Trotsky como pensador militar (II)

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A PROPÓSITO DE LA TESIS DE NEIL HEYMAN (SEGUNDA PARTE)

 

LETIZIA VALEIRAS y FERNANDO CASTELLÁ

Comité de redacción.

Número 25, noviembre 2015.

 

La reacción revolucionaria de las masas será más poderosa cuanto más grande sea el cataclismo que la historia descargue sobre ellas.

León Trotsky, “La guerra y la Internacional”.

 

En el presente artículo continuamos el análisis de la tesis de Neil Heyman sobre el pensamiento militar de León Trotsky. En Ideas de Izquierda 23 nos habíamos concentrado en sus tempranas elaboraciones al calor de la primera revolución rusa, de 1905, y de la Guerra de los Balcanes, en 1912-1913. En esta oportunidad nos centramos en los artículos, polémicas y elaboraciones surgidos en el contexto de la Primera Guerra Mundial, una transición determinante para el pensamiento del futuro cerebro organizador del Ejército Rojo.

 

La Primera Guerra Mundial

La más grande conflagración mundial conocida hasta entonces tuvo lugar esencialmente en Europa, entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918. La Primera Guerra Mundial (IGM) recibió el nombre con el que pasaría a la historia al tratarse de la primera en involucrar al conjunto de las mayores potencias económicas y políticas de la época: por un lado, la Triple Alianza, compuesta por las potencias centrales del Imperio Alemán y el Imperio Austro-Húngaro; y por el otro, la Triple Entente, compuesta por Gran Bretaña, Francia y el Imperio Ruso –a los que se integrarían luego EE.UU., Japón e Italia–. Con un saldo de 9 millones de muertos y 70 millones de combatientes movilizados, sacudió los cimientos del mapa mundial, los regímenes políticos y la estructura de clases sociales. El marxismo de la II Internacional también se vería atravesado, al desplomarse y degenerar en una corriente nacionalista y traidora, lejos de cualquier principio internacionalista y de clase. ¿Pero cómo fue posible tal cosa?

Isaac Deutscher sostiene que para 1914 “dos generaciones de europeos habían crecido en la creencia optimista de que el hombre había progresado lo suficiente para asegurarse el dominio sobre la naturaleza y para cambiar y perfeccionar su medio ambiente por medio del razonamiento, la conciliación y el voto de las mayorías” [1]. En ese clima de época, la guerra pasó a considerarse como una “reliquia de un pasado bárbaro” al que ya no se iría a volver. Sobre el terreno fértil de la prosperidad económica y el casi medio siglo de paz transcurrido, la II Internacional, fundada en 1889, creció al compás del capitalismo, se transformó en un partido de masas y formó parte de la vida política nacional de numerosos países europeos organizando sindicatos y partidos obreros y conquistando una destacada representación parlamentaria. Su centro de gravedad fue el Partido Socialdemócrata Alemán (PSD), el más numeroso e influyente [2]. A lo largo de los años, desde su fundación hasta el estallido de la IGM, dos tendencias esenciales se enfrentaron en su seno: la oportunista-revisionista y la marxista revolucionaria. A pesar de que en los reiterados Congresos internacionales la política de estos últimos prevaleció, la larva socialpatriota, según la definición de Lenin y Trotsky (socialistas de palabra, nacionalistas en la práctica) estaba preparada para su conversión definitiva, al conducir así a la principal organización obrera internacional a su completo derrumbe, cuando el 4 de agosto de 1914 los parlamentarios del PSD alemán, con la honrosa excepción de Karl Liebcknecht [3], votaron junto con los representantes de la burguesía el presupuesto que el Imperio Alemán necesitaba para entrar en la guerra imperialista. A excepción de la socialdemocracia rusa y serbia, el resto siguió los pasos de la claudicación.

 

Trotsky ante el estallido de la guerra

El trabajo de Heyman está centrado específicamente en analizar las características del pensamiento militar de Trotsky. Este recorte en su objeto de estudio lo conduce, por un lado, a avanzar en forma pormenorizada y precisa, dotado, como dijéramos en el artículo anterior, de la valiosa información contenida en las obras completas del revolucionario en ruso; pero, por otro lado, esta misma virtud deviene su contrario: Heyman estructura su tesis en torno a la idea de que existirían “dos Trotsky” cuando la IGM se desató, uno aún anclado en su formación marxista (“ideológica”, “doctrinaria”, “ortodoxa”, son algunos de los adjetivos que pone en juego Heyman), desde la cual pretendía analizar los sucesos, y otro, más “realista”, pragmático y concreto que va buscando analizar la guerra y sus consecuencias en su lógica, dinámica y concatenación propias, “autonomizadas” relativamente de la sociedad de la cual son producto. Esta progresiva separación entre, simplificando, el Trotsky “marxista” y el Trotsky “militar” es identificada por Heyman como un salto adelante en su pensamiento. Veremos cómo se despliega esta tesis y su resultado [4].

