Se vino el zurdaje

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EL FRENTE DE IZQUIERDA DESPUÉS DE ATLANTA

 

Número 35, noviembre-diciembre 2016.

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El acto realizado por el Frente de Izquierda el 19 de noviembre, que reunió más de 20 mil personas en el estadio de Atlanta, fue el primer evento de esta magnitud realizado en el país por fuerzas políticas anticapitalistas en casi 30 años. En estas páginas, Christian Castillo, Eduardo Grüner y Hernán Camarero ofrecen su mirada sobre el acto y su significación en el escenario político actual.

 

UN ACTO HISTÓRICO DE LA IZQUIERDA ANTICAPITALISTA

 

CHRISTIAN CASTILLO

Un estadio de Atlanta colmado con más de veinte mil personas. Luchadores y luchadoras del movimiento obrero, de la juventud, del movimiento de mujeres, de las organizaciones antirrepresivas… Las banderas rojas flameando por toda la cancha, en medio de la gran alegría de los participantes, que tenían conciencia de estar viviendo un hecho histórico. La Internacional al final cantada primero en una magistral versión lírica de los Artistas con el FIT y luego por todos los presentes con un entusiasmo desbordante. Para muchos de los presentes era su primera vez entonando el himno internacional de los trabajadores, dando continuidad a una tradición que supo recorrer los cinco continentes. Y que estamos seguros va a volver a hacerlo al calor de la crisis de un sistema capitalista que no tiene para ofrecer más que guerras reaccionarias, aumento de las desigualdades, precariedad laboral, campos de concentración para inmigrantes, racismo, xenofobia, machismo y hasta la amenaza misma de la continuidad de la vida en el planeta.

En el mundo no hay otro país donde se haya constituido un reagrupamiento político en defensa de la independencia política de los trabajadores con un programa antiimperialista y anticapitalista que pueda realizar un acto de esta envergadura. Por eso fueron muchos los que siguieron lo que pasaba en Atlanta por las redes sociales, ya sea mirándolo en vivo por La Izquierda Diario o luego viendo los videos con los discursos, que han sido subtitulados a distintos idiomas. Esta trascendencia internacional es un aspecto central, en momentos en que Donald Trump acaba de triunfar en Estados Unidos en un proceso electoral donde el descontento por izquierda que expresó el movimiento organizado en torno a Bernie Sanders, fue llevado en gran medida por este detrás de la guerrerista Hillary Clinton. El programa del FIT se contrapone claramente con distintas variantes neorreformistas que hemos visto emerger a nivel internacional, como Podemos en el Estado español o Syriza en Grecia. O incluso de variantes de menor envergadura nacional aunque con peso en algunas localidades importantes, como es el caso del PSOL de Brasil en Río de Janeiro con la reciente elección realizada por Marcelo Freixo a la intendencia de esa gran ciudad. También de todas las variantes del “progresismo” o “populismo” latinoamericano que dominó la escena política de la región en los últimos quince años, sobre cuyo fracaso se montan hoy nuevas y viejas variantes derechistas. En el caso de Grecia quedó demostrado cómo esa izquierda, que no se propone desterrar el capitalismo, cuando llega al gobierno termina aplicando los mismos ataques contra los trabajadores que hemos visto realizar a los partidos socialdemócratas tradicionales. El discurso de Nicolás del Caño en Atlanta marcó claramente cómo el programa del FIT, a diferencia de esa perspectiva, se propone luchar por un gobierno de trabajadores de ruptura con el capitalismo que, “expropiando a los expropiadores” (Marx), pueda conseguir que los avances tecnológicos no sean una amenaza contra los trabajadores sino un medio para reducir la jornada laboral y permitir el acceso de todos a la cultura, al arte, al esparcimiento. Es decir, señaló con claridad la perspectiva estratégica a desarrollar frente a la crisis capitalista en curso. Planteando que nuestra lucha no es solo por terminar con el capitalismo en nuestro país sino con el imperialismo en todo el mundo.

