Trump: la caída del relato neoliberal

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La victoria de Trump ha sido objeto en las últimas semanas de diversos análisis sobre sus causas y posibles efectos. En este dossier, además de las reflexiones de Claudia Cinatti y Celeste Murillo, del staff de la revista, contamos con las contribuciones de distintos intelectuales y referentes de izquierda que viven en Estados Unidos y Gran Bretaña que ofrecen sus propias miradas, con las que no necesariamente coincidimos, al debate sobre este fenómeno que ha conmovido el tablero político a nivel internacional: Mike Davis, Tariq Ali, Kshama Sawant, Bhaskar Sunkara y Daniel James.

Número 35, noviembre-diciembre 2016.

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CLAUDIA CINATTI

 

 

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Mucho se ha escrito para digerir la avalancha conservadora que tiñó de rojo republicano el mapa de Estados Unidos. Probablemente ni los guionistas de House of Cards tengan la imaginación suficiente como para proyectar el futuro de la Casa Blanca. La transición ya echó a andar desde la Trump Tower, con un fuerte sesgo conservador y de derecha.

 

El “Brexit moment” de Estados Unidos

Los grandes medios corporativos, que militaron para Hillary Clinton, recurrieron a la metáfora del “cisne negro” para explicar el desconcertante triunfo de Donald Trump. Pero cuando los “cisnes negros” salen en bandada, como ocurrió este año –el triunfo del Brexit, las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el ascenso del UKIP, del Frente Nacional y de otras variantes de la extrema derecha europea–, la teoría de la rara avis pierde valor explicativo. Aunque hay particularidades nacionales y muchas razones combinadas –económicas, pero también étnicas, religiosas, de género, geográficas, culturales, etarias–, las causas eficientes de la irrupción de esta suerte de “internacional populista” de derecha existen desde hace rato. Hay que buscarlas en las condiciones de polarización social creadas por la crisis capitalista de 2008 que tuvo su epicentro en los países centrales. Y, más en general, en las décadas de globalización y neoliberalismo que dejaron como saldo una desigualdad obscena y crearon un puñado de grandes ganadores –corporaciones y bancos– y una multitud demasiado numerosa de perdedores. Entre estos últimos se cuentan, fundamentalmente, las clases medias con nivel educativo bajo o medio, de la que también se han sentido parte sectores de trabajadores industriales, fracciones del capital no globalizado, microemprendedores y pequeños explotadores que se sienten impotentes ante fuerzas que no manejan y, como rezaba la consigna de la derecha pro-Brexit, quieren “recuperar el control”. Este conglomerado social heterogéneo es el que está detrás de la revuelta contra el “establishment” y los partidos tradicionales –conservadores, socialdemócratas o liberales– que conformaron el “extremo centro” [1] del consenso neoliberal, para usar la acertada categoría de Tariq Ali.

En la larga campaña electoral norteamericana que comenzó con las primarias de ambos partidos, este repudio a la casta política tuvo múltiples expresiones: la altísima impopularidad tanto de Trump como de Hillary, la explosión del fenómeno juvenil que se manifestó en la candidatura de Sanders, la baja asistencia a las urnas y también los casi 7 millones de votos que recibieron los terceros partidos, entre ellos el Partido Verde, que se presentó como una alternativa por izquierda. Esta votación a terceros partidos triplica la de 2012 y estuvo concentrada sobre todo en los millennials.

Trump perdió el voto popular por un margen que no tiene precedentes históricos. La diferencia a favor de Hillary podría terminar cercana a los 2 millones de votos. El antecedente más próximo es el de George W. Bush, que perdió la elección popular con Al Gore por 540.000 votos en el año 2000, aunque fue ungido presidente por una decisión de la Corte Suprema. Esto muestra el carácter profundamente antidemocrático del sistema político norteamericano, que le da un peso desproporcionado a las zonas rurales en el Colegio Electoral.

