Un intento fallido de enjuiciar a Trotsky

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HERNÁN CAMARERO

N.3, septiembre 2013

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El pasado 20 de agosto se cumplieron 73 años del asesinato de León Trotsky. Las razones que justifican la evocación de su figura son evidentes. Figura prominente del marxismo ruso en las primeras cuatro décadas del siglo XX y teórico de la revolución permanente. Protagonista central de la revolución de 1905 y de la insurrección de octubre de 1917. Junto a Lenin, uno de los líderes máximos del régimen socialista en sus seis o siete primeros años. Creador del Ejército Rojo y estratega armado durante la guerra civil. Tras la entronización de la burocracia de Stalin, enemigo de la degeneración del sistema soviético. En sus últimos años, impulsor de la Oposición de Izquierda y de la Cuarta Internacional. Dada su relevancia como personaje histórico, no es extraño que a su estudio se hayan dedicado centenares de publicaciones. Últimamente se sumaron muchos nuevos aportes, desde la investigación historiográfica y periodística, la literatura y hasta el cine, contribuyendo a reinstalar a Trotsky no sólo como objeto de reflexión del pasado sino como punto de referencia política.

Vale destacar la gran biografía presentada recientemente por el francés Jean-Jacques Marie: Trotski. Revolucionario sin fronteras. En el terreno local, con proyección para toda el área de habla castellana, también es encomiable la calificada reedición de obras escogidas del fundador de la Cuarta Internacional que está emprendiendo el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones (CEIP) “León Trotsky” y el Instituto de Pensamiento Socialista (IPS) de Buenos Aires.

En este contexto, queremos examinar otra extensa obra, escrita por el británico Robert Service: Trotski. Una biografía. Traducido al español y comercializado desde 2010, el libro fue muy promocionado en el mercado editorial y respaldado en ciertos ámbitos periodísticos y académicos. Sintoniza con una corriente historiográfica liberal hoy en boga, esencialmente hostil a la revolución rusa y al marxismo, entre cuyos representantes se cuentan Orlando Figes, Richard Pipes, Geoffrey Swain, Ian Thatcher y Simon Sebag Montefiore. Como catedrático de Historia Rusa en la Universidad de Oxford, Service se dedica desde hace muchos años al pasado soviético y al despliegue de la experiencia comunista a nivel internacional. Sus más importantes libros ya fueron traducidos al castellano: Historia de Rusia en el siglo XX (2000), Rusia: experimento con un pueblo (2004), Camaradas: breve historia del comunismo (2009), y su trilogía biográfica, formada por Lenin (2001), Stalin (2006) y el texto en cuestión, Trotski (2010). La principal novedad de la obra es la consulta de las cartas y documentos depositados en los archivos de la Hoover Institution (Universidad de Stanford), vinculados al propio Trotsky y a sus seguidores, y la revisión de papeles guardados en la Universidad de Harvard y en el Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política.

Una biografía sociológica, política y teóricamente superficial

Lo distintivo del texto es el peso conferido a los rasgos más íntimos del personaje, intentando desbrozar sus rasgos psicológicos, sus hábitos y su relación con familiares, amigos y colaboradores. La imagen personal de Trotsky que se desprende de este ejercicio, más allá de conceder que era fascinante y excepcional, está básicamente orientada a la condena. En la semblanza se señala su cultura e inteligencia, su talento como orador y escritor, su energía y capacidad de trabajo, así como su valentía y compromiso con su causa. Pero la lista de defectos presentada es abrumadora: vanidad, autocomplacencia, arrogancia, hipocresía, demagogia, cinismo, doble moral, torpeza en las tácticas políticas, brutalidad en el trato a sus enemigos de clase, “predilección por el terror”. La dimensión social pasa a segundo plano frente a la constante descripción de intrigas políticas. Los colectivos “masas”, “proletariado”, “burguesía” o “burocracia” (puestos así, entre comillas, pues parece que al autor no le consta su existencia), apenas reportan como telón de fondo y no cobran vida en los grandes eventos, sino como invocación de los propios individuos bajo análisis. Service tiene una incomprensión sobre la participación autónoma de las masas en la escena histórica, las cuales casi no aparecen referidas en los grandes procesos revolucionarios en cuyo marco debe insertarse al biografiado. La insípida y escueta descripción de los hechos de octubre de 1917 aparece expuesta como un complot y golpe de Estado jacobino-bolchevique antes que una genuina insurrección popular.

Hay una tendencia a disolver las grandes complejidades de las luchas teóricas, ideológicas y políticas a meras rencillas de individuos por la acumulación de poder. Eso se hace claro ya cuando se analiza la inserción del exiliado Trotsky en la vida interna del POSDR y la II Internacional, y el modo como se explican las simpatías o antipatías que signaron su relación con Axelrod, Plejánov, Mártov o Lenin. Más adelante, Service logra convertir las apasionantes convulsiones históricas en las que el Trotsky intervino (revoluciones, guerra civil, luchas con la naciente burocracia soviética), en relatos apocados y monótonos, sin fuentes documentales originales ni datos novedosos.

