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La Izquierda Diario
19 de enero de 2019 Twitter Faceboock

MÚSICA // ROCK
Rockeras argentinas, volumen 1
Juan Ignacio Provéndola | @juaniprovendola

Primero de una serie de artículos sobre aportes femeninos a la cultura rock no sólo desde el escenario, sino en distintos ámbitos. Hoy: Gabriela, la Negra Poli, Mirtha Defilpo, Celeste Carballo y Patricia Pietrafesa.

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Musas, groupies, inspiradoras. Durante muchos años la cultura rock argentina pareció disminuir a la mujer a un rol pasivo y casi decorativo de una historia dominada por el nervio masculino.

Sin embargo, a pesar de la desigualdad de trato y oportunidades, muchas mujeres de arte tomar pudieron hacerse un camino, marcar una huella y dejar su rastro en nuestro rock. Canciones y discos, shows y declaraciones, posturas y creaciones, quiebres e irrupciones. Desde empujes individuales hasta organizaciones colectivas, todas estas presencias reivindican a la mujer como protagonista, creativa y artista, y también como líder y rupturista.

Este es el primero de una serie de artículos que releva gran parte de estos aportes. El orden de aparición de las rockeras argentinas en estas notas es intencionalmente aleatorio, ya que la idea no es establecer jerarquías, podios ni competencias, sino simplemente dejar un registro que tome valor a partir de la acumulación de las evidencias.

Gabriela Parodi: La primera adelantada

Una noche en Lisboa quedó fascinada con la cantante Amalia Rodrígues, reina del fado portugués. Tenía seis años y fue su primera gran inspiradora. Más adelante viajó por Irlanda, Turquía y Brasil, donde compró una guitarra y aprendió por su cuenta. Gabriela nació en la localidad bonaerense de Rauch, pero vivió en varios países porque su papá era diplomático. Y fue en París donde recibió el lamparazo decisivo: en pleno Mayo Francés descubrió a Los Beatles y a JoniMitchel, exponentes de una música que cautivaba a miles de jóvenes y que estaba atravesada por las convulsiones sociales de la década. Con toda esa información volvió a Argentina y al poco tiempo se convertiría en la primera rockera del país.

Su aparición fue fulgurante pero determinante. En 1972 publicó su primer disco y dejó su huella en el Acusticazo y el B.A. Rock , dos eventos hoy mitológicos de un rock argentino que entonces llevaba menos de una década de experiencia. Semejante irrupción supuso todo un triunfo en una escena que no estaba proclamadamente abierta a la inclusión de géneros: en el afiche del recordado Festival del Triunfo Peronista, de 1973, el nombre de Gabriela apareció sin su letra final, deformado a un masculino Gabriel que nunca se supo si fue por error o adrede. “Había que tener una mezcla de inconciencia y coraje”, opinó ella sobre lo que significaba hacer rock en la Argentina de ese tiempo.

Sus canciones eran suaves pero poderosas, tiernas pero con carácter. Amables pero combativas. Por primera vez en el rock argentino la mujer dejaba de ser solo una musa para convertirse en protagonista de su propia obra. “Las nenas, más que cantar como adornos, pueden hacerlo en serio, y además componer”, tuvo que reconocer la revista Pelo en un artículo dedicado a ella.
En 1974 lanzó su segundo disco, pero a los pocos meses decidió abandonar todo y mudarse a Estados Unidos. Fue el final de su corta pero fundacional carrera en el país. Igualmente desde el autoexilio cultural publicó discos como “Friendship”, editado únicamente en Escandinavia, “Detrás del sol”, que obtuvo un premio en Alemania, o “Viento rojo”, valorado por varias radios estadounidenses. Reconocimientos en que en Argentina pasaron desapercibidos, aunque para ella nunca fue un problema: “Yo no quería ser popular, sino una edición especial”.

La Negra Poli: Patricio Rey tiene cara de mujer

La negra Poli - Foto: Hilda Lizarazu
La negra Poli - Foto: Hilda Lizarazu

Hubo pocos protagonismos femeninos tan fuertes en nuestra cultura rock como el de Carmen Castro en Los Redondos. Todo lo que significó y generó la banda (así guste, o no) jamás podrá ser comprendido sin la figura de La Negra Poli tensando la trinidad ricotera entre el Indio Solari y SkayBeilinson. Compañera del guitarrista, acompañó y participó en el surgimiento, despliegue y final del grupo. Es imposible pensar a Los Redondos sin su presencia.

