Sobre Thomas Piketty y la desigualdad como destino manifiesto

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El capital en el siglo XXI

PAULA BACH

Número 10, junio 2014.

 

Segundo en la lista de bestsellers de Amazon y tercero en la lista de The New York Times; según The Guardian: “Llevarlo debajo del brazo se ha convertido en la nueva herramienta de conexión social en ciertas latitudes de Manhattan”. El libro al que algunos consideran como la contratara del fenómeno Fukuyama y al que sugestivamente se conoce como “Capital” en Estados Unidos, desató un apabullante abanico de críticas provenientes de todas las comarcas de la teoría económica.

 

 

No por casualidad en un contexto de vacío ideológico de la teoría económica burguesa abierto por la crisis de 2008, el libro de Piketty, centrado en el análisis de la dinámica de la desigualdad en el capitalismo, se transformó en un hecho político con epicentro en el mundo anglosajón y particularmente en Estados Unidos.

 

Una maquinaria productora de desigualdad

Si algo tiene de sorprendente el trabajo de Piketty, tratándose de un economista que sigue los postulados del mainstream, es la identificación del capitalismo con una maquinaria intrínsecamente productora de desigualdades a través de una exhaustiva investigación empírica que abarca desde el siglo XVIII hasta nuestros días.

A más de un siglo del famoso debate al interior de la Socialdemocracia alemana y aún sin quererlo, Piketty demuestra con datos contundentes que la razón estaba del lado de los marxistas que, como Rosa Luxemburgo, enfrentaron duramente al revisionismo de Bernstein1 que entre otras varias cuestiones sostenía que el capitalismo avanzaba hacia una mayor distribución de la propiedad y hacia una disminución progresiva de las contradicciones sociales.

La idea que resalta insistentemente el autor alrededor de las casi mil páginas de la edición original en francés, es que a lo largo de toda su historia el capitalismo muestra una clara tendencia a incrementar los patrimonios privados2, concentrando la propiedad en un polo e incrementando recurrentemente las desigualdades sociales. Solo grandes shocks como las dos guerras mundiales del siglo XX, la revolución rusa de 1917 y la crisis de los años ‘30 establecieron –como excepción histórica– un límite a la desigualdad que retomó su curso ascendente durante las últimas décadas, tendiendo a recuperar en el presente siglo los niveles paradigmáticos de la Belle Époque3.

Piketty señala que entre 1900 y 1910 los patrimonios privados alcanzaban un valor promedio cercano a 7 y 5 años de ingreso nacional en los principales países europeos y en Estados Unidos, respectivamente. En un contexto de crecimiento económico-poblacional promedio relativamente bajo –que considera la norma del capitalismo–, se delinea un capitalismo patrimonial rentístico en el que el incremento de la desigualdad probablemente hubiera proseguido hasta niveles inimaginables de no ser por la sucesión de shocks de 1914/45. Luego de este período y como subproducto de la destrucción directa provocada por las guerras, los shocks presupuestarios y políticos y el débil nivel de precios de los activos en la segunda posguerra, los patrimonios disminuyeron abruptamente pasando a representar en promedio, alrededor de tres años de ingreso nacional. Como consecuencia de la destrucción de los patrimonios y de la instauración de un nivel impositivo progresivo sin precedentes históricos, la desigualdad disminuye abruptamente y comienza un período de reconstrucción con un crecimiento promedio –sobre todo en Europa– excepcionalmente alto para los estándares capitalistas.

Un hecho particular al que Piketty otorga fundamental importancia durante este período, es el surgimiento de una “clase media patrimonial” (fundamentalmente propietaria de su vivienda) que representa al 40 % del medio entre el 10 % más rico y el 50 % más pobre y que durante los años de posguerra se hace poseedora –tanto en Europa como en Estados Unidos– de aproximadamente entre un cuarto y un tercio del patrimonio nacional. El desarrollo de este sector resulta la principal transformación estructural con respecto a la distribución de la riqueza en el siglo XX. Piketty insiste sobre el hecho de que la baja concentración del capital, el alto crecimiento económico-poblacional y la disminución de las desigualdades que se producen luego de la guerra, constituyen una clara excepción en la historia del capitalismo. La norma es el crecimiento relativamente bajo, la alta acumulación de patrimonios privados y la desigualdad creciente. Solo shocks “externos” al sistema que provienen del lado de la política, principalmente las guerras y las convulsiones sociales –aún cuando estas últimas tienen un rol marginal en su análisis–, son capaces de revertir las condiciones aunque solo por un período de tiempo.

