Servidumbre y emancipación (II)

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A propósito de Moral burguesa y revolución

GASTÓN GUTIÉRREZ

Número 13, septiembre 2013.

En IdZ 12 presentamos la filosofía de León Rozitchner señalando un eje que recorre su obra: la crítica de la “servidumbre voluntaria” en el capitalismo. Lo que supone comprender la dominación de clase, adentrándose, tanto en los mecanismos de separación de los cuerpos y de la alienación en el trabajo, como en el plano de la mistificación ideológica por la cual aquellos “afectados por una situación que los destruye no reaccionan”. Decíamos que el ejercicio adecuado para una identificación de las tareas filosóficas era poner en el centro el objetivo de desentrañar este “embrujo” ideológico de las clases dominantes, contraponiendo, a las hipóstasis y representaciones conceptuales, una crítica a la autonomía ilusoria que suponen, resituándolas en las relaciones efectivas de la historia. La crítica filosófica y política se vuelca hacia los vínculos concretos que se tejen en las relaciones de clase y la cuestión del sujeto pasa obligadamente a primer plano. De ahí que sus textos mantengan siempre la pretensión de ser textos políticos, y que cualquier lectura que debilite esta cuestión caiga en el peligro de abrir el paso a su domesticación.

 

La moral en auxilio de la Contrarrevolución

En el segundo libro de León Rozitchner Moral burguesa y revolución1 filosofía y política se conjugan para desentrañar la conciencia moral de la burguesía ante el peligro de la revolución. El libro, modelo de cómo analiza Rozitchner la conciencia burguesa (en este periodo), fue escrito entre 1961-62 y presenta el resultado del análisis de los testimonios-interrogatorios televisivos a los miembros del grupo que se propuso la invasión contrarrevolucionaria de Bahía de Cochinos (el punto más alto de enfrentamiento con el imperialismo norteamericano por la revolución cubana y un acontecimiento decisivo del vuelco socialista del proceso). Está realizado in situ, ya que Rozitchner vivió allí, entre 1961-1962, compartiendo la atracción de los intelectuales hacia la revolución cubana, cuyo hito es el viaje de Sartre a la isla en el ‘61, y textos simbólicos, entre los que se destaca la entrevista al Che Guevara donde éste acuñó el concepto de “revolución de contragolpe”2, útil para entender el rol preeminente de las masas y la radicalización del proceso más allá de los objetivos iniciales de Castro y sus compañeros3.

Rozitchner publicó en Cuba su trabajo La negación de la conciencia pura en la que lee los Manuscritos de Marx de 1844, y participó de la organización de la universidad, encargándose de la materia de Ética, mientras otros intelectuales y militantes argentinos, de diversas procedencias políticas e ideológicas participaban también, como J. W. Cooke (ciencia política) y su compañera Alicia Eguren (sociología), con quienes entablará una relación de amistad y discusión políticas y teóricas. Partiendo del análisis del material concreto que resume las defensas de los distintos integrantes del grupo invasor, Rozitchner muestra todo el paisaje moral de la burguesía cubana, profundamente dependiente del imperialismo norteamericano. Justificaciones, dispositivos morales, argumentos de autoridad, hasta llegar a argumentos lógico formales y con pretensión de racionalidad, son puestos en función de deslindarse de la responsabilidad de la acción ya sea en la interioridad del individuo o en el grupo.

El acontecimiento contrarrevolucionario fracasado es la oportunidad ideal para mostrar a plena luz una serie de mecanismos de ocultamiento que están presentes cotidianamente en la sociedad burguesa. Resituando la guerra, la muerte, la contrarrevolución y la revolución como temas para la filosofía, el libro se propuso contraponer la moral burguesa con la ética revolucionaria, tomando a los contrarrevolucionarios “como si fueran filósofos”. Así se propuso

 

…unir dos extremos: el de una actividad práctica, la más dramática y culminante de todas como es la guerra, con su expresión racional que, no acallado aún el tronar de las armas, recupera su voz para traducir ese acto en una expresión consciente. Esta circunstancia es la que, creemos, proporciona todo su valor de prueba al análisis que efectuamos. Quisimos además mostrar que la reflexión filosófica, sobre todo si es reflexión ética, debe ponerse a prueba en el análisis de situaciones vividas en las cuales los hombres asumen la mayor de sus responsabilidades históricas. En ese sentido este trabajo quiere ser el pendant extremo de la actividad pseudo-filosófica que se desarrolla oficialmente en las universidades de nuestro país, dedicada toda ella a ocultar, precisamente en nombre del conocimiento, aquel que se refiere a las situaciones más dramáticas [28].