Se la consideró manager, pero sólo para establecer una referencia rápida. En su real dimensión fue mucho más que eso: construyó el soporte logístico y ejecutivo que sostuvo durante todas esas décadas no sólo el fuego artístico, sino también las relaciones entre personalidades fuertes. Además articuló y dirigió un importante número de personas durante una gran cantidad de tiempo.

Poli se pechó en esa tierra de osos que era (y sigue siendo) el mundillo de la producción de shows: mánagers, dueños de salas, agentes de seguridad públicos y privados, funcionarios estatales. Si el rock fue resistente a la presencia de la mujer sobre el escenario, ni imaginar en el “más allá” de él: en ese maremágnum espinoso de papeles y billetes Poli ponía la cara en nombre de toda la banda. Así se organizaron los ensayos, los shows, los discos. Si Patricio Rey era el espíritu que guiaba a la banda (luego se supo que existió y vivía en Salta), la Negra Poli bajaba la doctrina para la práctica.

Una gran cantidad de hechos evidencian todo esto. Y, por si acaso faltaran, también sobrevienen algunos mitos. Gustavo Cordera contó varias veces que Poli se le apareció en pleno show de Bersuit con una botella cortada, amenazándole el cuello sobre el escenario. Según el cantante, fue en represalia por haber hablado mal de Los Redondos en una entrevista. Una escena que nadie olvidaría, aunque sólo la recuerda él.

En Un baión para el ojo idiota (1988), tercer disco de la banda, Poli es presentada como “Nueve milímetros” sin más explicaciones. Meses después, Enrique Symns describió en la revista Cerdos y Peces la vez que la vio negociar con un productor en condiciones muy difíciles pero con resultados favorables. Y dictaminó: “La Negra Poli tiene una nueve milímetros… en el alma”.

Mirtha Defilpo: La poetisa oculta de los 70’

Publicó tres libros de poesía sublime que hoy son incunables: “Después de Darwin” (1983), “Malezas” (1985) y “Matices” (1991). No obstante eso, gran parte de su talento puede recuperarse en las más de 60 canciones que escribió junto a Litto Nebbia en la década del ’70. A pesar del éxito que había conseguido con “La Balsa”, la música posterior de Nebbia no persiguió el reconocimiento comercial o la atención de las radios. El cambio de perspectiva artística tuvo que ver con el horizonte literario que le ampliaba la literatura aportada por Mirtha Defilpo.

Nacida en Córdoba, conoció al músico rosarino en Buenos Aires y ambos mantuvieron durante varios años una relación sentimental y creativa que los retroalimentó. El universo literario al cual lo abismaba la potencia poética de Mirta le permitió a Litto iniciar una expansión artística más allá del rock que había fundado en 1966 con Los Gatos.

El primer trabajo en conjunto fue acaso el más importante de Nebbia como solista: Melopea. Sería publicado en 1974 y daría nombre a un sello discográfico posterior. Ahí Defilpo escribió todas las letras y hasta cantó “Memento Mori”. Fue el primero de muchos álbumes juntos, entre ellos Fuera del cielo, El vendedor de promesas o Bazar de los milagros.

Compartieron también un disco exclusivamente editado en México con el nombre de Toda canción será una plegaria, donde la voz principal no era la de Litto, sino la de Mirtha. La poetisa además publicó un LP solista, Canciones para perdedores. Ambos títulos son por demás explícitos: trazan en cierto punto la noción de una escritora que no buscaba para sus textos el aplauso fácil, sino que el arte que producía fuera digno de sus sentimientos. “Yo hago poesía dramática, tomando a dramático como sinónimo de encuentro. Hablo de situaciones dolorosas, o bien de propuestas esforzadas para la felicidad, que creo que es la forma que yo he elegido para comportarme en este mundo. Creo que nuestro aprendizaje se realiza a través de las pérdidas”, explicó al respecto Mirtha, quien falleció en 2011.

Patricia Pietrafesa: hacelo vos misma

Cuando el punk llegó a Argentina, el país atravesaba una violenta transición entre la dictadura y la democracia. En ese escenario convulsionado aparecieron los primeros actores que le dieron cierta impronta e identidad criolla al movimiento.

Un campo minado de testosterona masculina en el que Patricia Pietrafesa se hizo un lugar gracias a su prepotencia de trabajo: desde bandas como la fundacional Cadáveres de Niños, She Devils o la actual Kumbia Queers, a través de numerosos fanzines (“Resistencia” fue el más emblemático), encima de movidas como la cooperativa de activistas de fines de los ’80 o levantando banderas que hoy se convirtieron en esenciales como la despenalización del aborto o la separación de Iglesia y Estado.

