Syriza, Podemos y la ilusión socialdemócrata

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JOSEFINA MARTÍNEZ Y DIEGO LOTITO

Número 17, marzo 2015.

La llegada de Syriza al gobierno de Grecia, junto al meteórico ascenso electoral de Podemos en el Estado español, han generado grandes expectativas en millones de trabajadores y sectores populares que buscan terminar con las políticas de recortes y ajustes en los países del sur de Europa. Son nuevos fenómenos políticos reformistas que no se veían desde hace décadas en el viejo continente.

En Europa la crisis ha generado una fuerte polarización política, por derecha y por izquierda del “centro” tradicional que hegemonizaban socialdemócratas, liberales y conservadores. En países del norte, partidos de derecha, xenófobos y euroescépticos ganaron las últimas elecciones europeas, mientras en Grecia y el Estado español crecen las nuevas formaciones reformistas.

Las causas profundas de esta nueva situación se encuentran en la crisis económica, con sus  graves consecuencias sociales, la crisis política de los regímenes bipartidistas y el desarrollo de un fuerte ciclo de movilización social que, sin embargo, fue insuficiente hasta ahora para derrotar las políticas de los gobiernos y la Troika. El descontento se canalizó entonces por la vía electoral, con el ascenso de Syriza y Podemos como contracara de la crisis de la socialdemocracia, que en las décadas anteriores se volvió abiertamente “social liberal” y constituye un elemento clave para comprender el cambio en el tablero político.

 

Grecia, del “gobierno de izquierdas” al gobierno “anti austeridad”

Desde el año 2012, las proyecciones electorales de Syriza crecieron de forma inversamente proporcional a la radicalidad de su programa. El líder de Syriza, Alexis Tsipras, fue  suavizando sus propuestas, presentadas en reuniones con miembros del establishment financiero y de otros gobiernos.

Después del triunfo, Tsipras formó un gobierno de coalición con ANEL (Griegos Independientes), un partido nacionalista de derecha, xenófobo y pro burgués, otorgándole nada menos que el estratégico ministerio de Defensa, máximo control civil de las fuerzas armadas de Grecia. Una resolución que marcó “el fin simbólico de la idea de un gobierno de izquierda anti austeridad”, como sostuvo Stathis Kouvelakis, integrante de la “Plataforma de izquierda” de Syriza.

Un argumento que se esgrimió para justificar la decisión de Syriza fue que se desplazó el eje “izquierda/derecha” hacia una confrontación “dura” entre austeridad/antiausteridad. Pero esta afirmación, además de justificar una opción política totalmente conservadora, se muestra errónea si se analiza el contenido real de la política del gobierno.

Como reconoce Kouvelakis, Syriza no sólo “moderó” su discurso en lo que hace a “la dimensión de clase” (en la que nunca fue muy radical), sino que lo hizo también en relación a la Troika, la cuestión de la deuda y la austeridad. Pasó de plantear una “auditoria de la deuda” y “dejar de pagar su parte ilegítima”, a sostener una quita parcial, una reestructuración y finalmente una refinanciación, con plazos más largos y bonos atados al crecimiento. Es decir, una política de “honrar los compromisos” contraídos y no plantear medidas “unilaterales” frente a los “socios” europeos.

El resultado preliminar de las negociaciones entre el gobierno griego y el Eurogrupo, en el

cual Grecia claudicó en la defensa de casi todos los puntos de su agenda inicial para lograr

una extensión del rescate, es una viva muestra de esta dinámica1. Como dijo en un demoledor artículo el histórico militante comunista griego, Manolis Glezos, actualmente eurodiputado de Syriza: “Cambiar el nombre de la Troika por ‘instituciones’; memorándum por ‘acuerdo’ y el de los acreedores por ‘socios’, no cambia en nada la situación anterior”.

 

El espectro del eurocomunismo y el revival socialdemócrata

La llegada al gobierno de Syriza y la emergencia de Podemos ha reabierto debates estratégicos de la izquierda europea. ¿Es posible que una coalición de izquierda llegue por la vía parlamentaria al gobierno e inicie un proceso de transformaciones sociales que permitan una “vía democrática al socialismo”? Este interrogante marcó el debate estratégico con el eurocomunismo europeo hace casi medio siglo.

