Yo quiero verlas

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PAULA VARELA

Número 35, noviembre-diciembre 2016.

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Banderas rojas en Atlanta · ¿De dónde salieron? · La conciencia esperada y la que hay · Estados Unidos siempre estuvo cerca · Olores en mi corazón.

 

Si una década atrás alguien hubiera dicho que la izquierda trotskista en Argentina iba a llenar un estadio metiendo más de 20 mil personas coreando entre el humo rojo, hubiera arrancado una sonrisa compasiva. Pero pasó. Si alguien hubiera agregado, además, que en el mismo momento en Estados Unidos los medios masivos de comunicación iban a volver a hablar de clase obrera y a analizar una elección presidencial en clave de “voto de clase”, la sonrisa se hubiera vuelto carcajada. Pero también pasó. Aquí estamos, en un fin de año que, con la discordancia de los tiempos a los que ya nos tiene acostumbrado este mundo combinado y desigual, vuelve a poner los ojos incrédulos de periodistas, académicos y analistas de toda laya sobre la relación entre la clase obrera y la política.

 

Y se llenó

Salimos del buffet Los bohemios tras comer las riquísimas empanadas recomendadas por Eduardo Lucita (bohemio de ley). Encaramos para Juan B. Justo para recorrer primero, y meternos después, en la columna del PTS con la que entraríamos a Atlanta. Una amiga, que no le sacó el cuerpo al compromiso en los ‘70, me dijo: “Esto, hace casi 30 años que no se ve”. Cuadras y cuadras de militantes, simpatizantes, amigos que estaban allí preparándose. Se respiraba esa alegría de “estar donde se quiere estar”. Jóvenes, muchas mujeres y una fuerte presencia obrera era la composición.

Las banderas de Zanon y Madygraf (bajo gestión obrera) encabezaban la columna de trabajadores. Le seguían delegaciones de WorldColor, La Casona, La Litoraleña y La Lechería, todas fábricas en las que los operarios resistieron el cierre y los despidos, poniendo la cosa a funcionar sin patrones. Junto a ellos, los gráficos de PrintPack, Ramón Chozas, AGM y otras plantas. La Alimentación (sector que tan nervioso pone a los abogados de Julián De Diego) llevaba su bandera de la agrupación Bordó “Leo Norniella”, que reunía a las comisiones internas de Pepsico y Mondelez Victoria, y delegaciones de la ex Kraft y fábricas de Capital. Al lado, los efectivos y tercerizados del neumático y su bandera de la Granate del SUTNA. Jaboneros, con el reciente triunfo en la fábrica Guma de Córdoba y su histórico bastión en Alicorp de La Matanza, ocupaba su lugar en la columna junto a los compañeros de Procter&Gamble del parque industrial de Pilar. Los metalúrgicos marcaron su presencia con la agrupación Metalúrgicos Desde Las Bases, encabezada por referentes de Siderca, Acindar, Aceros Zapla y algunas pymes y talleres. La Marrón de Coca Cola estrenaba bandera, y marchaba junto a los indomables luchadores de Lear que el Smata de “una vaca es una vaca” combatió con patotas, Gendarmería, ministerio de Trabajo y todo lo que el Estado le proveyó. Iban también, delegaciones de distintas geografías del país, desde textiles del sur patagónico o las porteñas Brukman y Elemento, hasta los duros obreros de los ingenios del NOA. Desde los operarios de las rosarinas Liliana o Electrolux, hasta los molineros de Minetti y los metalmecánicos de Córdoba. Así se nutría la columna obrera. La hegemonía nace de la fábrica, dijo un marxista.

De allí pasaba a los servicios. Con el inconfundible Claudio Dellecarbonara a la cabeza se agrupaban delegaciones de las 6 líneas del subterráneo de Buenos Aires, pero también jóvenes de las precarizadas que trabajan bajo tierra y vienen de dar una durísima lucha. Tras una bandera que rezaba “Choferes por las 6 horas de trabajo –David Ramallo1 presente”, agitaban trabajadores de las líneas 60, 22, 266, la Perlita, 203, 136, 303, 503, 15 (Agrupación Luz Verde) y otras. “El despegue”, de aeronáuticos, mostró la impronta que ya le es propia: la combinación de trabajadores efectivos y tercerizados que reúne tráfico, maleteros, limpieza y otros sectores de las firmas Falcon, RedGuard, Serza, LaTam, Aerohandling, GPS y Aerolíneas Argentinas. Siguiendo con el transporte, los ferroviarios de la agrupación Naranja concentraron activistas del Roca, Mitre, Ferrobaires, Urquiza y un sector organizado de tercerizados despedidos. Las comunicaciones estuvieron representadas por los telefónicos de la Violeta con delegados y trabajadores de Telecom, Telefónica, Personal, Movistar, y tercerizadas. Cerrando esta columna, marcharon los petroleros de las refinerías de Shell Dock Sud, YPF Maipú (Mendoza) y Ensenada. Junto a ellos, activistas de Edesur (zona oeste) y Metrogas (Barracas). Y, en medio de tanto gremio poblado de varones, las mujeres del Sindicato de Trabajadoras Domésticas de Neuquén completaban el cuadro del sector servicios, de aquellos y aquellas que con su trabajo mueven todo, absolutamente todo.

