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La Izquierda Diario
29 de diciembre de 2019 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
Teoría y práctica revolucionaria después del “fin de las ideologías”
Matías Maiello

Lenin en el III Congreso de la Internacional Comunista

En artículos anteriores hemos desarrollado la relación entre revuelta y revolución desde diferentes ángulos que hacen al desarrollo del ciclo actual de la lucha de clases. El último de ellos lo dedicamos a la lucha internacionalista en la actualidad. En estas líneas nos centraremos en la significación de la teoría revolucionaria para estas batallas.

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Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario

La frase que titula este apartado corresponde a una conocida afirmación de Lenin en el ¿Qué hacer? (1902), pero puede remontarse fácilmente a los orígenes mismos del marxismo con Marx y Engels. Para reafirmarla, Lenin agregaba que “jamás se insistirá bastante sobre esta idea”. No es menos cierto en la actualidad, luego de décadas de discontinuidad revolucionaria y reacción ideológica donde el posmodernismo, como “espíritu de época”, buscó desterrar la idea de revolución y hasta la propia existencia de una realidad “objetiva” más allá del texto [1]; acompañado por las múltiples teorías del fin “de las ideologías”, “de la historia” (de lucha de clases), “del trabajo”, etc.

El ciclo actual de la lucha de clases a nivel internacional, con sus diferentes momentos al interior de cada proceso, es uno de los más extendidos y significativos –sino el más– desde fines del siglo pasado. Ahora bien, se produce después de más de tres décadas sin revoluciones (aunque no exentas de importantes levantamientos, jornadas revolucionarias, y procesos que se acercaron a ello como Egipto en 2011) luego de que la burguesía lograse restaurar definitivamente el capitalismo en países donde había sido expropiada durante el siglo XX como la URSS, el Este de Europa, China, Vietnam, etc. Fueron décadas de retroceso donde el movimiento obrero vio cómo sus organizaciones tradicionales se le volvían en contra, plegándose a la ofensiva neoliberal y a la restauración capitalista en el caso de los ex Estados obreros burocráticos [2].

Pasaron 30 años de la caída del Muro de Berlín, pero también 11 de la caída de Lehman Brothers –símbolo de la crisis de 2008–. Hoy un nuevo escenario internacional se está conformando. Con él se abre la posibilidad de un resurgimiento del movimiento revolucionario en el siglo XXI, para lo cual es fundamental reactualizar las condiciones subjetivas luego de décadas de ofensiva capitalista. La pelea por construir partidos revolucionarios a nivel nacional e internacional adquiere una importancia fundamental, y la teoría revolucionaria es determinante en este combate. En este sentido, queremos apuntar, en forma escueta y acotada, cinco problemáticas que consideramos claves en la actualidad: 1) hegemonía y autoorganización; 2) teoría de la revolución permanente; 3) análisis concreto de situaciones; 4) estrategia; 5) la perspectiva comunista.

1. Posiciones estratégicas, hegemonía y autoorganización

Durante décadas la clase trabajadora fue declarada irremediablemente debilitada o casi extinta. Como fundamento, determinados fenómenos fueron aislados del cuadro de conjunto para dales un valor sin límites: los procesos de “deslocalización” de empresas en Europa occidental y EE.UU. sin ver que la clase obrera se estaba fortaleciendo en otros lugares, empezando por China; la mayor heterogeneidad de la clase dejando de lado que era producto de su extensión creciente; el enorme proceso de fragmentación que sufrió sin considerar que seguía ocupando las “posiciones estratégicas” de la economía; etc. [3]. Ese tipo de ideología sobre la clase obrera no solo se propagó desde los think thanks y la derecha académica, sino también desde teorías que decían tener por objetivo el socialismo o el comunismo. Entre los más leídos, Laclau y Mouffe redujeron el debate estratégico de la clase trabajadora a un problema de “esencialismo de clase” [4], y Negri estableció que el concepto de “multitud” debía reemplazarla” [5]. De conjunto se trató –y se trata– de una amplísima ofensiva ideológica que golpeó de lleno sobre gran parte de las corrientes que se reivindicaban del marxismo revolucionario. Lo hizo de dos maneras opuestas pero complementarias.

