Sombras de la China

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El “consenso de Beijing” y la dependencia latinoamericana

ARIEL M. SLIPAK, EDUARDO MOLINA Y ESTEBAN MERCATANTE

Número 17, marzo 2015.

La votación de los acuerdos con China presentados en el Congreso por el gobierno en diciembre pasado dio cuenta, por el alcance de los mismos, de un salto formidable en el establecimiento de relaciones económicas estrechas con el gigante asiático, lo que se volvió a confirmar en la visita de la presidenta a dicho país en enero. No es un caso aislado; toda la región mira hacia Oriente. ¿Asociación estratégica o una nueva vía para perpetuar la dependencia?, he aquí la cuestión. Con la contribución de Ariel Slipak, estudioso de las relaciones de la Argentina con China, aportamos aquí dos miradas desde el marxismo sobre este tema de primera importancia para pensar las perspectivas de América Latina.

Los acuerdos con China y la profundización de la dependencia

ARIEL M. SLIPAK

La visita oficial de Cristina Fernández de Kirchner a la República Popular de China con una comitiva integrada por los funcionarios de mayor relevancia y más de cien empresarios puso en la primera plana de los medios de comunicación la discusión sobre los nexos políticos y económicos de la Argentina con el gigante asiático. En la retórica gubernamental, la expansión de la vinculación económica con China –que no es un fenómeno reciente– es presentada como una oportunidad para el desarrollo local de actividades industriales de mayor agregación de valor e incluso una muestra de soberanía frente a las grandes potencias hegemónicas tradicionales, a partir de una mayor relación con otro país que insiste en exhibirse como una “economía emergente”. El gobierno argentino –al igual que la mayoría de los gobiernos de la región– insiste en rotular a China como una “economía del Sur”, con la cual se pueden establecer lazos cooperativos y de mutuo beneficio y cuya expansión económica –al igual que la de algunos países del bloque BRICS–, representa la posibilidad de fundar un nuevo orden mundial armónico, justo y equitativo con los países de la tradicional periferia.

Ante el tenor de este tipo de afirmaciones, resulta una tarea imprescindible para el pensamiento crítico, una revisión reflexiva sobre el rol geopolítico y económico que juega China actualmente y sus vínculos con la región latinoamericana.

Una gran potencia más que un país del “sur global”
En foros internacionales China se presenta como una “economía emergente”. Entre otras argumentaciones aparece un reducido Producto Bruto Interno per cápita en relación a las grandes potencias. Sin embargo, desde el año 2011, China ostenta el segundo PBI del planeta medido a precios corrientes y acorde a informes del Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional, habría finalizado el año 2014 como la economía con el mayor PBI medido por paridad de poder adquisitivo del planeta, relegando a Estados Unidos al segundo lugar. También es el principal productor mundial de manufacturas, primer exportador mundial de bienes y segundo comprador global de los mismos. Desde inicios del siglo XXI, China es un importante productor de artículos de consumo final y bienes durables de producción con alto contenido tecnológico.
Ahora bien, el país oriental no es solo una potencia desde la faz productiva; China es el principal prestamista del Tesoro de EE. UU., principal tenedor global de reservas internacionales y el tercer emisor global de Inversión Extranjera Directa. Un dato que expone el ascenso de China como potencia financiera es que hacia el año 2013, 89 de las 500 firmas de mayor facturación global del planeta ya eran de capitales de aquel país. Tampoco podemos dejar de observar que a la fecha 40 bancos centrales del planeta utilizan al renminbi como una de sus monedas de reserva.
Otro aspecto relevante a destacar es que China ostenta el segundo presupuesto militar del planeta (aunque el mismo resulte la octava parte del estadounidense) y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. A pesar de que China no cuenta con la posibilidad en el corto plazo de desplazar a EE. UU. como hegemón global, sin duda alguna podemos afirmar que nos encontramos en un escenario de declive de su rectorado unipolar, hacia un escenario en el cual la potencia oriental, por ejemplo, ya desafía la vigencia del dólar como moneda global y posee mayor influencia entre las naciones africanas, latinoamericanas y otros países del G77. La calificación a China como una “economía emergente” resulta un eufemismo.

