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6 de mayo de 2019 Twitter Faceboock

MÚSICA
30 años de Dulce Navidad: Donde las águilas se atreven
Juan Ignacio Provéndola | @juaniprovendola

Siete canciones y menos de veinte minutos le bastaron a Attaque 77 para iniciar su propia leyenda refundando la cultura punk argentina con un disco debut sencillo pero fundamental.

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El copamiento del cuartel de La Tablada en enero de 1989 fue el presagio de un año convulsionado que acentuaría su crisis política, económica y social y acabaría con Carlos Menem en la presidencia, dándole expansión al neoliberalismo represivo como política de estado oficial en democracia (de la privatización a los piquetes).

En ese tiempo Leo de Cecco, baterista, aún era menor de edad: tenía apenas 16 años. En tanto que el guitarrista Mariano Martínez y el cantante Federico Pertusi acababan de cumplir 18. Por eso tal vez Ciro, el hermano mayor de éste último, parecía ya un adulto con sus casi 21. Pero a pesar de estas diferencias de edades, los cuatro pertenecían a esa misma generación de clase media-baja criada en dictadura y “educada” en una democracia aún débil y conflictiva.

Aquella fue la formación con la que Attaque 77 lanzó en 1989 “Dulce Navidad”. Es el primer disco en la historia de la banda, pero además un poderoso registro de época. El punk argentino crecía mientras el país se desmoronaba. Ya lo explicaba Alerta Roja en 1983, con el título de su disco “Derrumbando la casa rosada”.

Durante toda la década del ’80 el punk se inscribió en Argentina como un lenguaje capaz de articular a distintas “minorías” o “disidencias” (culturales, políticas, sexuales) dentro de esa juventud de transición posdictatorial. Y el disco “Invasión ‘88”, editado en diciembre de ese año, fue una de las mejores evidencias de esta adolescencia efervescente que despreciaba los años de plomo pero no se sentía representada en la fachada institucional de una democracia condicionada.

El compilado en cuestión reunió a una decena de bandas punks recientes, entre ellas Attaque 77, a quien al instante el sello Radio Trípoli le propuso editar un álbum propio. Pasaron apenas dos meses entre una grabación a la otra, aunque en ese breve período el grupo sufriría una serie de cambios que determinarían su formato y su sonido: Leo de Cecco entró por Claudio Leiva y el guitarrista Danio Caffieri abandonó el grupo, dejando a Attaque en cuatro, número que lo identificaría durante veinte años.

Voz, guitarra, bajo y batería era la misma formación que Los Ramones, grupo que ellos cuatro habían visto en febrero de 1987 en Obras, su primer show argentino. Pero una vez que Attaque 77 se estableció como cuarteto y definió el repertorio a grabar, un escenario de hiperinflación galopante se llevó puesto todo el esquema de costos y gastos planeados por Radio Trípoli. Así, la idea de publicar un disco doble que incluyera uno en vivo fue automáticamente cancelada porque resultaba más barato tirar a la basura todas las tomas en el Parakultural que imprimirlas. Y la salida estipulada originalmente para fines de 1988 debió postergarse varios meses en virtud de un insólito desabastecimiento del material vinílico con el que se confeccionaban los álbumes.

Radio Trípoli había contratado como productor artístico al baterista de Riff Michel Peyronel, quien acumulaba pergaminos en ese rol con Los Violadores. “Dulce Navidad”, en términos sonoros, terminó siendo un disco de relativa prolijidad, lo cual treinta años después no queda claro si es un halago o, a lo mejor, una expresión de que nos quedamos con ganas de alguito más. Peyronel insistió para que se escuchara más la batería en detrimento de la guitarra con el propósito de edulcorar algunas estridencias y darle al disco un sonido “radiable”. Es decir, apto para ser pasado en cualquier lado, desde Cemento hasta un cumpleaños de 15.

Así las cosas, “Dulce Navidad” con apenas siete canciones en menos de veinte minutos se distribuyo en las disquerías entre marzo y abril 1989. Este episodio significó la aparición de una nueva oferta comercial dentro del punk local, fundado -en esos términos- por un grupo como Los Violadores que ya en ese entonces iba por su quinta placa y encaraba otra orientación musical. La madurez es tan necesaria como la renovación, y el compilado “Invasión ’88” ya daba cuenta de que, al final de esa década, otra generación empezaba a dar sus disputas en el terreno de las representaciones simbólicas del punk doméstico.

En la primera tirada del disco (editado en vinilo y casete) los cuatro aparecían con un filtro celeste y parados sobre Ayacucho como punto de fuga. Sin embargo la portada que más se recuerda es la del fondo negro con las siluetas en blanco y letras en rojo. Se trató de una variación aplicada en 1991, cuando “Dulce Navidad” se publicó también en CD. Las dos fotos fueron sacadas la misma tarde en la puerta de los estudios Sonovisión (donde estaban grabando) por Adrián Canedo, baterista de Los Cafres.

En ambas tapas Ciro Pertusi, Leo de Cecco, Mariano Martínez y Fede Pertusi aparecen en el mismo orden y haciendo lo que todo fanático de Los Ramones desearía en la foto principal de su disco: vestir jeans y camperas de cuero para mirar seriamente a la cámara.

