Un amigo de la dialéctica en medio de la guerra

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ARIANE DÍAZ

Número 14, octubre 2014.

En números anteriores abordamos el lugar de la dialéctica en la discusión epistemológica. Aquí retomaremos algunos de estos problemas alrededor de las reflexiones hechas por Lenin en 1914, en medio del estallido de una guerra mundial y la crisis definitiva de la II Internacional.

 

Corría 1858 cuando Engels escribiera a Marx: “Estoy leyendo De la Guerra de Clausewitz. Una extraña manera de filosofar pero muy bueno en su tema”1. Mucho se ha escrito desde entonces sobre las relaciones entre las “maneras de filosofar” de Clausewitz y los fundadores del marxismo respecto al método y la herencia hegeliana. Sin embargo, comentadores interesados por las cuestiones bélicas han resaltado que es la relación entre teoría y práctica el eje común de ambos pensadores, aspecto no siempre destacado por quienes estudiaron sus posibles afinidades filosóficas2. Efectivamente, si algo puede destacarse como afinidad entre el pensamiento de Clausewitz y Marx, es el interés de ambos por definir algo tan complejo como una teoría de una praxis: la guerra en el caso del primero, la revolución en el caso del segundo.

Muchos comentadores de Lenin han destacado que la convulsionada situación de 1914 no parecía el momento más propicio para embarcarse en problemas filosóficos. Sin embargo, ese año fue para Lenin no sólo decisivo para la discusión de la estrategia revolucionaria, sino también para la reevaluación de la relación del marxismo con Hegel y la dialéctica.

Lenin se había ocupado escasamente antes de discusiones filosóficas: además de definiciones sueltas, excepcionalmente había dedicado un libro, Materialismo e empiriocriticismo (1908), a defender el materialismo frente al avance del neokantismo en las filas partidarias de la mano de Bogdanov. El camino que llevó a Lenin a estudiar a Hegel –junto con Aristóteles, Leibinz o Heráclito– en medio de la guerra y la crisis producida por la claudicación histórica de la II Internacional, puede no haber sido el tradicional pero sí tener firmes antecedentes y estar bien rumbeado –de hecho le sería altamente productivo para problemas que abordaría en el período siguiente, como el de las nacionalidades, el imperialismo y la definición del Estado–. Tampoco parece ser así casual que, inmediatamente después de sus estudios sobre Hegel, Lenin dedicara tiempo a estudiar la obra de Clausewitz.

 

Un esbozo particular del marxismo

Días antes de la votación de los créditos de guerra por parte de la socialdemocracia alemana, Lenin se disculpaba con los editores de la enciclopedia Granat por no poder cumplimentar el encargo de un esbozo biográfico sobre Marx3. Finalmente Lenin se las arregla para escribir el artículo, que finaliza en noviembre del mismo año, donde delineaba los que consideraba los principales aportes teóricos de Marx.

El Esbozo presenta una serie de definiciones que eran deudoras de la sistematización de la II Internacional, y en parte respondían a los debates de la formación del marxismo ruso, forjado en oposición al voluntarismo populista. Pero Lenin define cum granis salis: hace hincapié en que el marxismo contaría con la “exactitud” de las ciencias naturales –aunque insiste en que debían particularizarse los fenómenos sociales–, anuncia la llegada “inevitable” del socialismo por las contradicciones inherentes al capitalismo –pero presenta una evolución histórica no lineal sino a saltos– y define su ubicación del lado del materialismo –aunque critica al materialismo previo por no ser ni dialéctico ni histórico–. Es una exposición del marxismo que, según Krupskaia, no era habitual4: empieza con los desarrollos filosóficos y cuenta con apartados sobre la dialéctica y sobre los primeros capítulos de El capital (aquellos donde Marx “coqueteó” con Hegel, según declarara), que ya mostraban cierta delimitación con las visiones más mecánicas del marxismo. Además, las referencias a la “actividad política práctica”, tomada de las “Tesis sobre Feuerbach”, se encaminan a trazar la idea de socialismo y a definir al marxismo alrededor del problema estratégico, el de la “táctica encaminada al objetivo final”, sin lo cual, para Lenin, el marxismo sería “unilateral”5.