Por un lado, estuvieron quienes cedieron en alguna medida al lema de que el movimiento obrero era un “movimiento social” más y que la lucha por su hegemonía remitía a un “esencialismo de clase”. De aquí que la construcción de partidos revolucionarios dejara su lugar a la estrategia de “partidos de los movimientos” o “partidos amplios” sin programa ni una estrategia revolucionarios para participar superficialmente en “los movimientos” tal cual son [6]. El caso más emblemático es quizá el NPA francés, ya que surge de la autodisolución de una de las organizaciones más importantes del trotskismo a nivel internacional, la Liga Comunista Revolucionaria francesa. Daniel Bensaïd, quien fuera uno de sus principales dirigentes, había señalado con razón cómo en relación a la intelectualidad de izquierda, con Foucault y Deleuze se había llegado a “la estrategia reducida a cero” [7], sin embargo, terminará impulsando la fundación de un partido sin estrategia. También podemos mencionar entre los “partidos amplios” al PSOL brasilero.

Por otro lado, estuvieron quienes se limitaron a una autoafirmación de la clase obrera por fuera de una política hegemónica, profundizando una orientación rutinaria y sindicalista de convivencia pacífica al interior de las organizaciones obreras tal cual son. Es el caso, por ejemplo, de Lutte Ouvrière en Francia o el PSTU en Brasil, entre los más importantes. Una variante intermedia expresó el PO de Argentina, erigiendo a una parte de la clase trabajadora, el movimiento de desocupados, como nuevo sujeto (“sujeto piquetero”), para combinarlo más tarde con una política no-hegemónica en los sindicatos.

No es ninguna “esencia” metafísica la que hace de la clase obrera el actor central en la lucha revolucionaria por el socialismo, sino el ser la parte del pueblo explotado y oprimido que ocupa las “posiciones estratégicas” que hacen funcionar la sociedad. Esto le otorga, entre otras cosas, la fuerza de paralizarla. Una cualidad que no solo no ha perdido, sino que ha incrementado en el último período, especialmente con el salto en la urbanización y la importancia que cobró el transporte metropolitano, como puede verse hoy en el proceso huelguístico francés. También las “posiciones estratégicas” le otorgan un lugar privilegiado como articuladora de un poder independiente capaz de aglutinar al pueblo explotado y oprimido con su propia autoorganización y autodefensa para derrotar al Estado burgués [8]. A su vez, el control de esas posiciones claves para la producción y reproducción social es determinante para crear un nuevo orden (socialista) capaz de avanzar en liberar a la sociedad de la explotación y la opresión.

Ahora bien, el movimiento de mujeres ha emergido como un poderoso movimiento de masas en muchos países; en Chile, uno de los epicentros del actual ciclo, cuenta con una de sus expresiones más importantes [9]. También el movimiento ecologista con expresiones como “Fridays for Future” o “Extinction Rebellión” [10]. Por su parte, el movimiento estudiantil en lugares como Chile o Francia tiene una enorme tradición de lucha. Los sectores específicos de la clase trabajadora que detentan las “posiciones estratégicas”, separados del resto de la clase –como la juventud precarizada que fue un actor clave en gran parte de los procesos del ciclo actual– y de aquellos movimientos, están condenados a la fragmentación y a un trabajo de Sísifo reivindicando mejoras parciales y provisorias. Pero sin esta fuerza decisiva de las trabajadoras y los trabajadores, los movimientos, estudiantil, de mujeres, ecologista, inmigrante, etc., en cuanto tales, carecen de la fuerza necesaria derrotar a los capitalistas y sus Estados e imponer un nuevo orden social.

De aquí que conserve toda su vigencia el planteo de Trotsky de que no puede haber programa (y estrategia) revolucionarios sin luchar por poner en pie organismos de autoorganización y frente único de masas como los “soviets” o consejos capaces de articular a todos los sectores en lucha y prefigurar un poder alternativo. La historia está repleta de ejemplos, con mayor o menor desarrollo, desde los Soviets rusos y los Räte alemanes, pasando por los Shoras iraníes, hasta los Cordones Industriales chilenos.