Su necesidad de productos primarios es la base de sus vínculos con América Latina
La intensa industrialización de esta economía que creció a tasas anuales de un 10 % anual entre 1978 y 2012, han derivado en que la población urbana pasado de un 18,57 % a un 51,78 % en dicho período y la esperanza de vida de 66,5 a 73,5 años. Como consecuencia de estos fenómenos, este país al que periodísticamente se lo ha pasado a denominar “la fábrica del mundo”, se ha convertido en el segundo consumidor mundial de petróleo y el primero en cuanto a la energía eléctrica y productos como el cobre, zinc, carbón, soja o azúcar. Desde luego, China también es el principal emisor de CO2 del globo.
El sostenimiento de tasas de crecimiento económico de un 7 % a un 7,5 % anual –de acuerdo a lo que proyecta el PCCh– para las siguientes décadas, implica que para China el aseguramiento de alimentos, minerales y combustibles resulte una cuestión de Estado, y este es el motivo de la notable expansión de sus vínculos comerciales con América Latina y de sus importantes inversiones en la región. También desde luego, el efecto de la explosiva demanda china de estos productos explica el alza global de los precios de los commodities provenientes de actividades primario-extractivas.
Desde la última década del siglo XX, pero especialmente desde inicios del siglo XXI, el comercio entre China y cada país de la región se incrementa notablemente, convirtiéndose en uno de los principales destinos de exportaciones y origen de importaciones para la mayoría de ellos. En la mayor parte de los casos se replica un esquema de exportaciones concentradas en pocos productos primarios o manufacturas de origen agropecuario (MOA) a cambio de una gama diversificada de bienes de consumo con alto contenido tecnológico, bienes durables de producción o insumos industriales provenientes de China.

Vínculos comerciales asimétricos y que reprimarizan la economía argentina
Hacia 1990, China resultaba el catorceavo destino de las exportaciones argentinas, que representaban tan solo un 1,95 % de las mismas y el vigésimo segundo origen de importaciones, con un 0,78 % de ellas. Hacia el 2013, China se ha consolidado como el segundo destino de exportaciones y origen de importaciones que resultan de un 7,19 % y 15,34 % respectivamente.
Si bien entre 2001 y 2007, Argentina acumuló un superávit comercial de más de USD 5.800 millones, entre 2008 y 2013 el déficit comercial crece continuamente acumulando unos USD 18.760 millones.
Las exportaciones argentinas se encuentran concentradas en muy pocos productos de reducido valor agregado. Entre 2003 y 2013 casi un 85 % de las mismas se concentró en tres productos: porotos de soja (55,46 %), aceite de soja (19,27 %) y petróleo crudo (10,04 %). En la actualidad un 96 % de la canasta exportadora argentina a China se compone de Productos Primarios o Manufacturas Basadas en Recursos Naturales, mientras que por el contrario, las importaciones de provenientes de aquel país se encuentran diversificadas en varias manufacturas de bajo, medio y alto contenido tecnológico, en muchos casos desplazando la generación de empleo local1. Por estos motivos podemos afirmar que el tipo de vínculo comercial de la Argentina con China reorienta los factores de producción hacia actividades de menor contenido de valor agregado y generación de empleos.
Otro elemento que contribuye a la primarización de la economía local es la desintegración comercial de las cadenas productivas del Cono Sur. Durante las décadas de 1990 y 2000, el flujo de importaciones chinas de manufacturas desplazaba en los países de la región a EE. UU. y países de la Unión Europea como socios comerciales.
Sin embargo, desde inicios de la segunda década del siglo XXI se verifica que en Argentina y Brasil las participaciones mutuas en sus mercados de Manufacturas de Mediano Contenido Tecnológico (lo cual incluye las autopartes), son desplazadas por China. Tanto Brasil como Argentina también pierden mercado para varias manufacturas de bajo, medio y alto contenido tecnológico frente a China en los mercados de Uruguay, Brasil, Chile y Bolivia. Una mirada acrítica del vínculo comercial con China, no es consecuente con un crecimiento “tirado por la industria y la generación de empleos”, como reza el denominado “modelo de crecimiento con inclusión social”.

