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La Izquierda Diario
30 de abril de 2015 Twitter Faceboock

DOSSIER 1° DE MAYO
¡Proletarios de todos los países, uníos!
Emilio Salgado | Delegado ATE-INDEC @EmilioSalgadoQ
Jazmín Jimenez | Lic. en Sociología / @JazminesRoja

Los prólogos del Manifiesto Comunista que Federico Engels se encargó de escribir hasta los últimos días de su vida, permiten descubrir la coherencia de los objetivos perseguidos por el compañero de Karl Marx. En esta nota, tomamos los párrafos finales del Prólogo de la cuarta edición alemana, escrita para la primera conmemoración del día internacional de los trabajadores.

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Con el Manifiesto Comunista, Marx y Engels han dejado uno de los libros más influyentes de la historia desde el siglo XIX hasta nuestros días. Eso nadie puede negarlo. Sin embargo, en las últimas décadas, se ha pretendido, con poco éxito, enterrarlos en las bibliotecas como parte de las obras clásicas del pasado o en las universidades utilizarlos como inofensivos intelectuales del siglo XIX que poco tienen que ver con la actualidad. Esta operación ideológica de quienes gastan chorros de tinta para justificar que el capitalismo no tendría superación, por lo general omite los fines y objetivos que perseguían los fundadores del materialismo histórico.

Nada más alejado de cómo lo entendemos nosotros. El Manifiesto Comunista era un programa para la organización mundial del proletariado, y como tal, se fue actualizando en función de sacar lecciones de las experiencias históricas de los trabajadores. Desde esta perspectiva, Engels, luego de la muerte de Marx, continuó la obra de su compañero, no sólo completando la edición de El Capital, sino también revisando y corrigiendo, cada artículo que se publicaba. Al igual que cada nueva edición del Manifiesto Comunista que como cuenta Engels, pasó de traducirse en cuatro o cinco idiomas, a publicarse en casi todo el planeta, siendo hoy el segundo libro más vendido de la historia.

Marx y Engels nunca perdieron de vista el objetivo de construir una organización de la clase obrera mundial, que fuese capaz de llevar al proletariado a la victoria. En este sentido, resulta imposible leer cada prólogo de Engels desde otra perspectiva. La experiencia histórica del proletariado había avanzado y se encontraba construyendo la Segunda Internacional.

En 1889, se cumplía un siglo de la Gran Revolución Francesa, ese mismo año, en medio de los festejos por el aniversario, se realizó en París el Congreso que dio nacimiento a la nueva Internacional. Entre las primeras resoluciones se encontraba la de proclamar el 1° de mayo como el Día Internacional de los Trabajadores y apoyar la lucha por la jornada de 8 horas.

La clase obrera se extendía mundialmente, y la lucha de la joven clase obrera de Estados Unidos el país más industrializado del mundo, era cada vez más combativa. La burguesía, ante el temor de la influencia marxista y anarquista, reprime ferozmente a la vanguardia obrera con muertos, heridos y llevando adelante los famosos juicios de Chicago que condena a muerte a ocho de sus dirigentes.

La burguesía había mostrado los dientes pero la clase obrera se reorganizaba y de la mano de Engels, fundaba una nueva organización internacional que convocaba a luchar mundialmente por la jornada de ocho horas, para que los trabajadores tengan derecho al ocio creativo, al descanso y ya no dejen sus vidas en las fábricas. Había que continuar la lucha de los mártires de Chicago.

Engels, pensaba cada prólogo sin abandonar los objetivos del Manifiesto: sembrar el germen marxista en cada rincón del planeta para construir ese Estado Mayor necesario del ejército mundial del proletariado.

Compartimos los emotivos párrafos finales del Prólogo a la cuarta edición alemana del Manifiesto Comunista, no casualmente, cuando se conmemoraba por primera vez el día internacional de los trabajadores homenajeando a los mártires de Chicago, como el día Internacional de los trabajadores.

¡Proletarios de todos los países, uníos! Solo unas pocas voces respondieron cuando le gritamos estas palabras al mundo. Pero el 28 de septiembre de 1864, los proletarios de la mayoría de los países de Europa occidental se unieron en la Asociación internacional de Trabajadores, de gloriosa memoria. La propia Internacional, por cierto, solo vivió nueve años. Pero de que la eterna liga de proletarios de todos los países, fundada por ella, aún vive, y más vigorosamente que nunca, no existe mejor testimonio que precisamente el día de hoy. Pues hoy, cuando escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas armadas, que por primera vez se han movilizado; se han movilizado como un solo ejército, bajo una bandera y con un fin inmediato: la fijación legal de la jornada laboral normal de ocho horas, que fuera proclamada ya por el congreso de la Internacional que tuvo lugar en Ginebra en 1866 y, de nuevo, por el congreso de los trabajadores que se desarrolló en París en 1889. Y el espectáculo del día de hoy les abrirá los ojos a los capitalistas y terratenientes de todos los países, para que adviertan que hoy se encuentran unidos de hecho los proletarios de todos los países.

¡Si tan solo estuviera a mi lado Marx, para ver esto con sus propios ojos!” (Londres, 1 de mayo de 1890, Federico Engels)

Habiendo pasado más de un siglo y considerando además, que las fuerzas productivas se desarrollaron considerablemente y la jornada laboral podría ser incluso menor, un gran sector de trabajadores no cuenta en su patrimonio con la jornada de ocho horas, al contrario continúan los ritmos y jornadas extenuantes que consumen la vida de quienes ponen en movimiento el mundo día a día. En estos días fue noticia la muerte de dos niños por el incendio de un taller textil clandestino, la avaricia burguesa no tiene límites. El Mediterráneo se ha convertido en una fosa común para los africanos que intentan huir de las terribles condiciones de vida de sus países y sólo encuentran la muerte frente a una Europa capitalista que les niega la entrada. Los ejemplos abundan. Y cuando esto es puesto en cuestión la burguesía ya sea la del siglo XIX o la del siglo XXI muestra sus dientes, cuando los trabajadores se organizan y recuperan sus comisiones internas los persiguen, los despiden y si protestan los reprimen como vimos en el último año con los obreros de Lear en Argentina. Y lo vemos en el mundo cada vez que el pueblo trabajador sale a luchar, hoy es noticia Baltimore, en donde miles de jóvenes salen a protestar contra el accionar brutal y racista de la policía. Pero la barbarie no es la única salida que tiene la humanidad. Por eso, en nuestro presente, al igual que en 1848 cuando fue escrito el Manifiesto, que en 1886 cuando los obreros de Chicago se manifestaban por la jornada de ocho horas y que en 1899 cuando se fundaba la Segunda Internacional y se declaraba el 1° de mayo como el Día de los Trabajadores, en todos los países debemos responder al llamado de “Proletarios del mundo, uníos”.

 
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