Es durante ese mismo período, de septiembre a noviembre de 1914, que Lenin aborda el estudio de la Ciencia de la Lógica de Hegel, y en los manuscritos conocidos como “Cuadernos filosóficos” dejará anotada una evaluación de la dialéctica y de Hegel que parecen alejarlo definitivamente de las concepciones de la II Internacional. De hecho en enero de 1915 escribe a los editores de la Enciclopedia consultando si es posible realizar agregados al apartado sobre dialéctica de su Esbozo.

 

Continuidades y rupturas

Las reflexiones de los “Cuadernos” no encontrarían lugar tampoco en la versión stalinizada del marxismo, que al mecanicismo de la II Internacional agregó nuevas tergiversaciones y las reprodujo ampliamente en manuales y ediciones amputadas de los clásicos marxistas. La recuperación de esos escritos en décadas posteriores de la mano de autores que rompían con el PC o que habían estado desde siempre enfrentados con el stalinismo, ha supuesto en cada caso una discusión sobre si el acercamiento a Hegel supondría una ruptura radical de Lenin con sus posiciones filosóficas previas. La de Dunayevskaya es una de las lecturas que más firmemente sostienen un cambio radical, incluyéndolo en una genealogía subjetivista para el marxismo que se iniciaría en Hegel6. Otra lectura difundida es la de Löwy7, más matizada, para la cual Lenin rompió con la II Internacional en el terreno político frente a la guerra, pero es recién con los “Cuadernosque romperá “filosóficamente”. Rees, en un libro dedicado a la tradición dialéctica en el marxismo8, reconoce la modificación de ciertas posiciones, pero desestima un corte entre un Lenin previo “objetivista” y uno “subjetivista” posterior. Más recientemente, la compilación Lenin reactivado9 incluye un apartado especial sobre sus posiciones filosóficas, con posiciones distintas. En todos los casos, no sólo se comparan los “Cuadernos” con su obra anterior, Materialismo y empiriocriticismo, sino que esta toma de posición está relacionada también a la defensa o crítica de otras posiciones políticas de Lenin, y a la construcción de genealogías donde se incluyen o excluyen a distintos representantes del marxismo clásico.

 

El desarrollo histórico y la teoría del conocimiento

Debe tenerse en cuenta, para no hacer correlaciones apresuradas, el contexto y el objetivo de estos dos textos de Lenin: el de 1908 es una discusión pública contra distintas vertientes del neokantismo; el tono polémico y muchas de las polarizadas posiciones postuladas se explican en este origen; Lenin tiende a hacer hincapié en los aspectos materialistas negados por sus oponentes más que en dar una visión acabada del materialismo histórico. Distinta será la situación de los “Cuadernos”, un estudio solitario de Lenin. Allí reivindica el “idealismo inteligente” del filósofo prusiano contra la ortodoxia de la II Internacional, que postulaba una concepción de la historia evolucionista y lineal, que entendía la metáfora de “base y superestructura” como una relación mecánica, y una paralela teoría del conocimiento como reflejo de la realidad en el pensamiento. Pero también significa un ajuste de cuentas con las lecturas del marxismo ruso en las que se había formado, sobre todo, las de Plejanov:

Plejanov critica el kantismo más desde el punto de vista del materialismo vulgar que desde el punto de vista del materialista dialéctico (…) Es completamente imposible entender El Capital de Marx, y en especial su primer capítulo, sin haber estudiado y entendido a fondo toda la Lógica de Hegel. ¡Por consiguiente, hace medio siglo ninguno de los marxistas entendía a Marx!10

Consideremos dos puntos centrales de la teoría marxista para los que Lenin encuentra una fuente en Hegel.

El primero es el desarrollo histórico, ya presente en el Esbozo, donde hablaba en términos dialécticos de una evolución “en espiral y no en línea recta; un desarrollo que se opera en forma de saltos, a través de cataclismos y revoluciones (…) tales son algunos rasgos de la dialéctica, teoría mucho más empapada de contenido que la (habitual) doctrina de la evolución”11. Lenin parece ya identificar que la revolución misma es un “salto en continuidad” por antonomasia; su borramiento y reemplazo por un evolucionismo armónico era una prueba de lo profundo que había calado el reformismo en la socialdemocracia (y que luego seguiría el stalinismo). En su lectura de Hegel, Lenin reforzará esta idea resaltando aquellos elementos que apuntan a explicar las rupturas, como las guerras y revoluciones que caracterizaban la época: “la gradualidad no explica nada sin los saltos. ¡Saltos! ¡Saltos! ¡Saltos!”12.