Inversiones que profundizan la dependencia y una infraestructura que no es para los sectores populares
Si bien el comercio entre América Latina y China ya se venía expandiendo desde finales del siglo XX, hacia finales de la primera década del siglo XXI las inversiones chinas en la región resultaban exiguas. En el año 2008, el país oriental publica un documento conocido como “el libro blanco de las relaciones de China para América Latina”, en el cual expresa sus intenciones de intensificar sus vínculos con la región basado en la complementariedad de sus economías. Un claro reforzamiento del rol tradicional para América Latina como proveedor de productos primarios en el esquema de división internacional del trabajo.
Según la propia CEPAL, las inversiones de China en la región se orientan primeramente a actividades primario extractivas y en segundo lugar a actividades terciarias de apoyo, como obras de infraestructura, el sector energético y el financiero, caracterizándose por la escasa o nula transferencia tecnológica y la coacción para la contratación de empresas chinas para obras que podrían llevar adelante firmas locales y la provisión de insumos y materiales también de origen chino.
La principal área de inversiones chinas en la Argentina es el sector hidrocarburífero. Se destaca que en 2010, el consorcio entre la China National Offshore Oil Company (CNOOC) y la familia Bulgheroni adquirieron el 40 % de Panamerican Energy, que explota Cerro Dragón –el principal yacimiento del país–, y la adquisición en el mismo año de Occidental Argentina por parte de SINOPEC, haciéndose de 23 concesiones. Esta última empresa es la cuarta firma de mayor facturación global del planeta y recientemente se anunció su asociación con YPF para la explotación de Vaca muerta. Conjuntamente la producción de SINOPEC y CNOOC supera a la de la parcialmente estatizada YPF. Parece importante observar que si bien durante 2013 Argentina disminuyó sus exportaciones totales de petróleo, las dirigidas a China aumentan.
La compra del 51 % de la comercializadora de granos Nidera por parte de la estatal China Cofco, implica que este país –que es el principal importador mundial– controle uno de los oferentes más relevantes, pudiendo presionar a la baja del precio hacia la baja, dificultando la apropiación de una mayor proporción de la renta diferencial proveniente de esta actividad, lo cual había sido una de las principales banderas del “modelo de crecimiento con inclusión social”. Esto también facilita la política de China de reducir sus compras de aceite de soja para privilegiar la molienda dentro de sus propias fronteras.
Otro de los aspectos interesantes del desembarco de China en la región se observa a través del financiamiento. Con Venezuela se han practicado préstamos a cambio petróleo, que ante la baja del precio, China solicita su re-negociación para exigir a Venezuela una mayor cantidad de barriles como cuota. Los financiamientos de China en la región aparecen sin condicionamientos sobre la política fiscal o la política monetaria, sin embargo existen coacciones para que cada país reduzca sus relaciones con Taiwán y la obligatoriedad de privilegiar la contratación de firmas chinas por sobre las locales.
En la Argentina el proyecto de mayor relevancia para la República Popular de China resulta el financiamiento de la modernización del Ferrocarril Belgrano Cargas, que curiosamente recorre el 70 % del territorio en el cual se siembre y cosecha soja y puede también abaratar los costos de transporte de varios minerales. Los financiamientos e inversiones del país oriental –que en Nicaragua ya comenzó la construcción de un canal bioceánico– implican para América Latina un tipo de infraestructura que asegura al país oriental su propio aseguramiento de los recursos extractivos a bajo costo, sin contribuir a la integración de los pueblos de la región.

