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13 de marzo de 2018 Twitter Faceboock

CULTURA
#CallMeByYourName: las películas que no le gustan a monseñor Aguer
Celeste Murillo | @rompe_teclas

El arzobispo de La Plata monseñor Aguer se despachó con una “crítica” de cine para hacer lo que mejor le sale: la homofobia.

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Monseñor Aguer, el arzobispo de La Plata, que hace algunos días estalló en indignación por el debate alrededor de la legalización del aborto, volvió a sus andadas homofóbicas, esta vez en el cine. En una peculiar crítica, plagada de “amor-odio”, aborda la película Call me by your name (Llámame por tu nombre) por ostentar lo que considera “la naturalidad de lo antinatural”.

Si al director Luca Guadanino o al guionista premiado con un Oscar James Ivory les interesara, encontrarían en la reseña de Aguer una lectura muy particular, repleta de referencias eruditas pero también de odio hacia las relaciones entre las personas que el arzobispo encuentra “antinaturales”.

“La película muestra gratuitamente, además de los gestos de cariño y el disfrute compartido de la naturaleza y la música, suciedades como la inverosímil masturbación del muchacho con una fruta” es solo uno de los pasajes de la “rebuscada” y “excesiva”, usando las palabras de Aguer, de su reseña.

Call me by your name, la película basada en la novela del escritor egipcio-estadounidense André Aciman, cuenta la historia de amor entre Elio y Oliver durante un verano italiano de la década de 1980. En pleno despertar sexual, Elio, un adolescente de 16 o 17 años, se encuentra por el trabajo de su padre con un joven univesitario con quien comparte parte de su exploración, el placer y, quizás, el amor. Nada más sencillo y corriente en la vida real, esa que está alejada de Aguer.

La singular y malintencionada lectura de Aguer dispara: “O es un abusador, o es tan inmaduro como el menor”, por tratarse de dos personas separadas por algunos años. Es evidente que al monseñor le enciende más indignación el placer entre personas del mismo sexo en una relación que ambas desean, que los abusos de los curas de la Iglesia católica, denunciandos hasta el hartazgo por miles de personas en todo el mundo. Seguramente la película Spotlight, que cuenta la historia de un diario en Boston (Estados Unidos) que desnuda los abusos de los curas católicos, también escandalizó al señor Aguer por motivos distintos.

“La dimensión moral está ausente”, patalea Aguer. Y, claro, qué tiene qué hacer la moral en el terreno de la sexualidad, el placer y las relaciones personales. Y en su intento berreta de guerra contra Hollywood (que merece una guerra seria y no esta caricatura), ensaya un “…hay gente, y dinero, empeñados en hacer pasar por natural lo que no lo es, comprometidos en la estafa a la verdad”. Como si existiera una verdad o una naturaleza para hablar de las relaciones entre las personas.

La única explicación para tamaño delirio contra lo “antinatural” es saber que Aguer no es simplemente un “viejo gritándole a una nube”, como el abuelo Simpson, sino el representate de la institución misógina y homofóbica por excelencia del plantea, la Iglesia católica. Sus argumentos solo abonan los prejuicios y los mitos sobre las relaciones personales, tan variadas como personas hay en el mundo.

La Iglesia católica, no gratuitamente en crisis como lo evidenció la última gira del papa Bergoglio por América Latina, insiste en su guerra contra todo lo que se corra de la norma “varón + mujer”. En su “propio continente”, la popularidad de Francisco bajó notablemente a causa de su reiterado apoyo a sacerdotes y obispos denunciados por abusos sexuales y encubrimiento, que Aguer elude convenientemente aunque no se sonrroja al sugerir que la película roza la pedofilia.

Párrafo aparte merece el grito indignado porque la película es apta para ¡mayores de 13 años!, viniendo de la institución religiosa que ha representado el mayor obstáculo para la implementación de la ley de Educación Sexual Integral en todo el país.

Todas las críticas que le caben a la película, por cómo cuenta la historia y presenta a sus personajes, por lo que muestra y lo que no, por quienes gustan más o menos de sus recursos narrativos y cinematógraficos nada tienen que ver con el ojo del clero. Una institución que pretende ajustar a la Biblia los asuntos privados, pero lo que es más grave los que tienen que ver con políticas públicas, nada tiene que hacer en las salas de cine. Pasa en las películas, pasa en la vida real, aunque a Aguer no le guste.

 
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