Táctica y estrategia del conformismo social-liberal

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ARIANE DÍAZ

Número 10, junio 2014.

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Hace poco, Beatriz Sarlo dijo que si tuviera que periodizar al kirchnerismo, no solo no dividiría los mandatos de Néstor y Cristina, sino que incluso pondría el origen del período K en el 2001, anudando la crisis estructural que encaminó Duhalde y trasladó a Néstor1. No es una mala base para un balance del ciclo K. Para periodizar el conformismo de Sarlo y toda una franja de la intelectualidad local, tendremos que remontarnos el triple de años atrás; sin embargo, el 2001 también será significativo para caracterizar esta tradición, evocando la crisis aquello que considera el bien político más preciado: las instituciones políticas del régimen burgués.

 

Con la democracia se educa y se teoriza

De la intelectualidad nacional más encumbrada, Sarlo encabeza la fracción2 de quienes, si en las décadas de 1960 y 1970 estuvieron ligados a la militancia comunista, maoísta o guerrillerista, durante la década de 1980 se esmeraron en adaptarse a los aires alfonsinistas y pintaron el régimen instaurado a la salida de la dictadura como el horizonte máximo al que aspirar. El puntapié de largada para esta reconversión lo había dado en México la revista Controversia, que reunía intelectuales de formación tanto peronista (Casullo, Caletti, entre otros) como marxista (Aricó, Portantiero, etc.), donde se proponían revisar sus previas concepciones políticas buscando los motivos de la derrota. La conclusión común fue la crítica a las ilusiones puestas en el accionar armado como estrategia política y la misma idea de revolución, a partir de allí puesta en la picota. La transición los va a llevar a poner el foco en la discusión del régimen democrático, que iba a reemplazar como meta las desmesuradas aspiraciones revolucionarias de los ‘70. Empezarían allí a expresarse las diferencias formativas de cada sector, mostrando las fisuras que se extenderán en su vuelta al país. Desde Argentina, dirigida por Sarlo y Altamirano e inicialmente financiada por un grupo maoísta, la revista Punto de Vista3 pasó, con los inicios de la apertura democrática, de los temas culturales y literarios, a pronunciarse más explícitamente sobre la situación política nacional.

Si desde su fundación en 1978 había incorporado a sus fundamentos teóricos a autores referenciados o no ajenos a la tradición marxista, pero alejados del estructuralismo duro y dedicados a los problemas culturales, como Pierre Bourdieu o Raymond Wiliams, ya desde 1982 comienza a hacerse eco de los planteos de crítica al accionar armado de los ‘70 y el descubrimiento de la democracia como un valor a adoptar (de hecho, Aricó y Portantiero serían a su regreso al país, parte de la revista).

La editorial del número 17, de 1983, reconoce las “controversias” que seguramente traerá la apertura democrática entre los que hasta ese momento habían estado en el “campo” antidictatorial, y enuncia una primera formulación de  lo que sería un eje de discusión entre los intelectuales peronistas y socialistas en el lustro siguiente: “una sociedad se democratiza no solo en las modalidades del ejercicio político, sino en la producción de nuevas condiciones económicas, sociales y culturales, que conviertan a ese ejercicio en una posibilidad efectiva”.

El artículo de Sarlo en el número 25 de 1985, traza claramente las coordenadas en que se ubicaban. A modo de “autobiografía colectiva”, destaca: la voluntad de discutir con la tradición de izquierda y peronista revolucionaria; la crítica a la “canibalización” del discurso intelectual por el discurso político, que habría convertido a los intelectuales en “siervos” del partido o de líderes carismáticos; una concepción de la revolución como horizonte inevitable que había volado por los aires; y la lección de que “pedir lo imposible no implicaba conseguir lo posible, sino, por lo general, todo lo contrario”. Advierte que es necesario, a pesar de todo, no cambiar los antiguos deseos por un nuevo conformismo que descarte la problemática de la desigualdad, ni aceptar la “estética del fragmento” y el escepticismo que ya despuntaban en aquellos años, aunque reconoce en la crisis de los referentes políticos y la indeterminación de las propias posiciones, la oportunidad de que los intelectuales ejerzan “su libertad”.

