¿Usted ha dicho “soberanismo de izquierda”?

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DEBATE CON FRÉDERIC LORDON

 

EMMANUEL BAROT

Profesor de Filosofía en Toulouse II-Le Mirail.

Número 24, octubre 2015.

 

“¿Quién entonces osaría reivindicar que esta gran casa no está dirigida de manera criminal, cuando cinco hombres producen el pan de miles de otros y millones incluso no tienen qué comer?”

Jack London (Los de abajo, 1903).

 

El shock representado por la traición de Tsipras y el tercer memorándum, con el impulso del “no” del referéndum de julio, la cuestión griega y, en particular, la salida del euro, acaban de suscitar el inicio de una nueva polarización en torno a la cuestión del “soberanismo”. La dramática intervención de Jacques Sapir, dispuesto a promover un frente de los soberanistas que va desde la Izquierda hasta el Frente Nacional contra el euro y la Eurozona, despertó interrogantes que hay que intentar tomar en toda su dimensión.

 

En 1789 el “pueblo” era “nación”. Pero hubo un antes, y nosotros estamos mucho después

¿Es Sapir la prueba, como lo reafirma sin grandes miramientos J. L. Amselle en una reciente tribuna de Libération, de que ningún buen soberanismo sería posible? Contra esta idea comienza a desarrollarse el argumento de que un verdadero “soberanismo de izquierda” sería irreductiblemente antagónico a los soberanismos de derecha o de extrema derecha, sabría protegerse de cualquier tentación nacionalista e incluso justificar algunas estrategias de la izquierda radical (entre otras la de la Unidad Popular griega), en virtud de tres pilares. Por una parte, la convocatoria a un contrapunto internacionalista, a un llamado a los pueblos e izquierdas radicales de Europa y de otros lugares. Luego, lo que específicamente fue el tema del texto de Frédéric Lordon [1] de fines de agosto, “Clarté”, y que nos interesa como prioridad aquí: la clarificación “a izquierda, y solamente a izquierda” de las ideas de nación y de soberanía. Finalmente, en el terreno de la realidad inmediata, una salida del “yugo del euro”, para Grecia, podría permitir relanzar une dinámica popular en vistas de una nueva etapa emancipadora contra el capitalismo. En esta configuración, un soberanismo de izquierda reactualizado constituiría una opción estratégico-ideológica viable en una situación caracterizada, emblemáticamente, por la incompatibilidad de toda dinámica progresista en Grecia con su mantenimiento en la Eurozona, a partir de ahora.

F. Lordon lamenta que los significantes “nación” y “soberanía”, de larga data, se hayan convertido en un patrimonio puramente derechista, abandonado por la izquierda; milita por su reapropiación y remite a Robespierre y al modelo de la soberanía nacional-popular de 1789. Efectivamente, con 1789 la “nación” surge, en su conjunto, como un verdadero operador político y estratégico: aquel, preparado por el siglo de las Luces y con el fondo de acumulación primitiva, de la unificación igualitaria de un pueblo antiguamente separado en órdenes desiguales por naturaleza. Sí, la ecuación “pueblo=nación”, en ese contexto histórico, precapitalista y antifeudal, fundador de una república con vocación universalista, era claramente en ese momento una idea no solo “radicalmente de izquierda” sino revolucionaria, dando su fórmula a un sujeto político inédito que toma en sus manos y a una escala de masas, contra los arcaísmos de un antiguo régimen descompuesto, su destino.

