Una revolución en busca de herederos

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CLAUDIA CINATTI

Número 41, noviembre 2017.

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Después de 100 años la Revolución rusa sigue siendo un acontecimiento imposible de metabolizar para los calendarios oficiales. No hay neutralidad posible. Celebrarla, bastardearla o ignorarla es en sí mismo un acto político. En la tierra de Octubre no hubo ninguna conmemoración estatal. Y está bien que así sea. En el relato de la “gran Rusia” de Vladimir Putin hay lugar para la nostalgia por el pasado imperial zarista o por el estalinismo, pero no para reivindicar la primera revolución obrera triunfante del siglo XX.

Los propagandistas del capitalismo aprovechan la efeméride para volver a la carga con argumentos ya gastados. Un ejército de académicos, historiadores y expertos insiste en su tarea de deslegitimación de la Revolución rusa, y por esa vía de la idea misma de la revolución social, agitando el fantasma del “totalitarismo”.

Si bien este relato viene perdiendo el atractivo hipnótico que había ejercido en la inmediata posguerra fría, el sentido común que une, aunque sea a través de un hilo muy delgado, la Revolución rusa con el gulag estalinista, parece seguir constituyendo un “imaginario negativo” para las corrientes que están emergiendo a la izquierda del reformismo tradicional, que reivindican en un sentido amplio la Revolución de Octubre. Ante la prolongada crisis del capitalismo y de sus partidos y el surgimiento de nuevos fenómenos políticos, se vuelve a plantear la alternativa entre recrear ilusiones en la reforma o prepararse para la próxima revolución.

 

¿Golpe o revolución?

Durante la Guerra Fría, el bando capitalista liderado por Estados Unidos impuso el consenso de que la Revolución rusa había sido un “golpe”, una acción conspirativa (y minoritaria) del Partido Bolchevique dirigido por Lenin que, en el mejor de los casos, había expropiado la “revolución buena” de febrero de 1917, es decir, había liquidado la naciente democracia burguesa y abierto el curso inevitable hacia el “totalitarismo”. No faltaban quienes afirmaban, incluso, que la toma del poder había interrumpido el curso de “autorreforma” emprendido por la autocracia zarista. En síntesis, que había un futuro democrático para Rusia transformado en dictadura por la Revolución de Octubre.

A decir verdad, esta interpretación siempre careció de rigor científico más allá de sus pretensiones historiográficas. El relato de la “Rusia democrática” era una operación ideológica interesada, y por cierto bastante burda. De haber triunfado la contrarrevolución no hubiera habido democracia posible. Justamente, lo que explica en gran medida la revolución es que la burguesía liberal se había mostrado incapaz de otorgar las demandas democráticas, como la tierra para los campesinos, lo que junto con el fin de la guerra habían sido los grandes motores de la Revolución de Febrero y terminaron abriendo la dinámica a la Revolución de Octubre. En última instancia, como siempre habían planteado los bolcheviques, incluso durante el período en que sostuvieron que la revolución tendría un carácter democrático (es decir, burgués), solo el poder de la clase obrera aliada con el campesinado pobre podía llevar adelante las tareas democráticas.

El otro acto de deshonestidad intelectual era hacer desaparecer la revolución misma para sostener que la toma del poder no había sido obra de las masas sino de una minoría sanguinaria encabezada por Lenin.

La comparación entre revolución y putsch había sido ampliamente debatida en los años posteriores a la toma del poder, no solo por liberales sino también por el reformismo socialdemócrata, que consideraba que la Revolución rusa había sido prematura y repudiaba la dictadura del proletariado a la que contraponía la “democracia” [1].

En Historia de la Revolución rusa, León Trotsky reflexiona sobre la diferencia específica entre la conspiración y la revolución (y la insurrección como momento particular). Plantea que las revoluciones y las insurrecciones no se pueden generar artificialmente, mientras que los golpes de Estado, por definición, se planifican a espaldas de las masas y son ejecutados por una minoría. Y sobre todo llevan a resultados distintos: los putsch dirimen las pugnas de poder entre camarillas al interior de la clase dominante, pero el advenimiento de un régimen social nuevo, es decir, del poder de otra clase (o alianza de clases) solo puede ser producto de una insurrección de masas. Se refería a la insurrección no como explosión espontánea de fuerzas elementales (que ocurrían con frecuencia) sino como “arte”, es decir, con una dirección, una planificación y también con elementos de conspiración que, como técnica, actuaban de manera subordinada [2].