Patricia fue una importante catalizadora de información y generadora de acciones hacia adentro de toda una trama de la cultura joven urbana en esa posdictadura transitada con una democracia enclenque. Aquella juventud que se modeló entorno a un referente identitario como el punk, que comenzó musical pero rápidamente devino en ideología y actitud: el anarquismo y el hazlo tú mismo fueron dos polos que atrajeron mucho interés en un sector social que aborrecía la dictadura concluida pero tampoco se veía espejada en las representaciones que le ofrecía la democracia.

Coordinó varios de los talleres de lectura que se hacían sobre referentes libertarios como Bakunin, Stirner, Malatesta y Proudhomme en la biblioteca José Ingenieros de Villa Crespo, una de las trincheras de la incipiente cultura punk doméstica. Y además participó de numerosas acciones que incluían reclamos por los desaparecidos, protestas anticlericales en iglesias, escraches a la primera sucursal de Mc Donalds en el país o el reemplazo uno por uno de los carteles de la calle porteña Ramón L. Falcón por otros con el nombre de Simón Radowitzky.

“En ese momento había que romper un montón de cosas. Veníamos de una dictadura que había demolido prácticamente toda minoría, entonces quedamos reducidos a expresiones ocultas”, defiende Patricia, quien se lamenta de quienes “en su momento estaban en contra del sistema pero hoy se ríen de expresiones que persiguen el mismo ideal”. Acaso el mejor registro sobre toda esa subterraneidad porteña y disidente sea Descato a la autoridad, notable trilogía documental que la propia Pietrafesa encaró con el realizador Tomás Makaji.

Celeste Carballo: Un día se hizo el fuego

Toda rockera se miró aunque sea una vez en el espejo de Janis Joplin, aunque a pocas el reflejo les sienta tan bien como a Celeste Carballo. Pero no precisamente porque se haya dedicado a imitarla con eficacia, sino más bien porque también influyó para introducir en su escena una nueva forma de entender a la mujer en el la música. Cantando rock, tango, música romántica o punk, Celeste fue siempre Celeste. Aquella chica que se crió en Coronel Pringles, volvió a Buenos Aires y abandonó la carrera de Psicología para dedicarse a lo que mejor hacía: tocar la guitarra, crear canciones y salir a defenderlas.

Todo pareció comenzar un verano de 1980 en Villa Gesell, donde Celeste se subió a tocar la guitarra y a cantar a una peña de verano. Nunca lo había hecho y, a partir de ahí, jamás dejaría de hacerlo. Se juntó varios meses a zapar con Pappo, participó de Alter Ego (grupo del ya ex SerúGirán Pedro Aznar) y al poco tiempo se lanzó a construir su propia carrera con un disco que la hizo popular. Me vuelvo cada día más loca (1982) dejó clásicos como “Querido Coronel Pringles”, “Es la vida que me alcanza” o el que le da nombre al álbum.

Un año después grabó Mi voz renacerá y se fue de gira a España, donde se habían editado sus dos primeros discos. Allí tocó en grandes estadios, fue telonera de próceres como Bob Dylan y Santana y la experiencia le abrió la cabeza. La consecuencia de eso fue Celeste y la Generación, un interesante pero breve proyecto junto a una banda punk de La Plata con la que realizó incendiarios conciertos y un álbum en 1985.

Más adelante abrió un paréntesis en su carrera solista para encarnar el recordado dúo con Sandra Mihanovich, que más allá de los géneros y los estilos instaló para siempre un debate sobre la identidad sexual que atravesó a todo el universo de la música argentina.

En 1992 grabó Chocolate inglés, que ese año ganó el premio ACE al Mejor Álbum de Rock. El disco también inauguró una nueva mecánica de trabajo en la carrera solista de Celeste, quien a partir de ese entonces decidió producir y editar su obra de manera independiente, por fuera del circuito comercial.

Así prosiguió su carrera con siete discos más, en los que experimentó diversos formatos. En todos ellos se siente el gusto de Celeste por el sonido crudo y primal del rock, las bases del blues, el Groove que siempre prende el fuego. Aunque, como ella misma reconoce, es una rockera que nunca quiso limitarse a ningún club: sólo buscó cantarle a quien quisiera escucharla.

 
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