Esta estrategia “soviética”, indispensable para no caer ni en la yuxtaposición de movimientos inconexos ni el corporativismo sindical, sin embargo, hoy parece prácticamente olvidada en la izquierda. Recuperarla y desarrollarla ha sido una de las batallas teóricas que ha dado la FT-CI desde su surgimiento, y que ha orientado su práctica [11]. Solo un partido revolucionario que intervenga en el movimiento obrero, de mujeres, estudiantil, etc., buscando desarrollar corrientes propias que luchen por esta perspectiva de autoorganización, podrá proponerse realmente, frente a procesos de radicalización de masas, articular las fuerzas materiales capaces de unificar a la mayoría de la clase trabajadora y luchar por una nueva hegemonía bajo un programa socialista revolucionario.

2. Los fines democráticos y la “revolución permanente”

De la mano del “fin de la historia” vino el postulado de que la democracia burguesa era la única democracia posible [12]. Esterilizada de su contenido de clase fue utilizada como cobertura para la ofensiva neoliberal [13]. La lucha por las libertades y derechos políticos debía quedar prudentemente separada de las transformaciones socio-económicas estructurales indispensables para su realización plena. Una de las versiones teóricas de este enfoque, popular entre el neorreformismo europeo y las corrientes “posneoliberales” latinoamericanas, le corresponde a Ernesto Laclau. En su abordaje de la democracia y el “populismo” desaparecen sus fundamentos objetivos (bases económicas del capitalismo, la opresión imperialista, clases sociales, relaciones de fuerza): de lo que se trata es de “radicalizar la democracia” (sin adjetivos) y lograr la articulación de un populismo progresista.

La teoría de la revolución permanente [14], elaborada por Trotsky en base a las lecciones de las revoluciones del siglo XIX y principios del XX, parte exactamente de lo contrario: la “resolución íntegra y efectiva” de los fines democráticos es inescindible de las transformaciones estructurales (por ejemplo, en la Revolución rusa, la lucha contra la autocracia y la expropiación de los terratenientes). Llevado al proceso de Chile actual, por ejemplo, el planteo de acabar con el régimen heredero del pinochetismo (“no son 30 pesos sino 30 años”) es impensable sin destruir sus pilares: el subcontrato, las AFP, el lucro en la educación y la salud, la entrega de los recursos estratégicos al gran capital, la subordinación al imperialismo, etc. De allí que los fines democráticos se liguen necesariamente a medidas de tinte socialista que avanzan sobre la propiedad privada capitalista haciendo que el proceso adopte carácter “permanente”, donde la hegemonía obrera, como desarrollábamos en el apartado anterior, se vuelve indispensable.

Que este abordaje de la “revolución permanente” sea inverso al democrático-liberal es lógico, ya que en un caso se trata de evitar la revolución y en el otro de concretarla. Sin embargo, plegándose al clima de época, gran parte de las corrientes del trotskismo, ya desde los años ‘80, abandonaron la teoría de la revolución permanente [15]. En algunos casos, bajo la idea de que el socialismo podía avanzar “inconscientemente” de la mano de supuestas “revoluciones democráticas triunfantes” (revoluciones de régimen) [16], separando la lucha por ciertas demandas democráticas (contra las dictaduras, por ejemplo), de los problemas democrático-estructurales (en las semicolonias: la opresión imperialista, la cuestión agraria, etc.). Esta teoría llevó, por ejemplo, a la LIT-CI (corriente internacional cuyo principal partido es el PSTU brasilero), a negar la existencia de un golpe institucional en Brasil en 2016 y mezclar sus banderas con la derecha golpista, o a saludar como un “tremendo triunfo de las masas” de Libia la caída del régimen por la vía de la ofensiva de la OTAN (2011), y cosas por el estilo. En otros casos, como el de la ex LCR francesa –luego NPA– se trató de postular que la vía al socialismo pasaba por desarrollar una “democracia hasta al final” [17] sin claro contenido de clase, con la ayuda de las instituciones del régimen democrático burgués. Esto fundamentó dejar de lado una estrategia y un programa claramente revolucionario.