Sin embargo, será el aspecto de las instituciones y normas que resguardan “las libertades civiles y políticas y el sometimiento del orden público a la ley”, al decir de Portantiero –en una mesa redonda organizada por la revista Unidos4, que congregaba a peronistas renovadores–, lo que canalice los deseos de teorización de los socialistas, dejando cada vez más la “problemática de la desigualdad” en el mismo lugar donde las ubica el liberalismo: libradas a los mecanismos “normales” del régimen capitalista, definición de la sociedad argentina que, por otro lado, parece haberse esfumado junto con la idea de revolución5. El desarrollo posterior de este sector “socialista” de la intelectualidad (tanto como el de los peronistas, aunque con argumentos de su propia cosecha) muestra que si no optaron por ese nuevo conformismo del que hablaba Sarlo, fue porque lo profundizaron a derecha.

La “libertad” festejada por Sarlo no les impidió ser “devorados” por la política, esta vez, burguesa. Presentaron su arrepentimiento al alfonsinismo, al que pretendieron armar intelectualmente. Punto de Vista y el Club de Cultura Socialista, que formaron con los “gramscianos” vueltos del exilio, fue lo que Carta Abierta podría ser hoy al kirchnerismo. De Ípola da cuenta de las relaciones estrechas de los socialistas con el Grupo Esmeralda cuando relata que parte de lo que sería el discurso de Parque Norte Alfonsín había salido publicado en Punto de Vista6, donde también salió la declaración de principios del Club en 1984. Sarlo misma reflexionaba en la revista editada por el Club, La Ciudad Futura 2 de 1986, que no tenía nada diferente para decir a las iniciativas presidenciales, que sintonizaban con sus “zonas de preocupaciones”.

No fue sino hasta la llegada de la Ley de Punto Final que se presenta una crisis alrededor de la defensa que los socios “gramscianos” hacen de la política del gobierno, basados en la pragmática razón estatal. Sin explicitar la discusión, La Ciudad Futura dejará de contar con los miembros de Punta de Vista. Sin embargo, Sarlo no abandona allí el Club sino con la llegada del menemismo, cuando el frente intelectual progresista entre “socialistas” y “peronistas renovados” parece imponerse nuevamente. Después de que Sarlo se fuera a colaborar con el armado del Frente Grande, junto con Altamirano, Nun y González, entre otros, acompañaron en 1990 el proyecto político de Auyero con la edición de La Mirada. Con las mismas ilusiones centroizquierdistas Sarlo y Altamirano acompañaron a Chacho hasta el Frepaso, y aunque no llegaron a participar directamente del armado de la Alianza, depositaron en la presencia de Chacho y Meijide sus expectativas.

Entretanto, la “libertad” de afianzarse en su especificidad de intelectuales fue reconocida en una Academia copada por el radicalismo a la vuelta de la democracia. La paulatina revisión de sus posiciones marxistas fue rotunda, pero a la vez fue superficial: su rechazo in toto le evitó un balance de las tradiciones concretas a las que habían pertenecido. Es cierto que la idea de “contradicción principal y secundaria” no explica necesariamente el apoyo a Isabel, que los escritos de Gramsci sobre el intelectual orgánico no tienen por qué traducirse en apoyar a Montoneros, y que la economía política marxista puede no dar cuenta de por qué alguien desearía convertirse en Victoria Ocampo; de ahí a endilgar al marxismo las posiciones derechistas, burocráticas, voluntaristas y proféticas que anidaban en el stalinismo, el maoísmo y la socialdemocracia de los que fueron parte7, hay un trecho.

En lo que sí ha puesto dedicación es en convencernos de que la defensa de las instituciones no sería conservadurismo, sino la referencia que nos permitirá un cuestionamiento paulatino a los problemas sociales porque, negando cualquier análisis marxista e incluso sociológico más o menos serio, sería “el conflicto entre instituciones lo que hace dinámicas a las sociedades”8. Un voluntarioso optimismo liberal que complementa el galimatías con que Aricó resumió su trayectoria: “mantener unidos democracia y socialismo supone en la práctica política la lucha por construir un orden social y político en el que la conflictividad permanente de la sociedad encuentre formas de resolución que favorezcan su democratización sin generar su ingobernabilidad”9.

Sin embargo, Sarlo reconoce que en Argentina, las tendencias “decisionistas” (básicamente, el peronismo en sus variantes) han sido a veces necesarias allí donde la deseada república no termina de resolver el problema de la “redistribución”; en términos de Altamirano, no viene mal algo de “populismo” tranquilizador cuando la “injusticia social” es ya demasiado patente10.