A lo largo de los años, desde el ámbito académico varios historiadores dieron cuenta de esta diferencia específica entre “golpe” y “revolución”, entre ellos Edward Carr, quien dedica prácticamente todo un tomo de su trabajo clásico sobre la Revolución rusa [3] a la autoactividad de las masas durante 1917 y en la primera etapa del gobierno soviético.

 

Liberalismo, estalinismo y totalitarismo

La definición del estalinismo como un régimen totalitario y su comparación con el nazismo no eran una novedad de la Guerra Fría. Muchos años antes, Trotsky había utilizado la metáfora de los “astros gemelos” para comparar a Hitler y Stalin, aunque establecía una diferencia que hacía a la esencia de la Unión Soviética (y a la política defensista de la URSS en la Segunda Guerra Mundial): la monstruosa dictadura estalinista se diferenciaba de la monstruosa dictadura de Hitler porque se basa aún en las relaciones de producción creadas por la Revolución de Octubre [4].

Aunque la estalinización de la Unión Soviética facilitó la propaganda capitalista, la asimilación de la revolución con un “golpe” y la supuesta asociación necesaria entre “comunismo” y “totalitarismo” fueron cuestionadas tempranamente también desde las filas de los intelectuales liberales.

Quizás uno de los casos más notables sea el de Hannah Arendt que, si bien al inicio de la Guerra Fría militaba en el campo de la democracia norteamericana (con la que terminó decepcionada) desarrolló una teoría propia del totalitarismo en la Unión Soviética (y en la Alemania nazi) reservando la definición exclusivamente al régimen impuesto por Stalin. Arendt tuvo intuiciones sugerentes para la compresión del fenómeno totalitario. Entre ellas la pulverización de las clases y su transformación en masas de individuos atomizados como condición para el triunfo del totalitarismo [5]. También la reivindicación de los soviets como tendencia universal de toda revolución, es decir, de toda acción de masas que se proponen establecer un nuevo poder constituyente [6]. Eso no implicaba, obviamente, que Arendt reivindicara la Revolución rusa, a la que emparentaba con la Revolución francesa en cuanto a que eran revoluciones contaminadas por la “cuestión social”, ya que según su concepción de la política había una contradicción insalvable entre la “liberación” (la necesidad o la “cuestión social”) y la “libertad” (exclusivamente política) [7].

Un cuestionamiento similar es el que hizo la corriente de historiadores “revisionistas” de Estados Unidos y Gran Bretaña, surgida al calor de la radicalización de las décadas de 1960 y 1970, entre los que se destaca Sheila Fitzpatrick.

Tras la caída del Muro de Berlín la equiparación de revolución con totalitarismo se transformó en un sentido común generalizado, que traspasó su ámbito natural y derramó hacia corrientes de izquierda, notablemente el autonomismo en sus diversas vertientes, que descartaron la perspectiva de la toma del poder estatal por considerarla la razón fundamental de la burocratización.

 

Neoliberales recargados en tiempos de crisis orgánica

Sin grandes novedades, este sentido común de derecha retorna en un libro sobre el centenario de la revolución rusa editado por Tony Brenton, un exembajador británico en Moscú, que reúne artículos de renombrados reaccionarios como Orlando Figes y Richard Pipes, antiguo asesor de seguridad del presidente Ronald Reagan. Titulado sugestivamente Was Revolution Inevitable? Turning Points of the Russian Revolution [8], propone un método de historia contrafáctica para demostrar que la Revolución rusa fue un mero accidente.

Como señala S. Fitzpatrick en un artículo reciente [9], una de las grandes debilidades metodológicas de este relato, además de la cuestionada validez de la historia contrafáctica, es que la lógica argumental se basa en un uso completamente arbitrario de la contingencia y la necesidad histórica. Mientras que en el caso del estalinismo sigue actuando la necesidad, y este sería un resultado inevitable, en el caso de la revolución la causalidad sería meramente accidental, es decir, no tendría ninguna forma de legitimarse en las condiciones previas objetivas y subjetivas (la guerra, la situación desesperante de los campesinos, la opresión zarista, para nombrar las más obvias). Sería necio negar la contingencia. Pero incluso los accidentes, más aún los que producen giros de magnitud histórica, no ocurren en el vacío. Y tampoco surgen de la nada las fuerzas políticas y sociales capaces de capitalizarlos.

