Géneros y Sexualidades

DEBATES

Rosa y celeste: nada que ver con los géneros

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La pastora evangélica Damares Alves, designada como ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos de Bolsonaro, inauguró su mandato con la frase “¡Atención, atención! Es una nueva era en Brasil: niño viste de azul y niña viste de rosa”.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Viernes 4 de enero | 13:26

Las palabras de la ministra no sorprenden en un gabinete repleto de homofobia, misoginia y políticas reaccionarias. Pero la elección de la funcionaria no deja de sorprender porque, aunque su uso sea extendido, no existe nada que justifique por qué el rosa es femenino y el azul o el celeste, masculino.

Estos colores no son naturales, no son milenarios ni parte de ninguna costumbre antigua. La única explicación de esta división es la necesidad de las sociedades capitalistas de generizar la infancia para reproducir roles de género. Y esto se hace con la vestimenta, los juegos y juguetes y, sobre todo, con el consumo, que se mezcla con la mayoría de las cosas que hacemos y las relaciones de las personas.

¿Nena o nene?

Hasta el siglo XIX, niñas y niños se vestían de forma muy parecida. El blanco era el color más utilizado por motivos prácticos: se encontraba en todas partes y era fácil de lavar (algo vital cuando el lavado insumía muchas más horas que hoy en la vida de las mujeres). También compartían la costumbre de usar vestidos o túnicas por motivos igual de prácticos. Mientras usaban pañales, era más fácil cambiarlos con vestido, y cuando ya no los usaban, el vestido sobrevivía mejor que los pantalones los estirones repetinos.

No era importante distinguir el género a simple vista ni existía ropa o juguetes de niñas o de niños. Y cuando empiezan a establecerse patrones de colores en los primeros años del siglo XX, se hace de forma contradictoria y opuesta a los que conocemos hoy.

En ese momento, entran las revistas y las tiendas de departamentos, donde se empezaba a comprar la ropa en las ciudades. La revista de moda infantil Earnshaw’s publicó en 1918: “La regla generalmente aceptada es rosa para los chicos y azul para las chicas. La razón es que el rosa es un color más decidido y fuerte, más adecuado para los niños, mientras el azul, que es más delicado y refinado, es mejor para las niñas”.

Pero las tendencias de las revistas y las tiendas tardaban en instalarse, más cuando cada cadena decidía los colores que asignaba a cada género. Habría que esperar hasta los años 1940 para ver algo del patrón de colores que conocemos hoy y creemos que siempre existió.

Colores que son un negocio redondo

El reparto de colores que conocemos hoy recién llegó en los años de la Segunda Guerra Mundial, asociado a dos fenómenos clave: el baby boom (los bebés nacidos luego de la guerra) y el boom de posguerra en Estados Unidos. A la par, se extendieron el marketing, la moda y el consumo de las clases medias. La generización, además de cumplir un rol en la reproducción de roles sociales, empezó a ser un gran negocio.

El único hiato que tuvo el combo rosa y celeste fue durante los años del movimiento de liberación femenina, cuando las mujeres decidieron vestir a sus hijas e hijos de la misma forma, y se extendió el uso de pantalones entre las niñas. Durante esos años entre 1960 y 1970, algunas grandes cadenas de ropa como Sears no fabricaron ropa rosa de bebé. Pero la tendencia se consolidaba.

En los años 1980, el azul/celeste y el rosa se instalaron con fuerza. Un empujón decisivo que parece haber ayudado son los avances técnicos en las ecografías para conocer el género antes del parto porque se podía comprar todo lo necesario con anticipación. Esto fue una buena noticia para las familias porque les permitía planificar, pero sobre todo para las empresas que recibieron con los brazos abiertos el patrón de colores generizados.

¿Presente multicolor?

Hoy el rosa y celeste no son indiscutibles, tampoco los prejuicios que se asocian a los géneros. Eso explica el repudio que provocó el discurso de la ministra de Bolsonaro. La movilización de las mujeres y las personas LGBT, la conquista de derechos y la pelea contra el machismo y la opresión, pusieron en cuestión el patrón de colores, entre otras cuestiones.

Pero en las sociedades actuales, estos cuestionamientos coexisten con una fuerte generización, no solo de la infancia sino del consumo en general. La mercantilización impregna casi todo, y los cambios que se producen en la sociedad tienden a ser absorbidos porque las empresas saben que ya no pueden seguir vendiendo como lo hacían. Por eso, existe publicidad “feminista”, empresas con “valores feministas”, vestimenta orientada a personas LGBT, y la lista podría seguir.

Esto no es algo lógico o inevitable, es el resultado de la domesticación de una parte del feminismo y el movimiento LGBT. Al limar los aspectos más críticos de los movimientos que luchan contra la opresión, las clases dominantes asimilan ideas y sentidos comunes, ya despojados de radicalidad. En esa asimilación, la emancipación cambia por la inclusión, la libertad por la tolerancia y la liberación por los derechos que, en las democracias capitalistas, tienen grandes restricciones (porque no todas las personas los disfrutan de igual manera).

Los patrones de colores hablan de una sociedad donde los roles de género siguen siendo necesarios, aunque se modernicen, para sostener prejuicios y jerarquías, funcionales a un sistema donde una minoría vive del trabajo de la mayoría. La única forma de terminar con esos patrones y los prejuicios que los acompañan es construir una sociedad donde ya nadie pregunte “¿nena o nene?”.





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