En términos marxistas, dicha tendencia al bonapartismo podría anclarse en la condición semicolonial argentina que obliga a su régimen a cobrar mayor protagonismo como “árbitro” entre las clases; el fuerte presidencialismo es una manifestación de este fenómeno. Pero como a pesar de su pasado maoísta la categoría de imperialismo no entra en los análisis liberales, estas características del régimen burgués local son entendidas como debilidades idiosincráticas de la clase dirigente que la insistencia republicana buscaría clarificar.

La problemática social, para Sarlo, ha devenido en la oscura causa que periódicamente viene a provocar su descrédito entre las masas, incluso peor, su cuestionamiento en las calles. Si Sarlo no se había privado durante los ‘90 de la “estética fragmentaria” posmoderna analizando la proliferación de los shoppings en Escenas de la vida posmoderna, es cierto que allí vio también la sombra de los excluidos del boom consumista. La solución provista no era sino la regulación estatal de la educación y la cultura, pero la condescendencia se transformó en alarma cuando las masas cuestionaron al régimen de conjunto. Como era de esperar para alguien que ve la política limitada al funcionamiento institucional del Estado y los partidos tradicionales, Sarlo consideró a las manifestaciones del 2001 como antipolíticas. Convencida de que la “clase política” argentina había llegado a un punto que ponía en peligro la idea misma de institucionalidad, Punto de Vista lanzó una campaña por una Asamblea Constituyente. No buscaban siquiera desplazar a los personeros de esas instituciones, sino cubrirlas con un manto de legitimidad: sus fundamentos no eran una respuesta a las masas movilizadas sino una necesidad del propio régimen para evitar un deterioro definitivo11.

Finalmente, tal “radical” medida no le fue necesaria a la burguesía argentina para salir del paso, pero fueron los social-liberales los que entraron en crisis. En 2004, se retiran de la dirección de Punto de Vista Altamirano, Sábato y Gramuglio, y aunque la discusión no fue explicitada, Altamirano cuenta que sus diferencias empezaron con la evaluación positiva que hiciera del peronismo (Duhalde en particular) como herramienta para capear la crisis12. En medio de la ruptura, Sarlo decía que una revista debe “saber renunciar a su currículum13; su  directora no supo renunciar al suyo.

 

La década K

La política de recomposición del régimen pos2001 que trajo el kirchnerismo dio aires a la intelectualidad nac&pop más que a la social-liberal. Sin embargo, Sarlo se ha encumbrado –aunque ya en los últimos años sin su órgano propio, que finalmente cerró en 2008– como la representante de un sector intelectual opositor que, abanderado en la defensa de las instituciones, como progresista es cada vez más de derecha.

La apropiación de Kirchner del discurso de los DD. HH. que, demagógico como era, cuestionaba sin embargo la doctrina hasta entonces oficial de “los dos demonios”, fue ocasión de una furibunda reacción de Sarlo: “Fui una militante de esos años y sé que no solo tuve sueños humanitarios y generosos sino autoritarios y violentos […] no habrá construcción de una verdad si la idea misma de construcción, es decir de aportes diferenciados que se ensamblen, es jaqueada por la intolerancia, un sentimiento comprensible en las víctimas directas, pero injustificable en los intelectuales, el Estado y el Gobierno”14.

En la revista y en su libro Tiempo pasado, de 2005, se intenta “teorizar” su posicionamiento a la derecha criticando las deficiencias del relato en primera persona siempre bajo el presupuesto de una institucionalidad estatal que a Sarlo le gusta representarse como neutral, aún cuando ésta había mostrado ser el instrumento represivo brutal y directo de los intereses de las clases dominantes. Reivindicando lo actuado por Alfonsín, esta defensa de las instituciones la lleva habitualmente demasiado cerca de los “dos demonios” que formalmente critica15.

Otro ejemplo tenemos en la crisis del campo, Sarlo confesaría estar “dispuesta a admitir que las instituciones cambian y que quizás los burgueses asociados al capitalismo kirchnerista podrían gustarme menos que los integrantes de la SRA”16, con la que marchó. En La audacia y el cálculo, pretendido balance “no crispado” del kirchnerismo, considera que el problema fue presentar al campo como “enemigo” en bloque, sin diferenciar sus sectores, tara autoritaria que atribuye tradicionalmente al populismo, al cual le va mechando un “novedoso” análisis de los medios: la lógica mediática de celebrityland también es la construcción de campos “amigos y enemigos”. Sarlo cree que la dicotomía “republicanismo vs. populismo” justificaría su propio abloquelamiento (espejo de lo que desde el lado gubernamental reclamó Carta Abierta), sin considerar que ubicarse con una u otra de las fracciones burguesas en pugna no es un “desenlace inevitable” aunque sí una muestra de que la política burguesa puede efectivamente devorar el pensamiento crítico. La misma antipatía “antiliberal” encuentra en la Ley de Medios de Kirchner, y se preocupa por que las acusaciones a Clarín salgan de boca de la institución presidencial17.

