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11 de mayo de 2019 Twitter Faceboock

BRASIL BOLSONARO
Para la burguesía brasileña, el diablo se llama Trotsky
André Augusto | Natal | @AcierAndy

En medio de las peleas internas del gobierno de Bolsonaro, entre los olavistas y la casta de militares que incluye los generales de reserva aun alojados en Planalto, surgió un nombre disonante: el del revolucionario León Trotsky.

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El revolucionario ruso se ganó las páginas de diarios, posteos en redes sociales y comentarios en las tertulias políticas de Brasilia. En particular, fue usado como instrumento de insulto por Eduardo Villas Bôas, excomandante de las Fuerzas Armadas, contra nadie menos que el ideólogo de los Bolsonaro Olavo de Carvalho.

Villas Bôas no encontró otra calificación para el gurú del bolsonarismo que “Trotsky de derecha”. El propio Olavo, consciente al menos de que está tan lejos de Trotsky como un faraón egipcio de la revolución socialista, respondió que la comparación es “pueril”. Otros analistas entraron en el debate. Sakamoto corrigió la analogía y ligó a Olavo al gurú del zar Nicolás II, el brujo Rasputín. Reinaldo Azevedo puso la vara más lejos:

“Trotsky fue un líder revolucionario, guste o no. Era un prosélito poderoso en favor de la revolución y también un hombre de acción. Al tiempo que escribía compulsivamente, formaba el Ejército Rojo. Olavo de Carvalho no puede organizar ni las ofensas que dispara al azar.”

Los debates de la burguesía y la prensa brasileña empezaron a involucrar insistentemente el nombre de Trotsky, como la sombra de una concepción de mundo temida por la clase dominante, de la que huye como de la peste. Curioso recurso: cada mención de odio a la figura del revolucionario ruso, frecuentemente sazonadas con ignorancia, como en el caso del torpe Villas Bôas, genera nuevo interés en sectores de masas por la verdadera historia del bolchevique y por las ideas del comunismo.

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No hace mucho, Netflix lanzó en todo el mundo la serie “Trotsky”, dirigida por Alexander Kott y Konstantin Starksy. Impulsada por la red de propaganda estatal rusa, la serie chorrea difamaciones torpes y falsificaciones atroces que llenarían de orgullo a la antigua corte de historiadores stalinistas, un régimen que siempre distorsionó la figura y obra de quien, junto con Lenin, fue el más importante líder de la Revolución de Octubre de 1917.

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Antes de volver al caso brasileño, hay que notar que esta conducta de la burguesía, en Rusia, en Brasil y en otros lados del mundo, es señal de una grave preocupación, de debilidad y no de fortaleza. Al mismo tiempo, es un homenaje, a su manera, a la vitalidad de las ideas del marxismo revolucionario. En Estados Unidos, un país donde la izquierda fue devastada por el macartismo en la década de 1950 y donde hablar de “socialismo” era una herejía, el 44% de la juventud entre 18 y 29 años preferiría vivir en un país socialista que en un país capitalista. Lo que esos jóvenes conciben como “socialismo” está, por ahora, vinculado a un ideario de redistribución de la riqueza y al Estado de Bienestar, que gana representación política en figuras tan inofensivas al imperialismo estadounidense como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortéz, ambos tan solícitos en aceptar la retórica de “ayuda humanitaria” con la que Trump disfraza su intento de golpe de Estado en Venezuela. No por ello deja de preocupar a la nata de los magnates de las finanzas y de los grandes monopolios de Estados Unidos, que se reunieron en el Milken Institute para debatir un tema que parecía estar eliminado del horizonte histórico luego de la caída y disolución de la Unión Soviética: ¿derribará el socialismo la supremacía del capitalismo en nuestra época?

¿Y si esta generación comienza a entender que el socialismo no tiene nada que ver con Sanders, como nunca tuvo que ver con Alexis Tsipras de Syriza en Grecia, o con Pablo Iglesias de Podemos español, y sí tiene que ver con el marxismo revolucionario? ¿Y si comienza a alimentar simpatías por la figura de un... Trotsky?