El eurocomunismo no fue una corriente homogénea de doctrinas y programas, sino una reorientación de los principales partidos comunistas europeos, desde mediados de los ‘70, para adecuarse a las condiciones de la democracia burguesa. Al mismo tiempo que se distanciaban políticamente de la burocracia de Moscú, acercándose a la doctrina de “defensa de los DDHH” impulsada por Washington, postulaban una “vía democrática al socialismo”. En 1977 se produjo un encuentro en Madrid entre los comunistas italianos, franceses y españoles, que dio forma a este nuevo “eurocomunismo”. En el caso de Grecia, se produjo un poco antes la escisión entre el KKE (PC) pro Moscú y el KKE “del interior”, en 1968 como reacción frente a la Primavera de Praga. Este giro fue atacado, por derecha, como una operación de “camuflaje” orquestada desde Moscú; y por izquierda, como un renunciamiento a la estrategia insurreccional y una conversión al credo histórico de la socialdemocracia.

“No puede haber ninguna confusión entre eurocomunismo y socialdemocracia en el terreno ideológico (…) lo que se denomina vulgarmente ‘eurocomunismo’ se propone transformar la sociedad capitalista, no administrarla; elaborar una alternativa socialista al sistema del capital monopolista de Estado, no integrarse en éste y ser una variante de gobierno”, escribía en 1977 Santiago Carrillo, uno de los máximos referentes del eurocomunismo2. Pero la impostura del discurso eurocomunista se vio en la práctica. Los partidos eurocomunistas actuaron como artífices de la recomposición de las “democracias occidentales” y garantes de su estabilidad. El caso italiano fue paradigmático, con el “compromiso histórico” de Enrico Berlinguer con los empresarios, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista para fortalecer a la democracia capitalista italiana frente a las  tentativas “totalitarias”. Mientras en el caso español, Santiago Carrillo dirigió la política de la “ruptura democrática” durante la Transición, que en función de “conquistar la democracia”, aceptó la Constitución del ‘78, el retorno de la monarquía, las bases norteamericanas en la península y los pactos de la Moncloa. No pretendemos aquí debatir en profundidad sobre la experiencia eurocomunista. El dato que nos interesa es su “recuperación” por los referentes de los nuevos reformismos. Recientemente, en un debate sobre el “populismo” en el programa Fort Apache conducido por Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y el líder de Podemos hicieron una llamativa reivindicación del eurocomunismo italiano en la posguerra. Evitaron, no obstante, toda referencia al devenir posterior de la experiencia italiana y su rol en el proceso revolucionario abierto con el “otoño caliente” de 19693. Sin embargo, en una entrevista posterior al historiador Juan Antonio Andrade, Pablo

Iglesias sostiene que el PCE de Carrillo e incluso el PSOE, no tenían mucho margen para hacer algo muy diferente de lo que hicieron durante la Transición.

Del mismo modo, Tsipras, en más de una ocasión se ha reivindicado como parte de la izquierda de “Togliatti, Berlinguer y Gramsci”. Sin dudas la acelerada moderación política de Tsipras hace un gran homenaje a la realpolitik de los dos primeros, aunque sea un verdadero deshonor para el último.

Sin embargo, si en ambas formaciones hay un retorno al espíritu eurocomunista, lo es aún más aggiornado, después de varias décadas de “restauración burguesa” neoliberal y retroceso de la clase obrera mundial4. Si los eurocomunistas sostenían hace 30 años que seguir hablando de revolución con las mismas ideas del pasado ya “no era revolucionario” y había que adecuarse a las condiciones de la democracia capitalista occidental, el nuevo reformismo ha reducido aún más los “márgenes de lo posible” en sus objetivos estratégicos.

En el eurocomunismo de los años ‘70 operó una redefinición del socialismo como una ampliación y desarrollo de la democracia burguesa, como único camino para no caer en una concepción “totalitaria” de la sociedad, pero con la promesa de una “vía democrática al socialismo”. La impostura no era gratuita; los partidos comunistas de entonces dirigían los sindicatos y tenían cientos de miles de afiliados como base de maniobra a quienes “convencer”.

Careciendo de fuertes relaciones orgánicas con amplios sectores del movimiento obrero, los líderes de Syriza y Podemos caen en una suerte de impotencia estratégica, sin siquiera plantear el socialismo como horizonte, sino apenas el retorno al “Estado de bienestar”. Un intento de revival socialdemócrata, en el que claramente no se proponen “transformar la sociedad capitalista”, sino “administrarla”.

