Tras las huellas de un debate clásico

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FERNANDO AIZICZON

 

En su libro recientemente reeditado, Teoría, política e historia, Perry Anderson insiste en que no se trata de negar la impronta de la experiencia en la formación de una clase ni de descartar un concepto tan importante, sino que la operación de Thompson lleva a ponderar experiencias de todo tipo confinadas a un “pasado” del cual se pueden extraer muchas moralejas pero pocas lecciones estratégicas.

Estructura y/o experiencia

Marx afirma en El XVIII Brumario que los hombres son los hacedores de su propia historia, pero advierte que éstos no la hacen “a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos”, sino bajo aquellas circunstancias con  que se encuentran y que “les han sido legadas por el pasado”. Este pasaje recuerda la discussion sobre los alcances de la “acción conciente” de hombres y mujeres que luchan, aquí y allá, en el pasado y el presente, haciendo experiencia heroicamente o repitiendo como parodia su propia historia. Y si el resultado de tantas luchas suele considerarse ambivalente ello no justifica el retiro de la crítica hacia las aguas calmas de una armoniosa pasividad. La humanidad no tiene muchas elecciones más que luchar hasta el fin por su definitiva libertad, reforzando aquella paradójica sentencia que Marx dejó clavada en la historia. Por ello, si apenas esa sentencia comienza a alejarse, las masas despiertan para invocarla al debate: ¿en cuánto condiciona el pasado a las formas y contenidos de las luchas posteriores?, ¿dónde está ese pasado?, ¿quién lo transmite?, ¿quién lo libera?

Edward Palmer Thompson fue de los historiadores que mejor plasmó en cuantiosas páginas la historia de estas preguntas. Su libro La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), es una monumental reconstrucción histórica a la zaga de cómo una clase social se construye a sí misma, es decir, mediante qué mecanismos las repetidas luchas contra el capital le permiten a un grupo social adquirir –mediante esa lucha– una identidad e intereses comunes en base a la articulación de valores, ideas, sentimientos, aspectos que si bien obedecen a su situación de explotados no por ello deben ser interpretados como mera reacción espasmódica (motines, huelgas), ni mucho menos como resultado automático de la existencia del capitalismo.

Las determinaciones objetivas son procesadas “mental y emocionalmente” a través de la lucha constituyendo lo que Thompson define como experiencia, término medio entre “ser” y “conciencia” por el cual el sujeto “vuelve a ingresar  en la historia”. Para Thompson la experiencia es un dato empírico legítimo, algo fundamental en la construcción del conocimiento histórico de la clase y no, como recortan otras corrientes teóricas, un mero protocolo de autovalidación científica.

Tras estos y otros interesantes postulados emergen una infinidad de interrogantes: si existe la experiencia como proceso histórico y con ella resulta posible la conformación de na clase, ¿toda acción opera en términos acumulativos?, ¿o existe también una experiencia que puede quedar limitada a una percepción moral-existencial (sufrimiento/resistencia) sin consecuencias políticas? ¿Por qué una clase obrera formada en el combate contra un enemigo identificado (el capital) puede luego (re) formarse y dejar de producir esa experiencia que paradójicamente la consolidó como tal? ¿Hay experiencias válidas y no válidas en terminus de conciencia de clase?

El énfasis puesto por Thompson sobre la noción de experiencia obedece a una discusión política al interior de la izquierda europea: “había que polemizar también contra las versions economicistas esquemáticas en el marxismo (…) la noción muy simplificada de la aparición de la clase obrera se reducía a la de un determinado proceso: fuerza de vapor+sistema de fábrica =clase obrera. Una clase especial de materia prima (…) se elaboraba para producir tantos metros de proletarios con conciencia de clase”1.

Una versión de ese marxismo fue la que Thompson identificó en Althusser, intelectual marxista del PCF, sobre quien descargó sus municiones teóricas en un libro de 1978 titulado Miseria de la teoría: miseria de considerar que la historia, según Althusser, es un proceso “sin sujeto”, carente de fines y de sentido, y cuya dinámica reside en las fuerzas productivas que determinan la lucha de clases2. No es muy difícil percibir que la idea de sujetos sujetados a estructuras (deudora del psicoanálisis lacaniano), que en su versión vulgarizada fue homologada a la metáfora de sujetos-marionetas incapaces de liberarse de tal condición, choca de frente con la noción de experiencia. Sobre ese choque ingresa Anderson, pero para debatir con Thompson, sin dejar de interpretar a Althusser.

 

Texto y contexto, política y teoría

Teoría, política e historia3 es una exquisita muestra de cómo uno de los mayores representantes del marxismo contemporáneo, Perry Anderson, practica la crítica meticulosa, erudita y por momentos despiadada de sus oponentes. Disecciona cada posición teórica, comprueba su solidez argumental, la contrasta con la de su oponente y no duda en otorgarle la razón a quien considere el justo vencedor. Pero la cosa no queda ahí: cada argumento es luego revelado por Anderson como la forma teórica que asume una determinada posición política: cuando Thompson esgrime su idea de experiencia como categoría apropiada para el estudio del pasado en realidad está dando su batalla por la dignidad moral del sujeto histórico: “trato de rescatar al artesano ‘utópico’ (…) Sus aspiraciones eran válidas en terminus de su propia experiencia”4. Esa dignidad habría sido abandonada por un Marx obnubilado con la economía política burguesa y que no advirtió aspectos como el poder, la cultura, los sentimientos.

Ese olvido favoreció “deformaciones” teóricas posteriores (economicismo, estructuralismo). Pero un “retorno al joven Marx”, de moda por entonces en Europa, traía con Thompson un humanismo socialista y libertario que veía en todo intento de confinar al sujeto histórico al frío dictamen de la objetividad algo similar a una policía ideológica: Althusser, dirá Thompson: “es justamente el estalinismo reducido al paradigma de la teoría”.

