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La Izquierda Diario
6 de octubre de 2019 Twitter Faceboock

REVISTA IDEAS DE IZQUIERDA
Juventud precarizada y política, una pelea por el futuro
Guido Andrés | Estudiante del ISFDyT 24, Quilmes.

Ilustración: Eugenia Vielle

A propósito de la publicación del libro de Nicolás del Caño, Rebelde o precarizada, se abren interrogantes para pensar las condiciones y perspectivas de vida de la juventud trabajadora.

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No hay un futuro mejor para quienes tenemos menos de 35 años. No solo es la rutina o la precarización lo que nos aplasta o aliena, es el trabajo “temporario” que se vuelve –si no nos despiden– permanente. No podemos crecer en el laburo en que estamos, no podemos tener nuestro propio techo, no podemos trabajar de lo que queremos, no se puede llegar a fin de mes, no podemos estudiar como nos gustaría, no podemos proyectar. Quieren que seamos la primera generación en perder masivamente derechos, pero ¿podremos vivir mejor que nuestros padres?

Juventud, precario tesoro

Se estima que, en Argentina, hay 2 millones 800 mil jóvenes de entre 16 y 24 años que pertenecen a la población económicamente activa, es decir, que trabajan o buscan trabajo. Pero en este sector el trabajo no registrado llega hasta el 61 %, con una duración promedio de cada empleo de 12 meses y con un salario 40 % más bajo que los adultos. Hay 550 mil jóvenes que buscan trabajo y no encuentran. Sí, más de medio millón de jóvenes que no pueden “sacar el país adelante trabajando”.

–“Pero con una bici y un celu podés ser tu propio jefe, trabajar cuando vos querés”.

Sin embargo, la emergencia de las economías de plataformas no se traduce en mejores condiciones laborales, más bien lo contrario. De los trabajadores de plataformas como Glovo, Rappi, Uber, Cabify, hay un 46 % que no tiene aportes y casi el 58 % no tiene obra social. Y quienes tienen obra social o aportes es porque, en su abrumadora mayoría, son monotributistas. Más claro: solo el 5 % de los aportes y las obras sociales son pagados por los empleadores [1].

La precarización laboral y la crisis económica del 2008 han transformado a la casa propia en una utopía, haciendo del alquiler una práctica permanente (en el mejor de los casos). Ser joven e inquilino en CABA supone destinar más del 60 % del sueldo al alquiler y los gastos fijos, razón por la cual el 35 % de los menores de 30 años han tenido que volver a la casa de sus padres [2].

–“Las condiciones laborales no son las mejores, pero para ser alguien en la vida hay que estudiar”.

Veamos: en la UBA, solo 1 de cada 4 estudiantes que ingresa, se recibe [3]. De hecho, según el último censo, 2 de cada 3 estudiantes trabajan a la par que realizan la carrera. Y lo de “realizar la carrera” es relativo, ya que quienes trabajan tienen que sortear los obstáculos de la falta de horarios de cursada, el valor del transporte o los apuntes. Esta situación se profundiza en las universidades y terciarios del resto del país, donde quienes no trabajan, en su mayoría es por no conseguir trabajo. La perspectiva tampoco es mejor una vez que los estudiantes se reciben ya que se ven forzados a la selección del mercado (algunos pocos al precarizado sistema de investigación estatal [4]), a la docencia en un sistema educativo cada vez más desguazado y, son cada vez más los casos, donde la única opción es Uber o alguna de esas plataformas. El 87 % de los trabajadores de plataforma tienen estudios terciarios o universitarios, completos o en curso [5].

La promesa del ascenso social vía la formación profesional solo parece generar más sobrecalificación, con trabajadores formados que la economía no puede absorber. En un reciente estudio sobre la estructura social Argentina se analiza, entre otros factores, la movilidad social (tanto ascendente como descendente), donde “la movilidad vertical ascendente baja al pasar de los grupos etarios mayores a menores, mientras la movilidad descendente apenas aumenta” [6], es decir, quienes tenemos entre 25 y 35 años contamos no solo con menor posibilidad de ascender socialmente que generaciones anteriores, sino, por el contrario, con mayor posibilidad de empeorar. No solo no tenemos la “suerte” de al menos vivir como nuestros padres, sino que viviremos en peores condiciones.