En el comienzo mismo de la guerra, Trotsky acepta un trabajo como corresponsal para el periódico ucraniano El pensamiento de Kiev, a la vez que colabora con Golas (La Voz), el periódico ruso que dirigía Martov en París, buscando por esa vía la mayor cercanía posible a los acontecimientos, lo que le permitió elaborar vastos artículos específicos [5] y profundizar así su conocimiento del arte militar, incluido su estudio en torno a la relación entre una estructura social determinada y la cuestión militar: ejército, recursos, técnica, instituciones. En su folleto La guerra y la Internacional (octubre de 1914), “la primera declaración extensa de política antibélica escrita por un socialista ruso” (Deutscher, p. 195), León Trotsky hace una definición de carácter realista y objetivo, al conceptualizar a la guerra como la primera de tipo imperialista, un nuevo tipo de guerra producto necesario e inevitable de

Las fuerzas productivas que el capitalismo desarrolló, [que] han desbordado los límites de la nación y el Estado. El Estado nacional, la forma política actual, es demasiado estrecha para la explotación de esas fuerzas productivas. Y por esto, la tendencia natural de nuestro sistema económico busca romper los límites del Estado. (Trotsky, Marxistas en… p. 63).

La dimensión militar y su autonomía relativa

Heyman cuestiona las primeras elaboraciones de Trotsky sobre la IGM por “ir más allá” de la definición clausewitziana de la guerra como continuación de la política estatal por medios violentos, y explicarla como consecuencia de la política económica de las clases dominantes de un país, incluso a nivel de las decisiones más mínimas de estrategia militar. De tal forma, dice Heyman, Trotsky habría negado cualquier autonomía de la esfera militar.

Es de notar que Heyman omite un señalamiento de Trotsky central para el marxismo: el carácter imperialista de la IGM estaba determinado a nivel mundial y era producto de un problema intrínseco al capitalismo, que indicaba el fin de su fase de crecimiento orgánico, armónico: la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la estrechez de las fronteras nacionales. Es en este aspecto en que la guerra se les impone incluso a los diversos Estados nacionales. Es, según el propio Trotsky, no solo una guerra de Estados contra Estados, sino también su combinación con una “rebelión ciega” de las fuerzas productivas contra la forma estatal nacional.

Salta a la vista que Heyman no puede dejar de citar al propio Trotsky, que parece contradecirlo al señalar que:

Cuando más se despliega el terreno de las operaciones militares, más obvio se vuelve que el control político y económico (imperialista) sobre las operaciones militares se vuelve menos real que los objetivos y slogans que tiene la guerra, como sombras, para seguir los movimientos autosuficientes y los enfrentamientos de masas humanas. El militarismo, que, por la naturaleza de las cosas, jugaría el rol de un dócil y fiel instrumento de los intereses imperialistas, se convirtió -por la lógica de estos mismos acontecimientos- en casi completamente “autónomo”, y continuó devorando automáticamente toda la fuerza y recursos de la nación” (Trotsky, citado en Heyman, p. 95).

Heyman señala la evolución del pensamiento militar de Trotsky también cuando analiza las características del estado francés y del alemán en plena guerra, impresionado por ejemplo en primera instancia por la centralización presente en el Imperio Alemán, donde los Junkers eran, a la vez, la clase económicamente dominante, el gobierno político y la dirección en la guerra, pero comprendiendo luego que tales características no determinan necesariamente las tácticas y estrategias de sus ejércitos, sino que, crecientemente, la propia naturaleza de la guerra va condicionando las acciones de sus participantes.

Poco antes de la Conferencia de Zimmerwald (septiembre de 1915), que reunió al ala izquierda internacionalista de la II Internacional ante su bancarrota, sus artículos se hacen más específicos, volviendo a tomar el problema de clase en la composición del ejército en Rusia, pero sin contemplar aún, señala Heyman, la heterogeneidad existente dentro de los cuerpos de oficiales. En el mismo registro, también analiza que el nivel de desarrollo técnico de un país en el terreno militar tiene mayor importancia aún que la mera acumulación de armamento. En términos cualitativos, plantea que no se trata solo de “procurar el mejor cañón”, sino de tener la capacidad “de arreglarlo, de mantenerlo y de dispararlo”, que implica un elevado desarrollo de las fuerzas productivas.

