Trotski, la revolución, la cultura y la vida cotidiana

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JoeSka2

 

EDUARDO GRÜNER

Ensayista, sociólogo, docente UBA.

Número 22, agosto 2015.

 

Digámoslo rápidamente: ninguna crítica del régimen estalinista escrita desde lo que ampliamente se puede calificar como una perspectiva “burguesa”, o aún “de derecha”, alcanza la dureza y el rigor implacable de La Revolución Traicionada de Trotski. En cierto sentido, eso es lógico: a Trotski no le interesa –como suele suceder con esas otras críticas– reducir el todo a la parte, aprovechar la barbarie estalinista para desacreditar en su conjunto y para siempre la lógica revolucionaria como tal. Al contrario, su empeño (y sus mejores armas de crítica teórica, dialéctica y política) está puesto en demostrar cómo la existencia de condiciones tanto “objetivas” como “subjetivas” pueden crear dificultadas extremas para la construcción de la sociedad post-revolucionaria, incluso hasta el límite de un posible fracaso. Pero en demostrar también que una cosa es el (siempre posible) fracaso, y otra cosa es la degeneración de la revolución en “Termidor” restauracionista y contrarrevolucionario: esto no es un resultado indefectible de la revolución per se, sino que depende también de una serie de decisiones políticas perversas como las asumidas por el estalinismo.

Se trata de una verdadera lección de dialéctica marxista: parafraseando el famoso enunciado del XVIII Brumario, pero poniendo el acento en la segunda mitad de la frase (cuando generalmente cierto marxismo determinista lo hace en la primera): los hombres hacen la historia en condiciones que no han podido elegir, pero la hacen ellos. Ni Stalin ni su corte de burócratas pueden aducir meros “errores y excesos” para sus crímenes, ni tienen derecho a esconderse detrás de las dificultades heredadas para justificar que, en lugar de la construcción del socialismo con todos los obstáculos y contradicciones que se quieran (Trotski también las tuvo, ciertamente), eligieron transformar el objetivo de la dictadura del proletariado como un medio para la progresiva extinción del Estado en el horizonte del comunismo, en un instrumento para reducirla a la dictadura del Partido sobre el proletariado (y el resto de la sociedad, claro está), y finalmente en la dictadura despótica y totalitaria –es el propio Trotski el que usa este término– del líder “infalible”. Así como el reflujo de los impulsos revolucionarios a nivel mundial (Alemania, China, etcétera) no puede ser usado como argumento para la teoría de la revolución en un solo país (que a la larga no hará más que profundizar el retroceso), tampoco los constreñimientos internos que condujeron a la NEP pueden ser usados como pretexto para transformar en sistemática una política que necesariamente conducirá a la restauración burguesa.

¿Por qué es importante todo esto? Justamente porque se trata de mostrar que el problema no es la revolución como tal, sino lo que los hombres con poder suficiente como para “representarla” hacen con ella. Por supuesto, para que la burocratización que traiciona los impulsos revolucionarios fundacionales sea posible, es toda una lógica de esa “representación” la que se pone en juego. Si el método “soviético” (para calificarlo rápidamente) de construcción de una representación cada vez más horizontal y apoyada en el protagonismo de las masas y la independencia de clase –finalmente esta es una de las maneras de entender la llamada revolución permanente–, si este método, decimos, se pervierte en verticalismo inconsulto y autoritario por parte del Comité Central de un Partido y un Estado cada vez más centralizado y autocrático, entonces ya no estamos hablando de un simple desvío “metodológico” que eventualmente podría corregirse, sino de una completa transformación, una inversión “degenerativa”, de la estructura misma de la teoría y la práctica revolucionarias tal como habían sido pensadas por Marx, Lenin o el propio Trotski.

Con lo cual no queremos decir, obviamente, que esos “grandes hombres” no hayan sido capaces de cometer sus ocasionales errores o desvíos: pero sí queremos decir que, otra vez, en el caso de la camarilla burocrática estalinista, no fue una cuestión de meras equivocaciones o fallas de cálculo, o incluso de inconsecuencias teórico-prácticas, que sin duda las hubo, sino además de una política consciente –de otra manera no podría designársela “traición”– orientada a revertir aquella construcción “soviética” de las lógicas de representación revolucionaria, en beneficio de los intereses de la nueva casta dominante.

 

1.