Aunque ahora sea una anécdota, muestra hasta qué punto están podridas las bases del bipartidismo. Resumiendo, más que la última de una serie de sorpresas desagradables, el triunfo de Trump confirma y profundiza la tendencia a la crisis orgánica que viene manifestándose en los países centrales a partir de la Gran Recesión de 2008, y puede ser leído como esos “fenómenos aberrantes” de los que hablaba Antonio Gramsci, que surgen en situaciones intermedias cuando lo viejo no va más y aún no están claros los contornos de lo nuevo. Este cambio de rumbo de la política norteamericana anuncia que se han abierto tiempos extraordinarios, una situación en la que están inscriptas mayores tensiones interestatales, guerras comerciales, conflictos militares, agudización de la lucha de clases y respuestas burguesas como mínimo cesaristas.

 

El gobierno y el mundo que vienen

El solo hecho de que haya accedido a la presidencia de la principal potencia mundial un multimillonario xenófobo que coquetea con el proteccionismo y el nacionalismo, es una muestra de que el orden neoliberal comandado por Estados Unidos, que tras la desaparición de la Unión Soviética auguraba el reinado del libre mercado y la globalización sin alternativas (el fallido “fin de la historia”), está siendo dinamitado desde adentro.

Ni los aliados ni los enemigos y competidores de Estados Unidos saben muy bien qué esperar cuando el próximo 20 de enero Trump se convierta formalmente en el 45° presidente norteamericano y los republicanos pasen a controlar la suma del poder estatal.

El establishment, ese “inquieto club de ejecutivos, generales y políticos”, como lo definía Howard Zinn, que casi en su totalidad jugó a favor de la continuidad que expresaba Hillary Clinton, pasó del shock inicial al pragmatismo. Todas las señales políticas indican que el sistema bipartidista parece dispuesto a metabolizar el “fenómeno Trump” y bajarle la intensidad de “apocalipsis” a una más modesta “presidencia de transición”.

No está dicho que no lo logren. Pero es muy probable que la gobernabilidad requiera de una compleja negociación entre la colección de fracciones y grupos de interés que componen el Partido Republicano, dentro del cual han perdido la hegemonía los conservadores moderados a favor de la (extrema) derecha racista, sexista, xenófoba, homofóbica.

Quizás la adrenalina de haber vuelto a la Casa Blanca y la necesidad de influir sobre las decisiones del próximo presidente hagan que el Grand Old Party deje atrás el #NeverTrump y rodee al magnate. Junto a supremacistas raciales y miembros de la llamada “alt-right” [2], varios nombres tradicionales del Partido Republicano ya resuenan para integrar el próximo gabinete: Newt Gingrich, el autor de la “revolución conservadora” de 1994; R. Giuliani, el alcalde policial de la “tolerancia cero” de la ciudad de Nueva York, Reince Priebus, el presidente del partido. Generales retirados e incluso conservadores moderados como M. Romney desfilaron por la Trump Tower desde donde el empresario está comandando la transición y gestando su gobierno. Incluso los “neocon”, la fracción de los halcones más refractaria al liderazgo de Trump y más cercana a Hillary Clinton en política exterior, también buscan infiltrarse en el armado de la nueva administración. Aunque parezcan visiones difíciles de conciliar, no hay una muralla entre el aislacionismo selectivo que pregona Trump y el unilateralismo que profesaron los neocon bajo los dos gobiernos de Bush. Ambos consideran que hay que redefinir el rol de las instituciones de la “comunidad internacional” como las Naciones Unidas y la OTAN, a las que perciben como obstáculos relativos para la realización del interés nacional norteamericano.

La apuesta del “mainstream” es que la presidencia de Trump esté dentro de los parámetros de un gobierno republicano innovador, a lo Ronald Reagan. Y un aspecto de esto tiene. En un sentido el “trumpismo” podría definirse como la “reaganomics” (baja de impuestos a los ricos, desregulación y tasas de interés más altas) más medidas proteccionistas. En el plano interno, la reindustrialización es una quimera, pero Trump parece decidido a que retorne al país una porción del capital norteamericano que está afuera. Tiene para ofrecer en la negociación una baja del impuesto corporativo, del 35 al 15 %, desregulaciones y otros recortes como la derogación del llamado “Obamacare”, que liberaría a los empresarios de los costos del sistema de salud. Hasta ahora lo único más concreto es un plan de obras de públicas. No parece ser aún suficiente para equiparar los beneficios de las deslocalizaciones hacia zonas de bajos salarios.