 

Como siguiendo un apotegma leninista, para él la crisis y la revolución abren el camino a una verdad que se encuentra oculta, y que emerge de manera situada, específicamente sobre el “fondo del enfrentamiento concreto”. Sin ese compromiso con la historia no se alcanza siquiera la altura del conocimiento científico. La filosofía académica de los “pastores del ser” depura a la filosofía de la historia y lejos de ganar en objetividad, termina empobreciendo el objeto. El método y “criterio de análisis” que seguirá Rozitchner es mostrar que cada individuo expresa una perspectiva personal estructurada por determinada clase social, y que es en el seno de esa clase donde se determinan fundamentalmente todas las categorías de la comprensión.

 

Figuras de la moral y la verdad burguesa

La invasión fue protagonizada por el grupo FRD4, recientemente constituido por la CIA, y la composición de sus miembros “resume y simboliza la estructura moral básica de la sociedad capitalista dependiente y el esquema humano básico que proponen”: el sacerdote, el hombre de libre empresa, el funcionario diletante, el torturador, el filósofo, el político y los hijos de buena familia. A través del relato de cada exponente emergen diferentes figuras de la conciencia burguesa, que en su heterogeneidad representan los distintos estratos de las clases dominantes en una “agrupación indiscriminada de sentido negativo, dentro de la cual se encontraban incluidas las fuerzas más retrogradas de la sociedad” [35]. Rozitchner quiere realizar una verificación concreta del análisis marxista de la moral burguesa, enjuiciándola en su conjunto, y en particular, para desentrañar cómo la vivencia de las instituciones de la sociedad capitalista, que cotidianamente están desmembradas y ocultas, se articulan en una división social del trabajo moral.

El capítulo “La imagen del oportunista” reconstruye el repentino pasaje a la acción histórica de un “cuponero”, que hasta la revolución (o mejor dicho hasta la contrarrevolución) había “vivido al margen de las circunstancias”, como accionista de una empresa minera, siendo un escritor aficionado para el que la máxima actividad había sido prestar servicio como un gris funcionario del régimen de Batista. Fiel poseedor de las características del oportunismo burgués es quien con más claridad ejemplifica el método de composición de ese conjunto social indeterminado que se pone bajo la dirección del imperialismo americano. El buen burgués se “sacrifica”, “haciendo de tripas corazón” en pos de un objetivo, y se embarca junto a lo que él mismo describe como “lo peor” de la sociedad, esto es torturadores, delatores, mercenarios, latifundistas y militares, aunque no se priva de mantener una exquisita diferenciación para sí mismo, presentándose como parte de los demócratas del bando. Bajo el signo de la “democracia” se agrupa a un todo indiscriminado, pero irónicamente se excluye al pueblo trabajador y campesino que apoyó la revolución. Contrastan así dos formas de agrupamiento social, en el que difieren el campo contrarrevolucionario y el revolucionario: el primero agrupa indiscriminadamente bajo la dirección de una minoría, el segundo selecciona de entre las clases y grupos una alianza social progresiva.

En “La moral de los cruzados” es el sacerdote, la Iglesia y la religión los que son puestos en la picota. La división espíritu-materia es el dualismo en el que se sostiene la moral capitalista, los que se dedican a la espiritualidad son el producto de una sustracción según la cual unos quedan sumidos en la animalidad material y son objeto de plegarias sobre la muerte. En sus proclamas presentan a los invasores como “cristianos en su totalidad” y motivados por la moral de los cruzados en una “lucha de los que creen en Dios contra los ateos, de los valores espirituales contra el materialismo, de la democracia contra el comunismo”[94]. Pero, cuando es interrogado concretamente el sacerdote recurre a esquemas de encubrimiento: sustitución de la totalidad material social por una totalidad espiritual; disolución del acto colectivo en actividades espirituales sin responsabilidad; retorno a su individualidad “especial”, según la cual él está reservado a las actividades del espíritu. Lo cierto es que la verdad del sacerdote está en el grupo, su función es otorgar una totalidad de sentido “sustitutiva” a la de la burguesía que no puede ser confesada en público. Así cada cual aparece como lo que no es: el asesino como defensor de Dios, el terrateniente explotador como preñado de una alta espiritualidad por los pobres, y el sacerdote libre de culpa, porque no apretó ningún gatillo, sino “solo la voluntad del otro”.

