Señores de la vida y de la muerte

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SEGUNDA PARTE: LA SRA, APROPIADORES DE TIERRAS

 

MARCELO VALKO

Número 39, julio 2017.

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Continuando lo expuesto en el número anterior, haremos hincapié en un aspecto menos conocido de algunos miembros de la SRA que, pese a no tener “la prensa” de un Anchorena en el imaginario popular, fueron nítidos exponentes de su clase y tuvieron un rol preponderante en la construcción de un país para ser manejado por pocas manos.

 

Coleccionistas y coleccionados

A comienzos de 1880 los principales actores sociales se dedican a un coleccionismo que no guarda relación con los cánones de la historia del arte. El Ejército acumula miles de prisioneros indígenas; la Iglesia se apodera de sus almas y científicos como Francisco Moreno o Carlos Spegazzini acopian sus cráneos por centenares. Entre tanto, los artífices de la Sociedad Rural Argentina acaparan hectáreas y amontonan indiecitos como mandaderos y chinitas para todo servicio.

Aquí nos vamos a ocupar en principio de Antonio Cambaceres, tío de Hipólito Yrigoyen. Se trata de uno de los pilares del ala conservadora del Partido Autonomista Nacional fundado por Adolfo Alsina que instala en la Casa Rosada como sucesor de Roca, a Juárez Celman, cuñado del general. Cambaceres, hijo de uno de los saladeristas más importantes, supo diversificarse a tiempo, por eso lo encontramos como presidente de la campaña de suscripción de bonos en 1879 para adquirir tierras públicas (léase en poder de los indígenas), también es director del ferrocarril y del Banco de la Provincia de Buenos Aires. El 7 de febrero de 1887, con otros pares, funda la Unión Industrial Argentina. Pero por sobre todo, es un acaudalado estanciero y miembro de fuste de la SRA. Posee juntocon su hermano Eugenio, una estancia ubicada en Bragado llamada El Toro que es la luz de sus ojos, y a donde va a descansar cada vez que sus obligaciones lo permiten. Allí invita a sus amistades que permanecen largas temporadas durante las cuales aprovecha para realizar eventos muy comentados por el mundillo local. El casco de la estancia está amueblado en forma ostentosa con bronces de Barbedienne, tapicerías Beauvais y porcelanas Sévrès. Pero el Dr. Cambaceres tiene un antojo, padece una carencia que lo tiene inquieto, necesita un detalle verdaderamente exótico, algo que pudiera lucir con orgullo y deslumbrar a sus pares. Finalmente se le ocurre una idea brillante. Necesita un cacique vencido para que le cebe mate. Pero no cualquier cacique.

Antes que finalice 1878, caen en poder del Ejército miles de prisioneros entre los cuales se destacan varios de los principales caciques. Me interesa hacer foco en el ranquel Epugner (Epumer) Rosas. Su captura a manos del coronel Eduardo Racedo es un fenómeno periodístico y se convierte “en uno de los triunfos más valiosos y más importantes en el plan de la desocupación del desierto”. El feroz caudillo era una potencia del desierto o como resume Zeballos “Epugner Rosas es el principal trofeo de guerra de la jornada emperador de los ranqueles por algo parecido al derecho divino cuyos atributos en las dinastías indígenas son la fuerza, la criminalidad y la borrachera”.

El ranquel se había hecho “famoso” años antes debido a Una Excursión a los indios ranqueles de Lucio Mansilla que lo menciona en varios pasajes. Epugner era hermano del cacique Mariano Rosas, siendo además su general en campaña. Mansilla nos cuenta: “Epugner es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor y por su audacia”. Una vez detenido, es enviado junto a otros miles de prisioneros al gran Depósito de Indios de Martín García.

El senador Cambaceres ya tiene claro quién es el indicado para eclipsar a sus pares. Le solicita al presidente Julio Roca que le envíe a Epugner para decorar su estancia próxima a Bragado. Al general le parece una idea excelente. Tal es así, que le envía el ranquel a Cambaceres y manda a Pincen, también confinado en Martín García, a la estancia El Dorado que comparte con su hermano Ataliva Roca en cercanías de Junín. No será menos que Cambaceres.

Tras sobrevivir al hambre y a los malos tratos, Epugner también consigue escapar de la peste de viruela que hizo estragos entre los detenidos de la isla, hasta que una brumosa mañana de noviembre de 1882 un grupo de militares lo apremia para que reúna lo que queda de su familia y se presente sin tardanza en el puerto de la isla. Le comunican que había sido “liberado”. Sin comprender la decisión de los huincas, embarcan al ranquel y su gente en un lanchón. No saben exactamente que se proponen los militares. En el horizonte, pronto comienza a delinearse la silueta de la gran ciudad de los blancos. Ya en Buenos Aires, después de unas horas de espera en los muelles, aparece un grupo de carretas donde su familia logra acomodarse en medio de las bolsas de provisiones. Tras varias jornadas de marcha, Epugner llega a la estancia El Toro.