De este modo, luego de la guerra la reconstrucción de los patrimonios se produce a alta velocidad y se acelera con la “revolución conservadora” a partir de los años ‘79/80. El crecimiento promedio disminuye, la globalización y la competencia entre estados impulsa reducciones de impuestos y sobre todo una estructura impositiva cada vez más regresiva, la acumulación patrimonial privada y la estructura de las desigualdades se acercan velozmente a los niveles principios de siglo. La acumulación de patrimonios privados representa hoy el equivalente a entre 5 y 6 años de ingreso nacional. No obstante y como resabio de la excepcionalidad de posguerra, aún se mantiene una clase media patrimonial actualmente amenazada de un empobrecimiento que suscitará fuertes reaccione políticas. Piketty señala, a la vez, que principalmente a partir de 1990 se observa un persistente proceso de crecimiento de la desigualdad en la distribución del ingreso marcado fundamentalmente por el impactante crecimiento de los salarios de los gerentes, proceso que si bien aparece como tendencia mundial, muestra toda su espectacularidad en Estados Unidos (que es hoy claramente más desigual que los países europeos), donde las reducciones impositivas se transformaron en abultados sueldos gerenciales.

En este contexto alerta que el pronóstico de un crecimiento bajo para las próximas décadas indicaría la tendencia a un desarrollo cada vez mayor de los patrimonios privados que iría de la mano con el avance de una sociedad cada vez más rentística, reproduciéndose bajo el signo del siglo XXI, las tensiones insoportables de la Belle Époque.

 

El reino del trabajo muerto

Piketty observa empíricamente el movimiento histórico de los patrimonios privados cuya acumulación extrema requirió en la primera mitad del siglo XX –y aún podría hacerlo nuevamente– una destrucción masiva (guerras mundiales y crisis del ‘30) como precondición de los llamados “Treinta Gloriosos”. Su investigación –aún desde el sentido común de los postulados neoclásicos– aporta elementos sugestivos que –al menos como guía4– resultan muy útiles para pensar y evaluar en términos empíricos, la evolución de lo que los marxistas concebimos como tendencia a la sobreacumulación del capital5 y sus consecuencias a través de la historia. Pero ¿cómo explica Piketty el movimiento que observa? Lo explica a través de lo que denomina la mecánica de la divergencia patrimonial. Un mecanismo que afirma que a través de la historia (salvo en el período excepcional de la posguerra) se verifica que el rendimiento del capital resulta recurrentemente mayor que la tasa de crecimiento económico de las sociedades. De modo tal que es suficiente que los propietarios del capital inviertan una pequeña parte del rendimiento –levemente mayor al crecimiento económico– para que la acumulación patrimonial se produzca a mayor velocidad que el crecimiento de la sociedad en su conjunto.

En este contexto los patrimonios heredados del pasado siempre superan a los constituidos en el curso de la vida de las personas. La divergencia de los patrimonios privados y la sociedad de rentistas –que viven de la diferencia entre el rendimiento del capital y la inversión–, resultan factores que se desarrollan a la par. De este modo, la brecha entre el rendimiento del capital y el crecimiento económico es para Piketty la fuerza motriz de la desigualdad en el capitalismo. Su objetivo es demostrar que el fundamento de la desigualdad no se debe buscar en la esencia misma del capital ni por tanto en el origen de su rentabilidad, sino en la sociedad de rentistas y en el peso de la herencia, que se derivan de la distancia entre el crecimiento económico y la rentabilidad del capital.

Plantea para ello como hipótesis teórica extrema la identidad entre crecimiento y rentabilidad concluyendo que en un caso tal el propietario debería reinvertir cada año la totalidad del rendimiento del capital. Se acumularía por consiguiente tanto capital que los rentistas no tendrían ya más nada para consumir si desean que su capital crezca al ritmo de la economía, cuestión necesaria para mantener su estatus social. En este contexto los patrimonios constituidos en el curso de la vida de las personas serían compatibles con los “valores meritocráticos” y los “principios de justicia social que están en la base de nuestras sociedades democráticas modernas”.