Las nuevas negociaciones como una muestra de dependencia y la diversificación de la reprimarización
La transición al tipo de vínculo actual que tienen Argentina y China actualmente, denominado “asociación estratégica integral”, lo fundan en el 2004 los entonces presidentes Néstor Kirchner y Hu Jintao (cuando el segundo visitó la Argentina). En esa visita, la Argentina reconoció a China como “economía de mercado”, restringiendo sus propias posibilidades de imponer varios tipos de barreras antidumping a productos provenientes de ese país, mientras que China se comprometía a incrementar sus compras a la Argentina en 5 años a los USD 4000 millones. China obtiene un beneficio presente, otorgándole a Argentina –en términos del especialista en relaciones internacionales Luciano Bolinaga– un compromiso futuro que cumplió parcialmente.
Hacia 2014 se presenta como “un éxito” para la Argentina la ejecución del swap de monedas, que no constituye más que un mecanismo por el cual el país incrementa su endeudamiento externo para continuar comprando manufacturas que podrían producirse en el interior del Mercosur, pero evitando mayores salidas de dólares2. En estas negociaciones, Argentina “obtiene” la posibilidad de exportar más productos a China como carne con hueso, sorgo, peras y otros productos primarios, logrando lo que el especialista en Relaciones Internacionales, Eduardo Oviedo denomina “una reprimarización diversificada”.
A cambio la Argentina otorga el control de recursos estratégicos e infraestructura, al igual que lo hiciera Julio A. Roca (h) en 1933.

¿“Ganar ganar” o Consenso de Beijing?
Uno de los cinco principios de la diplomacia china es que las relaciones entre los países resulten de “mutuo beneficio”. Algo enfatizado por funcionarios del Ejecutivo. Resulta extraño que un gobierno que construye su imaginario sobre el desarrollo en base a la soberanía sobre los recursos estratégicos, los vínculos con los países de la región y un tipo de crecimiento económico que apunte a la generación de empleo para robustecer la capacidad de consumo de los sectores populares y que la industria nacional ascienda en contenido de valor agregado, no mire críticamente elementos de los vínculos comerciales y políticos que: implican una inserción en la división internacional del trabajo característica de un país periférico, reorienta los factores productivos locales hacia actividades de menor contenido de valor agregado, compromete la generación local de empleo; pone en riesgo el control soberano de los recursos estratégicos e incluso compromete la integración comercial con los países del Cono Sur. Al mismo tiempo, el gobierno que afirma haber “empoderado a los sectores populares”, lleva en su misión a 102 empresarios, pero ningún representante de los trabajadores, movimientos ambientales, pueblos originarios o los usuarios de los trenes urbanos provenientes de China. Se evidencia que la forma en que el gobierno presenta estos acuerdos no implica más que contradicciones con la propia retórica que mantiene.

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1. El caso más nítido es la compra a China de locomotoras, coches y material ferroviario que podrían producir los trabajadores de EMFER.
2. El uso de la moneda intercambiada solamente puede ser utilizada para efectuar cancelaciones a China, y de esta manera este logra “anclar” a la Argentina para la compra de sus productos.

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El “factor chino” en Latinoamérica

EDUARDO MOLINA Y ESTEBAN MERCATANTE

 

La crisis mundial iniciada en 2008, cuyas secuelas plantean un panorama preocupante según analizan varios de los más encumbrados economistas1, ha tenido un profundo impacto en las relaciones de China con el resto del mundo. Al mismo tiempo que esta crisis terminó de ser el puntapié para que la dirección del PCCh empezara a plantear la necesidad de un crecimiento más autocentrado –objetivo hasta ahora más enunciado que cumplido–, también empujó al país a estrechar lazos económicos y políticos con vastas áreas del planeta. Entre ellas América Latina, donde la gira realizada por Xi Jinping durante 2014 marcó el inicio de una nueva etapa en las relaciones bilaterales. Se trata de un curso potencialmente disruptivo porque plantea una creciente influencia china en América Latina, históricamente considerada por Estados Unidos como una región semicolonial que es su “patio trasero”.