 

Nada es para siempre

Semanas después, lo conducen al casco del establecimiento. El patrón quiere conocerlo.Antes de comenzar a hablar, el Dr. Cambaceres lo contempla en silencio. Ese anciano encorvado y mal vestido, no es un simple indio de lanza, es un cacique de los más bravos y temibles, que supo tener varios cuerpos de Ejército en su persecución. El hacendado habla lentamente, le explica que a partir de ese momento es libre, claro que se trata de una libertad un tanto acotada o restringida, ya que debe permanecer como peón dentro de los alambrados de la estancia El Toro.

El cacique se encuentra enfermo de una dolencia pulmonar, probablemente tuberculosis, contraída en la isla. La derrota y la prisión lo envejecieron aceleradamente. Escucha con atención y algo comprende. El tiempo que lleva prisionero de los huincas le permitió acceder a un español básico. Sonríe agradecido. No tiene opción, e indudablemente El Toro es mejor que Martín García donde la constante humedad “le había arruinado los huesos”. La estancia es verde, inmensa, parece no tener límites, hay infinidad de caballos y vacas y también plantaciones. Además, dado su estado de salud, no es mucho lo que se le exige, a lo sumo presentarse ante el patrón cada vez que retorna a la estancia con algún visitante, cebar unos mates y responder a alguna que otra pregunta sobre la vida salvaje que llevaba en sus dominios de Leuvucó.

Cambaceres está satisfecho con su adquisición, después de movilizar sus múltiples influencias ya tiene el espécimen que deseaba, un cacique otrora temible, ahora vencido y servil en su estancia para envidia de sus amistades. Para desgracia de ambos no será por mucho tiempo. A fines de junio de 1884 La Tribuna Nacional, mediante una suerte de cuento de hadas, comunica la muerte de “este célebre cacique, destronado rey de la Pampa, que vivía tranquilo en la estancia que el señor Antonino Cambaceres tiene en el Bragado, rodeado de comodidades, libre de las penurias de su vida errante”.

 

La ciencia de la impunidad

Otro de estos conspicuos personajes de la SRA que no tiene la “prensa que merece” es indudablemente Estanislao Zeballos. Al igual que Cambaceres ocupará numerosos puestos públicos y privados. El joven ambicioso que comenzó como escribiente del director del Museo Público donde hereda la “pasión por la ciencia” que lo lleva a ser fundador de la Sociedad Científica Argentina y del Instituto Geográfico. Periodista del diario La Prensa se convierte luego en su director. Será diputado, senador, canciller, ministro plenipotenciario, Decano de la Facultad de Derecho, e incluso preside el Comité de Lucha contra la Langosta. Considerado experto en Derecho Internacional, será nuestro mediador en el conflicto limítrofe del noroeste con Brasil, obteniendo el extraño merito de perder absolutamente la totalidad del terreno en disputa, una rareza en tales diferendos, ya que no suele concederse el 100 % de la región en conflicto a uno de los países. Dueño de grandes campos, se convierte en presidente de la SRA durante dos períodos.

A los 24 años, ya diputado, escribe La Conquista de las 15.000 leguas libro que Julio Roca utiliza como publicidad para su campaña al Desierto, editado a expensas del Estado y que se distribuye entre los miembros del Congreso Nacional. Se trata de un texto que focaliza a los indios como el principal “problema” del país. Consolidado el exterminio, realiza una “excursión científica” tierra adentro de la que surge Viaje al país de los araucanos, donde nos deja una clara idea de la desolación dejada por las tropas en aquellos territorios. Además, su proverbial racismo queda plasmado sin empacho por su propia pluma en numerosas oportunidades: “Llegó hacia mí un indiecillo repugnante, de pequeña talla, pelo negro y cerdoso, semblante arrugado por más de setenta años de maldades y de robos”. Pero su inclusión en este trabajo obedece a una situación más grave que un típico desprecio compartido por el imaginario de su clase. Casualmente, también es el segundo mayor coleccionista de cráneos indígenas de la Argentina, solo superado por su amigo y competidor Francisco Moreno, con quien comparte otros hobbies como ser activos integrantes de Liga Patriótica Argentina.

Su personalidad siniestra sale a relucir una y otra vez. Cuando le presentan algún indio, más allá del fastidio que suele producirle, más que mirarlo a la cara, se dedica de manera ostensiva a observarle el cráneo. Su mirada tan codiciosa como penetrante, desviste al indígena de la piel y de los músculos faciales para realizar a ojo de buen cubero un estudio craneométrico: “había entrado un indio araucano puro, de hermosísimo tipo, cráneo envidiable para un museo…” En otra ocasión afirma: “Su voluminoso cráneo no ofrecía el tipo prominente del araucano, sino la fisonomía hibrida de las formas mal equilibradas del mestizo. Sangrienta y traidora la mirada, siempre fija en el suelo”. Pero si hay una actividad en la que se destaca y pone enorme entusiasmo, es la profanación de sepulturas para obtener sus preciados cráneos. Terminan en su poder las cabezas de los caciques Calfucura, Mariano Rosas y Gerenal entre otros tantos, que le serán muy envidiados por Moreno. “Hice excelentes colecciones…”, por lo demás siente desprecio por sus propios soldados que saquean tumbas apenas para buscar “en ellas plata labrada”. El joven Estanislao ni siquiera en los altos del camino abandona su cruzada craneal: “mientras hervía el puchero de yegua, resolví incursionar”. Los difuntos serán presa fácil del incansable “científico” que afirma “…los muertos fueron activamente perseguidos en sus tumbas de arena”.