Nadie puede arriesgar a ciencia cierta cuál será el camino para “Hacer grande nuevamente a Estados Unidos”. Pero lo que ya se puede dar por descontado es que un porcentaje de los eslóganes de campaña de Trump no serán solo demagogia electoral. Varios analistas consideran que este giro brusco de la política norteamericana tiene el potencial de producir cambios geopolíticos y económicos equivalentes a la caída del muro de Berlín de 1989, aunque de signo contrario.

Está claro que la política exterior de Trump va a significar un cambio de rumbo con respecto a Obama, que llevó adelante una política de “centro” para recomponer el liderazgo mundial de Estados Unidos que privilegiaba la diplomacia para disminuir la exposición militar directa y dar por superada la derrota de la estrategia militarista y unilateral de Bush y los neocon, que llevaron a las guerras y ocupaciones de Irak y Afganistán.

En los mensajes oficiales sobre lo que podrían ser sus primeros 100 días de gobierno, el presidente electo anunció medidas ya conocidas: retirar a Estados Unidos del Tratado Transpacífico y renegociar los términos del TLC con México y quizás también de la OMC, con la amenaza de abandonar los acuerdos si no son más favorables para Estados Unidos. Buscar la cooperación de Rusia para combatir al ISIS y encontrar una salida para la crisis en Siria, lo que supone la continuidad de Assad. Renegociar con los aliados un mayor aporte al financiamiento de la OTAN

y condicionar las bases que Estados Unidos tiene en otros países como Japón y Corea del Sur. En el Medio Oriente la política pareciera ser reafirmar las sociedades tradicionales como la que Estados Unidos tiene con Israel y las monarquías del Golfo, lo que podría llevar a repudiar o al menos replantear el acuerdo con Irán.

La relación con Rusia y China sigue siendo terreno de especulación. Parece difícil que Trump pueda cambiar lo que fue una política de Estado durante las últimas dos décadas, marcadas por la hostilidad hacia Rusia. En última instancia esta estrategia obedece a un interés fundamental de largo plazo que es la reducción de Rusia al estatus semicolonial. Pero las declaraciones amistosas de Trump hacia Putin ya están causando nerviosismo en los países bálticos y de Europa del Este que se incorporaron a la OTAN y están en la primera fila del despliegue misilístico de Occidente contra Rusia.

Algunos se inclinan por que Trump tendrá una política más dura pero en el terreno de la negociación y otros ponen el eje en que no se pueden descartar aventuras. Las apuestas están abiertas. Pero en condiciones de ascenso de nacionalismos varios, de perspectivas de guerras comerciales o al menos de competencia aguda, y de deterioro persistente de la hegemonía norteamericana, cualquier acción unilateral de Estados Unidos pueden derivar en crisis de magnitud impredecible. Para esto parece estar preparándose el mundo.

 

Bonapartismo, fascismo y el debate de la izquierda

El contenido concreto social y político del fenómeno Trump aún es tema de debate. De todos los recortes posibles de la composición del voto de Trump, lo que ha recibido más atención es el voto de un porcentaje inesperado de mujeres, dada la misoginia manifiesta del nuevo presidente, y sobre todo el voto de sectores de la vieja clase obrera industrial blanca –los rednecks o, como también se lo llama, el “trumpenproletariado” caracterizado por su atraso político y cierta sensibilidad al racismo y la xenofobia. Conviene analizar más de cerca este fenómeno.

