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La Izquierda Diario
8 de febrero de 2019 Twitter Faceboock

LITERATURA
Halldór Laxness, entre las sagas y el comunismo
Santiago Trinchero | @trincherotw

Un día como hoy pero de 1998 Halldór Laxness moría en Reikiavik. Nobel de Literatura en 1955, su obra revitalizó la prosa islandesa. Su simpatía por la Unión Soviética le valió la vigilancia del FBI.

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La imagen que Islandia nos remite es la de una isla volcánica escasamente poblada. Entre hielos y pedregales, sobre la estrecha franja de tierra fértil de las costas, un pequeño núcleo de vikingos fundó una colonia. De esto hace casi doce siglos.

Las familias de este pueblo se reunían en las noches polares para oír las sagas: historias que narraban sus genealogías, las proezas de sus ancestros heroicos y su relación con el mundo de los dioses. Estás epopeyas familiares comenzaron a dejarse por escrito para el siglo XII. Cambiando el verso por la prosa, adquirieron la forma en que las conocemos hoy.

Borges dijo que en ese momento se habría inventado la novela. Su pasión por las eddas lo empujó a una exageración, pero sí es seguro que la literatura en Islandia nació ahí.

Y ese esfuerzo genial parecía haber agotado la creatividad islandesa. Hasta que vino al mundo Halldór Laxness.

Un tradicionalista irreverente

Halldór Kiljan GudJonsson nació un 23 de abril de 1902. Contra la tradición luterana de su país se convirtió en su adolescencia al catolicismo y renegó de la peculiar forma de apellidar de los islandeses para tomar el nombre del caserío donde creció en las afueras de Reikiavik: Laxness.

Entre 1927 y 1929, Halldor residió en los Estados Unidos tratando de ganarse la vida como guionista. El crack de Wall Street lo impresionó profundamente. Sobre ese período de su carrera dirá años más tarde: “no me hice socialista por leer libros sino por ver a los desempleados morirse de hambre en los parques”.

Se declaró ateo y simpatizante de la Unión Soviética y se dedicó a la crítica de la sociedad norteamericana. Una novela (El libro del pueblo, 1929) y sus notas en un periódico que se publicaba para los migrantes islandeses le valieron la detención y la deportación.

Esta experiencia moldeó al autor que llegará a la fama. En él, rupturas religiosas o afirmaciones políticas se complementan con una pulsión por proyectar en toda su obra a las sagas medievales, de una forma u otra. Son omnipresentes en las referencias geográficas o genealógicas de sus personajes, como digresiones de la trama principal o directamente como moldes en los que él desarrollaría una nueva narrativa.

Para Halldór Laxness, un campesino regalando un caballo puede ser también una epopeya. Su mérito estuvo en revelar la dimensión épica que puede revestir también a las cosas sencillas. Ese fue su gran acierto.

Gente independiente para un país independiente

Laxness fue recibido en Islandia como un apóstol de la nueva generación de escritores. A lo largo de veinte años, bajo el prisma del comunismo, se dedicará a la escritura de novelas de temática social.

En este período también tradujo a Hemingway al islandés y su incorporación de neologismos sacudió a la amodorrada lengua de la isla.

Diez años antes de que Islandia alcanzara su independencia de Dinamarca, Laxness escribirá su mejor novela: Gente independiente, de 1934. Con la que ganará en 1955 el Premio Nobel.

En ella hay un pastor que vive en una granja que, irónicamente, se llama Casa Estival. Debe sobrevivir a una tierra inhóspita y plagada de sacrificios con el sueño de comprarla. Necesitará treinta años para convertirse en propietario, inmolando en esa empresa a sus seres queridos. Su metamorfosis acompaña la del país, a la que comienzan a llegar la industrialización y los comunistas. El resultado de la historia es un viaje de ida y vuelta, una epopeya como la de Ulises (o Björn Ragnarsson), donde no acechan krakens o sirenas sino los fantasmas del siglo XX.

Este libro fue un éxito editorial en su país y en los Estados Unidos. Tanto, que el FBI declaró a Laxness person of interest, un eufemismo que lo convirtió en sujeto de espionaje. Les preocupaba que las ganancias de sus libros se destinase a solventar las arcas de los comunistas.

Hungría y después

Cuando la burocracia estalinista aplastó la Revolución Húngara de 1956, Laxness se alejó definitivamente del Partido Comunista. Esta desilusión lo encaminó nuevamente hacia la filosofía idealista y la introspección de sus primeros años.

Puede leerse El concierto de los peces (1957) precisamente como el reverso o complemento de Gente independiente: Alfgrimur es un muchacho abandonado por su madre al que cría un pescador que cree ejercer el oficio más elevado y noble que pueda saber un hombre. Pero Alfgrimur no quiere pescar sino cantar, pasión que refuerza el saberse descendiente de un legendario cantante islandés.

Replegado a la intimidad y más distanciado del drama social, el método de Laxness sigue siendo el mismo. Hay quienes piensan que el destino de los genios es copiarse a sí mismos. Pero en literatura se trata del perfeccionamiento de un legado. El método es lo que perdurará cuando las palabras que elegimos caigan en desuso, o la gente lea otras cosas. Un gran escritor, decía Piglia, es quien deja un método para que otros escritores lo copien.

Durante las siguientes décadas, Laxness fue la referencia literaria de su país. Se proyectó como una sombra sobre cada nuevo escritor. A favor o en contra de él se conjugaron las pasiones de una nueva narrativa que los latinoamericanos hemos leído poco, por la escasez de traducciones. Más de sesenta libros llevan su firma. No hay escritor islandés que trascienda las fronteras de la isla a la que el periodista de turno no le siga preguntando qué opina de este gran escritor.

Ha sido una crueldad de Las Nornas, aquellas tejedoras mitológicas del destino, que a Halldór Laxness le deparasen una decrepitud calamitosa producto del Alzheimer. Qué injusticia es para un rapsoda morirse sin recordar las sagas o las palabras que había escrito para revivirlas y multiplicar a sus lectores.

Posdata: Son dos los libros accesibles en Argentina. Por astucia de los editores y para suerte nuestra, corresponden cada uno a un período distinto. Estación Atómica (1948) es una crítica a la instalación de bases militares de Estados Unidos en Islandia. Paraíso Reclamado
(1960) cuenta el viaje de un campesino del siglo XIX a la tierra de los mormones. En inglés se consiguen los otros nombrados en esta nota, a precios prohibitivos si los buscamos localmente y algo más razonables si los pedimos afuera. Que alguna editorial criolla se ponga las pilas.

 
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