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La Izquierda Diario
20 de mayo de 2019 Twitter Faceboock

POLÍTICA
La moderación kirchnerista, el “modelo Córdoba” y la memoria del Cordobazo
Paula Schaller

Un análisis de las elecciones de Córdoba y su impacto en la política nacional. Entre el inmoderado FMI y la moderación del cuarto kirchnerismo. El Cordobazo y sus lecciones para el presente.

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Un paso por las redes o las conversaciones en el trabajo da cuenta de que, más allá de las muchas lecturas posibles, una suerte de admiración recorre al electorado kirchnerista por el “gesto de grandeza” de Cristina al colocarse como vice de la fórmula encabezada por Alberto Fernandez. Se “arremanga” por el país, definió un entusiasmado Alejandro Grimson en la Revista Anfibia. Los gestos fueron muchos y previos, e incluyeron bajar la lista propia en Córdoba bajo el objetivo político de asestarle una contundente derrota a Macri.

En el mismo acto se le allanó el camino a un conservador Schiaretti que, “grandeza” kirchnerista mediante, hoy controla más de dos tercios de la Legislatura y tiene una mayoría cómoda en el Concejo Deliberante capitalino. Cualquiera podrá evaluar el contenido del “gesto de grandeza” si algún proyecto para la privatización de EPEC entrase hoy a una legislatura sobre-hegemonizada por el PJ, por poner sólo un ejemplo entre los tantos posibles.

Por despolitizada que haya sido la campaña mediterránea (lo que quizás fue condición necesaria) mucho se dijo de Córdoba como laboratorio de políticas con efectos nacionales. Si Schiaretti usó la mejor elección en la historia provincial como capital para su estrategia de revitalizar el espacio del peronismo federal (empresa de muy dudoso éxito, entre otras cosas por lo que se relata a continuación), a Cristina le sirvió para llevar hasta el final sin culpa el “modelo Córdoba”, que no es otro que el de las antípodas del Cordobazo: la moderación valorada como el más supremo gesto de grandeza para la etapa política actual signada por el ajuste sobre los sectores populares.

La lógica de la profecía autocumplida dicta que quien trabaja para preparar las condiciones de la moderación (incluyendo bajar lista en Córdoba) luego presenta a la moderación como una imposición dictada por las circunstancias. Que varios de los cientos de miles de votos que se emitieron el pasado 12 de mayo tuvieron más vocación de consenso negativo anti-Macri que positivo a favor de Schiaretti es innegable, a la vez que una primera constatación necesaria para no caer en la visión unilateral (y políticamente pasivizante) de una Córdoba cerradamente a la derecha.

Pero también es igualmente innegable que los votos se usan para producir efectos políticos. Cada voto que el pasado domingo entró en las urnas para Schiaretti colaboró, conscientemente o no, para el fortalecimiento del peronismo provincial (como si esto fuese un tango de Gardel y resultara que “20 años no es nada”) y para la estrategia de la moderación del kirchnerismo a nivel nacional. La conducción del kirchnerismo, partiendo de la propia Cristina que lanzó la orden de bajar lista y las principales figuras provinciales como el renunciado Pablo Carro, Gabriela Estévez y Martín Fresneda (que jugaron públicamente en los tres últimos días llamando a votar al PJ), trabajó para la producción de ese efecto, necesario para el momento moderantista que prima en este “cuarto kirchnerismo” (ese que se moderó tanto que se cambió el apellido y hoy se presenta como Fernández al cuadrado). Los gestos están claros. Las grandezas son un poco más discutibles.

En un artículo de la revista Crisis de hace unos meses, un certero Roberto Santucho decía “En estas condiciones la polarización se sostiene gracias al intenso rechazo por el adversario, antes que por la adhesión que motiva el elegido para gobernar. En los comicios que se avecinan no ganará quien enamore y genere esperanzas, sino que perderá aquel que concentre la bronca y las frustraciones de las mayorías.” Escritas bajo el supuesto, refutado con el diario del lunes, de que CFK sería candidata a presidenta, las líneas aciertan en lo central: la clave será el consenso negativo, no un candidato que enamore. Solo el extendido y legítimo descontento social con el macrismo puede “obrar la magia” de que un candidato ayer cavallista, duhaldista, siempre lobbysta de Clarín, los mercados y los sojeros, tenga sin votos propios serias chances de ser el próximo presidente.