Pero es solamente en su conjunto que se puede decir esto. Este pueblo-nación no es por cierto el indicador mitificado de una nueva realidad transcendente o sustancial, sino en el detalle de sus presupuestos naturalistas (ver Sieyès por ejemplo) o de consideraciones deístas (Robespierre himself), explícitos aquí o allá. Al contrario (en la teoría, como en la lucha política que verá, sobre todo, el aplastamiento de la Conjuración de los Iguales), ya emerge el determinante de clase en el seno del “pueblo”, primero con los sans-culottes, como ha analizado Daniel Guérin en La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa. Dicho de otro modo, la realidad del “pueblo-nación” de 1789 y después, más allá de su principal dinámica histórica, estaba lejos de ser homogénea, sino al contrario, estaba atravesada por líneas políticas distintas, que fueron apartándose en el curso del siglo XIX. Por un lado, siguiendo aparatos ideológicos (tanto alemanes como franceses), la contrarrevolución, con el desarrollo progresivo de un nacionalismo derechista de amplio espectro, de factura republicana o monárquica, con todo tipo de variantes intermedias.

Este pasaje progresivo de la “nación” hacia la derecha en el curso del siglo XIX en los países capitalistas avanzados no es todo. En efecto, el dilema del “pueblo-nación” se ha operado también, en el otro extremo del tablero, bajo la tensión creciente, proporcional al desarrollo del movimiento obrero, entre ese “pueblo” de la república devenida formal y garantía explícita del poder burgués a partir de 1848, y el proletariado amenazante. Tensión que creció correlativamente también a nivel nacional e internacional, el internacionalismo comunista del Manifiesto y la nueva delimitación según la cual “los proletarios no tienen patria”, dibujando una figura antagónica de la libertad popular. En otras palabras, no se puede poner entre paréntesis la diferencia histórica enorme que existe entre 1789 y la segunda mitad del siglo XIX, después con el giro del siglo XX, período en que las coordenadas de la derecha y de la izquierda ya se habían movido en relación a lo que eran anteriormente. La derecha nacional-populista, sea republicana, monárquica, incluso prefascista, ya se había apropiado de algunos ítems de la izquierda, en esta ocasión, de la cuestión social. Por el otro lado, desde antes y más aún luego de la Revolución rusa, la propia izquierda estaba entonces plenamente polarizada por el internacionalismo levantado por un movimiento obrero en lo sucesivo bien organizado más allá de las fronteras.

Finalmente, no se pueden borrar las evoluciones que ha habido entre el inicio del siglo XX y la actualidad. No solo no luchamos contra el feudalismo, sino que tampoco luchamos contra un capitalismo debutando en la internacionalización del proceso productivo, y experimentando, con dos guerras mundiales como confirmación, las virtudes del veneno nacionalista como arma de destrucción masiva del proletariado simultáneamente engendrado a la misma escala. Hoy, que se han generalizado y arraigado los mecanismos centrales de este imperialismo y, en particular, la transnacionalización de las grandes empresas, constatamos hasta qué punto el Estado-nación no ha desaparecido, sino al contrario, ve multiplicada su importancia, herramienta central de las burguesías nacionales para alcanzar sus objetivos en el marco de una competencia particularmente exacerbada, incluso en los ámbitos de acuerdos o de espacios internacionales. Esto para decir que la realidad de la “nación” y de la “soberanía” ha cambiado mucho desde 1789, y que es erróneo retornar a los orígenes de esos significantes si es para transportarlos con demasiada velocidad a la situación actual.

En lo que concierne a la soberanía, por otra parte, la escala nacional está lejos de ser la única pertinente para pensarla. Esta siempre se ha desplegado también en el registro de la autonomía local, y no solamente en las huelgas y manifestaciones de hoy. Max Weber –y dicho esto sin ser un weberiano practicante– lo decía en La Ciudad: la “ciudadanía popular” se ha constituido a lo largo del proceso premoderno primero a nivel citadino, incluso bajo la forma de “comunas autónomas”, antes de que el “ciudadano” se formara como burgués consumado. Pero mucho antes de esto, la aspiración “democrática”, que es el fondo del asunto, ya era el nudo vital de la “stasis” (guerra civil) antigua, en el marco de ciudades-Estados que no tenían nada que ver con el “Estado-nación”. Sin embargo, esta reivindicación democrática, no solo la de la gloriosa Atenas de Pericles, sino antes de ella, la de la plebe que se enfrentaba a la aristocracia propietaria y a sus poderes políticos exorbitantes, era ya una aspiración (por cierto ni codificada ni ritualizada ni incluso conceptualizada y mucho menos electoralizada) objetivamente pujante a la soberanía, es decir, a la detención, o al menos al ejercicio legítimo y suficiente para preservar sus intereses de protoclase, de la autoridad política.