Es un hecho que en los swing states la gran mayoría de los trabajadores de “cuello azul” fueron interpelados por la demagogia de Trump, que hizo como nunca campaña en el “Rust belt” con la promesa de restaurar los puestos de trabajo perdidos. Y contra todo pronóstico, fue expansivo más allá del electorado republicano tradicional. Pero el núcleo duro de la base social “trumpista” está fundamentalmente en los pequeños empresarios y cuentapropistas, que a diferencia de las grandes corporaciones no se benefician con los tratados de libre comercio y las importaciones y, por lo tanto, son sensibles a los discursos que combinan el proteccionismo económico con el programa tradicional republicano-reaganiano de la baja de impuestos y la eliminación de regulaciones estatales (entre otras el sistema de salud, que bajo la legislación actual están obligados a solventar en parte). Como dice una interesante nota publicada en Jacobin, más que una revuelta de los asalariados, Trump representa la “revancha del plomero Joe” [3], el activista conservador que increpó a Obama en Ohio en las primarias de 2008 y se transformó en el símbolo de la frustración de la pequeña burguesía.

A pesar de haber obtenido un porcentaje mayor que el de Reagan en los hogares donde al menos hay un afiliado a los sindicatos, Trump combatió activamente la sindicalización como empresario y asume con una clara política antisindical, típica del Partido Republicano, que incluye reforzar las leyes del “derecho al trabajo” y derogar las escasas normativas de la era Obama, lo que prácticamente equivale a prohibir los sindicatos en el sector privado y escalar el ataque sobre los sindicatos de los trabajadores públicos [4].

La emergencia de Trump abre un amplio debate estratégico en la izquierda. Varios intelectuales liberales, de izquierda y socialdemócratas, en todo el mundo, arriesgan sus definiciones.

J. Habermas define a Trump como parte de la oleada populista, como una suerte de ruptura de la racionalidad política. Para el sociólogo polaco Z. Bauman estamos ante la emergencia de un “líder decisionista”, retomando la definición clásica de Carl Schmitt del poder soberano que tan bien explicó las primeras etapas del nazismo. Para Alain Badiou se trata de una suerte de “fascismo democrático”, una contradicción en los términos que el filósofo francés resuelve a su manera, diciendo que es dentro del sistema democrático y sin enfrentar a los enemigos que el fascismo enfrentó en los ‘30, el movimiento obrero y los partidos comunistas. Por lo demás, abundan las referencias al 18 Brumario o las analogías con las elecciones alemanas de 1933 para dimensionar la potencialidad reaccionaria del triunfo de Trump.

En sentido estricto Trump expresa más el giro hacia un régimen más bonapartista y autoritario que la emergencia inmediata del fascismo, pero sin dudas contiene elementos fascistizantes, como el KKK y los grupos supremacistas de la “alt-right”, en un marco en el que ya existe de hecho una guerra civil larvada contra la población afroamericana.

Como sucedió con el Brexit, una parte minoritaria de la izquierda partidaria y de intelectuales progresistas ponen el eje en que en última instancia, el triunfo de Trump tiene su costado positivo porque puede desestabilizar a la clase dominante, y expresa crudamente el carácter despótico del poder capitalista. Estos sectores tienden a disminuir el hecho de que franjas importantes del proletariado optaron por un “salvador”, un multimillonario racista y xenófobo que promete restaurar el poderío del imperialismo norteamericano.

El gobierno de Trump será un gobierno del ala derecha de la burguesía, no le devolverá a los trabajadores sus empleos y sus salarios perdidos y atacará conquistas democráticas como el derecho al aborto. Su triunfo ya ha envalentonado a grupos rancios de la extrema derecha.

Sin embargo, sería incorrecto afirmar que el único fenómeno es un giro uniforme y unidireccional hacia la derecha. Existe un neoreformismo que, como mostró la subordinación de Sanders al Partido Demócrata, es impotente frente al ascenso de la extrema derecha.

Lo más auspicioso es el proceso de movilizaciones que empezaron la noche misma de la victoria de Trump. Decenas de miles de jóvenes, trabajadores, estudiantes, mujeres salieron a las calles o tomaron los campus universitarios, para decir que no van a permitir deportaciones de inmigrantes indocumentados y que van a resistir.