Este abandono de la teoría de la revolución permanente se produce, justamente, cuando la imbricación entre las luchas democráticas y la lucha contra el capitalismo se amplía enormemente, dando mayores fundamentos a la hegemonía obrera. Por un lado, las demandas democráticas se han multiplicado producto del salto que ha dado el capitalismo en la articulación entre explotación y las más diversas formas de opresión (racial, de género, cultural, de nacionalidad). Esta articulación entre opresión y explotación cumple un papel cada vez más fundamental en la reproducción del sistema de conjunto [18].

Por otro lado, la opresión imperialista ha dado un salto espectacular durante la ofensiva neoliberal que hace impensable cualquier conquista democrática fundamental y duradera en las semicolonias y países dependientes sin la emancipación del imperialismo [19]. Las burguesías “nacionales” han abandonado cualquier pretensión en ese sentido. Esto se ve no solo en el ultraneoliberalismo de Bolsonaro, sino también en el fracaso de los gobiernos “posneoliberales” en América Latina, que incluso en sus versiones más radicales, como el chavismo, fueron incapaces de modificar una estructura dependiente. Evo Morales y el MAS legitimando el golpe cívico militar y traicionando la resistencia; Lula y el PT desertando de cualquier lucha seria primero contra el golpe institucional y ahora contra Bolsonaro; Alberto y Cristina Fernández implementando un plan marcado por el ajuste con el fin de complacer al FMI, son ejemplos de que las burguesías “nacionales”, incluso en sus versiones “progresistas”, prefieren arrodillarse a los pies del imperialismo antes que ver desatarse la movilización de las masas.

Solamente la unidad de la clase trabajadora junto con el pueblo explotado y oprimido puede erigirse como verdadera alternativa, conquistando su propio poder para resolver íntegra y efectivamente los fines democráticos y de la emancipación nacional, ligando su lucha a la de la clase trabajadora de los países centrales, y estableciendo un nuevo orden social. Estos elementos (aunque no solo, luego volveremos sobre ello) plantean la actualidad de la teoría-programa de la revolución permanente y hacen de la necesidad de recrear sus contornos en la actualidad un elemento central de las batallas teóricas planteadas hoy [20].

3. Análisis concreto de situaciones concretas

Hoy estamos ante la crisis de conjunto del orden neoliberal que marcó las últimas décadas. A la decadencia de la hegemonía norteamericana se suma la crisis histórica capitalista abierta en 2008. Mientras los popes del neokeynesianismo plantean que para impulsar la economía sería necesaria una inversión estatal masiva equivalente a la de la Segunda Guerra Mundial purgada del "pequeño detalle" de la matanza generalizada [21], la guerra comercial entre EE. UU. y China (y la disputa mucho más profunda en torno a la supremacía tecnológica) muestra el final de la “globalización” armónica y la vuelta del nacionalismo de las grandes potencias.

Lejos del catastrofismo mecánico aplicable a todo tiempo y lugar (es decir, ajeno a la política en general y a la revolucionaria en particular), como marcaba Gramsci, frente a las “irrupciones catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.)”, en las economías más avanzadas la superestructura política ha desarrollado una capacidad mayor de resistencia. Luego de la caída de Lehman Brothers se evitó el “crack” económico gracias a una intervención estatal masiva para salvar a los grandes bancos y corporaciones a costa de las condiciones de vida de las masas. Sin embargo, todo esto no logró resolver la crisis sino prolongarla en forma rastrera [22], y multiplicar exponencialmente lo niveles de desigualdad.