Ahora bien: nada de todo eso se puede hacer sin que haya una sociedad entera, o al menos una porción mayoritaria de las masas, que por diversas razones esté dispuesta a tolerarlo. Las razones son múltiples y enormemente complejas, y sería antidialéctico y ramplonamente esquemático reducirlas a este o aquel factor causal. Trotski lo sabe, y nunca cae en la tentación de semejante reduccionismo: ni una cómoda y en el fondo reaccionaria demonización de las masas, ni una igualmente cómoda y demagógica idealización que las coloque como simples víctimas pasivas (algo que sería contradictorio con el compromiso y actividad consciente que han desplegado en el proceso revolucionario) permitirán una explicación satisfactoria. Lo que se requiere es hundir el escalpelo en el análisis sin concesiones de las transformaciones que la reversión contrarrevolucionaria han producido también en los tejidos más íntimos, más “micro”, de la sociedad, la cultura e incluso la subjetividad populares.

De allí la inclusión, en el texto de La Revolución Traicionada, de ese asombroso capítulo VII titulado “La familia, la juventud y la cultura”, en el que Trotski disecciona la “degeneración” (esa palabra insiste en el texto, y como vemos no se refiere únicamente al “Estado obrero degenerado” en el nivel “macro”) de aquel tejido social y cultural que mencionábamos. En efecto, la degradación retrógrada del proceso revolucionario se detecta también en los aspectos societales de la vida cotidiana y de las relaciones entre los individuos, a todos los niveles.

Un primer fenómeno que aborda Trotski es el de la restauración de la familia burguesa. El autor es bien consciente de que ninguna revolución, por más radical y “soviética” que sea, puede transformar de la noche a la mañana unas estructuras patriarcales y semifeudales de opresión de la mujer y los hijos que llevan siglos actuando, y mucho menos en una sociedad muy tardíamente incorporada a la modernidad como la rusa. La familia tradicional no puede ser “abolida” por decreto: debe ser paulatinamente reemplazada por una nueva lógica de las relaciones sexuales, parentales y generacionales. La revolución había comenzado a articular ese “reemplazo”, aunque las penurias económicas de la guerra civil, la NEP o la etapa del “comunismo de guerra” habían hecho que esos cambios fueran mucho más lentos de lo deseable. El estalinismo no hizo nada para recuperar el impulso originario de esa transformación: sencillamente sancionó de facto un “regreso al hogar” tradicional: es decir, entre otras cosas, “el retorno de las mujeres a sus cacerolas y lavaderos, o sea, a la vieja esclavitud”. Esto implica para Trotski, sin eufemismo piadoso alguno,

 

…la bancarrota material y cultural del Estado”, en tanto “en lugar de decir abiertamente: aún somos demasiado pobres e incultos para crear relaciones socialistas entre los hombres, nuestros hijos realizarán ese objetivo, los jefes del régimen están forzando a la gente a pegar nuevamente la cáscara rota de la familia, y no solo eso, sino a considerarla (…) el núcleo sagrado del socialismo triunfante. Es difícil medir con el ojo la profundidad de este retroceso [1].

El autoritarismo restaurador del régimen ha producido asimismo un hondo desencanto en la juventud: en esa juventud que había sido la sangre y la savia de la revolución, comprometida como estaba en la creación de una sociedad nueva para contraponer a la “senilidad política” de las anteriores generaciones aburguesadas. Pero ahora las nuevas generaciones post-revolucionarias (que, dice Trotski, deberían estar completando la tarea de extinguir el Estado y construir el comunismo) están “bajo tutela”: se les ha arrebatado la iniciativa, se les indica desde arriba lo que deben hacer, y cómo hacerlo. El poder ha quedado concentrado exclusivamente en la “vieja guardia”; mejor dicho, en lo poco que queda de ella, plenamente burocratizada y guardando celosamente su monopolio de las decisiones políticas. La situación es trágica si se tiene en cuenta que –estamos en 1938– cerca de la mitad de la población de la URSS ha nacido después de la revolución de Octubre, y por lo tanto no conocen otro régimen que el pretendidamente “soviético”, que los está formando en las condiciones exactamente contrarias a las previstas por Marx y Engels como “reino de la libertad”, y sometidos a un bombardeo asfixiante de pedagogía propagandística y paralizante, de la cual Trotski no para mientes en decir que podía haber sido tomada del mismísimo Goebbels, “si Goebbels no la hubiera tomado, en gran parte, de los colaboradores de Stalin” [2]. “Todo lo que la juventud tiene de insumisión y de excepcional, es sistemáticamente reprimido, eliminado o físicamente exterminado”. El resultado –salvo para las pequeñas minorías que son cooptadas por la burocracia o que, en el otro extremo, pasan a la oposición– es la indiferencia, la abulia, la resignación a la mediocridad. O, peor, la marginalidad y la delincuencia.

