo en la medida en que crece la comunidad hispanohablante en EE. UU. y los negocios de China en la región requieren el aprendizaje de la lengua –y se sabe, todo lo que en China pueda ser minoritario en cuanto a personas involucradas, para el resto del mundo son mercados que superan varias veces sus poblaciones–.

Para profundizar sobre estos y otros temas, y a pocos días de iniciarse el CILE, entrevistamos a Santiago Kalinowski, miembro de la Academia Argentina de Letras y con una mirada crítica al conservadurismo de la RAE; y a Daniel Link, promotor del Encuentro organizado en paralelo. Aquí nos permitiremos algunos comentarios sobre lo que fue el desarrollo del Congreso.

Espejitos de colores

¿Qué son exactamente estos CILE? Sus organizadores son la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE, que reúne a las academias de Letras latinoamericanas y a la RAE), el gobierno del país anfitrión y el Instituto Cervantes, un organismo creado en 1991 que depende del Ministerio de Asuntos Exteriores del Estado Español, con sedes en más de 40 países. Su objetivo es la promoción del español como lengua extranjera, la expansión de los productos culturales en español y, especialmente, se ocupa de dar certificados de su correcto aprendizaje en todo el mundo. Los congresos son la vidriera de esa política, para la que busca incorporar a otras instituciones relacionadas a las letras en los países hispanohablantes mediante consorcios y convenios –y centralizar el negocio, por supuesto–.

Aunque suelen presentarse como instancias de reflexión sobre la enseñanza de la lengua y los peligros que la acechan, enunciados habitualmente como una inminente pérdida de “unidad” y “riqueza” por la presión de los nuevos medios de comunicación, las tecnologías y sobre todo, los “extranjerismos” que la aquejan en la era de la “globalización”, los CILE son, más bien, un gran lobby de negocios idiomáticos, en forma de certificados, mercados editoriales y turismo.

Estas iniciativas reúnen entonces, a la vez, un tratamiento de la lengua como activo económico a explotar con un nacionalismo conservador que tiene siglos de historia tras imponerse no solo a los pueblos de nuestro continente sino también a las distintas lenguas que se hablan en su propio territorio. Ahí está el conflicto con Cataluña para ejemplificarlo, que Sabina trajo a cuenta como “pequeños nacionalismos” demostrando que es cierto eso de que “siempre hay un tren que lo deja en Madrid”, con su rey y su Constitución, especialmente el artículo 155 con el que se interviene esa comunidad autónoma. Como señalan Alberto Bruzos Moro y Eduardo Méndez Marassa “el discurso sobre el valor económico del español no sería una idea nueva en respuesta a la globalización, sino más bien la prolongación natural de viejas ideologías como el panhispanismo o el nacionalismo lingüístico, revestidas ahora con el ropaje neoliberal propio de la modernidad tardía”.

Claro que en esos negocios hay quienes se quedan con la parte del león y quienes pueden aspirar a ser “emprendedores”. Sí, a tono con una palabrita que por aquí viene sonando, el lema de este CILE era “América y el futuro del español. Cultura y educación, tecnología y emprendimiento”. De esto saben en el Estado Español donde, tras la crisis del 2008 y el aumento de la desocupación, miles de estudiantes o profesionales se volcaron a enseñar la lengua tras certificarse en cursos rápidos, un trabajo precario, ocasional, sin prestaciones ni seguridad social.

¿Por qué este cambio de política de las instituciones de la lengua españolas, que decidieron darle un giro hispanoamericano a su marca? Porque no solo en Latinoamérica está un 90 % de los hablantes de la lengua, sino que en EE. UU. y en China lo que crece son las variedades de este lado del Atlántico. Y es por eso que desde 2004, con la “Nueva Política Lingüística Panhispánica” firmada por la ASALE, se cambia de paradigma, abandonado el modelo predominante y normativo impuesto por la RAE hasta entonces, para pasar a un modelo descriptivo del diccionario y de la gramática que publica esa institución, en los que participarían todas las academias.

Por supuesto, los valores que promueve la marca poco tienen que ver con sus acciones efectivas. El engaña pichanga de la RAE sigue siendo elogiar la variedad de dialectos regionales, que ya no se señalan como “barbarismos” sino como “americanismos”, y reservar lo no marcado, la “lengua española”, como modelo, como universal y como estándar culto, para la variedad peninsular. Todo lo cual la habilita para poner el sellito de calidad en las certificaciones. “Consensuadas”, claro, con sus supuestas pares americanas. En cuanto a la normatividad, poco han perdido de las viejas mañas. Aunque formalmente se hayan fijado criterios de uso para la incorporación de cambios en su diccionario –las academias envían propuestas avaladas por el uso en medios de comunicación u otras instancias públicas–, las discusiones que todos los años se suscitan sobre las incorporaciones demuestran que la RAE reconoce poco el uso y mucho el abuso.