Estas son las profundas causas que están por detrás de la irrupción de masas que vemos hoy en diversos países. Ahora bien, sería un error unilateralizar este elemento y pensar que estamos ante una única tendencia que se traduciría mecánicamente en un giro a izquierda. Categorías como “crisis orgánica” –elaborada por Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel– pueden ser muy útiles [23] para abordar las crisis que atraviesan a múltiples países (tanto centrales como periféricos) en la actualidad, donde ya sea por un “fracaso de la clase dominante” o por la acción de las grandes masas, se abre un período de rupturas políticas de las masas con sus partidos tradicionales y cambios en las formas de pensar. Estas situaciones donde “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer” ponen a la orden del día “soluciones de fuerza”, es decir, tanto los giros bonapartistas como las tendencias convulsivas de la lucha de clases.

La existencia de estas crisis no se traduce, sin embargo, en “vacíos” de hegemonía. Frente a la ausencia de una alternativa estratégica independiente y hegemónica de la clase trabajadora, como muestran los procesos de la última década, se pueden dar desvíos “por izquierda” (Syriza en Grecia que terminó aplicando el ajuste; Podemos respecto al 15M español, hoy cerca de conformar gobierno con el PSOE), o ser capitalizados por derecha (en Francia luego de los Chalecos Amarillos Le Pen canalizó el “voto útil” contra Macron), o dar lugar a salidas más bonapartistas (junio de 2013 en Brasil, frente a los ataques del PT y la ausencia de una izquierda que fuera una alternativa, terminó difuminándose y dejando su lugar a las movilizaciones de la derecha, el golpe institucional y luego Bolsonaro; o luego del movimiento de la Plaza Taksim el autogolpe de Erdogan en Turquía).

A su vez, el Estado capitalista, como señalan tanto Trotsky como Gramsci –con su concepto de “Estado integral”–, está lejos de limitarse a “esperar” pasivamente el consenso, se dedica a “organizarlo” a través de la estatización de las organizaciones de masas y el desarrollo de burocracias en su interior (empezando por los sindicatos pero también en los “movimientos”) que garantizan la fractura al interior de la clase trabajadora y entre los diferentes movimientos. Lo vimos en Francia (2018) con las direcciones sindicales buscando aislar en su momento a los Chalecos Amarillos [24], en Ecuador con la Conaie buscando mantener separado al movimiento indígena, en Chile con las burocracias de la “Mesa de Unidad Social” plegándose al operativo para aislar a la juventud más radical y a los pobres de las poblaciones.

Este tipo de elementos son fundamentales para escapar de cualquier visión objetivista de los procesos que albergue la ilusión de triunfos revolucionarios a través de la revuelta. El auge espontáneo no permite eludir la lucha contra el reformismo y la burocracia. Al contrario, la hace más aguda. Es un problema central que justamente hace fundamental la construcción de partidos revolucionarios nacional e internacionalmente.

4. Un indispensable retorno a la estrategia

La reflexión estratégica ha sido una de las grandes ausentes en los debates del último período luego de la derrota del ascenso de los ‘70 del siglo pasado. Años en los que han florecido teorías antiestratégicas, desde el fatalismo de un Foucault que ve una suma de resistencias sin posibilidad de victoria, hasta el voluntarismo de un Negri que proclama un “comunismo aquí y ahora” sin revolución ni transición [25]. En el terreno de la izquierda partidaria, la ausencia de estrategia comúnmente es reemplazada por la rutina de la táctica (electoral y sindical) y escindida de la lucha por construir un partido revolucionario a nivel internacional, que es sustituida –en el mejor de los casos– por acuerdos diplomáticos que rápidamente terminan en la nada.

Si el programa transicional revolucionario plantea qué es lo que nos proponemos conquistar, la estrategia refiere al cómo hacerlo. Los problemas de táctica y estrategia se vuelven cada vez más acuciantes con el desarrollo del ciclo actual de la lucha de clases. Sin partir de un desarrollo teórico sobre los mismos es imposible abordar seriamente la pregunta sobre cómo superar el estadío de acciones de resistencia o actos de presión extrema de los procesos actuales y desplegar las fuerzas necesarias para quebrar a los regímenes en cuestión e imponer un “nuevo orden” para que triunfen.