Un segundo aspecto a resaltar es que los más de veinte mil que estaban en Atlanta son la expresión más activa de un fenómeno más amplio, que se multiplica en las fábricas, hospitales, escuelas, oficinas y universidades. Gran parte de los presentes en el acto participan de las luchas por el salario y el empleo, en defensa de la educación pública gratuita, contra los femicidios, por el derecho al aborto legal y gratuito, en defensa de las gestiones obreras, contra el gatillo fácil de las policías “bravas”. Son parte de agrupaciones clasistas y antiburocráticas en sus lugares de trabajo, de una juventud militante en el movimiento estudiantil y el sector más consecuente del movimiento de mujeres. Desde su constitución en 2011 el FIT ha permitido el avance en la conciencia política de cientos de miles de trabajadores y jóvenes, que han dado su apoyo al FIT en diversas elecciones. En este sentido, tanto con las intervenciones cotidianas de su militancia como con la de sus referentes en las campañas electorales o los medios de comunicación, el FIT es sin duda un factor activo para ayudar a procesar la experiencia política de amplios sectores de masas con las fuerzas políticas burguesas, como son las distintas variantes del peronismo, y orientarlos hacia una perspectiva anticapitalista. En este proceso no ha sido menor la intervención de los diputados y legisladores del FIT, denunciando las prebendas de los políticos burgueses y estando presentes en las luchas obreras y populares.

Desde ya el FIT tiene límites: es una coalición política por la independencia política de los trabajadores y no un partido revolucionario. Esto no se debe al capricho de nadie sino a discrepancias reales existentes entre los partidos que lo componemos. La discusión y el debate de sus integrantes es parte constituyente del FIT. Pero, en todo caso, no se trata de comentar sobre estos límites (¿qué fenómeno no lo tiene?) o de lamentarse por aquellos sectores de izquierda que por diferir con el programa o por sectarismo han preferido marginarse de este proceso sino de luchar por la orientación que el FIT debe tener. Algunos de estos debates cruzaron los discursos del acto de Atlanta: la especificidad de los reclamos de las mujeres en el capitalismo; qué significa la táctica del frente único obrero; las tareas de los militantes revolucionarios en los sindicatos; privilegiar una orientación que haga eje en los debates internos o una expansiva para el FIT. Quien aquí escribe defiende, obviamente, las posiciones sostenidas por el PTS en estas discusiones a cuya elaboración ha contribuido. Entre otros aspectos un punto central que hemos planteado es el cuestionamiento a una política de tipo “corporativa” en el movimiento obrero, el “tradeunionismo” que cuestionaba Lenin en el ¿Qué Hacer?. Y esto en un triple sentido: en la defensa del conjunto de la clase obrera (como los tercerizados y otros sectores precarizados y los desocupados) y no solo de los sindicalizados; en levantar desde clase obrera las demandas del conjunto de los oprimidos (como los reclamos del movimiento de mujeres); y en plantear la fusión del movimiento obrero con la izquierda, desarrollando una militancia que sea tanto sindical como política, algo que sin duda la emergencia del FIT ha favorecido.

Los desafíos para el 2017 son múltiples. Posiblemente será un año donde se combinará la lucha de clases con el proceso electoral. Los pronósticos optimistas del gobierno de Macri se han visto hasta el momento desmentidos por la realidad, con una recesión que se continúa y las tan prometidas inversiones que nunca llegan. El famoso “segundo semestre”, en el que íbamos a ver la luz al final del túnel, ya se está terminando y los únicos resultados palpables tienen que ver con un empeoramiento de las condiciones de vida del pueblo trabajador, con más desempleo, caída de los salarios y aumento de los niveles de pobreza. Y con Trump en el gobierno las noticias que vienen desde el norte no son buenas para ninguna economía dependiente, como es la nuestra. El plan de mantener la situación en base al crecimiento del endeudamiento externo se vuelve cada vez más costoso y la Argentina ha tenido ya numerosos episodios que muestran en la catástrofe que esto termina. Además, con un año electoral arrancando, al gobierno se le hace cada vez más complicado lograr mayoría en el Congreso (algo que este año consiguió gracias al Frente Renovador de Massa en la Cámara de Diputados y al Frente Para la Victoria en la de Senadores), como quedó claro con el fracaso de la “reforma política”. La burocracia sindical, en tregua desde la asunción misma de Macri, está sufriendo un importante descrédito entre los trabajadores expresado en nuevas conquistas de los sectores combativos en el terreno sindical. En lo que hace a los sectores más precarizados y golpeados por la crisis, la combinación entre la contención practicada por los sectores alineados con el Vaticano y los fondos dispuestos por el gobierno como paliativo apuntan a frenar posibles estallidos decembrinos.

La acumulación de fuerzas que mostró el acto del Atlanta es un enorme capital político de la izquierda anticapitalista para intervenir en las luchas que se vienen y en la batalla por la conciencia política de millones que serán las próximas elecciones, especialmente en la Provincia de Buenos Aires, donde se concentra el 38 % del padrón nacional y están las principales concentraciones proletarias. El gobierno querrá lograr una victoria que le permita lograr legitimidad para nuevos ataques a los trabajadores. El peronismo querrá utilizar las elecciones para usufructuar la bronca popular y recomponerse de la derrota sufrida en el 2015. De nuestra parte, daremos la batalla en todos los terrenos para que el Frente de Izquierda se transforme en una fuerza “arrolladora e imparable” para que los trabajadores puedan arrancarle el poder a los capitalistas.