En sus palabras “es el ideal socialdemócrata de la posguerra: los beneficios financian la inversión y no el ritmo de vida de los accionistas”6. El problema es que la fuente fundamental de la desigualdad no se encuentra ni en las rentas que no se destinan a inversión, ni en la acumulación de capitales de distinta magnitud, ni en el “condicionamiento” del capital heredado. La fuente de la desigualdad en el sistema capitalista es el capital mismo que no es un “objeto” o sea algo idéntico al patrimonio, como lo trata Piketty, sino una relación social en la cual el trabajo vivo impago es el único factor capaz de incrementar el trabajo muerto contenido en el capital inicial, posibilitando su acumulación ampliada. No hay “valor meritocrático” capaz de engendrar capital: por más que se esmeren el propietario de los medios de producción y sus gerentes no tendrán forma de acrecentar el capital en ausencia de trabajo vivo impago. La desigualdad “original” frente a la propiedad de los medios de producción es la condición necesaria para la reproducción del capital. Es en la acumulación ampliada de capital y no en el consumo rentístico donde se halla la fuente de la desigualdad. Y por otra parte, es la propia dinámica de la acumulación del capital la que engendra tanto al “rentista” como la concentración del capital y por tanto la desigualdad en la distribución7. Por ello los “principios de justicia social de nuestras sociedades democráticas modernas” privilegian el derecho a la propiedad privada que garantiza la existencia de una clase de no propietarios de los medios de producción, obligada a vender en el mercado su fuerza de trabajo, única mercancía capaz de aportar la sustancia que valoriza al capital. No habitamos el reino de los muertos (el peso de la herencia) que, como sugiere Piketty, domina el mundo de los vivos, habitamos el reino de la propiedad privada del trabajo muerto (propiedad de los medios de producción) que domina al mundo del trabajo vivo (trabajo asalariado).

La negativa de Piketty a tratar al capital en su carácter histórico limitado le impide pensar una teoría de la historia del capital. Por ello no existen en todo su trabajo siquiera elementos de una teoría que aporte fundamentos a la explicación de las crisis capitalistas ni de las condiciones necesarias de su superación por parte del capital.

 

¿Una guerra, un impuesto?

Luego de haber acompañado al capitalismo durante toda su historia dando cuenta de datos impactantes como que en más de 200 años el 50 % más pobre de la sociedad no obtuvo nunca más del 5 % del patrimonio nacional; o que fueron necesarias al menos dos guerras mundiales y una crisis catastrófica para que el 40 % que se ubica entre el 10 % más rico y el 50 % más pobre, se haga fundamentalmente propietario de una vivienda en los principales países capitalistas; Piketty fundamenta esta regularidad mediante una condición empírica –la distancia entre el rendimiento y el crecimiento– para la cual no ofrece explicación alguna. Lo cierto es que Piketty huye de cualquier ley interna del capitalismo que pueda explicar la regularidad que constata; su objeto es demostrar que a pesar de la desigualdad creciente que engendra, el capital es la única forma posible, natural, de la existencia humana. Es por ello que en su análisis el crecimiento económico aparece como una especie de Deus ex machina, independiente del rendimiento del capital y de la voluntad de los capitalistas, así como el rendimiento del capital brota a su turno como una entelequia sin más explicación que una identidad contable. Por el mismo motivo, al identificar capital con patrimonio8 trata al capital no como una relación social, sino como una cosa que tiene la propiedad útil o natural de arrojar un rendimiento. Siguiendo la misma lógica, en la exposición relativa al incremento de las desigualdades en la distribución del ingreso durante los últimos 30 años, destaca la acumulación en un polo pero nunca la ofensiva sistemática desatada por el capital sobre el trabajo asalariado. Piketty busca otorgar fuerza de ley a la diferencia entre rendimiento del capital y crecimiento económico oponiéndola de hecho –con una crítica llamativamente deficiente que, más allá de la riqueza del tema, ya cuenta con refutaciones empíricas9– a la ley tendencial histórica a la caída de la tasa media de ganancia expuesta por Marx en el tomo III de El capital.

