Lenin

Del “viejo” al “nuevo” bolchevismo: El Lenin de la Estación Finlandia (parte 2)

El rearme estratégico de los bolcheviques en 1917, la pelea de Lenin contra los “dogmas” y una nueva teoría marxista del Estado.

Por Guillermo Iturbide

Como escribimos en la primera parte de este artículo, publicada ayer, la dirección del Partido Bolchevique que se encontraba en Rusia a comienzos de 1917 se encontraba en un rumbo divergente con el de Lenin, en tratativas de fusión con los mencheviques y brindando “apoyo crítico” al gobierno liberal. La organización bolchevique, de todas formas, no constituía un cuerpo homogéneo y tenía en Petrogrado distintos organismos divergentes entre sí. Sin embargo, la voz oficial del Partido estaba en manos del ala derecha, que participaba del Soviet de Petrogrado y que declara “El comité petersburgués del POSDR [bolchevique], considerando la resolución del Soviet de diputados obreros y soldados respecto al Gobierno Provisional, declara que no se opone a este último en tanto sus políticas sean consistentes con los intereses… del pueblo, pero declara su intención de llevar a cabo la lucha más resuelta contra todo intento del Gobierno Provisional de restablecer un gobierno monárquico en cualquiera de sus formas” (1).

Por el contrario, Lenin escribía: “El proletariado no puede y no debe apoyar a un gobierno de guerra, a un gobierno de restauración. Para combatir la reacción, para rechazar todas las posibles y probables tentativas de los Románov y de sus amigos de restaurar la monarquía y organizar un ejército contrarrevolucionario, es necesario, no apoyar a Guchkov y Cía., sino organizar, engrandecer y fortalecer una milicia proletaria, armar al pueblo bajo la dirección de los obreros. Sin esta medida principal, básica, radical, no se puede ni hablar de ofrecer una resistencia seria a la restauración de la monarquía y a los intentos de anular o cercenar las libertades prometidas, o de marchar firmemente por el camino que dará al pueblo pan, paz y libertad”.

Frente a la visión de los bolcheviques de Petrogrado de “combatir al zarismo” y “continuar la revolución burguesa” ya en la primera Carta desde lejos Lenin habla de “la primera etapa de la primera revolución”, y llamaba a la desconfianza absoluta y no brindar ningún apoyo al Gobierno Provisional porque sería incapaz de llevar a cabo la propia revolución burguesa y diciendo que, por el contrario, lo que estaba planteado ahora era ir preparando la segunda revolución, la revolución obrera. La derecha bolchevique que dirigía el Pravda entendió esto como una ruptura con la tradición del partido, una herejía, y por ese motivo no publicó las cuatro cartas restantes de Lenin.

Casi a la pasada, Lenin dice en su cuarta carta:

“Si el poder político en Rusia estuviera en manos de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, estos soviets y el Soviet de toda Rusia por ellos elegido, podrían -y con toda seguridad lo harían- aplicar el programa de paz que nuestro partido esbozó ya el 13 de octubre de 1915”.

En su quinta carta Lenin sigue en la misma senda:

“En las cartas anteriores, las tareas inmediatas del proletariado revolucionario de Rusia se formularon como sigue: (1) hallar el camino más seguro hacia la siguiente etapa de la revolución, o hacia la segunda revolución, la cual (2) debe transferir el poder del Estado de manos del gobierno de los terratenientes y los capitalistas (los Guchkov, los Lvov, los Miliukov, los Kerensky) a manos de un gobierno de los obreros y los campesinos más pobres. (3) Este último gobierno debe estar organizado conforme el modelo de los soviets de diputados obreros y campesinos, es decir, (4) debe destruir y eliminar por completo la antigua maquinaria del Estado, común a todos los países burgueses -ejército, policía, burocracia (funcionarios públicos)- y remplazarla (5) por no sólo una organización de masas, sino por una organización universal que comprenda a todo el pueblo armado”. [resaltado nuestro].

Las Tesis de Abril

Ya llegado Lenin a Petrogrado, en sus “Tesis de abril” plantea contundentemente:
“Explicar a las masas que los Soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas. Mientras estemos en minoría, desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores, propugnando al mismo tiempo, la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia, las masas corrijan sus errores. No una república parlamentaria -volver a ella desde los Soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás- sino una república de los Soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba”.