En “La verdad del grupo está en el asesino”, se ve cómo la moral de la burguesía como clase se basa en el encubrimiento de las relaciones que unen a los individuos entre sí. Según una división del trabajo, aquellos que no realizan concretamente las tareas “materiales” se evaden de su responsabilidad en el grupo, proclamando la primacía de su Yo como individualidad aislada. Y aquellos que sí realizan concretamente las tareas “materiales” de opresión y no pueden eludir su relación directa, retornan al grupo para buscar en él la responsabilidad total por el acto que en sus manos fue delegado: es el caso del asesino. Son dos polos de un mismo colectivo, en el cual opera una dialéctica  en la que, según el caso, va del individuo al grupo o del grupo al individuo. En esta operación en la que se separa o se reúne, se abstrae o se sintetiza de acuerdo con el trabajo que le toca, muestra la lógica fundamental de la moral de su clase:

 

O se independizan completamente y se colocan al margen como personas –al margen de la política, al margen de la economía, al margen de la guerra que promueven–, o diluyen su sentido en el todo, pero entonces desaparecen como personas. [100]

 

El individuo en un caso se presenta separado de la maldad del sistema (podríamos llamarla la parábola del burgués bueno), y en el otro caso son tan sólo ejecutores de una maldad impuesta. En ningún caso se establece la conexión, dialéctica, entre individuos y grupo. Así la muerte concreta que realiza el asesino se disuelve en la contabilidad de las muertes por la clase burguesa, y la clase burguesa no es culpable de nada, entregando al asesino.

En “El racionalismo moral de la burguesía”, un estudiante de filosofía y derecho pone el análisis racional al servicio de encubrir los nexos materiales que lo incriminan. El primer paso para esto es que el reducto de la razón sea otra vez el yo mismo, en contraposición con la verdad objetiva. Mediante un ejercicio de simulación analítica, cada hecho es sometido a una “serie de razonamientos en cascada”, que logran desplazar más y más las conexiones entre los eventos, y que se coronan en un rechazo de la totalidad, reduciendo las acciones de clase a acciones individuales. Su moral de clase limita su razón. La realidad es disuelta también, ya que no hay actos objetivos, sino solamente las intenciones subjetivas de cada uno. Y argumentando falta de elementos desconoce completamente la existencia de un problema campesino, un problema obrero o un problema de miseria juvenil.

No se trata sólo del cinismo del joven estudiante de tres universidades extranjeras, sino más profundamente de que toda su percepción e inteligibilidad del mundo se basa en sus intereses de clase, y su racionalidad confesada, es tan sólo una racionalidad “segunda”, una falsa racionalización a la que hay que oponerle un análisis sintético de la realidad vivida en la sociedad burguesa y la expropiación material por parte de la revolución.

“Las cuentas morales de la libre empresa” es la ocasión para abordar el punto de vista apolítico del terrateniente y el empresario, y la disolución de su responsabilidad en la democracia representativa. Aquí la moral su clase depende enteramente de la división entre economía y política que le permite actuar en el pequeño mundo de su acción económica inmediata, y deslindarse de cualquier significación social más amplia. Estrictamente nunca apoyó a Batista y sus crímenes. Sin embargo, bastó que la revolución trastocara la separación de economía y política mediante la reforma agraria, para que se despertara el contrarrevolucionario abandonando su apoliticismo.