Thompson abandona el PC inglés en 1956 por los estragos del estalinismo e impactado por una Hungría aplastada por las fuerzas soviéticas. Se enoja luego con la clase obrera inglesa sumida en el reformismo y más tarde se entusiasma con el Chile de Allende, reingresando a la política inglesa afiliándose al partido Laborista. En contraposición, Althusser no abandona el PC francés al que critica furiosa y públicamente por burocrático y sectario. Mientras ocurre el conflicto chino-soviético Althusser se vuelca hacia el maoísmo que proclamaba “viva el leninismo” admirando con ingenuidad el proceso de la “revolución cultural”, la  “línea popular”, las ideas “contra el economismo” y el “derecho a la rebelión” lanzadas por el PC chino. Pero ese vuelco, señala Anderson, es un aferrarse al Lenin olvidado por los PC europeos en franco viraje al eurocomunismo y su abandono deliberado de la consigna de dictadura del proletariado, en pos de lograr un socialismo por la vía pacífica limitado a la lucha parlamentaria.

Lenin le brinda a Althusser la posibilidad de rearmar al marxismo a través de la articulación de los conceptos de modo de producción y formación social (denostados por Thompson), donde ésta última ve asegurada su reproducción a través de la coacción represiva que ejercen los “aparatos ideológicos de Estado”. Esto es lo más próximo al pensamiento marxista y un gran avance para la ciencia histórica, dirá Anderson, a la vez que juzga el “moralismo” y “culturalismo”5 de Thompson como un deslizamiento liberal.

El planteo althusseriano permite avanzar en la comprensión de la complejidad de diversas formaciones sociales, de la autonomía relativa de lo político, lo económico e ideológico sin descuidar la determinación que un modo de producción ejerce sobre toda dimensión social.

Finalmente, el movimiento obrero es la fuerza social capaz de hermanar esfuerzos colectivos sistemáticos y comprender el nexo entre pasado y presente (que solo llega como moral desde Thompson) y en base a ello “producir un futuro premeditado”, una perspectiva revolucionaria probable basada en la acción conciente con miras a derribar al capitalismo; ésa y no otra es la función del materialismo histórico, rectifica Anderson: la función de dar a los hombres y mujeres explicaciones causales para una auténtica autodeterminación de su existencia y no una colección de luchas valiosas.

El ejemplo más claro y rico de esta polémica se encuentra casi al final del libro, donde Anderson reinterpreta a William Morris como un verdadero estratega revolucionario que anticipó en varios puntos al marxismo (idea de doble poder, dictadura del proletariado, contrarrevolución, ineficacia del reformismo), pero que es presentado por Thompson como un personaje recubierto de una moral humanista.

 

Estrategias

La operación de Anderson consiste en terciar entre las posiciones de ambos (Althusser nunca contestó seriamente a Thompson) para introducir su propia posición teórico-política. Ingresamos así a las historias militantes entre Thompson y Anderson, miembros de la prestigiosa revista New Left Review (NLR), una de las experiencias intelectuales más fecundas de la izquierda occidental. Al tiempo que Thompson lanza su crítica sobre Althusser, se aleja también de la NLR (1962/63), y ese alejamiento es señalado por Anderson como parte no sólo de su desilusión con el modo en que aquel comprendió al comunismo sino también como muestra de su ignorancia respecto de las críticas que ya existían en la izquierda y que permitían no abandonar el proyecto revolucionario a las aguas del parlamentarismo burgués. En efecto, la NLR surge con las movilizaciones de la Campaña contra el Desarme Nuclear, apoyada y luego abandonada por el laborismo y posteriormente desactivada bajo un clima que constituyó todo un “período despreciable”, al decir de Raymond Williams (colega de Thompson).

En esa coyuntura Anderson se pregunta cómo y por dónde seguir. Y el camino lo encuentra, primero, en el propio Marx, de donde comprende que el materialismo histórico no puede desentenderse de la revolución socialista. Esto no implica empobrecer la indagación histórica sino ampliar las explicaciones considerando las múltiples determinaciones de toda acción conciente que, si es revolucionaria, busca proyectos colectivos deliberadamente para derribar las estructuras sociales en su totalidad y no a cualquier tipo de acción incidental o involuntaria (y a su experiencia). Segundo camino: Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo y Gramsci, todos obviados por Thompson. Particularmente será Trotsky (también Mandel y Deutscher) el que permita el reencuentro con un marxismo revolucionario necesariamente estratégico, con una interpretación sólida del estalinismo, una acérrima argumentación contra todo tipo de patriotismo y una escritura de la historia plenamente marxista.

Pero, ¿terminamos el libro regresando a los fundadores de una tradición y renunciamos a la novedad que la práctica de un sensato eclecticismo teórico podría aportar? Concluye Anderson, quizá invocando al Marx de El XVIII Brumario: “La ausencia de un movimiento verdaderamente revolucionario y verdaderamente de masas en Inglaterra, así como en cualquier otro lugar de Occidente, ha fijado el perímetro de todo posible pensamiento durante este período”6.

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1 E.P.Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, prefacio de 1980, Barcelona, Ed. Crítica, p. VIII.

2 Cfr. Louis Althusser, Política e historia, Buenos Aires, Ed. Katz, 2007.

3 Reeditada en 2012 por Siglo XXI de México.

4 E.P.Thompson, La formación…, op. cit., p. XVII.

5 La respuesta de Thompson a su “culturalismo” se encuentra en Historia popular y teoría socialista, Barcelona, Ed. Crítica, 1984.

6 Anderson, op.cit., p. 228.

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