Hay que decir que la política de las instituciones locales es más bien la de aceptar, paulatinamente, el rol de socios menores en ese negocio y en esa ideología. No solo porque en muchas de las declaraciones de las academias latinoamericanas persisten los argumentos conservadores sobre la “corrección” del idioma heredada de la RAE, sino porque también algunas universidades, que en principio quisieron fundar su propia certificación (el CELU, Certificado de Español, Lengua y Uso), en 2016 aceptaron ya formar parte del SIELE (Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española), un nuevo intento del Instituto Cervantes al que se sumaron la UBA en Argentina y la UNAM de México (dos de las más grandes de la región).

Con este remozamiento se pretende eludir una historia de imperialismo lingüístico que no se abandona más que de palabra y que duró siglos en su versión más explícita. En nuestro caso, por ejemplo, el voseo no fue hasta hace poco reconocido como parte de la “lengua culta” (escolarizada); aún en la década de 1950 era “peligroso” y “empobrecedor” excederse en su uso literario (puede verse por ejemplo la respuesta de Oscar Masotta a un crítico español en la revista Contorno por este punto). Precedido por Marechal, un caso emblemático del acceso del vos a la literatura es el de Julio Cortázar, que osó vosear ya en algunos cuentos de Bestiario, de 1951, y que más de una década después despliega su afirmación lingüística en Rayuela, interpretada en muchos casos como un caso más de las tantas experimentaciones que contenía la novela más que como una constatación de lo obvio: ¿podrían Traveler y Talita tener la escena del tablón desplegado para pasarse una yerba hablando de tú?

Billetera mata historia. En esta edición de la CILE, se publica una edición especial de… Rayuela. Por suerte ya nadie preguntó, en la presentación del libro que fue parte del CILE, por qué una edición de lujo para semejante bárbaro. Total el diccionario ya aclara que el vos es cosa de sudacas.

Machiruleando

Atendiendo al espíritu de época –después de todo, toda marca hace estudios de mercado y cambia algo si no vende–, la RAE incorporó en los últimos dos años, en su diccionario, la aclaración de que “mujer fácil” era despectivo, que embajadora o jueza no necesariamente era la esposa del embajador o el juez, y que machirulo tenía derecho a su entrada propia. Pero tampoco exageremos: con el lenguaje inclusivo no pasarán, se plantó la RAE, y en el Congreso no entra como tema de ninguna mesa.

Los argumentos van desde las diatribas contra los grupos ideologizados feministas que quieren destruir la lengua –Juan Gil, un académico de la RAE, llegó a compararlo con algo que hubiera asustado al propio Stalin–, pasando por los argumentos lingüísticos inventados –en boca de profesionales del tema, es decir, falsedades abiertas– hasta tonos más conciliadores, como las declaraciones del director de la RAE recién estrenado, Santiago Muñoz Machado, que dijo que estaban “más que dispuestos a favorecer todo lo que sea necesario para que la visibilidad del sexo femenino en el lenguaje se incremente mucho más” –por las dudas en Twitter la RAE pronto salió a aclarar que no avala cuestionar el valor inclusivo del masculino–, pero que “no puede imponerse por decreto” porque “la RAE no es la dueña del lenguaje”. Acabáramos. El problema no es tanto que eso contradiga el nuevo criterio descriptivo que la RAE enarbola –si ese cambio se usa, no se les debería pedir que sancionen o avalen nada; bastaría con registrarlo como más o menos extendido–. Pero la presuposición que esconde el argumento es que plantear el problema sería “querer imponerlo”, justamente en boca del representante de una institución que precisamente se dedica a imponer el idioma por arriba hace siglos.

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Algo que se ha destacado de este CILE, y ya en algunos previos, es que su composición es menos académica: quienes se dedican a la filología, la lexicografía o la lingüística comparten escena con una mayor cantidad de figuras de la literatura y los medios de comunicación que cobran protagonismo pronto entre el público. Pero cabe preguntarse si esta característica, menos técnica y más abierta al público, no es justamente parte de esta política de promoción del español como negocio, lo que se llama, usando un extranjerismo, rebranding, la renovación e instalación de una marca. Cuán exitosa es este branding se medirá en los nuevos convenios, acuerdos o publicaciones que salgan a conquistar nuevos mercados… pero eso no saldrá ya en los diarios.





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