La clase obrera no se ha recuperado de la derrota de los años de Reagan, pero en los últimos años han surgido nuevas formas de lucha y organización, como el movimiento Black Lives Matter, el movimiento por el salario mínimo y las huelgas de los fast foods y grandes cadenas de supermercados, sin contar el movimiento antiguerra, Occupy Wall Street y antes, el movimiento No Global que estalló en Seattle en 1999. Trump representa el peligro de una ruptura entre la clase obrera y sus aliados de las minorías afroamericana, inmigrantes y las mujeres.

Por eso lo que está a la orden del día es la construcción de un “tercer partido” que tiene que ser de izquierda, obrero y revolucionario, para poder levantar un programa que unifique las fuerzas de los explotados y los oprimidos tanto dentro como fuera de Estados Unidos contra el capital. El reloj ya está en marcha.

 

Notas

  1. Tariq Ali, El extremo centro, Alianza Editorial, 2015. En un sentido similar, Peter Mair había hecho un análisis profundo de la crisis de los partidos tradicionales y de la democracia capitalista más en general a partir de la caída del muro de Berlín y su relación con el surgimiento de la “antipolítica”. Ver: “Rullying the Void? The Hollowing of Western Democracy”, NLR 42, 2006.
  2. La llamada “alt-right” (derecha alternativa) es un conglomerado laxo y heterogéneo de grupos e individuos de extrema derecha que defienden la “identidad blanca” y la “civilización occidental” y se oponen al establishment conservador tradicional. Steven Bannon, nombrado por Trump como su asesor principal, está acusado de pertenecer a este grupo.
  3. M. McCarthy, “The Revenge of Joe the Plumber”, Jacobin, 26 de octubre de 2016. Si se tiene en cuenta que hay unos 30 millones de empresas pequeñas que emplean a más de la mitad de los trabajadores, se comprende el peso específico de este sector.
  4. R. Verbruggen, “Trump and the Unions”, The American Conservative, 20 de noviembre de 2016.

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LOS MUERTOS VIVOS

MIKE DAVIS

 

Finalmente creo que he logrado entender por qué estamos tan obsesionados con los zombies. La mortaja desecha, el crujido en la maleza, las  apariciones vaporosas vistas desde Poccatello hasta Lago Wobegone, el ejército fantasmal de admiradores… Fuimos advertidos con anticipación de que estaba de regreso pero no fuimos capaces de prestar atención. En vísperas de navidad la “nueva” Biblioteca Nixon lanzó una costosa campaña de promoción en los diarios, invitándonos a “descubrir cómo sigue moldeando nuestro mundo el legado de Nixon”. Él era el héroe, sostiene el anuncio, que “protegió el ambiente… terminó con la segregación en las escuelas, puso fin a la guerra de Vietnam”. La biblioteca llama a que “compre los tickets ahora”.

Casi sesenta millones de nuestros conciudadanos lo han hecho. Algunos hicieron fila durante décadas, no saciados por los años de Reagan y Bush, esperando por una revancha que sea más fría y más cruel. Otros –policías, soldados, vicedirectores, muchachos de fraternidad, maridos tradicionales– anhelan un anticuado talón de hierro que mantenga a raya a los de color y a las mujeres. Pero trágicamente, muchos, vapuleados y despreciados por las élites demócratas y republicanas, sencillamente sienten curiosidad sobre qué hay dentro de la Caja de Pandora o, más bien, de la tumba de Nixon. Eventualmente descubrirán, como lo hicieron los míticos “hard hats” de los años ‘70 [una referencia a los cascos de trabajo que usados por numerosos obreros industriales; N. de R.], que el nacionalismo blanco es una dosis final de veneno para el corazón, no Viagra para las chimeneas fabriles.