 

Democracia capitalista, fetichización del Estado y lucha de clases

“La ‘ilusión política’ de querer recuperar la democracia en los marcos de este sistema capitalista por medio de un ‘gobierno decente’”, decíamos en otro artículo hace unos meses, “está basada en la premisa ilusoria de un carácter ‘neutral’ del Estado, como un espacio de poder vacío de contenido, al que podría otorgársele un contenido político más allá de los poderes reales en los que se sustenta”5. Esta ilusión de las bondades de la democracia capitalista, que ya era parte del acervo ideológico del eurocomunismo, reaparece con fuerza en la concepción de los líderes de Syriza y Podemos.

En su famosa polémica con Kautsky, Lenin afirmaba que “incluso en el estado burgués más democrático, el pueblo oprimido tropieza a cada paso con la flagrante contradicción entre la igualdad formal, proclamada por la ‘democracia’ de los capitalistas, y los miles de limitaciones y subterfugios reales que convierten a los proletarios en esclavos asalariados…”6. Al hablar de recuperar la “democracia” en general, sin adjetivos, las direcciones de Syriza y Podemos razonan al modo de los liberales. Su defensa del sistema político instalado en Europa occidental, empezando por la Unión Europea, y su utópica aspiración de “democratizar” sus reaccionarias instituciones, es quizá uno de los aspectos clave de su recuperación del credo socialdemócrata. Al reivindicar una democracia “pura”, sin clases, o por encima de estas, hacen un fetiche de la democracia parlamentaria y del propio Estado capitalista actual, presentándolo como el único espacio de acción política posible.

Hace unas semanas Chantal Mouffe –una de las referencias teóricas, junto a Ernesto Laclau, de los dirigentes de Podemos– fue entrevistada por Pablo Iglesias en el programa Otra vuelta de Tuerka. Allí Mouffe sintetizó lo que considera más relevante de sus teorizaciones de hace 30 años, planteando que su reformulación más importante del marxismo fue la idea de “radicalizar la democracia”. Pero, advirtió, esto fue malinterpretado, como que primero estaba la democracia liberal y después venía un momento de ruptura y radicalización de la democracia. En realidad, precisó, no hay “momento de ruptura” ni mucho menos de revolución, sino de alcanzar transformaciones sociales al interior del Estado actual. “Finalmente, lo que nosotros proponíamos era una radicalización de la socialdemocracia”, pero después de 30 años de neoliberalismo, lo que está planteado es “recuperar los fundamentos de la socialdemocracia”, dice Mouffe, antes de desarrollar una crítica a los movimientos sociales por considerar al Estado como enemigo, algo a “destruir” o “simplemente dejar de lado”. A lo que Iglesias responde: “Seguramente el Estado es la última esperanza que les queda a los pueblos”. “Sí, exactamente”, confirma Mouffe. Iglesias vuelve sobre la idea de que Podemos y Syriza buscan entrar al Estado para transformarlo, “sobre todo porque no hay otra cosa…”, y se pregunta: “¿Pero qué otro espacio político existe más que el Estado?”.

Lo que escapa al diálogo entre Iglesias y Mouffe es que el intento de recuperación del horizonte socialdemócrata, haciendo del Estado el eje de la intervención política, plantea una serie de problemas que limitan de antemano esta perspectiva: 1) que el contexto de crisis capitalista estrecha enormemente los márgenes de cualquier intento de recreación de una ilusión socialdemócrata; 2) que se plantea sin transformar radicalmente las relaciones de fuerzas, dando cuenta a su vez de la “debilidad de origen” del nuevo reformismo: su falta de anclaje social; y 3) que tiene como consecuencia la “pasivización” de los movimientos sociales y populares, alimentando la “ilusión gradualista”7 de que se puede transformar la sociedad capitalista sin enfrentar la resistencia de quienes la dominan.

La ilusión en la democracia capitalista, la fetichización del Estado y la ausencia de una dialéctica entre parlamentarismo y lucha de clases –en la que la segunda sea la determinante–, condena al nuevo reformismo a la impotencia estratégica, al mismo tiempo que contribuye a desarmar política y organizativamente a los trabajadores y sectores populares tanto para las batallas actuales como futuras. Porque sin poner en movimiento fuerzas sociales y materiales que enfrenten al establishment, cambien la relación de fuerzas y preparen el “momento de ruptura”, solo quedan los “acuerdos” con los poderes reales del capitalismo para hacer “lo que se pueda”.