El segundo es el problema del conocimiento, y es donde más diferencias podrán encontrarse entre su libro de 1908 y los “Cuadernos”, que han llevado por ejemplo a que un epistemólogo antiempirista y dialéctico, como Rolando García, lo considere un constructivista avant la lettre13. En el libro de 1908 Lenin estaba atacando vertientes cuyo corolario era dictaminar la imposibilidad de conocer la realidad. Es frente a esta perspectiva que planteaba lo que considera un eje central de la concepción marxista: que la realidad preexiste al sujeto que la conoce. Dice: “Nuestras sensaciones, nuestra conciencia son sólo la imagen del mundo exterior, y de suyo se comprende que el reflejo no puede existir sin lo reflejado, mientras que lo reflejado existe independientemente de lo que lo refleja”14. Si bien a lo largo del libro hacía hincapié en la práctica como verificación de la verdad de los conocimientos, y diferenciaba el idealismo subjetivista neokantiano del idealismo hegeliano, la tradición que defendía para el marxismo era la que seguiría una línea trazada entre Feuerbach y Plejanov, mientras reafirmaba, aun con algunos matices, la teoría del reflejo como la concepción propia del marxismo. Esta adscripción, que poco tenía que ver con las elaboraciones de Marx, será lo que se modificará notablemente en los “Cuadernos”. Allí encontramos un lugar preferencial otorgado a Hegel entre los antecedentes del marxismo, amén de las críticas que por “traición a su propio método” no deja de endilgarle.

Debe señalarse que Lenin no renuncia a la insistencia en una realidad que precede al sujeto cognoscente: “Hegel ocultó por completo lo principal: la existencia de las cosas FUERA de la conciencia del hombre e INDEPENDIENTEMENTE de ella”15. Es por ello que la noción de reflejo reaparece, pero como mediado y dialéctico:

El reflejo de la naturaleza en el pensamiento del hombre debe ser entendido no “en forma inerte”, no “en forma abstracta”, NO CARENTE DE MOVIMIENTO, NO SIN CONTRADICCIONES, sino en el eterno proceso del movimiento, en el surgimiento de las contradicciones y su solución16.

Pero lo que encuentra en Hegel y le permite relacionar dialécticamente el conocimiento con la realidad, será la noción de práctica: “en Hegel la práctica sirve como un eslabón en el análisis del proceso del conocimiento (…) Marx se sitúa claramente al lado de Hegel cuando introduce el criterio de la práctica en la teoría del conocimiento”. La práctica que Hegel destaca en el relato de las categorías epistemológicas desarrollándose históricamente impresionan a Lenin, quien anota: “La conciencia del hombre no sólo refleja el mundo, sino que lo crea (…) Es decir, que el mundo no satisface al hombre y éste decide cambiarlo por medio de su actividad”17.

Esto sin duda va en el sentido de la segunda “Tesis sobre Feuerbach” que señalaba la importancia del “lado activo” desarrollado por Hegel. La praxis no es sólo la forma de comprobación de nuestro conocimiento en la realidad, sino también un determinado “trabajo” realizado por el sujeto cognoscente sobre ella. Este eje puesto en la praxis da por tierra con la teoría del reflejo propiamente dicha. Si la realidad no es una mera suma de partes sino una totalidad contradictoria, de saltos y rupturas, de procesos de cambio y lucha entre contrarios, no puede “reflejarse” sin más en nuestros pensamientos.

Para conocerla es necesaria tanto la abstracción que capta los elementos que en ella permanecen difusos, como la restitución concreta de la totalidad del proceso en la dinámica histórica. Solo así es posible asir la rica realidad en sus determinaciones. Desde esta perspectiva Lenin destacará otras dicotomías reelaboradas por Hegel, como esencia/apariencia o cantidad/calidad.

Si esta práctica particular no puede basarse en el reflejo, tampoco debe, al modo de Hegel, identificar “lo objetivo” y “lo subjetivo”, eliminando así la lucha entre contrarios que daban vida al proceso en movimiento que rescataba Lenin; esto es algo que también se ocupará de subrayar. Podemos concluir entonces que, si respecto a la evaluación de la ortodoxia de la II Internacional la lectura de Hegel fue decisiva, ella tampoco permite –como tampoco lo hacen los entusiastas comentarios de Marx en su momento–, identificar al marxismo con una especie de “hegelianismo radicalizado”.