Si el trumpismo parece muy empobrecido y áspero como para constituir un verdadero avatar de la coalición Nixon, los invito a leer las obras compiladas de Pat Buchanan [asesor de la presidencia Nixon y aspirante neoconservador para la candidatura republicana a la presidencia durante los años ‘90; N. de R.]. Trabajó cuarenta años duramente traer a Nixon nuevamente a la vida –o más bien a su propia idealización del Nixon esencial (sin Kissinger)– en una candidatura presidencial basada en el nativismo, el nacionalismo económico y el neoaislacionismo. Sus propios intentos para la nominación republicana en los ‘90 generaron repetidas chispas que dio aires al racismo sureño y el antisemitismo del Medio Oeste, pero su fanatismo resultó muy radioactivo para los neoconservadores alrededor de la dinastía Bush.

Desde la perspectiva de la elección de 2008, la melancolía de Buchanan por la edad dorada en la que escribía los discursos de Nixon, trabajando con Daniel Moynihan y Kevin Philips para convertir una incipiente revuelta blanca en una “nueva mayoría republicana”, parecía poco más de un afiebrado clamor desde el hogar de los envejecidos reaccionarios. Aún más oscura –al menos para cualquiera menor de 90 años– resultaba su incesante invocación del slogan de “América primero”; el slogan del movimiento aislacionista de 1939-41 que unió brevemente a pacifistas y socialistas como Norman Thomas con admiradores abiertos del régimen nazi como Charles Lindbergh.

Sin embargo la narrativa arcaica que Buchanan coadyuva, junto con el Nixon demoníaco que conjura desde la oscuridad, de repente se convirtieron en el guión embrujado para el mayor malestar político en la historia norteamericana. Ya sea que Trump haya sido directamente adiestrado por Buchanan o solo vibre espontáneamente en la frecuencia exacta, la coincidencia de ideas es extraordinaria.

“¿Qué ha forjado Trump?”, se preguntó el blog de Buchanan el día antes de la elección. “Trump no creó las fuerzas que empujaron su candidatura. Pero las reconoció, entró en conexión con ellas y liberó un yacimiento de nacionalismo y populismo que no se va a disipar pronto”. ¿El establishment republicano? “La dinastía [Bush] está tan muerta como los Romanov”.

También están muertos, dice Buchanan, los estándares tradicionales de la democracia. Admite de inmediato que Trump mintió y matoneó en su camino hacia la nominación y ahora hacia la presidencia. “‘¿Por qué?’, se pregunta un establishment alarmado. ¿Por qué, a pesar de todo esto, el apoyo a Trump se mantuvo? ¿Por qué el pueblo americano no respondió como lo habría hecho en otros tiempos? La respuesta: somos otro país, un país de ellos-o-nosotros”.

Los “países de ellos-o-nosotros” son tradicionalmente, por supuesto, el suelo fértil para el fascismo. La opinión experta se autoengañó respecto de la incoherencia de las propuestas de Trump, descartando que fuera una armazón seria para una política. Pero tienen sentido y resultan muy peligrosas en el dialecto de la Nixolandia de Buchanan. La resistencia necesita leer al original.

Traducción: Esteban Mercatante.

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LA VICTORIA DE TRUMP: UNAS PRIMERÍSIMAS REFLEXIONES

TARIQ ALI

 

1. Una gran derrota para el extremo centro liberal del establishment. Leamos a Friedman, Krugan en el New York Times y a Freedland en The Guardian para una pena virtualmente idéntica: resulta una lectura muy graciosa. La Convención Nacional Demócrata decidió arrojar excremento a Sanders durante las primarias. El efecto búmeran es ahora visible a todos. La cara de Podestá (jefe de campaña de Clinton), está cubierto en él… Fue una decisión desastrosa. Y quienes escoltaron a Clinton a la tumba en los medios liberales contribuyeron a alcanzar este resultado con su casi acrítico apoyo a la candidata. Una boleta Sanders/Warren habría derrotado a Trump. Fue eficazmente saboteada, y Warren se decidió por el harakiri en el altar de Clinton.

2. Se trató de una masiva condena a la presidencia de Obama. Si Clinton perdió la presidencia, Obama perdió el Senado. Toda la autofelicitación de la Casa Blanca de Obama sobre cómo había enderezado el país después de 2008 nunca fue creíble. Tampoco las siete guerras (cuéntenlas) y los ataques diarios de drones por los que es responsable. Era el amigo de Wall Street. El precio es la presidencia Trump.