En contrapunto, demostrado por los hechos esta vez, no es necesario ir hasta Sapir para saber que cualquier soberanismo es extremadamente resbaloso, y necesita anticuerpos severos para no irse con la corriente. Entre la versión de izquierda radical y las versiones reaccionarias, se intercalan todo tipo de variantes que muestra que el veneno nacionalista que ha gangrenado las direcciones históricas del movimiento obrero, desde la II Internacional pasada con armas y bagajes a la pestilencia de 1914-18, el estalinismo, y la mayoría de las socialdemocracias, está lejos de ser solamente un simple recuerdo rotulado a la derecha. Las diatribas contra el “veneno alemán” de un Mélenchon nacional-republicano gendarme-bismarckiano incorregible, él que tenía tanta “confianza” en Tsipras hasta hace poco, deberían bastar para preocupar –y ninguno de los que se exhiben en torno a él pueden salir indemnes de esto–. La alianza de Tsipras con los soberanistas de ANEL es bastante reciente como para olvidarla.

 

Soberanía y punto de vista de clase

Desde un punto de vista marxista, el centro de gravedad de la cuestión de la soberanía es evidentemente el de las relaciones de clase, y el concepto asociado de poder popular, el de democracia proletaria. Pero ello no significa de ningún modo que haya que abandonar el terreno nacional. Si no es el único marco de expresión y de combate populares, no es sin embargo un simple marco entre otros, porque el régimen del Estado-nación sigue siendo aún hoy un pilar absolutamente determinante del edificio político en todo el planeta y, en este caso, en la Unión Europea, cuya actualidad muestra cada día (más allá de la función de coordinación del capital europeo, bajo la égida de las burguesías más fuertes, que le es devuelta desde sus cimientos, y la lógica genéticamente imperialista que ha revelado una brutalidad infinita frente a Grecia) cómo persisten entre estas burguesías nacionales profundas tensiones competitivas, intereses antagónicos y elecciones o, al menos, veleidades políticas divergentes.

Por esas razones, desde el punto de vista estratégico, ya que de eso se trata, el problema verdadero no se sitúa ni en la “nación” ni en la “soberanía”: sino en las condiciones bajo las cuales un combate moldeado por las coordenadas Estado-nacionales pueden realmente servir de punto de apoyo o de vector progresista a una política revolucionaria consecuente, una política incondicional de los y para los millones de explotados, oprimidos y pobres que mueren en la fábrica, o a los tres años en la marea sangrienta de las migraciones forzosas. Solo esta clase podrá, como clase capaz de encarnar y de llevar adelante las esperanzas de todos los sectores oprimidos por el capital, disputar el mismo movimiento (lógica permanentista), y no después (funesta lógica etapista que desconecta combate “democrático” y combate por el poder de los trabajadores), tanto a las burguesías nacionales como a la UE, en este caso, el ejercicio del verdadero poder, económico-político. Sin una política así, ninguna reivindicación de “democracia” ni ninguna reivindicación de “soberanía” saldrán milagrosamente de la encrucijada del ahogamiento en las urnas y, tarde o temprano, de políticas necesariamente encastradas en las instituciones de un Estado que seguirá siendo antisocial y antiobrero, en tanto no sea enfrentado como tal con los medios adecuados.