Finalmente Heyman sostiene que a fines de 1915 Trotsky le da forma a su reflexión en torno a la autonomía relativa de la guerra, distinguiendo: uno, que todos los hombres se transforman en soldados de la misma manera; dos, que los principios generales del arte de la guerra no han cambiado sustancialmente a lo largo de los siglos; tres, que la política militar y la necesidad de la guerra tienden a dominar a la política de los distintos gobiernos. Desde este punto de vista, Trotsky cuestiona también la máxima clausewitziana de la guerra como una herramienta del estado-nación, planteando que todos los gobiernos tienen dificultades para controlar los eventos que ella misma genera: “si la guerra es la continuación de la política, –solo por otros medios–, entonces la política interna de los países europeos es un reflejo de los resultados de la guerra”. En la misma línea, refiere que los dirigentes de los diferentes gobiernos “perdieron el control hace tiempo del curso de los acontecimientos”, siendo los jefes militares quienes adquieren márgenes de independencia respecto de los políticos: “La zona militar, a lo que todo lo demás está subordinado, se ha convertido en un reino independiente” (Heyman, p. 92-93).

A contramano de la hipótesis de Heyman, lo que destaca a Trotsky como pensador militar no reside en haber dejado de lado el marxismo, sino en haber continuado y profundizado su estudio de la guerra, con un nivel de atención e interés muy por encima de la media marxista de la época, y realizando una apropiación personal de los mejores estrategas militares como Karl von Clausewitz, poniéndolo al servicio de la experiencia que le dio la guerra misma, mostrando por primera vez más claramente su tendencia a autonomizarse respecto de la política estatal.

 

Guerra y revolución

La IGM y el peso que tuvo en un primer momento el “sentimiento nacional” entre los trabajadores y las masas trajo consigo, como señalamos, el derrumbe de la II Internacional, convertida en una herramienta para disciplinar a la clase obrera ante el estallido de la guerra (a diferencia de la IIGM en la que primero fue necesario derrotar a la clase obrera). Con la excusa de “defender la patria” sus partidos se subordinaron a sus respectivos gobiernos imperialistas garantizando, además de los votos a favor de la guerra en el parlamento, la paz social en los asuntos internos.

Sería Lenin quien reuniera al ala izquierda de la Internacional en la Conferencia de Zimmerwald, de la que participaron Trotsky y –desde la cárcel alemana en la que estaban detenidos– Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. La rica discusión en esta conferencia, junto con la de Kienthal al año siguiente, daría a luz poco más adelante y al calor de la Revolución rusa, a la III Internacional.

El acuerdo de Trotsky con Lenin –un paso importante en su acercamiento definitivo previo a la toma del poder– en Zimmerwald se expresó en el Manifiesto que Trotsky redactó, que además de condenar el apoyo a sus respectivas burguesías nacionales por parte de la mayoría de los partidos de la Internacional, aseguraba el advenimiento de la revolución producto de la guerra.

Pero además del potencial revolucionario de la guerra, Trotsky también vio, como señala Heyman, su peligro opuesto: las derrotas en la guerra también desorganizan y desmoralizan a la clase obrera y al conjunto de la vida social. Fue quizá esta visión de lo “deshumanizante” de la guerra lo que lo separó, en un aspecto, de la posición de Lenin, y le impidió levantar la consigna del dirigente bolchevique de “transformar la guerra imperialista en guerra civil”, dentro de la política general del derrotismo revolucionario. En Trotsky, el profeta armado, Deutscher echa luz sobre la polémica entre Lenin y Trotsky al explicar que

La discrepancia, en realidad, era de énfasis propagandístico y no de línea política. Tanto Lenin como Trotsky instaban a los socialistas a transformar la guerra en una revolución y a difundir sus ideas y concepciones entre los trabajadores y en las fuerzas armadas, aunque ello debilitara militarmente al país (…) Pese a todo el énfasis provocativo que Lenin le imprimía a su derrotismo, no les pedía a sus seguidores que cometieran o incitaran a otros a cometer actos de sabotaje, ni que desertaran o realizaran otras actividades estrictamente derrotistas (Deutscher, p. 214).

Un acuerdo general prevalece a la hora de redactar el Manifiesto, que no llama a la guerra civil, más cercano a la posición de Trotsky que implicaba que no hubiera “ni vencedores ni vencidos”:

Esta lucha es la lucha por la libertad, por la fraternidad de los pueblos, por el socialismo. Hay que emprender esta lucha por la paz, por la paz sin anexiones ni indemnizaciones de guerra. (…) Esa paz no debe conducir ni a la ocupación de países enteros ni a las anexiones parciales. Nada de anexiones, ni reconocidas ni ocultas y mucho menos aún subordinaciones económicas (…) El derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos debe ser el fundamento inquebrantable en el orden de las relaciones de nación a nación (Manifiesto de Zimmerwald).