A partir de allí, el territorio se imbricaba con la actividad laboral modificando la fisonomía de la columna. Los estatales de la Marrón Clasista y los docentes de la Corriente 9 de Abril marchaban tras las banderas de los barrios, las localidades y las ciudades del interior en las que están inscriptos los establecimientos en los que pasan la mayor parte del día. Allí, trabajadores y jóvenes de universidades, terciarios y colegios se alistaban para marcar territorio. Y, en medio de todo, salpicando las columnas, el violeta de Pan y Rosas, sensibilidad transversal que perfora e hilvana la fábrica, el barrio, la universidad, el colegio.

Así se completaban las 10 cuadras sobre la Avenida Corrientes que formaban las huestes del PTS. El Partido Obrero concentraba del otro lado de J. B. Justo y, aunque no llegamos a recorrer sus columnas, eran cuadras y cuadras entre las que resaltaban las banderas de la Agrupación Negra del SUTNA. También Izquierda Socialista organizaba allí sus filas y podía verse, entre otros, los estandartes de la Bordó ferroviaria del icónico Pollo Sobrero. Para las cinco de la tarde, Atlanta combinaba el amarillo del sol con el rojo de las banderas. A poco de comenzado el acto, se leyó la adhesión de una serie de agrupaciones no trotskistas2 que dijeron “aquí estamos”. Eso terminó de armar el cuadro: una cancha llena de socialistas que, en su unidad, lograron el efecto de un polo de atracción que no regala el anticapitalismo y que disputa el sentido del socialismo.

Mucho de lo que allí pasó está analizado en la nota con la que comienza este número de la revista. Acá queremos reparar en un punto: los sectores de la clase obrera que estaban allí, ¿de dónde salieron? La pregunta no apuesta al juego analítico. Salda (parcialmente, claro) algunos debates de los últimos años y puede servir de pistas para territorios mucho más allá de Atlanta.

 

El caldo y la sopa

Hay que decir dos cosas. Lo primero, que para responder a de dónde salieron los obreros de bandera roja, es ineludible volver sobre el sindicalismo de base que se desplegó en Argentina desde 2004. Lo segundo, que con el sindicalismo de base no alcanza: hay que mirar su relación (su dialéctica, si se me permite) con la izquierda partidaria. El sindicalismo de base fue un proceso de revitalización sindical desde abajo que formó parte, minoritaria en número pero central en consecuencias políticas, de la recomposición social y gremial de los trabajadores durante el kirchnerismo. Su acicate fue el crecimiento económico y del empleo, pero también un clima político (que el kirchnerismo desde el Estado comprendió y discurseó) de aliento a la recuperación de derechos y de ruptura con el pasado “infernal”. El territorio de ese proceso fue la fábrica (o el lugar de trabajo, para ser más precisos) por tres motivos de distinta índole: porque la organización y la combatividad en ese locus está en el ADN del movimiento obrero argentino (aunque la dictadura y el peronismo de los ‘90 hayan querido romper esa memoria proteica); porque ese es un territorio de debilidad de la burocracia sindical que lo astilló y lo abandonó durante el menemismo como parte de la implementación de las contrarreformas neoliberales; y también porque es allí donde las condiciones de explotación heredadas de los ‘90 (es decir, la precarización y flexibilización que el kirchnerismo no modificó) chocaron con más fuerza con el discurso del “flower power” que los K distribuían por arriba. Es decir, ese locus responde a un poco de tradición, un poco de abandono (y las oportunidades que esto abre), y contradicciones flagrantes entre la propaganda y lo que el cuerpo percibe (“rotos”, los llaman las patronales). Hasta allí, los rasgos principales de un fenómeno “objetivo”3. Pero con eso no tenemos Atlanta. Tenemos sí, jóvenes que combaten, experiencias de politización, recuperación desordenada (no puede ser de otro modo) de retazos de tradiciones que emergen en las luchas, los enfrentamientos, las asambleas, las charlas, las marchas. Para que eso dé Atlanta tiene que haber militantes que se metan en los espacios que ese proceso abre. Y eso es lo que hizo la izquierda trotskista cuyas banderas miramos agitar el sábado 19. ¿Por qué pudo hacerlo? Por decisión política, antes que nada (y eso fue un interesante debate al interior de la propia izquierda dura respecto de si había que apostar o no a meterse en las fábricas en el momento en el que el “sujeto” parecía ser el piquetero). Pero también porque el 2001 operó como habilitador. Habilitó en su carácter de crisis de las instituciones (esas que el kirchnerismo vino a recomponer), y también en su carácter de “reparto de lo sensible”4 en el que la izquierda dura tuvo su lugar en la escena (con las fábricas bajo gestión obrera, con las organizaciones piqueteras).