3. Muchos trabajadores blancos que votaron por Obama no votaron por Clinton. Él los traicionó y ella no ofreció nada nuevo. Nada. Incapaz de agradar o generar confianza, ya que lo que ella quería era poder. Esto era tan obvio de la máscara simplemente no funcionó.

4. La izquierda estadounidense carece de partido político desde los tiempos de Eugene Debs. Para enfrentar a Trump deberán romper la encerrona que entra en efecto en cada elección. Pero es probable que no lo hagan. Si el “fascismo” ganó la Cámara de Representantes, el Senado y la Casa Blanca, entonces un frente popular con el Wall Street “progresivo” parece inevitable.

 

Traducción: Esteban Mercatante.

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LA REVITALIZACIÓN DE LA IZQUIERDA VENDRÁ JUNTO CON LA DE LA CLASE OBRERA

BHASKAR SUNKARA

 

Creo que el Partido Republicano está más fragmentado que el Partido Demócrata, y que los demócratas van a poder montar cierta oposición a Trump. Los demócratas van a usar el liderazgo de Obama, que es bastante popular, para hacer esto durante los próximos cuatro años.

En el Partido Republicano hay fisuras muy profundas. Incluso George W. Bush dijo que no podía votar a Trump. Toda una generación de líderes y antiguos candidatos a presidente del Partido Republicano repudiaron a Donald Trump, el partido está muy dividido.

Todos los sectores importantes del capital de EE. UU. apoyan a Clinton, entonces es real mente increíble estar viendo el triunfo de Trump.

Todo grupo de electores progresistas en este país, todo sindicato, todo grupo por los derechos de los inmigrantes, todos los votantes de centroizquierda apoyaron a Hillary Clinton. Los sectores más importantes del capital apoyan a Hillary Clinton, pero, sin embargo, esta coalición de Trump, construida sobre las espaldas de lo que llamamos la pequeña burguesía logró ganar. Es una hazaña increíble.

El demócrata partidario de Sanders surgió y presentó una tendencia viable contra el trumpismo. Creo que el liberalismo del centro nos ha fallado y necesitamos desarrollar una política a la izquierda del liberalismo.

Dicho eso, no creo que la situación beneficie a la izquierda. No estoy bailando sobre la tumba del liberalismo. Creo que la derrota del 8 de noviembre es una derrota para todas las fuerzas progresistas, incluso para los que estamos muy a la izquierda de Hillary Clinton.

Hemos visto con Sanders y con estos movimientos sociales que tenemos el potencial de una mayoría social. De hecho, cuando podemos expresar nuestras ideas, por lo menos con una plataforma democrática amplia, la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con nosotros.

La mayoría prefiere esa política a la política de odio y miedo y todo lo demás que ofrece Trump. Entonces, esa es la buena noticia. La mala noticia es que en cuanto a la infraestructura, a los partidos y a las organizaciones, la izquierda está totalmente desconectada de la base social.

El único vehículo que tenemos para llegar a las masas populares, la única fuerza con las dimensiones y los recursos para hacerlo es el movimiento obrero organizado que en Estados Unidos, por supuesto, es notoriamente burocrático y está desconectado de la presión de las bases. Sé que suena muy trillado, pero creo que parte de la revitalización de la izquierda tiene que ocurrir a través de la revitalización del movimiento obrero y de las luchas de la base, y con acciones que construyan una base para la izquierda en las comunidades de la clase trabajadora.

Extractos de la entrevista realizada en La Izquierda Diario TV. La versión completa pude leerse en www.laizquierdadiario.com.