Los vanos intentos de falsificación de figuras revolucionarias como Trotsky a través de campañas mediáticas como la de Netflix revelan en recelo de la burguesía internacional de que estemos en las puertas de grandes choques de la lucha de clases y del retorno de la idea de la revolución, como expresó el magnate de las finanzas Alan Schwartz. Habría que alejar a la juventud de las grandes ideas y de las personalidades que prepararon la caída del sistema capitalista. Parte de la misma operación es la depredación de la tumba de Carlos Marx en el Highgate en Londres. Se trata de una interpretación propia del concepto de “crisis orgánicas” del marxista italiano Antonio Gramsci: surgen nuevas formas de pensar y sentir no solo hacia la derecha, sino también hacia la izquierda, frente a la crisis capitalista y el agotamiento del ciclo neoliberal, y de una generación que está más cerca de la caída de Lehman Brothers que de la caída del Muro de Berlín. Las escaramuzas ideológicas ya están a pleno vapor.

Volviendo a Brasil, con mucho menos sofisticación andan las escaramuzas de los representantes del golpismo local. Villas Bôas se sirve de un recurso político que no prima por la novedad: para degradar a los grandes revolucionarios, es una costumbre de la clase dominante establecer paralelos simétricos con figuras repulsivas que siempre fueron los principales agentes de los intereses capitalistas. Igor Gielow, editor de Folha de S.Paulo, compara la “brutalidad de Trotsky con la de Stalin”, repitiendo una estúpida fábula adorada por los historiadores liberales, índice del estrecho límite mental al que llegan los “mejores” pupilos de la anémica intelligentsia burguesa.

Olavo de Carvalho es una excrecencia de la extrema derecha tanto como fruto intelectual de la sociedad burguesa en decadencia, que en Brasil se pudre al son de la ópera bolsonarista. Basta la mitad de la masa encefálica, ya reducida, de un Olavo de Carvalho para dejar de lado la analogía de Villas Bôas. Pero ella no deja de tener interés como indicio psíquico. Villas Bôas encuentra en el ala ideológica del gobierno lo que considera un “trotskismo de derecha” no solo para intentar infantilmente deformar la personalidad de Trotsky, sino para identificarlo con lo que amenaza las “instituciones consolidadas” de la sociedad burguesa. Para la burguesía, el diablo se llama Trotsky.

Luchador incansable contra la política contrarrevolucionaria de la burocracia stalinista, su violencia torpe en colaboración con las burguesías mundiales, Trotsky fue el principal dirigente revolucionario en defender, en el período 1924 a 1940, las banderas del marxismo revolucionario con las que, junto con Lenin, dieron lugar al mayor acontecimiento de la historia humana en medio de las catástrofes de la Primera Guerra Mundial. Contra la violencia sangrienta del imperialismo y del stalinismo, intentaba reorganizar y dirigir, hombro a hombro con la vanguardia de los trabajadores, las filas del partido mundial de la revolución socialista, que se materializó en la IV Internacional creada en 1938 y fundada en lo mejor que dio el marxismo y la experiencia del movimiento obrero mundial, condensada en las lecciones de los cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista, de 1919 a 1922. La teoría de la revolución permanente de Trotsky, en su carácter de gran estrategia y teoría-programa del comunismo, fue la principal arma contra la “teoría” del socialismo en un solo país, que sintetizaba a partir de 1924 un programa de colaboración de clases de la burocracia stalinista, cuya mediocridad era hecha a medida para preservar sus privilegios conquistados en base a la usurpación del poder político de los trabajadores. El artificio de comparar a Trotsky con Stalin equivale a identificar los esfuerzos teóricos y políticos del marxismo por la revolución mundial con el trabajo reaccionario de destrucción de los procesos revolucionarios alrededor del globo. Dejamos esa tarea a figuras como Gielow y sus amigos intelectualmente pauperizados.