En síntesis, el sindicalismo de base abrió un proceso de disputa sobre la propia condición obrera, sobre qué es lo deseable, aquello a lo que puede aspirarse. La izquierda metió la cuchara en ese proceso y moldeó un sector, tiñó sus horizontes de rojo (con todas las gamas que tiene el rojo, claro). Primer acercamiento para saber quiénes son los que estaban en la cancha bohemia. Primer alejamiento de cualquier fantasía de “exterioridad” en la relación entre izquierda y clase obrera: muchos de los que iban al frente de las banderas de las agrupaciones de sus gremios no eran trotskistas hace 15 años, se hicieron trotskistas durante este proceso.

Ahora bien, ese proceso tuvo sus oscilaciones a partir de las cuales podría periodizarse con mayor o menor detalle. El 2011 marcará el inicio de un cambio en un doble sentido. A nivel de las luchas, el sindicalismo de base entra en una meseta: ese año ya se preanuncia la crisis irremontable del “modelo kirchnerista” y de su política hacia la clase obrera (al año siguiente es la ruptura de Cristina con Moyano), y el impacto que esto tiene en el endurecimiento de las patronales y el reflujo de las luchas por conquistas (posteriormente se iniciará un período de luchas contra ajustes y despidos que tiene al conflicto de Lear como principal exponente de dureza patronal). Pero también lo es a nivel de lo que sucede fuera de las fábricas: una reforma electoral proscriptiva (parte de los manotazos del kirchnerismo en retroceso) y la voluntad de transformar la crisis en oportunidad, configuraron el Frente de Izquierda y de los Trabajadores. Eso permitió que el proceso que venía desplegándose en las fábricas (y que se amesetaba), empalme con un discurso y una práctica que también disputó el horizonte de lo posible, pero en otro territorio: el Parlamento y los medios masivos de comunicación. La práctica política contra la precarización laboral, los rotos, la explotación en los lugares de trabajo, se enlazó con aquella que los diputados del FIT desplegaron contra la casta política5 en el Parlamento, negándose a ganar 10 veces más que un obrero y haciendo carne la consigna “que un diputado cobre como una maestra” (consigna que hoy está prendiendo en cada vez más sectores pero que fue muy resistida). La política cotidiana de combate a la burocracia sindical, se articuló con diputados que denunciaban la complicidad de peronistas, radicales y macristas, y se iban del recinto para estar junto a los manifestantes durante una represión en Panamericana o para sumarse a una marcha contra la Repsol. Eso también forjó a un sector de trabajadores. El FIT operó como un canal que acortó las distancias entre lo sindical y lo político. Un canal que desafió la siempre tortuosa dialéctica entre la fábrica y el barrio. Incluso más, un puente que permitió que un horizonte de izquierda anticapitalista y expresamente referenciado en la clase obrera, se planteara como existente y posible para sectores de trabajadores en un momento en que el sindicalismo de base se replegaba. He allí un segundo acercamiento a las banderas rojas de Atlanta. Una combinación entre lo que Ernest Mandel llamaba “obreros avanzados” (cuyo avance reside en la vivencia de las luchas y las cicatrices que éstas dejan en la conciencia), y lo que podríamos llamar “obreros de izquierda” (aquellos que, sobre esa vivencia propia o prójima, van haciendo suya una tradición que excede la lucha y la inscribe en una estrategia). No son militantes socialistas en un sentido pleno pero tampoco son aquellos jóvenes cuya experiencia de lucha y organización se evapora con el triunfo o la derrota coyuntural que pudieran obtener. Esa diferencia es sustancial. Porque explica Atlanta, poblada de la convivencia entre militantes políticos y un sector que no es (aún) militante político pero sí se considera (ya) militante de una clase obrera que mira a la izquierda como su posibilidad. Pero además porque son esos obreros, con una estrategia de cómo organizarse (la asamblea, la democracia sindical) y de cómo pelear (la combatividad, la unidad, la independencia de clase), los que ponen freno a la naturalización de la miseria que proponen las burocracias sindicales6. Esto coloca a estos sectores de trabajadores (y todos los círculos concéntricos a los que éstos puedan salpicar) en muchas mejores condiciones para futuros combates (y todo indica que van a venir porque Mauricio es Macri, y el PJ… es el PJ).