Sin ir más lejos, hoy en Francia la huelga del transporte ya ha superado en cantidad de días a la histórica huelga de 1995 que derrotó el plan de reforma de la seguridad social y previsional de Juppé. Este proceso, el más avanzado que ha dado hasta ahora el presente ciclo de luchas, plantea agudamente cuestiones como del desarrollo de organismos de autoorganización (comités de huelga o coordinadoras) para que el movimiento quede en manos de los propios huelguistas cuando la burocracia en sus diferentes alas –abiertamente o de hecho– busca una tregua con el gobierno y limitar todo a un movimiento de presión para negociar con Macron, así como para garantizar la paralización y organizar la autodefensa. También tácticas como la del frente único obrero (“golpear juntos, marchar separados”) frente a la burocracia, para imponer la unidad de acción del movimiento, o la cuestión de la hegemonía para que el procesos huelguístico se despliegue con todo como movimiento popular.

Se trata, sin embargo, solo del comienzo de muchos problemas de estrategia si pensamos en términos de revolución, ya que la huelga general plantea el problema del poder pero no lo resuelve. Es necesario, por ejemplo, que el movimiento de masas desarrolle sus propios organismos democráticos de poder (consejos, soviets o el nombre que adopten) y sus propias organizaciones de autodefensa para derrotar los capitalistas y su Estado. Como señala Trotsky,

…en la acción, las masas deben sentir y comprender que el soviet es su organización, de ellas, que reagrupa sus fuerzas para la lucha, para la resistencia, para la autodefensa y para la ofensiva. No es en la acción de un día ni, en general, en una acción llevada a cabo de una sola vez, como pueden sentir y comprender esto, sino a través de experiencias que adquieren durante semanas, meses, incluso años, con o sin discontinuidad [26].

Estos temas son parte de un amplio espectro de problemas de estrategia y táctica que han sido motivo de desarrollo e intensos debates durante toda la historia del marxismo revolucionario, y en especial, desde la III Internacional y la apropiación crítica de muchos de los clásicos de la estrategia –Clausewitz en particular–, imprescindibles para abordar el marxismo como una “guía para la acción” (no un manual de procedimientos). De ahí que a su estudio y desarrollo en las condiciones actuales la FT-CI ha dedicado importantes esfuerzos [27]. Sin una estrategia clara, difícilmente el programa pueda pasar de las buenas intenciones y la práctica cotidiana del rutinarismo limitado a los escenarios montados por la burguesía y el “Estado ampliado”.

5. La perspectiva del comunismo

La crisis que arrastra el capitalismo es una expresión de su incapacidad para generar nuevos motores de la economía mundial. Como queda plasmado en el empeño de Macron con la reforma previsional, pero también con el ataque a los jubilados de parte de los más diversos gobiernos capitalistas, desde Bolsonaro hasta Alberto y Cristina Fernández, cuestiones positivas para la humanidad como el aumento de la expectativa de vida de la población son vistas por los capitalistas como una amenaza y una carga para sus ganancias. En cuanto al trabajo, el actual desarrollo de la ciencia y la tecnología permitiría reducir drásticamente la jornada laboral, pero en manos de los capitalistas cada salto en la productividad del trabajo se traduce en una mayor polarización entre las jornadas extendidas y la desocupación o el subempleo [28].

Lo cierto es que las grandes problemáticas estructurales que atraviesan hoy al capitalismo tienen un abanico limitado de soluciones. Por ejemplo, frente al problema del trabajo, el desempleo y el subempleo, las respuestas que se plantean en la actualidad pueden reducirse esencialmente a tres. La primera, enarbolada por el gran capital, se expresa actualmente en toda la serie de “reformas laborales” –como la votada recientemente en Brasil– impulsadas por diversos gobiernos para flexibilizarlo y precarizarlo aún más. La segunda es la llamada “renta básica universal”, que más allá de las intenciones diversas de cada uno de sus defensores, no representa más que una variante de la política de subsidios y planes sociales para mitigar las consecuencias de la rapacidad capitalista. La tercera es el reparto de horas de trabajo y la escala móvil de salarios. Es decir, que el trabajo actualmente existente se distribuya en forma igualitaria entre todos los trabajadores reduciendo la jornada laboral, estableciendo un salario acorde a las necesidades sociales (es decir, histórico-morales) [29].

