Trabajo doméstico, femenino y no remunerado

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CELESTE MURILLO

Comité de redacción.

Número 20, junio 2015.

 

Es políticamente correcto hoy decir que las tareas domésticas se reparten equitativamente entre los miembros del hogar. Lejos de aquella imagen del ama de casa que esperaba a su marido luego de una jornada de trabajo fuera del hogar, hoy mujeres y varones asalariados participan casi en la misma proporción en el mercado laboral. Sin embargo, no ocurre lo mismo con las tareas domésticas, que siguen recayendo mayoritariamente sobre las mujeres y las niñas. Esta desigualdad no se basa, únicamente, en la buena o mala voluntad de los compañeros y miembros masculinos del hogar, o en una discriminación de género general.

Al contrario, el trabajo doméstico, que realizan mayoritariamente las mujeres y de forma gratuita, encierra todas las tareas necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo y es uno de los puntos de apoyo de las ganancias capitalistas. Aunque esa reproducción de la fuerza de trabajo está íntimamente ligada a la esfera de la producción, se presenta de modo completamente aislado, y al realizarse en el ámbito “privado” del hogar, se refuerzan así las naturalizaciones que lo hacen invisible y los prejuicios que los convierten en “tareas de mujeres”.

En América Latina, según la OIT, el 29 % de las niñas-adolescentes entre 5 y 14 años realiza tareas domésticas en su hogar (un 15 % por encima de los varones). Esa brecha asciende al 20 % en la franja de 15 a 17 años, y al mismo tiempo, las adolescentes emplean más horas promedio en tareas domésticas no remuneradas [1]. Esto no solo reduce el tiempo de ocio y afecta el desempeño escolar de niñas y adolescentes, sino que “entrena” socialmente a las mujeres en las tareas del hogar, el cuidado de niños y niñas menores [2], etc.

En Argentina, el INDEC realiza la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo, en el marco de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU). Según los últimos resultados de 2013, la participación total de los varones en el trabajo doméstico no remunerado era del 24 % y la de las mujeres ascendía al 76 %. Ese trabajo comprende: quehaceres domésticos, apoyo escolar y trabajo de cuidados (cuidado de menores y personas dependientes o enfermas).

Sumado a la brecha de participación, si se comparan las horas promedio que se dedican al trabajo doméstico no remunerado la diferencia es aún mayor. Si se toman las tareas domésticas en general, los varones dedican un promedio de 2 horas diarias a ese trabajo, mientras las mujeres dedican 5,7 (casi el triple). Al descomponer las tareas, vemos que las mujeres dedican 3,4 horas diarias a los quehaceres (limpieza, ropa, alimentos); 1,9 al cuidado de personas y 0,4 al apoyo escolar. Los varones dedican un tiempo sensiblemente menor a esas tareas: 1,2 horas diarias a los quehaceres; 0,1 al apoyo escolar y 2,0 al cuidado de personas.

 

Doble jornada laboral

Al considerar el crecimiento de la participación femenina en el mercado laboral, como señalamos en el artículo central, si las mujeres no han dejado de realizar las tareas domésticas, el resultado directo para ellas es una doble jornada laboral. Pero no es el único. El hecho de que estas tareas imprescindibles para la reproducción de la fuerza del trabajo [3] recaigan mayoritariamente sobre las mujeres afecta las condiciones en las que se incorporan al mercado laboral formal (la necesidad de buscar trabajos de menor carga, flexibilidad horaria, entre otros).

Estas consecuencias no actúan de la misma manera sobre todas las mujeres, aunque todas ellas se enfrentarán a muchos tipos de discriminación, y todas –salvo quizás una pequeña minoría– se ven afectadas de alguna forma por la doble jornada laboral, porque sobre ellas recaen las tareas de la casa, la crianza de niños y niñas, por ejemplo. Son interesantes algunas de las reflexiones de Eleonor Faur en El cuidado infantil en el siglo XXI, alrededor del tiempo que destinan las mujeres al cuidado infantil según sus ingresos. La autora plantea una suerte de círculo perverso donde las mujeres de hogares pobres destinan más tiempo al cuidado infantil (porque no tienen más opciones, porque no tienen empleo), y esto afecta la posibilidad de acceder al empleo formal, a la educación, entre otros. Y aunque considera las decisiones y elecciones personales, señala acertadamente que todas esas decisiones se realizan en un marco concreto social y económico [4].

A la vez, la creciente participación de las mujeres en varias ramas económicas hace sentir con más fuerza demandas consideradas “femeninas”, que hoy afectan casi a la mitad de la clase trabajadora. Esto plantea con más frecuencia debates al interior de las organizaciones obreras y los lugares de trabajo, especialmente cuando están cruzados por crisis, conflictos sindicales y políticos. Y ha planteado a lo largo de varias décadas una profunda discusión entre corrientes feministas y de la izquierda. Activistas feministas como Selma James [5] (autora de Sexo, raza y clase) plantean que el hecho de conquistar un salario para el trabajo doméstico le daría al capitalismo un golpe de gracia, al dejar al desnudo su dependencia de esa enorme masa de trabajo no remunerado. En el marxismo existen varias posiciones que van desde el planteo general de reconocer el valor generado por el trabajo doméstico, hasta la necesidad de la socialización de esas tareas. El debate sigue abierto, pero lo cierto es que el desarrollo técnico ha acercado el horizonte de la realización de casi todos los quehaceres domésticos de forma socializada y eficiente. Eso liberaría a millones de mujeres de horas y horas de trabajo no remunerado realizadas en soledad, sin horarios, sin derechos sindicales ni jubilación, y que solo ha perpetuado la desigualdad de las mujeres en el capitalismo.



[2] Para un análisis concreto, ver Romina D. Cutuli, Flexibilidad empresarial y organización del trabajo doméstico: el trabajo invisible de las hijas de las fileteras en Mar del Plata (1991-2008), IX Congreso Nacional de Estudios del Trabajo.

[3] Excede este breve análisis el problema de la reproducción de la vida que es un factor central en la participación de las mujeres en el mercado laboral.

[4] Ver “Mujeres malabaristas”, Eleonor Faur, El cuidado infantil en el siglo XXI, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2014.

[5] Selma James impulsa una de las principales campañas internacionales por el reconocimiento del salario al trabajo doméstico, conocida como “Huelga mundial de mujeres”.

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