Trotsky teorizó sobre los grandes cambios en la conciencia y en el estado de ánimo de las masas, que bajo el impulso de las transformaciones materiales, daban origen a movimientos en los que decenas de millones de seres humanos rompían las compuertas del conservadurismo y tomaban en sus manos las riendas de sus propios destinos. En el libro Historia de la Revolución Rusa, Trotsky afirma que “buscamos descubrir los cambios en la conciencia colectiva detrás de los acontecimientos. Rechazamos las referencias sumarias a la ‘espontaneidad’ del movimiento, que en la mayoría de los casos no explican nada y no enseñan nada a nadie. Las revoluciones tienen lugar según ciertas leyes. Esto no significa que las masas en acción sean conscientes de ellas, pero sí significa que los cambios en la conciencia de las masas no son accidentales, sino que están sujetos a una necesidad objetiva que se puede explicar en forma teórica, que a su vez brinda un fundamento que posibilita hacer pronósticos y pelear por dirigir el proceso”.

Una de las mayores contribuciones de Trotsky al marxismo fue el haber sido el teórico (y práctico) de la insurrección proletaria, es decir, de la toma del poder político. Sus escritos enfatizaron cómo las posiciones conquistadas de los trabajadores deben servir al combate que –dirigido por un partido revolucionario- concentre en un punto determinado la tensión de todas las fuerzas para darle un golpe mortal al Estado burgués. Trotsky analizó caso a caso distintos procesos revolucionarios y los momentos históricos de desagregación del poder burgués, definiendo las situaciones precisas de la articulación entre la preparación defensiva y la ofensiva de la clase obrera, para la toma del poder o para la conquista de nuevas posiciones preparatorias en vista de la batalla decisiva: la insurrección revolucionaria de masas y la toma del poder.

Como dice Trotsky en su autobiografía Mi Vida, “El marxismo se considera a sí mismo la expresión consciente del proceso histórico inconsciente. Pero el proceso ‘inconsciente’, en el sentido histórico-filosófico del término, coincide con su expresión consciente sólo en su punto más alto, cuando las masas, por completa presión elemental, rompen con la rutina social y dan expresión victoriosa a las más profundas necesidades del desarrollo histórico. Y en esos momentos las más altas conciencias teóricas de la época convergen con la acción inmediata de esas masas oprimidas que están alejadas de la teoría. La unión creativa de lo consciente con lo inconsciente es lo que uno usualmente denomina «inspiración». La revolución es la convulsión inspirada de la historia”.

La misma dialéctica en la aprehensión de los grandes procesos históricos presidía su percepción sobre los momentos de transformación en los que sectores de masas de jóvenes y trabajadores se hacían más abiertos a las ideas del socialismo revolucionario.

Podemos no estar tan lejos de ese momento. El excomandante Villas Bôas sugiere que las ideas de Trotsky, que de alguna manera distorsionada y exótica encuentra en el escritor que vive en Virgínia, contribuyen a minar la “cohesión de la sociedad brasileña”. No obstante el caos cerebral que lleva a semejantes confusiones, el militar olfatea resquicios de algo real: la expansión de la influencia de las ideas revolucionarias es el principal antídoto contra el proyecto de país bolsonarista, que de cohesionado no tiene nada, así como contra las concepciones reformistas que llevan agua al molino del proyecto petista, de administración del capitalismo neoliberal decadente.

En un encuentro significativo entre Hitler y el embajador francés Coulondre en agosto de 1939, en vísperas de la deflagración de la Segunda Guerra Mundial, el segundo dice que, en caso de guerra, “el verdadero vencedor será Trotsky”, sabiendo que en nuestra época, las guerras son parteras de revoluciones. Stalin, gran colaborador del imperialismo en el papel de sepulturero de revoluciones en buena parte del siglo XX, estaba lejos de ser identificado como un peligro de ruptura sistémica. Las burguesías imperialistas dieron al espectro de la revolución un nombre propio: su diablo se llamaba Trotsky. Décadas después, la burguesía renueva su uso. Pocas cosas ejemplifican mejor el orgullo de ser parte de esa tradición que deja en pánico a los capitalistas y prepara conscientemente un nuevo porvenir.

 
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