 

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CONSTRUIR UN MOVIMIENTO CONTRA EL ESTABLISHMENT DEMÓCRATA Y REPUBLICANO

KSHAMA SAWANT

 

Antes que nada creo que es importante mostrar solidaridad con las comunidades que fueron objetivo del odio de Trump. El segundo paso es entender por qué pasó esto. Pienso que la trágica ironía es que el 61 % que lo votó dice que no le gusta o confía en él. A pesar de esto, Trump ganó la elección. La conclusión de eso es que no toda la gente que votó a Trump es racista, misógina y antiinmigrante. Lo que refleja esto es un grito contra el dominio de la casta política y la razón por la cual Clinton no le pudo ganar a un misógino, un monstruo sexista, es porque ella es un epitome de ese statu quo odiado por la clase trabajadora que fue traicionada por décadas.

Si el establishment demócrata hubiera elegido a Bernie Sanders como candidato, no tengo dudas de que como mínimo hubiera hecho una enorme carrera electoral, y también sé que muchos que apoyaron a Bernie hoy están diciendo que si Sanders hubiera sido el candidato, no estaríamos en esta situación.
La gente ahora está triste y con miedo, y siento que tenemos que ser comprensivos y entender que muchos de esos miedos son genuinos, pero también tenemos que canalizarlos en acciones y construir un movimiento de masas con las conclusiones de esta experiencia.
La conclusión es que a menos que construyamos movimientos progresivos de masas, que construyamos la izquierda, independientes del establishment de los republicanos y los demócratas, no solo no vamos a poder derrotar la agenda de la derecha sino que ésta seguirá creciendo.
El hecho de que haya una búsqueda de los estadounidenses de una alternativa que esté lejos de lo que haya habido hasta ahora, habla de que la gente está cuestionando el sistema. Debemos reconocer que en este momento hay que levantarse, la izquierda tiene que levantarse junto con el movimiento obrero, los socialistas tienen la responsabilidad de enfrentar y construir los movimientos masivos, pero no de manera abstracta, contra el racismo, contra la violencia policial, junto a Black Lives Matter, contra el gasoducto de Dakota del Norte, por los 15 dólares la hora de salario mínimo, en todo el país, por el derecho al aborto. Si queremos derrotar la agenda de la derecha, también debemos enfrentar la agenda de Wall Street.
La conclusión es que a menos que reconozcamos que debemos construir un movimiento masivo independiente contra el establishmnet demócrata y republicano, no vamos a tener éxito.
Extractos de la entrevista realizada en La Izquierda Diario TV. La versión completa pude leerse en www.laizquierdadiario.com.

2 comments

  1. Zizi 10 Enero, 2017 at 16:23 Responder

    Tú no resides en EE.UU, ni eres Estadounidense, solo eres una simple argentina cuyos métodos para desacreditar al primer mundo y a nuestro Sr presidente de Los Estados Unidos de Norteamérica, son invalidados por todo ser inteligente.
    Ocúpate de la corrupción del ex gobierno, y la corrupción de los anteriores del INTA, qué-según me han informado desde allí, un ciudadano de la zona investiga el tema.
    La politización del INTA
    Así las cosas, el notable aumento presupuestario que le fue asignando el Gobierno nacional (en 2003 era de $ 100 millones y hoy supera los $ 2000 millones) terminó convirtiendo al INTA en una jugosa caja de fondos públicos que muchos políticos se pelean por manejar.En dichos centros, la planta de empleados también ha aumentado de manera notable, y en algunos casos se habla de “acomodos” y “contactos”, esos dos vicios que el empleo estatal argentino, lejos de superar, profundizó en los últimos tiempos.
    En lo que no se escatimaron recursos, además de contratar empleados, es en la imagen del organismo para lo que conformaron una importante área de prensa que se encarga de difundir todos los actos de sus directivos y que opera en las oficinas de la calle Chile en la ciudad de Buenos Aires. Donde mete la mano el kirchnerismo, hay korrupción…. Las cuestiones técnicas fueron perdiendo terreno de la mano del avance de la política. Los últimos presidentes, desde Carlos Cheppi (en 2008), pasando por Carlos Paz (2008/2009), hasta Carlos Casamiquela (2009/2013) y Francisco Anglesio (actual), responden directamente al Kirchnerismo.

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