Esto se complementa con un examen poco sofisticado acerca del complejo mundo de las ideologías en juego. El libro no ofrece los aportes que puede brindar una biografía político-intelectual, aún cuando el personaje que debía estudiarse descolló en el plano de las ideas. Más aún, Service ostenta un desinterés por el desarrollo del pensamiento socialista marxista, y por ello casi ignora los varios aportes que Trotsky realizó en ese plano: desde análisis políticos en sus múltiples temporalidades y dimensiones hasta incursiones en el ensayo historiográfico, económico, sociológico, filosófico y la crítica literaria. Por ejemplo, un puñado de oraciones ramplonas le alcanzan para referirse a una de las principales contribuciones de Trotsky: su concepción de la revolución permanente y el papel conductor de la clase obrera en el proceso histórico de los países económicamente atrasados (sintetizada en la obra homónima de 1930, pero ya esbozada un cuarto de siglo antes). Hay negligencia por desentrañar tanto los orígenes

de dicha teoría (anclados en una discusión dentro de la socialdemocracia alemana y rusa, que parece ignorarse, pues va mucho más allá de la conocida influencia de Parvus y conducen a los propios Marx, Engels, Kautsky, Mehring, Riazanov y Luxemburgo), como sus implicaciones para la reconstrucción del pensamiento estratégico de Trotsky. También son superficiales las escasas referencias al “gran debate” desplegado en 1924-1926 entre éste último y los partidarios del “socialismo en un solo país” (Stalin y Bujarin). Lo mismo ocurre con los análisis que Trotsky hizo sobre los problemas de la revolución china, los peligros del triunfo del nazismo, el exterminio de los judíos, el estallido de una nueva guerra mundial, los frentes populares (particularmente en la guerra civil española) o acerca de la burocratización del Estado soviético, del PCUS y de la Tercera Internacional.

Trotsky: ¿engranaje o alternativa al despotismo totalitario?

Según Service, el bolchevismo fue una peculiar y quizás distorsionada interpretación y aplicación de las ideas marxistas al suelo ruso. Su resultado fue una revolución-conquista del poder, entendido como un acontecimiento más bien vacío de toda legitimidad popular y democrática. El autor advierte que lo que acabó moldeándose fue un despotismo totalitario, que no debió esperar al ascenso de Stalin para su desenvolvimiento, pues ya estaba inscrito en las raíces mismas del diagrama político pergeñado por Lenin. Se nos informa que Trotsky compartía puntos comunes con aquella perversa matriz, sólo que disponía de libreto propio hasta 1917. Desde ese entonces, fue un convencido aplicador de aquel sueño mutado en la pesadilla del terror de Estado, del que sólo comenzó a esbozar planteos críticos cinco o seis años después, al ser marginado de la toma de decisiones.

Pero ya no pudo impedir que el sistema dictatorial en manos del más astuto Stalin lo derrotara, arrojándolo a la marginalidad y exterminándolo, con el beneficio, entonces, de otorgarle una imagen heroica que lo liberara de su responsabilidad en la creación del monstruoso experimento autoritario.

En esta visión, pues, Trotsky no fue una alternativa, sino una variante de un fallido y trágico experimento histórico, y el estalinismo, la continuación, realista y natural, del proceso iniciado en 1917, y no su negación burocrática, contrarrevolucionaria y antisocialista, como afirma el trotskismo. Desde Service, la lucha de esta corriente (presentada como un itinerario de ilusiones, insensateces y necedades) y el intento de su aniquilación por el estalinismo devienen en accidentes históricos inexplicables. Se acaban borrando y confundiendo los límites entre víctimas y verdugos. Aquí no hay ingenuidad: el objetivo es el de pulverizar la posibilidad de toda crítica de izquierda marxista al estalinismo.

Por cierto, esta operación, antes que impulsar, obstaculiza el legítimo ejercicio de reflexión que se le presenta a la propia tradición generada por la revolución y por el mismo Trotsky para dar cuenta de los fenómenos ocurridos tras la toma del poder: la tendencia al cercenamiento de la democracia obrera y de la vitalidad de los soviets, la uniformización política o la creciente sustitución de la clase por el partido, que los bolcheviques pusieron provisoriamente en práctica a fin de asegurar la existencia del régimen y sostener un inminente proceso revolucionario mundial (que finalmente no triunfó), y que de medidas de excepción devinieron en permanentes. En cambio, el volumen de Service termina gobernado por el juego de corroborar, y de sancionar, cuán lejos se hallaba Trotsky del universo burgués republicano. Se inquieta al comprobar “hasta qué punto era hostil a las ideas e instituciones de la democracia liberal” y tenía “la aguja del compás fija en la perspectiva del comunismo revolucionario”.