 

Una solución argentina para los problemas…

Hace unos años, viene desarrollándose en un sector de la intelectualidad de izquierdas una interesante discusión sobre cómo revitalizar los sindicatos7. El debate es más que oportuno habida cuenta de los escenarios de ajuste en Europa y, ahora más claro que antes, también en EE. UU. Una parte de ese debate hizo eje en el problema de la estrategia política hacia los sindicatos y la necesidad de que ésta recuperara aspectos socialistas. En esa frecuencia, en agosto de este año, la revista Jacobin sacó un dossier titulado “Rank and file”8 (sindicalismo de base). Allí Charlie Post y Sam Gindin señalan dos problemas indisociables. La imposibilidad de cualquier horizonte de revitalización de los castigados sindicatos norteamericanos (de los que habla Daniel James en este número de IdZ), sin poner en el centro el retorno de los militantes políticos de izquierda como pilar sobre el que erigir dicha reconstrucción. Y la imposibilidad de cualquier horizonte de revitalización de una izquierda anticapitalista sin la inmersión de sus militantes en las organizaciones sindicales de la golpeada clase obrera norteamericana.

Algo de esa es la dialéctica es lo que se vio en Atlanta. Allí donde hubo militantes de carne y hueso, socialistas de carne y hueso, se disputó el horizonte y se abrió (sin calcos ni copias) el proceso de conformación de lo que Post, siguiendo a Mandel, llama “militant minority” (minoría militante) como núcleo duro de un sindicalismo de izquierda. En cierta forma es una disputa que no puede sino moverse entre la necesidad de obtener victorias tácticas (porque esas victorias muestran más que mil palabras que el horizonte de lo posible es también parte de la lucha política), y la necesidad de forjar esos obreros avanzados, esa vanguardia, y más que eso también: futuros militantes socialistas. Sin esto último, las victorias tácticas o bien se evaporan, o bien se metabolizan (de metabolización sabemos cantidad los que lidiamos con el peronismo). Eso obliga a pensar muy bien cuáles son las batallas que permiten el puente entre lo táctico y lo estratégico. Sin ninguna confianza en los programas que son vendidos como recetas infalibles, hay un tema que recorre todas las discusiones (las académicas, las políticas, las sindicales): la fragmentación que el neoliberalismo logró al interior de la clase obrera. En cada país, esta fragmentación asume las características de su propia historia. En todos, incorpora las diferencias de contratación, condiciones de trabajo y de salario entre los efectivos, los precarios y los precarios de los precarios: los desocupados. Sin apuntar allí, no hay posibilidad de construcción de ningún puente. ¿Para qué ganar un sindicato hoy sino es para que sea el pívot de reconstrucción de la solidaridad de clase entre efectivos y contratados, entre estables y precarios? ¿Para qué dirigir una Secretaría General si no es para desintegrar, con la práctica, la división arbitraria entre trabajadores de primera y de segunda en Argentina, entre trabajadores negros y blancos en EE. UU., entre trabajadores locales e inmigrantes en Europa, entre trabajadores varones y mujeres en todo el globo?

Cada columna en cuyas filas marchan tercerizados junto con efectivos; despedidos junto con sindicalizados; empleadas domésticas junto a obreros fabriles; trabajadoras trans junto a sus delegados heterosexuales; mujeres trabajadoras por el “Ni una menos” junto a sus compañeros varones. En cada una de esas columnas en donde se desafía la fragmentación que produce el capital y legaliza el Estado, que fortalecen las burocracias, que respetan los corralitos de algunas organizaciones, que sobreimprimen los académicos con sus tipologías. Allí se respira clase obrera y horizonte socialista. Y es un olor dulce y áspero a la vez. Ese olor estaba en Atlanta.

 

  1. David Ramallo, trabajador de la línea 60 que falleció en un “accidente” laboral.
  2. Documento “Saludamos el acto del FIT en Atlanta”, izquierda-revolucionaria.org, 17/11/2016.
  3. Para un análisis del sindicalismo de base véase La disputa por la dignidad obrera, Bs. As., Imago Mundi, 2015.
  4. Sobre esta idea de Rancière, véase el artículo de Facundo Rocca en este número de la revista.
  5. Véase “Nicolás del Caño: la ‘militancia de palacio’ es la negación de una política de izquierda”, IdZ 18, abril 2015.
  6. Véase “CGT/Modelo para armar” IdZ 32, agosto 2016.
  7. Para un recorrido por este debate véase “Revitalización sindical sin debate de estrategias?” en El gigante fragmentado. Sindicatos, trabajadores y política durante el kirchnerismo, Bs. As., Final Abierto, 2016.
  8. Jacobin 22, verano 2016.

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