Recuperando la identidad

En el año 2011 Guy Standing, economista, profesor e investigador británico, publicó el libro El Precariado: una nueva clase peligrosa [7]. Allí plantea una hipótesis donde una nueva clase social, el precariado, surge como un nuevo sector capaz de, al decir de Daenarys Targaryen, “romper la rueda”. El autor diferencia al precariado de los “trabajadores clásicos” principalmente por la pérdida de control sobre el tiempo, es decir, los que no poseen jornada laboral con horarios fijos, así como la inestabilidad laboral y la inseguridad a la hora de planificar el futuro.

Que la clase obrera está fragmentada no es una novedad, pero Standing en su análisis sobre las condiciones de las nuevas generaciones obreras y las nuevas formas que adquiere el trabajo, termina por quitarnos hasta nuestra condición de trabajadores. Como explica Nico Del Caño, “nos referimos así [N. de A.: a los trabajadores] a todos aquellos y todas aquellas que solo pueden ganarse la vida vendiendo su fuerza de trabajar a cambio de un salario” [8]. Precario, informal o de plataformas, el trabajo asalariado está ampliamente extendido a escala internacional. Sin embargo, el interrogante de Standing acerca de cómo son las nuevas generaciones trabajadoras es sugerente.

Standing plantea que el precariado tiene una relación instrumental, oportunista y precaria con el trabajo: instrumental porque solo es para vivir, oportunista porque es lo que consigue y precaria porque el trabajo es inseguro. También refiere a que este sector percibe mayoritariamente el salario solo en su forma monetaria; es decir, sin los beneficios no salariales tanto del sector privado como de los regulados por las leyes del Estado. Y hay también un sector importante que tiene un trabajo sin beneficios salariales o no salariales, en definitiva, no remunerado: el trabajo de buscar trabajo.

Recapitulando, podemos decir que somos una nueva generación sin trabajo estable, con trabajos precarios que no ofrecen la posibilidad de crecimiento y sin siquiera la expectativa de tener un techo propio (que no sea vía el fallecimiento de un ser querido). También, como dijimos arriba, está vedado el ascenso social mediante el estudio de grado, sea por la dificultad de terminar una carrera o conseguir un trabajo que permita el desarrollo personal, profesional o social. En definitiva: un presente de enormes esfuerzos y angustias que jamás se transforma en futuro mejor, de hecho, empeora.

La bronca ¿representada?

¿Pero cómo se expresa esta bronca en el terreno político? Existe una situación de hartazgo y descreimiento de los partidos políticos tradicionales y del establishment, pero donde aún los procesos electorales pueden absorber, en su mayoría, las acciones callejeras. Esto se expresa en la explosión de fenómenos sociales y políticos de la juventud como el Occupy Wall Street, los Indignados, #YoSoy132, entre otros, así como también la militancia y el gran caudal de votos aportados por los trabajadores sub35 a Bernie Sanders en EE. UU., a Corbyn en el Reino Unido, a Podemos en el Estado Español y también al Frente de Izquierda en Argentina. Pero esta bronca es la que se da en los votos “en contra de”, como por ejemplo en las reciente PASO, donde el triunfo del peronismo no significa la emergencia de un movimiento o corriente albertista, sino la bronca contra las medidas políticas y económicas del macrismo [9]. Como vemos, este sentimiento antiestablishment no tiene una salida progresiva en sí misma: Macri ganó las elecciones presidenciales del 2015 “en contra de”; Trump cosechó votos que en las primarias habían sido de Sanders, así como también lo demostró la emergencia de Ciudadanos en el Estado español, la UKIP en el Reino Unido o el Frente Nacional en Francia.