En un artículo anterior volvimos sobre algunas teorías de la democracia radical, destacando que, por más opuestas que puedan estar a la pseudo democracia del orden burgués, todas ellas no toman en consideración las condiciones de su propia coherencia, negándose a enfrentar la cuestión del poder y de una transición revolucionaria no reducida a simples encantamientos. De allí su conformación neoutopista, dejando lugar libre a todas las ilusiones neoreformistas como las que de hecho han prosperado enormemente en torno a Syriza y Podemos. Un neosoberanismo de izquierda radical, por más legítima e importante que sea la clarificación sobre los significantes, no puede más que inscribirse en esta línea, por la razón de que oblitera a su vez el necesario centro de gravedad que constituye la clase obrera, que objetivamente nunca ha sido más importante y potencialmente devastadora para el capital como hoy, por más debilitada que esté. Y todo enfoque sobre este tema de la salida o no del euro, en particular, seguirá siendo necesariamente frágil y parcial en tanto le dé la espalda a esto.

 

El verdadero significante en disputa: el internacionalismo. ¿“Para qué” y “con quién”?

Ahora bien, F. Lordon termina su texto condenando, justamente y con razón, cualquier “fetichismo de la salida” del euro que descuidaría este interrogante elemental, “el único que vale”: salir “¿para qué y, en consecuencia, con quién? –el único que trae alguna claridad y hace percibir algunas improbables alianzas por lo que ellas son: aberrantes, corruptas y destinadas a la perdición, en el doble sentido de la perdición moral y del fracaso asegurado”. Por supuesto que sí. Pero concretamente, ¿se puede entonces, sin ambages en términos de programa, de estrategia y de táctica (aproximadamente esos “para qué” y “con quién”), limitarse a decir que “La izquierda está allí. Incluso reducida al último grado de la minoría institucional, no morirá”, como lo propone como apertura de su conclusión, y limitarse a esta delimitación moral por un lado, pragmática por otro, sin otro considerando? ¿No es ese un síntoma de la vasta zona de sombra que se arriesga a seguir oscureciendo los debates sobre la necesaria recomposición de la izquierda radical y, por esta vez, garantizar “el fracaso” de cualquier opción?

El desafío no es invocar y convocar la participación y la movilización popular en general: ¿quién no lo hace? Hasta el propio Sapir. Tampoco es focalizarse en soluciones técnico-económicas que, para ser elaboradas, tenderán más, por sí solas, a reconstituir y salvaguardar al capital nacional griego que a otra cosa. El desafío es construir una política centrada en la movilización política y económica cotidiana de las masas, por lo tanto, ordenar cualquier política en el esfuerzo por difundir y reconstruir en el seno de la clase de los explotados y oprimidos la comprensión de la naturaleza del combate que hay que dar. Por lo tanto, llevar adelante el combate en el marco de organizaciones capaces de impulsar en su seno cómo volver a dar forma y sentido a la bronca y a la desesperación que, no lo dudamos, van a crecer más aún. A una política de este tipo los revolucionarios de todos los países, y en particular en Europa, deberían dedicarse hoy.

¿El movimiento obrero está a media asta? Es así. ¿Y? Entonces el esfuerzo por reconstruirlo, por recomponer los puntos avanzados, desde su propio seno y no desde arriba o por la simple vía de llamados a votar, debe justamente ser la prioridad de las prioridades. Nadie se engaña en lo más mínimo con el “yugo del euro”, retomando la fórmula de S. Kouvélakis en una reciente entrevista en L’Humanité. Pero no es propagandismo o complacencia en una postura contestataria recordar que ser “realista” es también recordar que, en política, los atajos muy a menudo son largos desvíos que nos vuelven a llevar, más cansados aún, al punto de partida. Y frente a esos atajos, es evidente que nuestra hipótesis estratégica no puede ser la de una mítica revolución social internacional y simultánea. F. Lordon arremetía explícitamente en un texto de abril de 2015 contra lo que denominaba un “internacionalismo imaginario”, una cierta forma de internacionalismo revolucionario que condena de entrada cualquier tentativa en un solo país, y prefiere esperar con el arma en los pies la sincronización planetaria de todas las revueltas antes de pensar algo”. Ahora bien, existe seguramente, más allá de esta alternativa, una concepción del internacionalismo fundada en la idea de que “La revolución socialista comienza en el terreno nacional, se desarrolla en la arena internacional y se acaba en la arena mundial” (Tesis 10 de Trotsky sobre la revolución permanente). Y esta concepción rechaza correlativamente toda ilusión sobre esta sincronización, que supone un mundo esencialmente homogéneo cuando justamente está señalado por un profundo “desarrollo desigual y combinado”.