El estudio de la dialéctica hegeliana le sirvió a Lenin para defender un materialismo que, como ya había destacado en su Esbozo, a diferencia del materialismo vulgar, tuviera un fundamento dialéctico e histórico. Tanto es así que años después, saludando la formación de una revista teórica en la URSS, Lenin aboga por que los miembros de la misma se constituyen en una “sociedad de amigos materialistas de la dialéctica hegeliana”18.

 

Teoría y práctica

Rememorando cómo Lenin enfrentó la crisis de 1914, Krupskaia menciona que sus estudios tenían como objetivo “transformar la filosofía en una guía concreta para la acción”. Los marxistas revolucionarios han apelado en muchos casos a esta fórmula, pero ella no debe entenderse como un pragmatismo utilitario que provea una teoría abstracta en la que encajar las novedades históricas; la teoría no será un lugar de donde tomar recetas aplicables a toda situación, sino un desarrollo que pueda servir de “puente” entre la práctica previa, la actual y la futura.

La definición de puente es de Trotsky, quien reconoce que la práctica es donde la teoría se engendra y a la que intenta generalizar, pero insiste en que señalar el carácter histórico de la teoría no significa considerarla un mero reflejo, al modo empirista, de las condiciones en que se desarrolla. En ese sentido, elige definir los desarrollos teóricos de Marx y Lenin utilizando términos “militares”:

La teoría, al contrario de lo que dice Stalin, no toma forma en alianza inseparable con la práctica corriente. Se eleva por encima de ella y no es más que por eso que tiene la capacidad de dirigir una táctica indicando, además de las tareas actuales, los puntos de referencia en el pasado y las perspectivas para el porvenir19.

La tradición marxista revolucionaria otorga a la teoría un lugar destacado en su práctica política, a la vez que busca que esta teoría no pierda su lazo con sus objetivos estratégicos. El marxismo entiende la teoría no sólo como explicación y análisis de lo existente, sino también como prefiguración de una práctica capaz de forjar lo posible.

 

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1. Carta citada en Paret (ed.), Makers of Modern Strategy, Princeton, Princeton University Press, 1986, p. 265.

2. Neumann y von Hagen por ejemplo ubican la dinámica de la teoría marxista alrededor de la posibilidad de hacer de la revolución una realidad (en Paret, ob. cit., p. 262). Aron señala que es en la relación entre teoría y práctica donde se encontraría el centro filosófico del pensamiento de Marx (El marxismo de Marx, Madrid, Siglo XXI, 2010, p. 64).

3. Collected Works vol.43, Moscú, Progress Publishers, 1969.

4. “The years of war” en Reminiscenses of Lenin, New York, International Publishers, 1970.

5. El racconto tiene similitudes con el de Trotsky en “Tendencias filosóficas de la burocracia” (Escritos filosóficos, Bs. As., CEIP, 2004), que tampoco era el habitual y también rumbeaba hacia una discusión de estrategia y la relación entre teoría y práctica.

6. Filosofía y revolución, México, Siglo XXI, 1989. Kevin Anderson, seguidor de Dunayevskaya, ha realizado un estudio sobre la recepción de los “Cuadernos” en el “marxismo occidental” en Lenin, Hegel and Western Marxism (Chicago, University of Illinois Press, 1995).

7. Dialéctica y revolución, México, Siglo XXI, 1975.

8. The algebra of revolution, Londres, Routledge, 1988.

9. Madrid, Akal, 2010. Los textos originales son de 2001 o posteriores.

10. Obras completas, Tomo XLIII, Moscú, Progreso, 1987, pp. 171/2.

11. Ibídem, Tomo XXI, ob. cit.

12. Como mencionamos, las lecturas de estos textos implican también ciertas conclusiones políticas. Esta apelación a los “saltos” ha sido tomada por Bensaïd, por ejemplo, para fundamentar una autonomización de la política y la capacidad de saber “aprovechar el momento”, buscando justificar una política oportunista y desligada del trabajo preparatorio en el movimiento obrero, que ya hemos discutido en Gutiérrez,

“Sobre la actualidad de la ‘apuesta leninista’”, Lucha de Clases 6, 2006.

13. Ver IdZ 8.

14. Materialismo y empiriocriticismo, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1975, p.74.

15. “Cuadernos”, ob. cit., 273.

16. Ibídem, p. 185.

17. Ibídem, pp. 200/1.

18. “Sobre el significado del materialismo militante”, Obras completas Tomo XXXIII, ob. cit.

19. “Tendencias…”, ob. cit., p. 174.

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