“Veníamos escuchando también a bandas como los Sex Pistols o The Clash, incluso Motörhead, pero haber podido ver a Ramones en vivo un año antes en Obras fue muy influyente”, reconoce Leo de Cecco. “Y ni siquiera fue por la fiebre que despertaron en Argentina, porque eso se consolidó recién después. A nosotros nos pasó al revés: era la primera banda de las pioneras que venía al país y nos preguntábamos si volveríamos a verlos en vivo alguna otra vez”.

Así como Los Violadores tuvo su impronta clashera, Todos Tus Muertos se encandiló con Mano Negra y 2 Minutos derramó velocidades hardcore, Attaque se encargó de bajar la info Ramone a la cultura joven argentina con esmero y sin ruborizarse. Fueron acaso los principales embajadores visibles de esta subcultura que tanto prendió en Argentina.

Pero más allá del ramonerismo explícito, ese Attaque fugaz de “Dulce Navidad” empujó un lenguaje más simple y sin tanta aspiración figurativa (a pesar de que hayan quedado letras de gran estructura poética como “Caminando por el microcentro”) . La palabra oral cobra valor en el disco por su carácter testimonial más que por la estética semántica de la combinación narrativa. En ese aspecto es donde a lo mejor el disco emerge con más salud del paso del tiempo: fungiendo como el registro que un sector determinado de la juventud argentina hizo sobre su época.

“Me volviste a engañar” y “No te quiero más” son dos títulos por demás claros, aunque la dialéctica amor-desamor es utilizada por ese Attaque primigenio de forma más expansiva e intertextual para aludir también a otras ideas-fuerza. Como “la autoridad” o “las instituciones”, analizadas por la banda desde una perspectiva del encanto-rechazo muy adolescente pero, a la vez, muy representativa de un contexto conflictivo y perjudicial.

El claro ejemplo es el tema que da nombre al disco: en el fondo, es un triste lamento sobre una Navidad que termina mal porque papá llegó borracho. Se trata de una situación de conflicto muy propia de una clase social devastada a la que no le sirve de nada el circo de las fiestas que venden las publicidades de pan dulce. La canción pone en cuestionamiento a la familia como institución: ¿qué sentido tiene si por fuera falla todo el entramado social que debe contenerla?

Algo similar ocurre en “Hay una bomba en el colegio”, la canción que abre “Dulce Navidad”: la historia de una falsa alarma que termina con dos estudiantes cogiendo debajo de un pupitre con “el cuadro de Sarmiento tirado en el suelo” sirve en verdad para poner en ridículo al sistema educativo. Como The Wall, pero made in Lugano.

No hay aún referencias a la policía (como luego sucedería en el resto de la discografía de Attaque) porque fue descartada “Brigada Antidisturbios”, una de las dos canciones grabadas previamente en “Invasión ‘88”. La que sí se incluyó en “Dulce Navidad” fue “Sola en la cancha”, donde por primera vez el punk argentino usa al fútbol como escenografía. En ese entonces estaba irrumpiendo la figura del “barra brava” (otra de las “creaciones” de los ’80) y la tele empezaba a tentaculizar el negocio de las transmisiones.

La cancha, la tele, la casa, la calle. Las hormonas y la sexualidad. El bien y el mal. Los Pitufos yéndose con tu novia. Nuevamente, el amor-desamor. “Dulce navidad”, el primer disco de Attaque, es un friso de aquella microjuventud argentina que asistía a un cambio de década incierto: por un lado gozaba de ciertas “libertades” culturales para consumir contenidos que le estaban vedados a sus hermanos o primos mayores, pero por el otro sentía (de manera más o menos consciente) que sus derechos sociales o civiles seguían oprimidos.

Las condiciones de grabación no fueron las óptimas, nada diferente a lo que le pasa históricamente a las bandas novicias. Escuchar “Dulce navidad” es como escuchar un demo en casete: el trabajo preliminar de una banda que busca ajustarse. Una mezcla de espíritu punk y cierta incomodidad con un escenario que hasta entones desconocían: el estudio de grabación. A pesar de eso (o a causa de), “Dulce Navidad” fue un disco disruptivo e influyente que no sólo renovó el punk argentino, sino que también fue modelo a seguir para muchas bandas.

“Hicimos las bases en un día y terminamos el disco en un fin de semana. Haberlo grabado siento tan chicos fue una experiencia alucinante que la recontra valoro. LO ”, afirma De Cecco. Aunque, a la vez, reconoce: “Esa precocidad también nos obligó a crecer de golpe en un sentido concreto: no sabíamos tocar y tuvimos que ir aprendiendo arriba del escenario. De golpe aparecieron giras, grabamos otro disco, llegamos a Obras, Attaque se hizo conocido… y nosotros seguíamos siendo chicos”.

El fenómeno de Attaque como un emblema de la cultura pop(ular) llegaría recién con “El cielo puede esperar”, el disco siguiente, ya con Ciro Pertusi en el rol de líder escénico. “Dulce Navidad” tiene poco que ver con esta deriva, y ese acaso sea punto en el que repose su principal encanto: perdurar como el registro fulgurante (siete canciones en menos de veinte minutos) de una formación casi efímera que nunca más se volvió a juntar. Como el lamparazo de un daguerrotipo, “Dulce navidad” es algo en inicio breve e irrepetible, pero finalmente poderoso e imperecedero.

 
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