***

DE LA CANCHA AL PARTIDO

 

EDUARDO GRÜNER

Estaba, sí, el estadio desbordante, arriba y abajo. Y la marea de (limpísimos) “trapos rojos”. Los discursos encendidos sobre un palco ocupado por luchadores/as sociales de todo el país. Los cánticos, vítores, aplausos de una auténtica multitud. La gigantesca banderola homenajeando a Mariano Ferreyra. La conmovedora “firma” del coro cantando, en versión bien creativa, la Internacional.

Bienvenido sea todo eso. Hacía mucho que no se veía algo parecido en la Argentina. Mucho menos con ese nivel de –permítaseme decirlo así– espectáculo: es una palabra que –como decía Oscar Masotta de la palabra decadencia– hay que arrebatarle al enemigo, a la derecha, a la burguesía. Ésta celebra lo “espectacular” como una mera superficie brillosa, cáscara vacía, lustroso atractivo fetichizado de la mercancía. Esta era otra idea de “espectáculo”: la expresión visible de un contenido profundo, denso de luchas, cargado de ideas, de historia y de experiencias, apostando a revolver el presente para extraer de él las ruinas que construyan un futuro. Es algo, desde ya, que muchos/as hacen todos los días, incansablemente, sin que nadie los filme, los grabe, los registre, los relate en las primeras planas: esta vez, entre las muchas otras cosas que hicieron, se organizaron su propia fiesta, que no tiene por qué no ser un momento más del combate. Ese “espectáculo” es precisamente la contrapartida –la “negación dialéctica”, si se quiere decir así– de la decadencia de “ellos”. Siempre lo fue en la historia: es bueno que cada tanto se vea.

Dicho lo cual, debo confesar que me interesó aún más lo que sucedía por debajo de la entusiasmante visibilidad del “espectáculo”: los pequeños momentos “micro”, por así llamarlos, que cada cual detecta fragmentariamente y de distinta forma, según sus propias memorias o sensaciones, y que por lo tanto, supongo, serán diferentes para cada uno, como serán diferentes las preguntas que ese “cada uno” se hace por su significación o su sentido. Enumero sin orden ni jerarquías. Dos filas de asientos delante de mí, a mi misma altura, se sentaba Juan Carlos Coral, a quien hacía más de 40 años que no veía, desde su candidatura presidencial en 1973, por el PST (Partido Socialista de los Trabajadores), al cual yo pertenecía entonces. Mirando a mi alrededor, al menos hasta donde me alcanzaba la hipermetropía (o astigmatismo, nunca me acuerdo), muchos otros –Emilio, Aldo, el Gordo… uff, me olvido–, compañeros de militancia “de antes” a los que también había perdido de vista mucho antes de perder parte de mi vista. Sentado junto a mí, para mi estupefacta alegría, alguien –no doy su nombre, no le pedí permiso– que fue docente mío en la vieja Facultad de Filosofía y Letras, que revistaba en las llamadas “cátedras nacionales”, y que en mi conocimiento siempre siguió siendo peronista. ¿Una jornada de reencuentros, pues? Sí, claro, pero ¿qué más, puesto que esas presencias constituían, para mí, una cierta sorpresa? ¿Una señal –o más, un signo– de entusiasmos renovados, de “cambios de frente”, de interesarse, al menos de prestar atención, por esa bola de nieve roja que parece crecer? El tiempo dirá, por ahora registro la pregunta.

Y rodeando, o atravesando, todo eso, por supuesto, los rostros anónimos (quiero decir, cuyos nombres no conozco). Miles de rostros morenos y curtidos, “proletarios” en el sentido amplio pero estricto, que la pereza mental o el sesgo ideológico suelen asociar exclusivamente con el peronismo, y cuyas “cabecitas negras”, sin embargo, estaban protegidas del sol con gorros intensamente rojos. Los mejores, no pude evitar pensar. No porque sean obreros/as (esas atribuciones “ontológicas” se las dejo al berretismo social-populista), sino porque, aparte de sufrir la explotación más extrema –lo cual tampoco hace por sí mismo necesariamente “mejor” a nadie–, su posición de clase los obliga a implicarse en una doble lucha, allí donde los otros, en nuestra cotidianidad, solo tenemos que pensar en una: tienen que pensar en pelear no solamente contra la burguesía, sino contra la traición de los “dirigentes” surgidos de su propia clase, y que, como sabemos, “no se andan con chiquitas” (allí estaba, bajo la gran bandera roja, la memoria de Mariano para recordárnoslo). Tiene que ser muy duro, casi esquizofrénico. Pero su presencia en Atlanta servía para asegurarnos que lo hacen: porque es justo, y porque se sienten acompañados.