Es obvio: el personaje histórico en cuestión era marxista. No había que esperar a leer más de

600 páginas para enterarse de ello. ¿Para qué juzgar exclusivamente al biografiado según convicciones extrañas a él, en vez de contrastar la eventual correspondencia o distancia entre sus ideas y las de la tradición política en la que se inspiraba o entre aquellas y sus efectivos comportamientos y conductas? Pero el peso de los prejuicios tiñe toda la obra y acaba por hacer naufragar la posibilidad de considerarlo un estudio equilibrado. Y la última frase del libro es una evidencia, cuando afirma, en una suerte de balance de Trotsky: “La muerte le sobrevino pronto porque luchaba por una causa que era más destructiva de lo que nunca hubiera imaginado”. A eso queda reducida la idea que el autor tiene del socialismo…

Olvidos y menosprecios historiográficos

Asimismo, son notables los vacíos de consideración bibliográfica y la ausencia de confrontación con otras elaboraciones, especialmente, las que ponen en cuestión varias argumentaciones de Service, cuyo libreto se abastece en lo esencial, en una biblioteca en donde queda claro el privilegio de una perspectiva liberal-conservadora. El autor apenas avisa de la existencia de otras biografías globales sobre Trotsky, mencionando: la ya tradicional del intelectual marxista y emigrado polaco Isaac Deutscher, publicada en tres tomos bajo los títulos de El profeta armado, El profeta desarmado y El profeta desterrado (1954-1963) y la del historiador académico trotskista francés Pierre Broué, Trotsky (1988). Si bien son obras de igual o mayor envergadura que la de Service, éste solo atina a despreciar su relevancia, despachándolas como apologéticas y negándose a cotejar con ellas. Los documentados trabajos (y los 80 volúmenes de los Cahiers Léon Trotsky) que Broué, uno de los primeros investigadores en examinar los archivos de Harvard, realizó durante medio siglo sobre esta figura y sus temas próximos, no merecieron la atención de Service.

Ni siquiera se alude a la existencia de la biografía antes citada del historiador Jean-Jacques Marie (aparecida en su idioma original en 2006), ignorando también el resto de su producción, desde el Centre d’Etudes et de Recherches sur les Mouvements Trotskyste et Révolutionaires Internationaux (CERMTRI) y la dirección, junto al historiador y sociólogo ruso Vadim Z. Rogovin, de la revista Les Cahiers du mouvement ouvrier, que editó medio centenar de números desde 1998. Marie también consultó los nuevos materiales de los archivos rusos y produjo una serie de libros sobre la guerra civil de 1917-1922, el levantamiento de Kronstadt, sendas biografías de Lenin y Stalin, y una gran cantidad de estudios sobre Trotsky y el trotskismo. Service nunca explicita las razones de esta omisión; seguramente sea debido a la adscripción ideológico-política de Marie. En todo caso, es evidente la colisión de perspectivas: para el historiador liberal británico Trotsky es un objeto teórica y políticamente muerto; para Marie la actualidad de éste permanece intacta, pues permite comprender y actuar sobre los problemas candentes del presente: las consecuencias de la crisis capitalista y la construcción de una alternativa socialista. Service desecha, asimismo, otra cantidad de investigadores y ensayistas que en el último medio siglo hicieron abordajes al tema, contrarios o disímiles a su punto de vista, como Ernest Mandel, Alain Brossat, Daniel Bensaïd, Michael Löwy, Al Richardson, Tony Cliff, Alex Callinicos, Reiner Tosstorff, Tim Wohlforth, Damien Durand, Alexei Goussev, Paolo Casciola, Marcel Liebman, Moshe Lewin o el ya mencionado Rogovin, entre muchos otros.

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En síntesis, el libro de Service no se caracteriza por su originalidad conceptual ni por un tratamiento ecuánime de las diferentes interpretaciones en juego sobre el tema. El uso de nuevas fuentes primarias y el exhaustivo relato condujo al autor al mismo lugar al que ya habían llegado hace mucho tiempo varios historiadores anticomunistas, liberales y conservadores (y ex estalinistas). La finalidad parece ser la de interpelar a un lector no muy especializado en la materia, el cual no debería estar desprevenido de las intenciones ideológicas del investigador británico, convenientemente revestidas de desapasionada “objetividad histórica”. Desde un punto de vista político, el volumen es un producto más de una campaña reaccionaria en la que, a través de un intento de demoler la figura de Trotsky, se procura arrasar con las tradiciones mismas del marxismo, del socialismo y de la revolución rusa.

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