Pero hay un elemento incluso más importante, y es que este credo puede estar alcanzando sus propios límites. A más de un cuarto de siglo de la desaparición de la Unión Soviética, hay síntomas claros de que este relato está perdiendo encanto, sobre todo para las nuevas generaciones que por primera vez desde la segunda posguerra, perciben que vivirán peor que sus padres y cuya experiencia vital no es la del estalinismo sino la de la crisis capitalista, el bonapartismo de Trump, las guerras imperialistas y el resurgimiento de nacionalismos reaccionarios y de la extrema derecha protofascista. No casualmente el propio Brenton debe dar cuenta de la crisis capitalista de 2008 y la decadencia de la democracia liberal. Y aunque con un tono tranquilizador, reconoce que la Gran Recesión “puso a Karl Marx en el primer lugar de la lista de bestseller de no ficción en Francia”.

Esta preocupación la expresa de forma cruda un columnista de una revista tradicional de la derecha republicana, que se lamenta de que “el virus del comunismo –en todas sus variantes marxistas y socialistas– sigue vivo”, y que “se ha vuelto aceptable en la izquierda política, incluso en la izquierda parlamentaria, abrir de nuevo la posibilidad socialista” [10]. La crisis de 2008 ha abierto tendencias a la crisis orgánica en los países centrales, un interregno en el que surgen fenómenos aberrantes y también nuevas formas de pensar. Eso explica la afluencia en masa de jóvenes al Partido Laborista británico bajo el liderazgo de J. Corbyn, y que más de 13 millones de norteamericanos, en su mayoría jóvenes menores de 30 años, hayan votado a Bernie Sanders, el candidato autodefinido como “socialista democrático”. En octubre de 2017 el Democratic Socialist Party de Estados Unidos (DSA), que organiza el ala izquierda de este movimiento, haya alcanzado los 30.000 miembros, registrando un crecimiento meteórico en los meses transcurridos desde la asunción de Donald Trump. En Argentina, el avance del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, aunque a otra escala, no puede separarse de estas tendencias más generales de la situación internacional. Aunque en el caso del FIT se trata de una izquierda claramente anticapitalista que plantea la independencia política de los trabajadores y la lucha por un gobierno obrero en ruptura con el capitalismo.

No es aún radicalización política. Pero el agotamiento del neoliberalismo abre un campo para la lucha de ideas y estrategias.

 

La Revolución rusa en el debate estratégico actual

En una columna de opinión sobre la Revolución rusa aparecida en el diario The New York Times, Bhaskar Sunkara, editor de la revista Jacobin y vicepresidente del DSA, sintetiza muy bien el nudo del debate estratégico [11] que atraviesa las formaciones de izquierda que están surgiendo ante la debacle de los viejos partidos socialdemócratas.

Según Sunkara, debemos rechazar la caricaturización de Lenin y los bolcheviques como “demonios dementes” y verlos como “gente bien intencionada tratando de construir un mundo mejor”, y a la vez buscar la forma de “evitar sus errores”, que aunque dicho de manera ambigua, de hecho llevaron de la revolución al estalinismo. Esa forma sería retornar a la socialdemocracia, “no a la de François Hollande”, aclara, “sino a la de los primeros días de la Segunda Internacional. Esta socialdemocracia implicaría un compromiso con una sociedad civil libre, especialmente para las voces opositoras; la necesidad de la separación institucional de poderes (el famoso e intraducible “check and balance”); y una visión de una transición al socialismo que no requiere un “año cero” de ruptura con el presente”. Consecuente con este planteo, sostiene que “reducido a su esencia, y retornado a sus raíces, el socialismo es una ideología de democracia radical” [12]. Al no ponerle una fecha exacta al retorno, se podría interpretar que el convite sería retornar a la Segunda Internacional previa a su traición de 1914 cuando el partido socialdemócrata alemán votó los créditos de guerra, capitulando ante su propia burguesía. Pero como se sabe, esa traición no cayó del cielo. En la socialdemocracia anterior a 1914 ya se habían desarrollado tendencias oportunistas de derecha –en particular su ala sindical– que veían que hablar de “socialismo” y “revolución” hacía peligrar los privilegios conseguidos dentro del régimen burgués. Incluso amplios sectores sostenían una posición de apoyo al colonialismo, al que le reconocían una misión civilizatoria [13].

La experiencia reciente con Syriza y su capitulación sin dilaciones a la troika muestra que el proyecto neorreformista de repetir la estrategia conciliadora de la socialdemocracia y avanzar gradualmente en los marcos del Estado burgués está condenada al fracaso.