La magnitud de la “asociación estratégica” planteada por China anticipa que el gigante asiático pretende conquistar un peso cualitativo en Latinoamérica. Es decir, desarrollar lazos de dependencia económica en su favor. Esto implica no solo un refuerzo de la dependencia latinoamericana, sino que puede llevar a afectar la gravitación económica y –sobre todo– geopolítica sobre la región del imperialismo dominante, Estados Unidos, y sus socios europeos. Para los gobiernos con fricciones con Estados Unidos, como el venezolano, el argentino y otros, que entre otras cosas han acordado la compra de material bélico, China es vista como proveedora de un margen de maniobra suplementario ante las presiones del imperialismo. Por ambas razones, los planes de China para la región son mirados con recelo por Estados Unidos y las principales potencias imperialistas, y atacadas

por sus inconfesos voceros.

 

Las dos caras de China

A despecho de las ilusiones de los cultores de un “nuevo orden internacional” multipolar sobre el papel de China, las transformaciones en dicho país durante las tres últimas décadas, es decir, la contrarrevolución social que implicó la restauración capitalista, le hicieron jugar un papel profundamente reaccionario en la arena mundial. A partir de la restauración capitalista, China se constituyó en un “pulmón” para la vigorización de la economía mundial desde los ‘90. La superexplotación del proletariado chino ayudó a deprimir los salarios y erosionar las conquistas obreras en todo el planeta. China emergió integrada al orden imperialista, aunque hoy su búsqueda de afianzarse como potencia genere contradicciones económicas, financieras y geopolíticas en dicho orden. La política del gobierno chino, muy lejos de los discursos progresistas latinoamericanos, es profundamente conservadora y reaccionaria.

La formación económica china muestra una faz dual, según consideremos sus relaciones con el gran capital trasnacional y los Estados imperialistas en los que se asienta la mayoría abrumadora del control de la propiedad de estas corporaciones, o su relación con el resto de los países dependientes. China tiene 89 de las 500 empresas más grandes según releva Fortune 500. Sin embargo, como analizamos en IdZ 14, esto no le alcanza para mostrar una posición dominante en los “sistemas de producción que se han construido a través de las corporaciones internacionales líderes”2. Mientras que las grandes firmas de Europa, Norteamérica, Japón y Corea están profundamente insertas en la economía china, las empresas chinas son mucho menos visibles en el núcleo desarrollado, aunque intentan hacerse un lugar, especialmente a través de empresas de capital estatal o mixto. Vastos sectores de la burguesía que crecieron al calor de las exportaciones privilegian alianzas subordinadas con el capital imperialista.

La relación con los países dependientes y semicoloniales muestra en cambio otra faceta. En el último lustro, las inversiones procedentes de China hacia el resto del mundo crecieron de manera explosiva. En 2013, China fue el segundo receptor de inversión extranjera directa después de EE. UU., con USD 124 mil millones, y el tercer emisor de la misma, detrás de EE. UU. y Japón, con USD 101 mil millones3. Si bien China es aún un receptor neto de inversión extranjera directa (IED), el creciente flujo de capitales chinos al exterior es expresión de una incesante búsqueda por encontrar oportunidades de inversión para los excedentes de capital acumulados en el país, asegurarse el acceso a fuentes de materias primas de la forma más económica posible desarrollando nuevos proyectos o comprando empresas en estos sectores, así como invirtiendo en la infraestructura necesaria para facilitar el traslado. Por último, las inversiones y financiamiento de mediano y largo plazo se han vuelto una pieza en la geopolítica de China, combinadas con la búsqueda de fortalecer la gravitación del yuan como moneda de transacciones financieras globales.