El estancamiento y empeoramiento de las condiciones de vida de la juventud (en definitiva, el sustrato en el que se genera esta bronca) aún puede ser representada y canalizada en gran medida por procesos electorales, que además permiten el crecimiento de partidos de ultraderecha. Este abanico de posibilidades hace más urgente la discusión de hacia dónde ir, con qué programa y con qué estrategia. Entonces tres salidas están sobre la mesa:

• La salida por derecha: mayor desocupación, pérdida del poder adquisitivo, cierre de universidades, ajuste del presupuesto de salud y educación, más asentamientos, más precarización, “semiesclavitud”, represión, reforma laboral, El cuento de la criada, 1984, distopía, derrota. Es la salida que Trump, el macrismo, Bolsonaro y demás gobiernos de derecha clásica no pueden terminar de aplicar por la respuesta de la clase trabajadora, siendo los chalecos amarillos o el masivo voto castigo a Macri en las recientes elecciones muestras de estas respuestas.

• La salida “progre” que plantea Guy Standing: la renta básica universal. Una renta universal e irrestricta, para quienes trabajan y quienes no, pero que no transforma la relación de explotación entre las clases y mucho menos la desigualdad. Dentro de esta política podríamos también englobar a variantes (como el kirchnerismo) que plantean que puede existir un capitalismo serio, más responsable, o al menos que deje de empeorar(nos) [10]. En momentos donde los Estados recortan derechos sociales o impulsan contrarreformas y donde la economía internacional no repunta, ¿no es utópico creer que los empresarios cederán parte de sus “ganancias”? Nobleza obliga, Standing no plantea que gobiernos y empresarios cederán porque son buena gente, sino que propone que el precariado busque nuevas y mejores formas de negociar con el estado y el sector privado, rechazando incluso cualquier tipo de intervención en los “viejos” sindicatos de la clase obrera. En definitiva: o confiamos en los viejos políticos del régimen para que nos tiren un hueso, o arrancamos de cero la tarea de organizar a las nuevas generaciones obreras pero de forma separada del viejo proletariado, sus organizaciones y su tradición, para conquistar la fuerza suficiente y así lograr, negociación mediante, que los gobiernos (¿de los viejos políticos del régimen?) y las empresas dejen de descargar (o descarguen más despacito) la crisis sobre la espalda de los trabajadores (de todas la generaciones). Uf.

• La salida realista: superar al capitalismo. ¿Por qué no pensar cómo resolver estructuralmente las contradicciones de un sistema capitalista que está en decadencia y ya no tiene nada para ofrecernos? El desarrollo actual de los medios de producción permite no solo la posibilidad de acabar con el hambre en el mundo, sino también la reducción de la jornada laboral y el reparto de las horas de trabajo. La renta universal no solo podría ser una realidad, sino incluso superada por una nueva organización social que discuta democrática y planificadamente la economía, conquistando el tiempo para el ocio creativo, las ciencias, el arte, los deportes, viajes y, en definitiva, el desarrollo individual y social. Pero para ello no solo hay que atacar los intereses de los capitalistas, sino acabar con ellos. Como plantea Nicolás Del Caño:

… que el trabajo actualmente existente se distribuya en forma igualitaria entre todos los trabajadores y de esta forma solucionar tanto el desempleo y el subempleo en un polo, como reducir la jornada de trabajo y poner fin a las jornadas extendidas en el otro. Junto con esto, establecer un salario acorde a las necesidades sociales que siga automáticamente el movimiento de los precios, y así terminar con el fenómeno masivo de los –trabajadores pobres– [11].

Será esta entonces la tarea, construyendo una izquierda anticapitalista (como la que en Argentina se agrupa en el Frente de Izquierda Unidad) que discuta qué mundo podemos construir, que tome en sus manos la tarea de organizar a la clase trabajadora, de lograr la más amplia unidad de las filas obreras que hoy se encuentran atomizadas, que dote de una estrategia para la victoria de los distintos movimientos que vemos en el mundo, y que también dé una batalla para pelear por elevar las aspiraciones de la clase trabajadora. Como dicen los chalecos amarillos: “No queremos la baguette, queremos la panadería”. Y podríamos agregar: No queremos el alquiler, queremos el techo propio. No queremos el tiempo, queremos la vida.

 
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