 

2.

No son los únicos datos de la descomposición social. Hay otros, dignos de la peor de las sociedades capitalistas atrasadas, que de ninguna manera pueden considerarse “rémoras” o supervivencias anómalas de la sociedad anterior, puesto que llevamos ya dos décadas largas de “socialismo”: cosas como la reaparición y crecimiento de la prostitución, así como de la niñez marginal o abandonada a su suerte en las calles. Trotski, no sin amarga ironía, registra que no es posible saber exactamente la gravedad cuantitativa del problema, pues las estadísticas oficiales lo ocultan prolijamente (como se ve, el Indec no es un invento nacional, ni reciente). Pero a decir verdad, no importa mucho: ¿hay, digamos, cuatro prostitutas en las esquinas de Leningrado? ¿Dos niños pasando hambre en las calles de Moscú? ¿Un anciano muerto de frío durmiendo en una plaza? Si hay eso, aún en mínimas proporciones, entonces no hay socialismo, como quiere hacernos creer el régimen. El socialismo no es un sistema “relativo” o “parcial”: si hay bolsones de hambre, miseria, marginalidad, prostitución, es que todavía no ha llegado. Ni, en las condiciones actuales, va a llegar: desde luego que todas esas lacras –así como la familia patriarcal o el otorgamiento de poder a los jóvenes– no pueden tampoco eliminarse de la noche a la mañana. Pero la revolución si puede articular una lógica política que más temprano que tarde conduzca a que esos síntomas de descomposición sean imposibles; no es eso, sino todo lo inverso, lo que está haciendo el régimen estalinista.

Una pregunta se impone, pues, como cuestionamiento crítico irrenunciable por parte de los espíritus revolucionarios: ¿para esto se hizo la revolución? ¿Para esto tanto sufrimiento, tantas muertes, tanto sacrificio? Parecería que Trotski se detiene en “nimiedades” de la vida cotidiana. Pero es que es justamente en esas “pequeñeces” donde mejor puede apreciarse, fenomenológicamente por así decir, el éxito o el fracaso de una política. La revolución no es “ascética” por definición: la “buena vida” (el poder disfrutar de un buen cigarro, de un buen libro, de un concierto, de buena comida, de veladas de entretenimiento productivo) no es una superficialidad burguesa. La diferencia, desde ya, es que el auténtico socialismo debería apuntar a garantizar todo eso, en condiciones “desalienadas”, para toda la sociedad, y no para unas minorías privilegiadas, como sí ocurre en el capitalismo. Llevado el razonamiento a sus últimas consecuencias, solamente cuando eso esté garantizado sabremos que hemos alcanzado el socialismo, porque eso será el efecto de toda la construcción; y entonces eso es el objetivo en última instancia. De nuevo: ciertamente no es eso lo que ha conseguido el régimen burocrático. Ni está en ningún rumbo conducente a ello.

Para colmo de la degradación cultural e ideológica, el discurso oficial (sí, también en esa época y lugar había por supuesto un “relato”) afirma que estamos en una sociedad que marcha hacia la felicidad, bajo el socialismo y la dictadura del proletariado. Y este es otro nivel de la “traición”: traición, ahora, al propio lenguaje, a la gramática y la sintaxis mismas de la revolución socialista.

Doble traición, en verdad: en primer lugar, el régimen estalinista no es ninguna “dictadura del proletariado”, sino, como hemos dicho, una dictadura del Partido-Estado sobre el proletariado y la sociedad toda; pero además, la propia dictadura del proletariado debe ser pensada como un régimen transitorio: no un fin en sí mismo, sino un medio para la extinción progresiva del Estado y la absorción de lo político por parte del conjunto de la sociedad sin clases. Solo entonces –o, al menos, teniendo ese rumbo garantizado– se podrá hablar de pleno socialismo. Es importante tomar esto en cuenta para entender por qué Trotski, siempre en el mismo capítulo, recusa la apelación demagógica (y falsa, por otra parte) a una supuesta “cultura proletaria”: la cultura dominante en una sociedad es burguesa o socialista, pero no “proletaria” en el sentido de que el proletariado por sí mismo sea capaz de desarrollar espontáneamente una cultura propia, autónoma respecto de la del resto de la sociedad. Y aún cuando ello fuera posible, ciertamente no es lo que está sucediendo bajo el régimen estalinista, donde la cultura es impuesta desde arriba por los diktats del Comité Central, y en última instancia del propio Stalin.