Zeballos en todo momento deja presente un desprendimiento patriótico “conmovedor” donde augura un destino público para sus colecciones de cráneos y así documentar los signos de la inferioridad biológica de los indios:

Yo saqué el cráneo con seis vértebras lumbares. Es un cráneo de tipo araucano verdadero, por su forma grotesca, sin simetría… ofrecerlo más tarde al estudio de profesores, como un recuerdo valioso de mis peregrinaciones por el desierto de la patria (…) la ciencia exige que yo la sirva llevando los cráneos a los museos y laboratorios. La barbarie está maldita y no quedará en el desierto ni el despojo de sus muertos.

Sin embargo los integrantes de la expedición que están bajo su mando durante el largo periplo pampeano, no participan de semejante entusiasmo ni se convencen de la actividad del científico-profanador. La sarta de cráneos que cuelgan tintineando de los lomos de las mulas, les produce a todos “hondo desagrado, mezcla de superstición y horror” tal como lo acepta el mismo Estanislao que agrega: “Decían que todos íbamos a morir de viruela en castigo de la profanación que diariamente hacíamos. Cuando veían el cráneo con carne y pelo del cacique, sentían algo extraordinario y temían un suceso sobrenatural”.

Ciertamente Zeballos hizo todo cuanto estuvo a su alcance para cumplir su propia consigna de servir a la ciencia. En una de las fotografías que le tomó Arturo Mahile durante el Viaje al país de los araucanos, se lo ve en un descanso en Trarú Lavquen. La imagen lo muestra sentado, señalando un sector del mapa que sostiene y a punto de tomar un mate que le alcanza un diligente soldado de su escolta. A un costado, se observa un arcón del que sobresalen huesos y mandíbulas humanas. Sobre un tonel con las iniciales “E. Zeballos”, tres cráneos acomodados prolijamente, posan mirando al lente de la cámara de Mahile. No en vano consigna en su texto: “En Trarú Lavquen preparé dos cargueros de cráneos y objetos extraídos de los sepulcros araucanos que despaché para Carhué”.

 

Dios los cría…

Sin lugar a dudas, una de las mejores antiquites que recibe el hacendado Zeballos, tiene una historia bastante curiosa y que brinda una semblanza del imaginario de aquellos círculos. Cuando en 1878 el coronel Eduardo Racedo toma el santuario ranquelino de Leuvucó, el militar tiene 35 años. Es joven y desea avanzar rápidamente en el escalafón militar para consolidar una sólida posición social y lógicamente económica. Aunque el cacique Baigorrita había logrado escapar, la total desarticulación de los ranqueles coronada por la captura de Epugner Rosas lo catapultó en la prensa nacional. Dueño y señor de Leuvucó, al coronel no le costó gran esfuerzo ubicar los cementerios ranqueles y comenzar a recolectar cráneos a granel. Bien pronto ubicó y profanó la tumba de Mariano Rosas, el hermano de Epugner. Estanislao Zeballos que publicó en La Prensa semejante “descubrimiento” para la ciencia nacional, lo relató del siguiente modo: “[Racedo] mandó un día, por distraerse sin duda, a sacar de Leuvucó la correspondencia de Epugner y el esqueleto de Mariano Rosas”. De esa forma, para matar el tiempo, el militar se apoderó de los restos y del ajuar funerario. Estaba muy al tanto de que tales “antigüedades” se pagaban muy bien en el exterior. Desde tiempo atrás estaba en contacto con la Sociedad Antropológica de Berlín, pero en este caso, no acordaron abonar el exorbitante precio solicitado por el coronel. Circunstancia que ilustra, además, que cada jefe realmente era señor de los vivos y de los muertos que tomaba en el territorio y podía disponer de ellos a su arbitrio. Ofuscado contra los científicos extranjeros que no lograban valorar en su justa medida las reliquias nacionales, terminó obsequiando los restos de Mariano a su amigo Zeballos. Décadas más tarde, las múltiples ocupaciones públicas y del manejo de la SRA ya no le permitieron prestar la debida atención a sus colecciones antropológicas. En un gesto “altruista”, Zeballos termina donando la totalidad de sus piezas al Museo de Ciencias Naturales de La Plata dirigido por Francisco Moreno.

Mucho más podríamos agregar, pero supongo que con lo expuesto hasta aquí es suficiente al menos para advertir con fundamento, sobre el inescrupuloso accionar de los integrantes de la SRA no solo en lo que hace a la apropiación de los territorios de los pueblos originarios con fines meramente especulativos, sino en el trato inhumano brindado por sus miembros más prominentes a los indígenas, tanto en la vida como en la muerte.

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