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La Izquierda Diario
7 de marzo de 2020 Twitter Faceboock

POEMA
Crónica de Zapala
Nahuel Reyes

Juventud, violencia policial e impunidad en la localidad de Zapala, provincia Neuquén.

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Durante el verano, en las tardes, las calles del pueblo Zapala vive el despojo acompañado por los rayos ultravioletas provenientes del cielo. Con suerte, algún árbol hace de sombra para las escuálidas patas jóvenes que caminan sin andar, que buscan sin encontrar, que escapan de la amenaza latente que es estar en sus casas. Changarines que no encuentran changas. Braceros que no utilizan sus brazos. Cuando una pelota de fútbol no acompaña a las soledades, algún vino o cerveza transforma la realidad en fantasía y al despojo en alegría. Dicen que hasta los perros desconocen sus sombras.

Durante las noches, el calor se convierte en una fuerte promesa para dejar de lado a algún viejo acolchado. Las ventanas de las casas de los barrios, se abren de par en par. La luz de las estrellas, junto con la de la Luna, entran, matándose a besos, sin pedir permiso a los hogares húmedos y fríos. En su interior nacen las dudas, las mentiras, los amores, los engaños hasta el pánico encerrado.

En la sala de emergencia del único hospital confluyen jóvenes golpeados y arrestados por los guardianes del orden. Con los brazos hacia atrás y las muñecas esposadas, llegan los marginados de esta sociedad. Muchos miran con la naturalidad de todo aquello que está condenado a engullirse en su propio destino. Cómo los corderos atados, antes de ser carneados. Sus manos sujetas con cadenas o con argollas son pequeñas fotografías móviles que reflejan sus historias. Manos que no hablan del futuro, sino del pasado. Muestran seres que, desde que nacieron, estuvieron cobijadas, únicamente, por el desamparo, la soledad, el olvido. Cada surco y cada relieve de las palmas dibujan rostros atestados de cansancio, cómo con párpados caídos, cómo si estuvieran deseando ir a dormir. Infancias que no soñaron, que no jugaron, que no rieron. Sin mimos tiernos, sin caricias, sin juguetes. Con violencia, no tan solo familiar, sino estatal. Con sadismo, golpes y llantos. Niños que nunca fueron niños porque fueron obligados a ser "adultos".

En las calles, la violencia no encuentra fronteras y el viento es el único testigo de las aberraciones policiales. Gatillo facil devenido en "legítima defensa". Uniformados para amedrentar a los sonámbulos. Violencia sin decir, abusos sin condenar.

Las leyendas de los tiempos viven en el presente y los vientos acusan lo que los humanos callan. El 30 de Agosto a la madrugada, un disparo encontró un alma, una espalda. Facundo, se llamaba el asesinado. Pablo Pallero, el asesino. La víctima, un laburante. El homicida, un policía. El retumbar de las balas motivo el llamado de una vecina a la comisaría. Nadie asistió al hecho. Ningún móvil policial acudió al suceso. En el libro de registro de llamadas de la comisaría 22, ninguna llamada fue realizada, ninguna advertencia fue avisada. Silencios cómplices retratan a la impunidad.

Dijeron que Facundo robo un stereo del auto de Pallero. Pero las pericias científicas encontraron huellas dactilares de los cómplices policiales. El cuerpo yació 6 horas sobre la tierra, sin asistencia médica. Los forenses determinaron que murió 3 horas después del llamado. Familiares y amigos recuerdan su sonrisa, como un eco deambulando por la memoria, acompañada por una obstinada lágrima que se resiste a aceptar el olvido.

Al verdugo lo destinaron, preventivamente, a la unidad 31, ubicada en la periferia de Zapala, que tiene la controversia de ser una cárcel acondicionada para que los ejecutores del "orden" estén en cautiverio. Para que asesinos uniformados, sean protegidos por las leyes que ellos mismos violaron. Para que los criminales que acaban con vidas de maestros, cómo Carlos Fuentealba, y de pibes de barrio, cómo Facundo, sean gentilmente tratados por cumplir con el rol que les asignaron. Pablo Pallero y Poblete son los ejemplos "fortuitos" que habitan está "penitenciaria". Los cómplices civiles seguramente dicen que "se les fue la mano". Pero, lo cierto es que, después de sus acciones nefastas y sádicas, ahora hay manosque no enseñan y que no cuidan de las sombras intoxicadas por los "vicios".

"La canchita de la escuela" no encuentra a un pibe, no encuentra a Facundo. En su ausencia nació un mural, que tiene su sonrisa, y un sombreado oscuro, por detrás, que lo vino a buscar.

¿Hasta cuándo habrá muertes por pistolas que desayunan historias?

 
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