Las posiciones de Trotsky y Lenin no harían más que acercarse desde entonces: en 1934, analizando la primera guerra, Trotsky explica que aquella consigna de paz y el derrotismo propugnado por Lenin no eran contradictorios. Y como continuidad de aquella política, ya en la víspera de la IIGM agrega: “la lucha revolucionaria por la paz (…) es el medio más seguro de transformar la guerra imperialista en guerra civil” (Trotsky, La guerra y la IV Internacional).

 

Hacia Octubre y el Ejército Rojo

Poco tiempo después de la redacción del Manifiesto, Trotsky vuelve a hacer hincapié en la oportunidad de la revolución, apoyado en sus propios análisis de la guerra y de la psicología de las masas y su comportamiento ante ella, y señala que la generación que emerge de la guerra será una “generación revolucionaria” situada “cara a cara con la tarea de la organización socialista de la sociedad” (Heyman, p. 98). Va a ser esta tarea la que concentrará todas sus reflexiones en los años siguientes: poco tiempo después los obreros y campesinos rusos, motorizados entre otras cosas por la búsqueda de la paz, y dirigidos por el partido bolchevique al ya se había incorporado Trotsky, le arrebatarían el poder a la burguesía.

La revolución también estalló en Alemania, derrotada en la guerra, impulsada por un levantamiento de marineros de la tropa de Kiel contra sus propios oficiales, quienes buscaban una última ofensiva “por el honor” contra Inglaterra. El levantamiento se extendió rápidamente, obligando a la renuncia del Emperador Guillermo II. Una vez más, fueron los hechos los que zanjaron las discusiones entre los revolucionarios: la guerra era “partera de revoluciones”, incluso en los países derrotados, y su fuerza, “destructora de lazos sociales”, como señalaba Trotsky, podía provocar la revolución, rompiendo la “hipnosis de los cuarteles” y la “hipnosis sobre el respeto a la legalidad”.

Lo trascendente de la discusión desarrollada en el marxismo, tanto por parte de Trotsky, como de Lenin, Liebknecht y Luxemburgo, es que en el plano estratégico ayudó a reconstruir el puente entre guerra y revolución, ausente en tiempos de la II Internacional, y puso en el centro, también, el debate sobre la insurrección, luego de la toma del poder en Rusia y la derrota de la revolución alemana.

El conjunto y la variedad de elementos y experiencias sobre la cuestión militar que Trotsky estudió y abordó desde sus primeras aproximaciones hasta la IGM en su conjunto, sin salirse nunca de un punto de vista marxista, serían puestos al servicio de la revolución y la defensa del primer Estado obrero del mundo a partir de Octubre de 1917.


[1] P. 193. Todas las citas de Deutscher pertenecen a Trotsky, el profeta armado, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2007.

[2] Para las elecciones parlamentarias de 1912, el PSD alemán obtuvo un tercio de los votos totales, consolidando lo que Rosa Luxemburgo tempranamente denunció como un desvío, como una adaptación reformista a la “vieja táctica probada” que consistía en “organizar a un máximo de miembros, educar a un máximo de trabajadores, obtener un máximo de votos en las elecciones, dirigir buenas huelgas para que aumenten los salarios y para conquistar leyes sociales (ante todo la reducción de la jornada de trabajo); el resto vendrá por sí solo, automáticamente: ‘tendrán que inclinarse todas las demás fuerzas’; nuestro ascenso es ‘irresistible’; hay que ‘conservar intactas nuestras fuerzas hasta el día decisivo’” (E. Mandel, “Rosa Luxemburg y la socialdemocracia alemana”).

[3] La fundamentación del voto histórico de Liebknecht fue traducida del alemán especialmente para Marxistas en la Primera Guerra Mundial, Buenos Aires, Ediciones CEIP-IPS, 2014.

[4] Harold W. Nelson, cuyo libro León Trotsky, el arte de la insurrección que reseñamos en IdZ 22, comienza su tesis criticando a Heyman por no ubicar el desarrollo del pensamiento militar de Trotsky en el contexto de las discusiones al interior de la Socialdemocracia rusa. Asimismo destaca que es justamente el punto de vista marxista el que le permite a Trotsky una superioridad y originalidad en su pensamiento.

[5] Entre ellos “El rompecabezas psicológico de la guerra”, “La psicología de la zona militar”, “¿La fortaleza o la trinchera?”, “La guerra y la tecnología”, “Las alambradas y las tijeras”, “Del cuaderno de apuntes de un serbio”, “Los enigmas psicológicos de la guerra”, “El Séptimo Regimiento de Infantería en la epopeya belga”. Según Deutscher, varios de estos artículos, que solo existen en ruso, en sí mismos habrían merecido un lugar en la historia de la literatura.

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