 

3.

En suma: como decíamos, Trotski pareciera, en esta sección de La Revolución Traicionada, estar ocupándose de problemas “menores”, de “detalles”. Pero es precisamente en esos aparentes márgenes “detallados” donde se puede evaluar la existencia concreta de un desarrollo social pretendidamente revolucionario, observando la realidad cotidianamente vivida por los hombres y mujeres que se suponen ser los protagonistas y destinatarios del movimiento histórico. Es allí donde mejor puede detectar Trotski el insalvable contraste (la “traición”) entre las grandes proclamas y discursos que emanan del poder, y la miseria de las “realizaciones” concretas. Y lo hace con una capacidad de observación “etnográfica” que por momentos recuerda, tres o cuatro décadas antes, a cosas como los estudios de dramática “microsociología” de un Erving Goffman, solo que con la enorme ventaja de que esas descripciones puntillosas no quedan encapsuladas en la inmediatez del fenómeno, sino que son permanentemente conectadas a la totalidad del movimiento histórico y social que las determina.

No es la primera vez que Trotski alude a la importancia de la cultura (tanto en el sentido antropológico amplio como en el estricto de la literatura, el arte y la ciencia) en el proceso de construcción del socialismo. Gracias a la reciente edición completa por primera vez en castellano de Literatura y Revolución [3], podemos comprender la enorme trascendencia que el autor le otorgaba a los debates sobre estos temas que los marxistas más esquemáticos hubieran considerado “superestructurales”. Más allá de señalamientos o matices críticos que podamos tener con algunas de sus posiciones, ningún otro de los grandes dirigentes de la revolución de Octubre dedicó tanto tiempo y esfuerzo a pensar y escribir sobre cultura, arte y literatura. Es cierto que sus interpretaciones de estos temas –comprensiblemente, tratándose de quien se trata– están muy a menudo (aunque no siempre) estrechamente vinculadas a los grandes debates políticos que emergen en las coyunturas decisivas del proceso post-revolucionario. Al mismo tiempo, sin embargo, no dejó de apuntar a grandes cuestiones culturales de la época (el psicoanálisis, las vanguardias artísticas, etcétera), así como de los grandes artistas o escritores de la tradición cultural (Dante, Cervantes, Tolstoi y muchos otros) que consideraba que podían y debían ser reabsorbidos y vueltos a pensar en el desarrollo de una cultura socialista, sin por ello descuidar los aspectos ideológicos que de esa tradición habían pasado a “informar” la cultura burguesa dominante. Insistamos: se puede o no acordar con muchas de sus consideraciones (no es cuestión, evidentemente, de tomar cualquier cosa que haya dicho Trotski como una receta cerrada para evaluar algo tan flexible como la cultura). Pero esas consideraciones casi nunca son reductivamente unilaterales, mecanicistas ni esquemáticas: hay siempre un esfuerzo por abarcar los rasgos complejos, contradictorios y plurales de la cultura, si bien teniendo constantemente a la vista su importancia en la gran arena política de la lucha de clases mundial. En este sentido, Trotski merece tanto como Gramsci ocupar un lugar de pasaje, de decisiva bisagra entre el marxismo “oriental” y el “occidental”.


[1] Trotski, León: La Revolución Traicionada y Otros Escritos, Buenos Aires, CEIP, 2014, p. 139.

[2] Ibíd., p. 143.

[3] Trotsky, León: Literatura y Revolución, Buenos Aires, Ediciones ryr, 2015. Traducción (directamente del ruso), nota preliminar y selección de textos de Alejandro Ariel González. Introducción (“Un largo y sinuoso surco rojo. Trotski, la literatura y la revolución”) por Rosana López Rodríguez y Eduardo Sartelli. El carácter por primera vez completo del texto de Trotski, así como el hecho de que sea también la primera traducción al castellano de la lengua original, hace que en varios sentidos este sea un “nuevo” libro de Trotski, que merecería una igualmente nueva interpretación y discusión. Otro tanto puede decirse de la extensa y erudita introducción, frecuentemente muy crítica con el trotskismo y con la propia figura de Trotski. No tenemos aquí el tiempo y espacio que requeriría, procuraremos hacerlo en el futuro cercano.

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