No se trata de repetir mecánicamente en el siglo XXI la experiencia rusa, sino de poner en valor su herencia para las revoluciones que tarde o temprano vendrán. Sus lecciones fundamentales siguen siendo universales y han resistido el paso de un siglo: no hay transición pacífica y sin ruptura (sin “año cero”) del capitalismo hacia un régimen social sin explotación. Eso fundamentalmente por la violencia de los explotadores, que no dudan en recurrir a la más brutal represión a cargo de su Estado cuando ven amenazados sus intereses. En esos momentos decisivos, en los que se juega el destino de la revolución, hace falta un partido como el de Lenin (no como el de Kautsky) para el triunfo. Y ese partido no se construye el día anterior a la revolución. La construcción de ese partido obrero, revolucionario e internacionalista, es nuestra tarea prioritaria.

 

[1] Este es el núcleo de la polémica que desarrolla L. Trotsky contra K. Kautsky en Terrorismo y comunismo.

[2] L. Trotsky, “El arte de la insurrección”, Historia de la Revolución Rusa, Tomo II, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2017, pp. 437-462.

[3] E. Carr, Historia de la Rusia soviética. La revolución bolchevique (1917-1923), Tomo I La conquista y la organización del poder, Madrid, Alianza Editorial, 1972.

[4] Para una visión más profunda sobre el proceso que llevó de la burocratización a la restauración capitalista en la Unión Soviética y Europa del Este ver: C. Cinatti, “La actualidad del análisis de Trotsky frente a las nuevas (y viejas) controversias sobre la transición al socialismo”, Estrategia Internacional 22, 2005.

[5] “Para trocar la dictadura revolucionaria de Lenin en una dominación completamente totalitaria, Stalin tuvo primero que crear esa sociedad atomizada que había sido preparada para los nazis en Alemania gracias a circunstancias históricas. (…) Para fabricar una masa atomizada y sin estructuras tenía antes que liquidar los vestigios de poder de los Soviets que desempeñaban un cierto papel e impedían la dominación absoluta de la jerarquía del partido”. H. Arendt, Los orígenes del totalitarismo, 3. Totalitarismo, Madrid, Alianza Editorial, 2002, pp. 481-527.

[6] Arendt asimila la forma “consejo” (la Comuna de París, los soviets de las tres revoluciones rusas, los Räte de la revolución alemana, los consejos de la revolución política húngara de 1956) dentro de su teoría liberal, comparándolos con el sistema de distritos de Jefferson, además de introducir una separación insalvable entre “soviet” y “partido”. Pero el solo hecho de que los considere el “tesoro perdido” de la tradición revolucionaria muestra la potencia de los organismos de autodeterminación de masas como embriones de una nueva forma de Estado. Ver: H. Arendt, Sobre la revolución, Madrid, Alianza Editorial, 1992, en particular pp. 222-291.

[7] Para una crítica de esta contradicción entre “libertad” y “liberación” de H. Arendt, ver: C. Cinatti, E. Albamonte, “La democracia soviética. Más allá de la democracia liberal y el totalitarismo”, Estrategia Internacional 21, 2004.

[8] T. Brenton, Was Revolution Inevitable? Turning Points of the Russian Revolution, Oxford University Press, Nueva York, 2017.

[9] S. Fitzpatrick, “What’s Left?”, London Review of Books, Vol. 39, N.º 7, 30 de marzo de 2017. Disponible en www.lrb.co.uk.

[10] “The Russian Revolution, 100 Years On: Its Enduring Allure and Menace”, National Review, 30 de octubre de 2017. Disponible en www.nationalreview. com.

[11] No solo se trata de una discusión política. En los últimos años historiadores que se referencian en el marxismo vienen desarrollando nuevas investigaciones sobre la historia de la Revolución rusa, el partido bolchevique y el rol de Lenin. Aunque no es objeto de este debate, sería interesante discutir la tesis de Lars Lih que sostiene que las “Tesis de Abril” de Lenin no significaron un giro estratégico sino que sostiene una continuidad entre Lenin y los “viejos bolcheviques”, poniendo en cuestión la visión del propio Lenin y Trotsky sobre la política conciliadora de Stalin-Kamenev hacia el Gobierno provisional, que continuaba participando en la guerra. Sobre este tema ver: L. Lih, “The Lies We Tell About Lenin”, Jacobin, 23 de julio de 1017; “From February to October”, Jacobin, 11 de mayo de 2017.

[12] B. Sunkara, “Socialism’s Future May Be Its Past”, The New York Times, 26 de junio de 2017. Disponible en www.nytimes.com.

[13] Esta posición la había planteado E. Bernstein pero tenía un amplio eco dentro de la socialdemocracia alemana, al punto que llevó a una crisis importante en el Congreso de Stuttgart de 1907 en el que se derrotó la moción colonialista por un margen mínimo de votos.

 

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