En definitiva, ¿por qué estaban ellos y ellas, a veces tan distintos entre sí, ahí, “en la cancha”? ¿Es solamente –como si fuera poca cosa– porque fue, por fin, un acto unitario? Es una cuestión delicada. La unidad, se sabe, por definición es en la diferencia (si todos fuéramos Uno, no haría falta bregar por ninguna “unidad”, y no habríamos ido al acto de un Frente, sino de un gran Partido). La unidad se levanta, inevitablemente, sobre el piso de esas disidencias. Algunas son perfectamente comprensibles, otras –al menos vistas desde una cierta distancia– pueden parecer a veces traídas de los pelos. En su conjunto, y sumadas a otras presumibles dificultades, habían tenido al FIT en estado de semi-“congelamiento” público durante el último año (que no fue un año cualquiera, no hace falta decir por qué), sumiéndonos a muchos en un vago “pesimismo de la inteligencia”. Era necesario devolverle presencia, y eso se logró, uno supone que con enormes esfuerzos. Los medios burgueses hablaron de un “relanzamiento” del Frente. No me gusta la palabra, con su connotación intencionadamente electoralista, que implica que el FIT es meramente otro frente de los existentes en el “sistema”. Pensando en voz alta, prefiero el término “re-anudamiento”, que indica un volver a anudar no solo las relaciones entre los partidos –ampliadas a otros agrupamientos, movimientos o incluso individuos que aceptamos su programa general y damos distintos niveles de “apoyo crítico”–, sino también un volver a anudar, cada vez más firmemente, el uso de la legalidad burguesa con la intervención decidida en la lucha de clases en “el llano”, siguiendo las más venerables tradiciones revolucionarias. Esto, desde luego, habrá que mostrarlo y demostrarlo en los hechos. Un acto no basta, aunque hay que darle todo su valor de puntapié inicial.

Como sea, sin duda la unidad (aunque por ahora fuera “en la acción” de Atlanta) ayudó notoriamente a la convocatoria y la visibilidad. Si se pudo hacer ese esfuerzo para el acto, es de esperar que se lo redoble para el futuro mediato. La creciente crisis del frente burgués –el más derechizado en más de 30 años de democracia formal– exige hacer cada vez más claro que la izquierda es la única alternativa, porque es la única auténtica diferencia. El gobierno, sumando un fracaso tras otro de su política económica, se debilita día a día, y ya habría entrado en terapia intensiva de no ser por la endeble “gobernabilidad” que le ha garantizado una falsa “oposición” (incluyendo ciertos sectores visibles del lánguido FpV). Pero incluso una buena parte de esos “colaboracionistas” ya están insinuando soltarle la mano, ante el riesgo de hundirse con el Titanic. Paradójicamente, el apoyo más fuerte que le queda al macrismo es la abyecta y mafiosa caterva de los burócratas sindicales, aunque también ellos cada vez más “apretados” por la presión de las bases. La agudización de la crisis mundial del capitalismo, que por ausencia de una real alternativa a la izquierda intenta “resolverse” hacia la extrema derecha, tampoco ayuda. Incluso el triunfo de Trump (o el probable de Le Pen en el futuro cercano) han acrecentado el desconcierto del elenco gobernante, que apostaba a la derecha “normal” del sistema internacional.

Cada vez más amplios sectores de nuestra sociedad van tomando conciencia, de manera “desigual y combinada”, de que se está entrando en un callejón sin salida. Está planteada para el FIT la tarea histórica de mostrar –aunque fuera en el horizonte– esa salida. Ya no se trata de “resistencia”, sino de “organizar el pesimismo” (como hubiera dicho Benjamin) para darle un contenido práctico de ofensiva anticapitalista y no solo antigubernamental. En los rostros morenos de Atlanta, así como en el interés de los “recuperados”, se empezó a ver esa voluntad. Ya se pidió cancha, hay que jugar el partido.