Tironeado entre estas dos facetas, China, que aún no ha resuelto todas las contradicciones económicas, sociales y políticas de su retorno al capitalismo, es una potencia emergente pero no todavía un imperialismo plenamente constituido. Por eso busca acumular fuerzas y poderío económico evitando por el momento choques directos con los EE. UU. Su clase dominante amalgama la oligarquía del PCCh con una nueva burguesía que aún no consolidó su dominación social. Más allá de sus dimensiones económicas y su papel como centro de la gran “fábrica Asia”, depende aún en buena medida de la tecnología extranjera. Su ejército de más de dos millones de soldados es tecnológicamente atrasado, su armada apenas comienza a aventurarse fuera de las aguas del Mar de China, su capacidad nuclear tiene un carácter predominantemente defensivo; aunque China está poniendo un gran empeño en el desarrollo de su capacidad militar para cambiar esta situación.

Finalmente, China no tiene –aún– relaciones de subordinación semicolonial sobre otros países y carece de los atributos de hegemonía cultural con que los imperialismos estadounidense y europeos introducen elementos “consensuales” en su dominación sobre otras regiones del mundo.

 

Terrenos en disputa

No obstante, el impacto del ascenso chino en América Latina ya es evidente. Desde los primeros años de este siglo, la demanda china impulsó el boom de las materias primas, motor del crecimiento latinoamericano por casi una década. En años recientes se agrega un flujo creciente de préstamos e inversiones, junto a una amplia actividad diplomática de alto nivel y acuerdos de cooperación con varios países –como Argentina y Venezuela–, apuntando a una “asociación estratégica”. La gira de Xi Jinping en 2014 marcó el inicio de una nueva etapa en las relaciones bilaterales, y el reciente encuentro entre representantes de la CELAC y el gobierno chino en Beijing ratificó las proyecciones estratégicas de este intercambio alrededor del anuncio chino de disponer 250 mil millones de dólares para invertir en la región durante la próxima década.

Este avance convierte al “factor chino” en fuente de tensiones para los intereses de la dominación imperialista y, potencialmente, en una amenaza estratégica para Estados Unidos. Pero no debe ser exagerado el peso que ya alcanzó China en la región: los EE. UU. y la UE siguen en los primeros puestos en la inversión global4 en América Latina. El año pasado el stock de capital chino acumulado en la región no era aún el 10 % del que poseen las empresas de capital europeo o norteamericano. Si miramos el nombre de las grandes empresas en la región, los nombres de países de la OCDE se mezclan con algunas traslatinas y solo unas pocas corporaciones de origen chino.

En América Latina –es obvio– la penetración económica, financiera, militar y cultural norteamericana está profundamente asentada y el entrelazamiento de negocios e intereses con las burguesías locales asociadas a la dependencia es muy denso, aunque la autoridad política de Washington esté debilitada desde que con el ascenso de masas de principios de los años 2000, y el advenimiento de gobiernos “posneoliberales” en varios países, se creara una nueva relación de fuerzas que hizo entrar en crisis el viejo orden regional coronado por la OEA.

Los imperialismos europeos tienen un papel de gran importancia en la expoliación imperialista de América Latina, sobre todo en Sudamérica. Si bien el comercio con la Unión Europea viene perdiendo importancia relativa frente al dinamismo chino (que ya es el segundo o tercer socio comercial de varios países importantes de la región, como Chile, Argentina, Brasil o Perú), la influencia inversora, financiera y política europea es cualitativamente superior a la de Beijing. Además, mientras Estados Unidos ha establecido acuerdos como el TLCAN-NAFTA que profundizan la semicolonización de México y pactos de similar contenido con otros países, como Colombia, elementos como la discusión entre la UE y Brasil en pos de un acuerdo de libre comercio (resistido por Argentina) muestran la gravitación europea, en particular para sectores importantes de la gran burguesía brasileña, que al mismo tiempo recelan de la competencia china. China se ha vuelto una preocupación para el resto de las potencias imperialistas no solo porque se trate un competidor comercial, sino porque está ganando incidencia en la geopolítica regional, y contribuye a dar márgenes de maniobra a varios países latinoamericanos. En el caso de la Argentina, por caso, el financiamiento chino de corto plazo jugó un rol central para evitar una corrida contra el peso, aunque por sí solo no resulta suficiente para enfrentar el faltante de divisas a mediano plazo.