Con estas estratagemas teóricas en las que Sarlo gusta convocar a su biblioteca, focalizándose en la “cuestión institucional”, evita en cada caso pronunciarse por cuál sería una política “progresista” frente a dichos problemas. Quizás por ello, sus simpatías políticas recaen en alternativas que difieren poco, en su contenido social, con aquellas del kirchnerismo. Con el reacomodamiento del kirchnerismo que terminó con el 54 % de Cristina, las críticas no impidieron cierto acercamiento de Sarlo, diferenciándose de la derecha liberal más rancia, quizás rememorando el diálogo con sus pares progreperonistas, cuando reconoció la victoria K en “la batalla cultural” y la constitución de una hegemonía que no sería simple coerción sino una forma de intervención del poder político en la sociedad cultural y social, aunque aconsejaba, para sostenerla, “cambios en los centros decisivos de la economía”18. ¿Una vuelta a la “problemática de la desigualdad”? No, más bien un reconocimiento de que después de todo, los social-liberales le deben al kirchnerismo la restauración del régimen político burgués después de la debacle del 2001. Un fetichismo institucional que la ha llevado, incluso, a reconocerle una perspicacia kirchnerista (con audacia y cálculo) que habría definido disputar con una “versión de la historia” el sector político progresista19; quizás una lectura más atenta de Gramsci le hubiera indicado que es la relación de fuerzas sociales –nacida en el 2001– la que obligó al kirchnerismo a mostrar cierto transformismo discursivo para recomponer al régimen.

Esa misma recomposición es la que le permite a Sarlo, hoy otra vez lejos de los K, apostar una vez más a una “centroizquierda republicana”. Solitaria estrella mediática en el firmamento de la intelectualidad progresista, la analista no deja pasar oportunidad de llamar a hacer un “voto estratégico” en la interna del FAUNEN, esperanzada en que las PASO instauradas por el kirchnerismo, resuelvan “a la centroizquierda” la distribución de los candidatos y siempre y cuando no incluyan, en dicho agrupamiento… a Macri.

En la entrevista de Perfil, Sarlo decía que el intelectual “encuentra primero el nombre, pero después destruye, critica, recategoriza ese nombre permanentemente”. Sin duda, ella tiene una enorme capacidad de recategorizar sus opciones políticas, aunque siempre en una natural tendencia a ubicarse hacia donde va la corriente.

 

1. Charla de la cátedra Historia III B de FFyL-UBA, 17-5-14.

2. Ver dossier sobre la intelectualidad en Lucha de Clases 4, 2004. En la nota que sigue se abordará la tradición nac&pop que dialogó/discutió con los social-liberales.

3. Piglia participaría de su dirección hasta 1982.

4. Publicada en Unidos 6, 1985, en www.croquetadigital.com.ar.

5. Comparten la trayectoria de muchos intelectuales que, decepcionados con la “revolución cultural”, transformaron su propia versión mecánica del marxismo en un fantoche con el cual era fácil discutir y justificar el paso al liberalismo.

6. Entrevista de Pavón para Los intelectuales y la política en Argentina, Bs. As., Debate, 2012, p. 112.

7. Hasta hoy Sarlo admite sin sonrojarse, por ejemplo, no conocer la tradición trotskista, que si bien no fue mayoritaria, tiene suficiente peso político e intelectual como para que alguien que se pretende analista política se informe al menos de ella.

8. Tiempo presente, Bs. As., Siglo XXI, 2001, pág. 224.

9. Entrevistas 1974-1991, Córdoba, UNC, 1999, p. 116.

10. Entrevistas en Trímboli, La izquierda en Argentina, Buenos Aires, Manantial, 1998.

11. “Asamblea constituyente: por un nuevo pacto”, en www.bazaramericano.com.

12. Pavón, ob. cit., p. 381.

13. “Una revista en presente”, en www.bazaramericano.com.

14. Página/12, 28-3-04.

15. Ver La audacia y el cálculo, Bs. As., Sudamericana, 2011, p. 187.

16. Perfil, 29-3-08.

17. La audacia…, ob. cit., p. 217.

18. La Nación, 4-3-11.

19. La audacia…, ob. cit., p. 178.

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