Su aseveración de que la fuente del crecimiento de la desigualdad se debe a la divergencia significativa y duradera de la tasa de rendimiento privado del capital y la tasa de crecimiento económico, tiene el principal objetivo de fundamentar la política económica que propone. Luego de haberse preguntado varias veces si será necesaria otra guerra, señalando que esta vez sería verdaderamente mundial, Piketty propone como alternativa reducir la brecha entre el rendimiento del capital y el crecimiento

económico a través del establecimiento de un

registro internacional de los patrimonios y la

aplicación de un impuesto anual progresivo moderado sobre las fortunas. Un impuesto del 1 o 2 % según la magnitud del patrimonio, que en caso de Unión Europea equivaldría a alrededor del 2 % del PBI europeo. Una política sorpresivamente timorata que no va más allá del objetivo de “poner en caja” al “rentista” para estimular el desarrollo del capital productivo con un importante parecido a la tasa Tobin, que amén de su carácter inofensivo ya sufrió distintos recortes y fue aplazada en la Unión Europea hasta 2016. Al menos hay que reconocer que Keynes, quién también perseguía la utopía reaccionaria de reproducir en condiciones de paz las bondades de la guerra fue –amén de su conservadurismo extremo– notoriamente más audaz. Lo inverosímil de la intención de reemplazar el rol destructivo de las guerras mundiales y de las propias crisis capitalistas con un simple impuesto, hace que el contraste entre la constatación empírica de Piketty y la salida propuesta salte a la vista como problema de la propia estructura lógica de la obra. Es cierto que “La dificultad surge porque el análisis económico de la distribución del ingreso se aborda desde un enfoque neoclásico que por definición es asocial y ahistórico”10. Se pone de manifiesto que Piketty no extrae conclusión alguna con respecto a la relación entre los hechos históricos monumentales del siglo XX que analiza y los límites del capital. No otorga importancia a su propia verificación entre la destrucción masiva de capitales que se confirma en la disminución patrimonial de posguerra y el fuerte incremento de la tasa de rentabilidad que observa. Del mismo modo, si retomamos lo que Piketty denomina el “ideal socialdemócrata de la posguerra”, no hallaremos en su libro otro motivo –más allá del tiempo y el azar– que explique por qué la “divergencia patrimonial” se coló en el “ideal socialdemócrata” poniendo fin a los llamados “Treinta Gloriosos” y abriendo paso nuevamente a la “norma” del capital.

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1. Piketty defiende explícitamente la política de colaboración de clases de Bernstein.

2. Piketty trata como sinónimos al patrimonio y al capital.

3. Período de la historia de Europa comprendido entre la última década del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial.

4. Algunos autores critican metodológicamente la evaluación empírica de Piketty, ver por ejemplo Husson, M., “Le capital au XXIème Siècle, Richesse des données, pauvreté de la théorie”, disponible en hussonet.free.fr.

5. Factor explicativo en última instancia, tanto de las guerras mundiales como del actual estancamiento de la economía capitalista.

6. Piketty, T., Le capital au XXIème Siècle, París, Edicion du Seuil, septembre 2013, p. 927, traducción propia.

7. El aspecto de la relación entre concentración y desigualdad lo desarrolla Astarita, R., en “Reflexiones desde el marxismo sobre el libro de Piketty”, disponible en rolandoastarita.wordpress.com.

8. A propósito de este aspecto ver Milanovic, B., citado por Husson, M., op. cit.

9. Ver Michael Roberts Blog, “A world rate of profit revisited with Maito and Piketty”, thenextrecession.wordpress.com.

10. Astarita, R., op. cit.

2 comments

  1. Aneto 16 julio, 2014 at 01:03 Responder

    No se puede devaluar la contribuición singular de Piketty, todavia, por qué la tributación de los “top reaches” no és impossible. Piketty no propone una revolución; ni siquiera una distribuición del ingreso. La originalidad de Piketty se ubica en la crítica de la “supply side theory”.

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