También ha permitido negociar proyectos de infraestructura sin avenirse al cumplimiento de condiciones asociadas a los acuerdos con el Banco Mundial. En el caso de Venezuela,

esta exporta hoy tanto petróleo a China como a Estados Unidos. Ha recibido préstamos por unos 45 mil millones de dólares y hay cuantiosas inversiones chinas en hidrocarburos. En momentos de crisis económica como la actual, esto es un auxilio táctico importante para el gobierno de Maduro, aunque consolida la dependencia venezolana y el extractivismo petrolero. No es un hecho menor que se inicie en Nicaragua la construcción de un nuevo canal interoceánico, con capitales chinos. No es difícil trazar una línea sobre el mapa entre los puertos petroleros de Venezuela, la gran zona especial de Mariel en Cuba, y los puertos de China. Un gran flujo comercial y de productos estratégicos se establecería fuera de control norteamericano en el corazón mismo de su “patio trasero”. Estados Unidos queda virtualmente marginado, gracias a la política de bloqueo heredada de la “guerra fría”, del proceso de restauración capitalista en Cuba, en el que se involucran activamente y le vienen ganando la delantera China, Brasil y algunas potencias europeas como España.

Si a ello se suman los acuerdos comerciales, financieros, de inversión e incluso tecnológicos y militares, está claro que la preocupación norteamericana tiene razones en que basarse. Se le plantea a Washington un problema estratégico, aunque todavía el peso “orgánico” chino en la región sea relativamente reducido. La preocupación en Washington no puede ser calmada por las “seguridades” sobre sus intenciones latinoamericanas brindadas al más alto nivel, como en la cumbre entre Obama y Xi a mediados de 2013. Por eso, EE. UU. se plantea actuar sobre tres factores que convergen en la geopolítica regional: el debilitamiento relativo de su peso económico y autoridad política; los mayores grados de autonomía que se arrogan países de la región; y la presencia creciente de China en las relaciones latinoamericanas.

En palabras del secretario de Estado John Kerry “América Latina es nuestro patio trasero (…) tenemos que acercarnos de manera vigorosa”, tratando “de hacer lo posible para tratar de cambiar la actitud de un número de naciones, donde obviamente hemos tenido una especie de ruptura en los últimos años”5. Obama busca capitalizar el momento favorable representado por la crisis del chavismo y el desgaste y viraje a derecha de los gobiernos “posneoliberales”. Esta adaptación “táctica” de la política norteamericana hacia la región toma nota del factor chino.

Gestos como el restablecimiento de relaciones con La Habana son tanteos en la búsqueda de una distensión regional que le permita recuperar incidencia. EE. UU. no es lo bastante fuerte para impedir que los países de la región ganen cierta autonomía, pero sí como para intentar condicionarla, sin renunciar a avanzar allí donde puede, por ejemplo, presionando con sanciones a Venezuela, o alentando un recambio gubernamental “serio” en las elecciones argentinas de 2015, en espera de mejores condiciones para una política más agresiva.

¿Será el resultado de estas fuerzas contrarias un acomodamiento, con distintos tipos de compromiso, entre OEA y CELAC, del Unasur y una la Alianza del Pacífico más pro norteamericana, del FMI y el BM y los créditos chinos, y entre las aspiraciones de liderazgo brasileño, la tutela yanqui y el ascendiente del gigante asiático, etc.? ¿O primará la crisis del orden regional, con una puja más abierta sobre el terreno entre los contendientes? En cualquier caso, el “factor chino” va a ser un ingrediente imposible de obviar en el escenario latinoamericano y las relaciones con el imperialismo.