Desde luego esta última implicaría avanzar contra la propiedad privada capitalista de los medios de producción, la expropiación de los principales resortes de la economía y la planificación racional del conjunto de la producción, y por ende la conquista del poder por los trabajadores. Pero se trata de la única solución a la problemática del trabajo a favor de las grandes mayorías, capaz de contraponerse seriamente a la ofensiva capitalista. Además, se corresponde con una tendencia mucho más profunda (histórica) hacia la reducción del tiempo de trabajo que la sociedad necesita para su reproducción, en la que se basa justamente la perspectiva del comunismo de reducir al mínimo del trabajo necesario a partir de los desarrollos de la ciencia y de la técnica y, en su lugar, que las personas puedan dedicar sus energías al ocio creativo de la ciencia, el arte y la cultura como fundamento de una nueva sociedad de “productores libres y asociados” [30].

Claro que la perspectiva del comunismo viene de ser bastardeada durante gran parte del siglo XX por el stalinismo –en sus diferentes variantes–. Sobre esta base, toneladas de propaganda se utilizaron para identificar al “comunismo” como proyecto emancipatorio con las dictaduras burocráticas parasitarias de los ex Estados obreros. La historiografía liberal-conservadora, Figes, Pipes, Service, etc., gastó ríos de tinta para darle entidad a ese planteo [31]. Hoy es un síntoma alentador que en el corazón del imperialismo se den fenómenos como el llamado “socialismo millennial”, donde en EE. UU. una mayoría de la juventud tiene una visión positiva del socialismo. Más allá de lo difuso de aquella idea lo que muestra es cómo una nueva generación comienza a buscar a tientas alternativas al capitalismo.

Pero hay una gran batalla para recuperar al comunismo, no como Idea con mayúscula como sugiere Alain Badiou, sino como perspectiva política en el siglo XXI. De aquí el gran valor que tiene la teoría de la revolución permanente, más allá de lo que apuntábamos antes, en tanto estrategia global que pone toda conquista parcial, incluida la toma del poder en un país, en función del objetivo de la revolución mundial y del proceso de cambios sociales, políticos, y culturales que luego de la toma del poder se orienten hacia la liberación del trabajo, la extinción misma del Estado, las clases, la explotación y la opresión.

Teoría y práctica

Las cuestiones que enumeramos a lo largo de este artículo no agotan desde luego, ni los debates ni los problemas centrales a los cuales el marxismo revolucionario tiene que dar respuesta en la actualidad. Se trata de una enorme tarea a la que, en la medida de nuestras fuerzas, desde la FT-CI hemos dedicado un esfuerzo sistemático de elaboración e investigación expresado en decenas de libros –algunos de los cuales están mencionados como referencia en este artículo–, en las publicaciones de Ediciones IPS, la labor del Centro de Investigaciones y Publicaciones “León Trotsky” (de Argentina y de México), en los 29 números de la revista Estrategia Internacional, los más de 40 de la revista Ideas de Izquierda y los más de 80 del semanario del mismo nombre en Argentina, así como Ideias de Esquerda y Ediciones Iskra en Brasil, Ideas Socialistas de Chile, Ideas de Izquierda de México, Left Voice Magazine de EE. UU., Contrapunto del Estado Español, Ideas de Izquierda de Venezuela, RP Dimanche de Francia, entre otras. Publicaciones donde además de las elaboraciones y debates elaborados por militantes de la FT-CI, cuentan con colaboraciones, tribunas abiertas y entrevistas de decenas y decenas de intelectuales de todo el mundo [32].

Como alertaba Trotsky: “En el terreno de la teoría, el centrismo es amorfo y ecléctico; en lo posible elude las obligaciones teóricas y tiende (de palabra) a privilegiar la ‘práctica revolucionaria’ sobre la teoría, sin comprender que solo la teoría marxista puede impartir una orientación revolucionaria a la práctica”. Estamos convencidos que solo a partir de esta comprensión es posible luchar consecuentemente por poner en pie un movimiento revolucionario en el siglo XXI.

 
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