En este sentido, hay otro fetiche que deriva de esta concepción del Estado y democracia, del cual se nutren los discursos de los líderes de Syriza y Podemos: el fetiche de la “mayoría” electoral. Si tenemos la mayoría, entonces someteremos a la Troika o la “casta” por medios democráticos. Pero este razonamiento choca a cada paso con la realidad. Veamos el caso de Grecia: un amplio sector del pueblo griego votó a Syriza por su promesa de que aboliría el “plan de austeridad” y hoy tiene un apoyo mayoritario. Sin embargo, las “instituciones” han exigido al gobierno de Tsipras que aceptara todas sus imposiciones… y este lo ha hecho. Una dura demostración de que lograr la “mayoría” para llegar al gobierno, no garantiza el poder real.

No es vano reafirmar que esta dinámica contiene el doble peligro de acabar en la asimilación política de los nuevos reformismos por parte del capitalismo y la desmoralización popular, una vía regia para abrir el camino a otras “soluciones políticas”, las provenientes de la extrema derecha del arco político.

 

¿Ciudadanía o clase?

En un contexto en el que se combinaron la crisis económica capitalista y la crisis de los regímenes políticos, la mayoría de la clase trabajadora y los sectores populares de Grecia y el Estado español vienen sufriendo padecimientos inauditos, la respuesta en el terreno de la lucha de clases no fue menor, pero no ha dado lugar todavía a una respuesta al nivel del ataque, y si bien hay un giro a la izquierda en sectores de masas, no se ha desarrollado en una dinámica de radicalización política. La persistencia de aparatos burocráticos en los grandes sindicatos, aunque en profunda crisis, sigue operando como un factor de contención, mientras que la disolución de la clase trabajadora en movimientos “ciudadanos” o “democráticos” marca todavía un límite significativo de la situación.

En la “cosmovisión” de los nuevos fenómenos reformistas como Syriza o Podemos, se plantea la posibilidad de generar trasformaciones políticas y económicas sin la intervención de la clase trabajadora como sujeto político, sino mediante la formación de una mayoría de ciudadanos-electores. Una visión que, en la misma medida que muestra desconfianza en la potencialidad trasformadora de la clase trabajadora y, por ende, la negación de toda posibilidad de superación del sistema capitalista, justifica la colaboración de clases con los capitalistas.

Aunque se ubican en un terreno crítico a estas estrategias, las “alas izquierdas” integradas orgánicamente en ambas formaciones (como la “Plataforma de Izquierdas” en Syriza o “Anticapitalistas” en Podemos), no plantean una alternativa, defendiendo una suerte de estrategia combinada de “llegar a las instituciones” junto con los reformistas, a la vez que impulsan la movilización para “radicalizar la democracia”.

Una perspectiva en la que la revolución como “momento de ruptura” desaparece, o en el mejor de los casos, se presenta un horizonte lejano que emergerá al final de una “larga etapa de transformaciones democráticas”. En este contexto, la lucha por la conquista de la independencia política de la clase obrera, su rol como sujeto hegemónico capaz de liderar al conjunto de los sectores explotados y oprimidos, y la necesidad de avanzar en la construcción de un partido marxista revolucionario8, son tareas fundamentales que tienen por delante las organizaciones revolucionarias de Grecia y el Estado español.

 

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1. Josefina Martínez, “Con fuertes concesiones, Grecia acuerda extensión del rescate con el Eurogrupo”, La Izquierda Diario, 21/02/2015.

2. Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado, Barcelona, Editorial Crítica, 1977, p.132.

3. Fernando Rosso y Juan Dal Maso, “Podemos, Gramsci y el Populismo”, losgalosdeasterix.blogspot.com.ar, 16/11/2014.

4. Emilio Albamonte y Matías Maiello, “En los límites de la ‘restauración burguesa’”, Estrategia Internacional 27, marzo 2011.

5. Josefina Martínez, “De la ‘ilusión social’ a la ‘ilusión política’”, Ideas de Izquierda 11, julio 2014.

6. V.I. Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky (1918), en Obras Selectas, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2013, p. 340.

7. Josefina Martínez y Diego Lotito, “La ilusión gradualista”, Ideas de Izquierda 12, agosto 2014.

8. Juan Dal Maso, “Marxismo, intelectuales y clase obrera”, Ideas de Izquierda 16, diciembre 2014.

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