El necesario enfrentamiento con el Estado-nación, que Marx había comprendido bien desde 1848 que no puede ser retomado sino que debe ser destruido, se integra en un marco estratégico más amplio. Es el de la lucha por la emancipación del proletariado como clase, en donde cada paso se da en función de la doble brújula de la indispensable independencia política de los explotados, sea en el sentido de su auto-organización, respecto de sus explotadores, y de una comunidad de intereses entre esos mismos explotados más allá de las fronteras nacionales. La historia de las revoluciones muestra que el efecto contagio no es una utopía y en ese contexto cualquier combate contra la neocolonización de Grecia debe ser llevado adelante teniendo como horizonte la perspectiva concreta de una extensión del levantamiento popular a escala del continente e, in fine, de la construcción de una Europa socialista de los trabajadores.

La deshonestidad que consiste en asimilar soberanismo de izquierda y soberanismo nacionalista y xenófobo es inmensa. Pero uno se arriesga mucho cuando aun trabajando en este terreno del soberanismo –incluso en su versión más roja de un “proteccionismo socialista” anterior a la toma del poder– no se dota de los anticuerpos necesarios. Por sí solo, el monstruo ideológico y político del “socialismo en un solo país” debería bastar para reinstalar al menos lo que los juristas llaman la “duda razonable”, e imponernos, en este centenario de Zimmerwald y en el centro del escándalo innombrable de los refugiados, un internacionalismo más ambicioso, en dirección al pueblo griego como, hoy en día, a los migrantes, para no hablar de los demás. Hace ya un siglo el movimiento obrero se había perdido, fue llevado a la guerra por direcciones políticas degeneradas. Los signatarios de la conferencia de Zimmerwald entendían, frente a la bancarrota de las organizaciones dominantes de la II Internacional, “conducir a la clase obrera hacia su misión histórica”. Más allá de las coordenadas inmediatas de la situación presente, ¿no es esto en verdad lo que nos incumbe hoy, sin contentarnos con palabras vanas, y con toda la paciencia y la determinación que se requiera? “Comenzar” en el “terreno nacional”, retomando la fórmula de Trotsky, exige el tipo de organización y de política hacia las masas y su autoorganización que justamente falta hoy.

Entonces sí, ningún “fetichismo de la salida” del euro: en el sentido en que no se puede plantear la cuestión del euro independientemente del cambio de las relaciones capitalistas de producción y de poder a nivel nacional e internacional, ya que esto llevaría a reducir o centrar el programa revolucionario a un simple cambio monetario. En resumen, el verdadero problema estratégico no es el euro. Son los atajos. Y, entre ellos, el atajo reformista, aunque radical, no es el menos peligroso. Por la ilusión que mantiene siempre, incluso con rodeos o a pesar de ellos, en la posible conciliación entre clases antagónicas, en el posible uso realmente progresista de las instituciones burguesas, y en las soluciones estatistas y etapistas que siempre han dejado, tarde o temprano (y a menudo más temprano que tarde) al pueblo como garantía, espectador y luego, como puro y simple botín.

Traducción: Rossana Cortez.

 

[1] Economista y sociólogo francés, miembro del CNRS, autor de numerosos trabajos por ejemplo sobre la crisis financiera, la deuda y el interés, y más general las instituciones del capital. Filosóficamente, saca si inspiración de las lecturas de Marx a la luz de Spinoza, y desarrolla el programa de investigación “spinozista” en las ciencias sociales. Recientemente, en el cuadro de los debates sobre la situación griega, se ha convertido en una de las figuras más conocidas de la “izquierda radical” en Francia, multiplicando en sus apariciones en los medios (TV, radio) una cierta defensa del marxismo en particular contra Thomas Piketty.

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