En “El formalismo democrático” Rozitchner imputa el carácter vacío de la democracia burguesa y le opone las tareas de educación socialista según la cual “cada hombre reconozca, reanime y vivifique los lazos materiales que lo unen a la comunidad” [126], en un proceso por el cual la democracia pase de formal a concreta otorgando la primacía a las masas (en armas). Más allá de la ilusión de Rozitchner en las potencialidades de la revolución cubana, cuyos límites manifiestos estuvieron precisamente en la falta de democracia de las masas y su rápida burocratización, eso no va en desmedro de la denuncia que realiza sobre la democracia burguesa. Para él la burguesía es separación, división, ocultamiento de las relaciones, en oposición a la revolución que es “síntesis, conexión, descubrimiento de lo que la burguesía ocultaba”. Se trata de derribar la duplicidad, donde está el plano de la conciencia moral formal, en la que se encuentra la individualidad, y por la otra la de los lazos materiales colectivos en las que priman relaciones sociales de sumisión y explotación. Al demostrar cómo todos “querían ser juzgados por el primero y ocultaban cuidadosamente el sentido del segundo” Rozitchner ofreció una demostración concreta de cómo

 

…la moral burguesa parte de la separación y de la escisión asumidas como esenciales, pues cada persona no aparece como ya constituida en el seno de las relaciones sociales que hicieron posible su surgimiento en el ámbito “inhumano” de su clase [198].

 

Filosofía y morales en la historia

El mayor mérito de Rozitchner es mostrar el “cinismo (que) configuró la moral burguesa, en ocasión de un acontecimiento privilegiado que la puso en evidencia” [199]. Para esto se valió de una riqueza de procedimientos crítico-filosóficos que resumen la profundidad de su base teórica (en este periodo). Retomó la conclusión de su crítica a la ética de Scheler, en la cual para salir de la fenomenología hacia el terreno histórico abierto por Marx, llegó a una definición del hombre como absoluto-relativo, manteniendo la preocupación por las configuraciones del individuo. Siguiendo la filosofía del joven Marx emprendió la crítica y negación de la conciencia pura, no en un plano puramente epistemológico, sino en cómo está presente en las relaciones ideológicas, para contraponerle a la composición ecléctica y abstracta de la moral burguesa, una antropología ética que parte del cuerpo sensible.

Quiso realizar una práctica filosófica, no como un sustituto de la práctica política, sino como una realización de la filosofía, en donde la verificación del marxismo se mostrara en un acto de verdad sostenido en el mismo acontecimiento histórico. Contraponiendo a los principios absolutos de la ética, el fragor de las luchas políticas. Descomponiendo la duplicidad de la moral burguesa utilizando un modelo de alienación y situando a los individuos como parte de una totalidad social determinada. Son bases correctas que deberían ser consideradas para una filosofía marxista, aún criticando la ideología política que impulsó su empresa en ese momento. En el campo de discusiones de los ‘60 adquirió preeminencia el lugar de la responsabilidad individual, sin embargo hay que evitar ingresar en un dilema abstracto entre lo individual y lo colectivo que es siempre un problema posible.

La ideología voluntarista de los comandantes, que Rozitchner aprueba aquí y allá, dejaba en un lugar indeterminado el rol de la clase obrera como dirección hegemónica del proceso revolucionario. Y la moral, como señalaba Trotsky, es siempre política, y por lo tanto, definida en función de la estrategia.

En el libro la idea de Revolución se autonomiza de otras consideraciones estratégicas más amplias, y necesarias precisamente cuando se trata de establecer la moral en la historia como dependiente de las opciones políticas y estratégicas (que van de la revolución permanente al comunismo). Esto se vuelve una debilidad evidente ya que situar los problemas de la moral revolucionaria en el más amplio campo de problemas propios de la revolución supone una interpretación estratégica de la historia de la revolución cubana, sin embargo está ausente una reflexión así, y casi no hay distinción entre revolución, socialismo y comunismo, y son escazas las referencias a las experiencias históricas previas, justamente cuando se propuso establecer el lugar de las morales en la historia.

 

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1. Ausente por más de 40 años el libro fue reeditado en Obras León Rozitchner. Todas las citas corresponden a esta edición: Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2012.

2. Ver Huracán sobre el Azúcar, Editorial Uno, Buenos Aires, 1960.

3. Ver “La revolución permanente en Cuba”, F. Aguirre – G. Dunga, revista Estrategia internacional 20, 2003.

4. Frente Revolucionario Democrático.

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