Estas conclusiones, que incorporan la idea de “destruir” la maquinaria del Estado burgués, que Lenin apenas meses antes consideraba como “semi-anarquista”, avanzan un paso más allá que antes ni Pannekoek ni Bujarin se habían atrevido a dar: los soviets ya no son el pilar de un hipotético gobierno provisional revolucionario, como pensaban los bolcheviques entre 1905 y 1917, sino que ahora para Lenin son algo mucho más profundo: son directamente, en potencia, un nuevo tipo de Estado; no son un provisorios, son una organización que puede remplazar en forma permanente a la maquinaria estatal burguesa que debe ser destruida –liquidando a las instituciones represivas de la burguesía- y el andamiaje de un nuevo Estado obrero. Nadie en el marxismo había sacado, hasta ese momento –ni el mismo Lenin, ni tampoco Trotsky, que aún no había sacado todas las derivaciones que se desprendían de su teoría de la revolución permanente- conclusiones tan radicales de la experiencia de los soviets de 1905(2). El peso de la vieja autoridad de Kautsky en el movimiento socialista seguía siendo muy grande, aún cuando Lenin ya había roto lanzas con él tres años antes. Dentro del marxismo ruso hasta ese momento solo se pensaba el poder revolucionario en términos de gobierno y de régimen, es decir, en términos del personal político y de las formas específicas de Estado. Pero, como casi todos los marxistas rusos (salvo Trotsky) pensaban que la revolución rusa, por tratarse de un país atrasado, sería puramente burguesa durante toda una etapa histórica, al nivel de las relaciones sociales el Estado resultante debía reforzar el desarrollo del capitalismo y por lo tanto de la propia burguesía rusa, demasiado cobarde y atrasada como para hacerlo por su propia cuenta, mientras que el gobierno provisional revolucionario obrero y campesino debía aplicar el llamado “programa mínimo” de la socialdemocracia, es decir, una serie de medidas que apuntan a mejorar y reforzar la posición de los trabajadores y los campesinos, pero que no superan los marcos del capitalismo, dejando para un futuro distante el “programa máximo” que consistía en medidas socialistas que solo se podrían aplicar una vez que Rusia superara su carácter de país atrasado. Para el Lenin de 1917 todo eso ya era una hipótesis estratégica superada por la historia.

Una teoría nada dogmática y con poco historial de uso

Con las Cartas desde lejos y las Tesis de abril se abre una nueva etapa en el pensamiento marxista, aunque sus conclusiones solo se desarrollarían extensivamente en El Estado y la revolución, tal vez la principal contribución teórica de Lenin, que se escribió durante 1917 pero solo pudo ver la luz en 1918. El pensamiento marxista sobre el Estado retomó el guante dejado por Marx y Engels y legó una teoría política marxista que sobre esos pasos solo se seguiría desarrollando en la década de 1930 en trabajos de León Trotsky como La revolución traicionada o en sus penetrantes escritos sobre las complejas formas estatales capitalistas de Europa Occidental y las vías posibles para desarrollar la revolución y el poder obrero en base a organizaciones del tipos de los soviets en Alemania, Francia y España. Esta teoría marxista del Estado que toma como base a Lenin también se puede ver en los escritos carcelarios de Antonio Gramsci a partir de sus conceptos de “Estado integral” y hegemonía. La teoría leninista del Estado, y muy especialmente su visión del poder revolucionario en la forma de una dictadura del proletariado basada en organismos de democracia directa de los trabajadores que destruyan al Estado burgués e instauren un “semi-Estado obrero” que luche por desarrollar la revolución y el socialismo y que así vaya plantando las semillas de la propia extinción de todo Estado en el comunismo, lejos de ser un “manual” para la izquierda, como postula hoy la corriente llamada posmarxista, tuvo muy poco uso. Por el contrario, el estalinismo, que se decía heredero de Lenin y que ritualmente publicaba sus obras, desarrolló una teoría del Estado diametralmente opuesta, negándose rotundamente a impulsar soviets en las revoluciones, mucho menos llevarlos a la toma del poder y además combatiéndolos con medidas represivas; acuñando conceptos anti-marxistas como el de las "democracias populares" (un Estado que no sería ni burgués ni obrero); o más adelante la idea del "capitalismo monopolista del Estado", según la cual el Estado en Occidente era un "rehén" de los monopolios y por lo tanto hacía falta "rescatarlo para el pueblo" mediante una alianza entre los trabajadores y la burguesía no monopolista. Los debates marxistas sobre el Estado capitalista moderno que revivieron entre mediados de la década de 1970 y comienzos de la de 1980, pretendiendo “revisar” a Lenin y fundando la tradición llamada eurocomunista, simplemente son una reedición de las viejas teorías de Ferdinand Lassalle contra las que el propio Marx en su época polemizó.

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(1) Documento citado en Alexander Rabinowitch, Prelude to Revolution, p. 35.
(2) En este sentido, es sintomática la visión de Alfred Rosmer sobre la recepción en Francia de la nueva teoría marxista del Estado propuesta por Lenin. Rosmer había sido un sindicalista revolucionario de formación anarquista, muy refractario y desconfiado hacia los “marxistas” oficiales que conocía, pero que con la fundación de la Tercera Internacional adhirió al comunismo: “A comienzos de 1919 llegaron a Francia algunas copias de un libro de Lenin llamado El Estado y la revolución. Era un libro extraordinario y tenía una densidad extraña. Lenin, que era marxista y socialdemócrata, era tratado como un paria por los teóricos de los partidos socialistas que se decían marxistas. ‘Eso no es marxismo, es una mezcla de anarquismo y blanquismo’, protestaban (…). Por otro lado, para los revolucionarios situados por fuera de la corriente del marxismo ortodoxo, para los sindicalistas y los anarquistas, este blanquismo (…) fue una agradable revelación. Nunca habían escuchado hablar en ese lenguaje a los marxistas que conocían. Leyeron y releyeron esta interpretación de Marx, que no les era para nada familiar”. A. Rosmer, Lenin’s Moscow, Bookmarks, Londres, 1987, p. 54.