Pero como bien dijo CFK, en realidad “no fue magia”, y lo que realmente explica esta posibilidad es que las conducciones sindicales y políticas del kirchnerismo trabajaron para contener y canalizar ese descontento en los marcos de un proceso electoral signado por el conservadurismo. Mientras la economía es dirigida por el inmoderado FMI que exige un brutal ajuste de 4 puntos del PBI, como reconocen los propios asesores económicos de Alberto Fernández como Guillermo Nielsen, la moderación es elevada a la categoría del gesto político supremo a hacer al servicio de la Patria (que “está en peligro”, como dijeron los jacobinos en 1792). Pero como la moderación política no funciona sin la moderación social, se exige un pacto social a la Gelbard, el Ministro de Economía peronista que en 1973 congeló los salarios y comprometió a la CGT a no hacer huelgas.

Las actuales convocadas son las mismas conducciones sindicales que garantizaron que el ajuste macrista pasara sin grandes obstáculos. En esa sintonía hay que leer el apoyo del Rodolfo Daer de la CGT a la fórmula de Alberto y Cristina. Veloz acude al llamado la intelectualidad progresista, que aporta al relato: “Moderar las expectativas de un sector social que no termina de comprender la realidad económica macrista y el catastrófico encadenamiento de la deuda externa”, pide un Alejandro Grimson deseoso de “gestos de grandeza” de parte del pueblo trabajador que viene sufriendo años de ajuste.

En aquella nota de la Revista Crisis, Santucho planteaba “Quienes tienen la destreza de levantar un segundo el mentón para pispear cómo será el día después, saben que el ganador de la contienda la va a tener difícil. Sumidos en una formidable crisis económica sin horizonte de salida, con un contexto internacional pantanoso que se deteriora a cada instante, atrapados en un torbellino social de pasiones tristes donde prima el desaliento y crece la bronca, cuesta imaginar de dónde saldrán los recursos simbólicos y materiales para un gobierno decente”. Es cierto que no todos tienen la destreza de levantar el mentón para pispear cómo será el día después, en primer lugar porque quienes se postulan, a excepción del Frente de Izquierda, evitan pasar de las generalidades discursivas a decir qué harán con los grandes problemas nacionales: los 160 mil millones de dólares de deuda que establece el acuerdo con el FMI; las privatizadas que dolarizaron los precios y nos saquean con tarifazos; el trabajo, la salud, la educación, etc. No es cierto que se carezcan de recursos materiales para hacerle frente a la crisis: hay que ir a buscarlos entre los mismos que la generaron: los especuladores y grandes capitalistas.

En unos días se cumplen 50 años de la rebelde gesta del Cordobazo. En aquel momento la juventud estudiantil y el movimiento obrero protagonizaron un proceso de radicalización que puso en cuestión no sólo la dictadura militar de Onganía sino más de conjunto el avance del dominio imperialista sobre el país, abriendo un ascenso revolucionario que sólo fue derrotado por la dictadura del 76. El pacto social se postuló en aquellos años como un intento de desactivar este proceso, abriendo el camino a duros ataques contra la clase obrera y su vanguardia que le allanaron el camino al accionar genocida.

El salto en el dominio imperialista de la mano del FMI que los moderados de hoy advierten para pasivizar pero se niegan a enfrentar, planteará el desarrollo de nuevos acontecimientos de magnitudes históricas donde estará planteado luchar por una salida independiente de la clase obrera. Quienes hoy hacen reivindicaciones de museo, deben cuidarse de no ser, incluso a su pesar, los militantes del anti-Cordobazo en el presente. Al fin de cuentas, cada época tuvo los suyos.

 
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