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La Izquierda Diario
4 de febrero de 2019 Twitter Faceboock

EL CÍRCULO ROJO
Venezuela pone al desnudo que hablar de imperialismo es hablar de algo muy presente
Fernando Rosso | @RossoFer

Este domingo, en El Círculo Rojo, un análisis de la situación en Venezuela a la luz de la intervención norteamericana, del balance de los llamados gobiernos posneoliberales y de los límites que tiene el avance de la derecha en la región. Escuchá y leé los conceptos centrales.

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A propósito de la discusión de Venezuela tuve la oportunidad de participar en varias charlas y debates. Y surgieron, por lo menos, tres cuestiones alrededor de dudas o de interrogantes de lo que dejó planteado Venezuela, tanto para ese país como para el conjunto del continente, y también para la Argentina.

En primer lugar, para algunos hablar de imperialismo es como un lenguaje político ya perimido, o fantasmas o delirios izquierdistas. Y sin embargo Venezuela lo puso nuevamente en el centro de una manera bastante cruda.
No porque no hayan existido durante este tiempo potencias que intervinieran de una u otra manera en la realidad de los países de nuestra región. Lo hacen a través de los llamados “partidos judiciales”, utilizando la corrupción realmente existente. Por ejemplo a través de la causa de los Cuadernos en la Argentina.

Pero lo que sucedió en Venezuela, con un presidente que se auto-nombró en una plaza pública, que arregló ese nombramiento en reuniones secretas en los EE.UU. y que fue inmediatamente avalado por el presidente de ese país, verdaderamente muestra que cuando se habla de política colonial, nuevo imperialismo o intereses de las potencias en la región. No estamos hablando del pasado, sino de algo muy presente.

Si uno analiza los nombres de quienes rodea a Donald Trump. Si ve la política que tuvieron, que es incautar los fondos de la petrolera PDVSA y decir que lo van a poner en una cuesta que esté tutelada o a nombre de Guaidó, nota que esa presencia de EE.UU. en la región -y sobre todo en la crisis venezolana- es más que evidente.

Quizás, como durante todo este tiempo EE.UU. estuvo ocupado en resolver problemas de su orden internacional en Medio Oriente -en lugares donde no le fue tampoco muy bien- se creó un sentido común de que no tenía intereses estratégicos en la región y de que ya nos habíamos liberado de este tutela.

Si se logra un gobierno títere en EE.UU., controlando el petróleo venezolano, sería un avance muy importante, con consecuencias para el conjunto del continente.

Como segundo punto de las charlas que tuvimos en estos días, surge la cuestión de cual es la responsabilidad de los llamados gobiernos posneoliberales, que algunos llamaron populistas. Y qué tiene Venezuela en común con esos gobiernos.

Cada país tiene su peculiaridad, pero tienen dinámicas comunes. Por un lado el chavismo, como expresión más radical de estos procesos; como Evo Morales en Bolivia; el kirchnerismo en Argentina; o Lula y el lulismo en Brasil, fueron productos de lo que a principios de siglo eran un continente en ebullición, un hervidero de conflictos y levantamiento nacionales. No podían seguir gobernando como gobernaba De la Rúa, como gobernaba Menem, o Fernando Enrique Cardozo en Brasil.

Eso, más un ciclo ascendente de las materias primas -el petróleo en Venezuela, la soja en Argentina-, obligó a determinadas concesiones y a determinadas mejoras en la calidad de vida de la población. Siempre en términos relativos de aquello de lo que se venía. Eso sin revolver -y esto se nota patente en Venezuela- ninguno de los problemas estructurales de países dependientes atrasados.

Cuando esas cosas se terminaron tuvieron una cosa en común: girar hacia la moderación en términos económicos. O sea, hacia ajustes. ¿Ajustes iguales a los que hoy lleva adelante la derecha? Quizá no tanto, quizás con matices en algunos casos, pero ajuste al fin. Maduro, pese a la radicalización del discurso político, también venía con medidas de ajuste, como suspensión de derechos laborales, ajuste fiscal, devaluaciones. Los nombres propios de esa tendencia eran Scioli en Argentina, Dilma en Brasil, Maduro en Venezuela.

Estaba en la naturaleza de las coaliciones políticas que sostenían a esos gobiernos, las famosas burguesías nacionales. Cuando la crisis golpeaba, siempre tendieron a girar a la moderación o, dicho más explícitamente, a la derecha. En eso hay responsabilidad a la apertura del camino a las derechas que gobiernan actualmente.

Una tercer cuestión es que muchas personas dicen “está avanzando la derecha, de manera abrumadora”. Y se puede imponer un sentido común de que no se puede hacer mucho para frenarla. Y Eso tampoco es real.

El propio Trump tiene unas contradicciones muy importantes dentro de EE.UU. Bolsonaro todavía es una incógnita acerca de que va a hacer verdaderamente y sobre todo, de su plan económico por el que fue rechazado Temer. Macri, en la Argentina, tiene un 70 % de imagen negativa. Piñera, en Chile, que asumió hace poco, dilapidó su capital político bastante rápido.

Las condiciones para pelear, para tratar de frenar a las derecha del continente, son mucho más complejas que decir: “están avanzando sin ninguna contradicción”.

 
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