 

Dependencia y desintegración

Resulta curioso que en, al final de una década durante la cual los gobiernos de buena parte de los países de la región manifestaron como nunca su coincidencia en la necesidad de la integración regional, estas economías dependientes avanzan aún más en una profundización de lazos con China que desmiente –una vez más– la posibilidad de tal integración bajo bases capitalistas. Los compromisos establecidos en los acuerdos de cooperación con China ponen en posición de privilegio a los capitales del prestamista asiático, compitiendo contra los socios regionales. Esto genera resistencia de sectores del gran capital (como fracciones de la industria mexicana, brasileña o argentina). Y fortalece las tendencias centrífugas que cuestionan la “integración” proclamada por los gobiernos locales, cuando ya varios de los procesos de integración de la región, como el Mercosur, se encontraban en un impasse. Ahora la perspectiva podría agravarse.

Diversos intelectuales “progresistas” y nacionalistas plantean la alianza con China y la aceptación de esta política de acuerdos y asociación estratégica como necesaria para avanzar hacia un mundo multipolar donde China sea contrapeso de la dominación imperialista, mientras que la unidad latinoamericana, usualmente planteada en torno a Brasil, permitiría a la región actuar con autonomía. La alianza con China es en realidad un elemento poderoso que refuerza esa disgregación; señalemos además que el apoyo de estos intelectuales al acercamiento regional a China requiere embellecer el rol geopolítico que esta viene jugando, que como ya señalamos es completamente reaccionario.

El llamado “Consenso de Beijing” suele ser presentado como “más amigable” y exento de las condiciones que imponía el neoliberal “Consenso de Washington” a la región durante la década de 1990. Por eso da lugar a las ideas de una potencia más “benevolente”, que en ocasiones llega a oponerse a la “rapacidad” de las otras potencias imperialistas. Sin embargo esto pasa por alto que los costos vienen por otro lado: “Los bancos de desarrollo chinos no imponen condicionalidades políticas como las instituciones financieras internacionales, pero por lo general incluyen en sus créditos la obligación de comprar productos chinos o la de que empresas chinas sean adjudicatarias o participen en proyectos de infraestructura”6. El “compre chino” como condición de los créditos, refuerza aún más las ventajas competitivas que ya tienen por su costo las manufacturas chinas, reforzando el desplazamiento de los industriales de la región. De esta forma, contribuye a reprimarizar las exportaciones de la región, según un patrón de acumulación de sesgo primario-extractivista, constriñe el mercado para las manufacturas locales y profundiza la inserción subordinada y dependiente de América latina en la división internacional del trabajo dirigida por el gran capital imperialista.

La “asociación estratégica” con China hacia la cual se orientan hoy las burguesías de la región, sea bajo los gobiernos nacionalistas y de centroizquierda como los neoliberales (en ello convergen los países de la Alianza del Pacífico con el Mercosur), ofrece fuertes beneficios de corto plazo para vastos sectores del empresariado vinculados a los commodities o la obra pública, mientras promete imponer onerosos costos en endeudamiento y penetración de nuevos capitales, que sencillamente se sumarán a los que ya impone el capital financiero europeo y norteamericano en la región.

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1. Ver al respecto Paula Bach, “Summers, Yellen y Marx”, y “Una interpretación marxista del estancamiento secular”, en La Izquierda Diario, 28/11/15 y 1/11/14 respectivamente.

2. Esteban Mercatante, “Capitalismo siglo XXI: un mundo menos plano que nunca”, septiembre 2014.

3. Estos datos no contabilizan a Hong Kong, que recibió en 2013 u$s 77 mil millones pero arrojó u$s 92 mil millones.

4. CEPAL, “La inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe. 2013”, abril de 2014.

5. “John Kerry considera a Latinoamérica el ‘patio trasero’ de Estados Unidos”, disponible en tercerainformación.es, 19/4/13.

6. Rubén Laufer, “¿Complementariedad o dependencia? Carácter y tendencias de las ‘asociaciones estratégicas’ entre China y América latina”, VII Jornadas de Economía Crítica, La Plata, septiembre de 2014.

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