 ***

LA IZQUIERDA: PERSPECTIVAS Y DESAFÍOS

 

HERNÁN CAMARERO

El reciente acto del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) en el estadio de Atlanta representó un hecho progresivo en el contexto de la situación política general. ¿Cuál es mi balance y primera impresión del mismo? En su contenido, el encuentro expresó una reafirmación del clasismo y por la conformación de una alternativa política de independencia de clase, opuesta al gobierno y la oposición burguesa. También fue trascendente por la envergadura y la composición del evento, en la que se destacó la asistencia de miles de trabajadores de agrupaciones, comisiones internas y organismos sindicales antiburocráticos. Otro dato a destacar fue la marcada presencia estudiantil, juvenil y femenina, y desde la tribuna y los cánticos se levantaron las demandas por el derecho al aborto, contra el femicidio, el patriarcado y demás formas de opresión de las mujeres, así como de denuncia de la represión policial e institucional sufrida por los jóvenes y sectores populares. Más postergados, en cambio, quedaron los ejes referidos al programa, los objetivos y las tareas de la revolución socialista mundial y la necesidad de la reconstrucción de una nueva y gran internacional del marxismo revolucionario.

El evento permitió posicionar al contingente hoy más numeroso de la izquierda para enfrentar tanto al gobierno derechista de Macri, y de sus políticas de ajuste, despidos, rebaja salarial y de descarga de la crisis sobre las espaldas de los sectores populares, como de la falsa oposición patronal expresada por las distintas variantes del peronismo (“renovadores”, “pejotistas” y la expresión pretendidamente “progresista” del kirchnerismo residual), que aplica o colabora con esta misma orientación desde las gobernaciones provinciales y los acuerdos parlamentarios. Denunció con claridad el virtual pacto de paz social que la dirección cegetista firmó con el gobierno. Cuestionó el papel entregador de las luchas y de garante del control de los trabajadores por parte de las distintas alas de la burocracia sindical, sin por ello negar la necesidad del frente único con las bases y los cuadros dispuestos a confrontar con las políticas capitalistas. Esas banderas se hicieron más creíbles con algunos de los referentes de esos combates antiburocráticos, tanto en su rol de oradores, como en su presencia en el resto del palco. Hubo un correcto señalamiento de la crisis capitalista mundial, que tiende a incrementar los niveles de explotación, desocupación, deterioro ambiental y catástrofes humanitarias (como la de los inmigrantes que mueren o son acantonados en las puertas del Primer Mundo); y también de los modos como este régimen social responde a través de giros derechistas, xenófobos y de demagogia populista proteccionista, como se canalizaron en los votos a Trump, al Brexit en Gran Bretaña o en el crecimiento del Frente Nacional y de otros movimientos reaccionarios en Europa.

En la historia del movimiento obrero y la izquierda este tipo de grandes actos públicos siempre cumplió una función constructiva. Posibilita el recuento de efectivos (potenciando la voz colectiva de los distintos agrupamientos) y permite mostrar su peso como fuerza social y política, como un modo de convertirse en polo de atracción a los explotados. En la Argentina hay una rica tradición en este sentido, iniciada con las primeras concentraciones de anarquistas y socialistas desde fines del siglo XIX, continuada con las grandes marchas y actos de los comunistas de los veinte y treinta, retomada con la emergencia del clasismo y la izquierda revolucionaria en los sesenta y setenta, y recuperada en un nuevo impulso con los actos organizados especialmente por el trotskismo desde los ochenta (sobre todo, por el MAS). Hacía más de un cuarto de siglo que no se ocupaba un estadio de fútbol, aunque en compensación la izquierda clasista viene recuperando la Plaza de Mayo para sus actos del 1.° de Mayo, tras el abandono peronista. Incluso en su ritualismo, estas concentraciones aportan a una construcción identitaria. En un contexto internacional de licuación o indiferenciación (cuando no de capitulación) de la izquierda, cumple un papel incluso educativo y propagandístico la compacta reunión de miles de militantes y simpatizantes bajo los símbolos de la bandera roja y las estrofas de La Internacional.

El escenario indica la tendencia a la irresolución de la crisis capitalista mundial, más allá de ciertos ciclos de estabilización o crecimiento, incrementándose los fenómenos de miseria, colapso ecológico y degradación de las formas de existencia de las masas y de organización de la vida política, social y cultural. Las posibilidades de la izquierda para canalizar el antagonismo a este régimen social son claras, a condición de que ejerza una crítica radical de lo existente, disponga de un programa de transformación total y proponga una práctica revolucionaria conforme a una estrategia ordenada por el objetivo de la autorganización consciente de los explotados. Ello implica una tarea multidimensional: teórica y práctica, de lucha y de organización, de agitación y de propaganda. Forjar el sujeto político revolucionario, contribuir a la organización de los trabajadores y de la vanguardia en todos sus combates, intervenir en la arena político-institucional con un programa coherente y bien fundado que enhebre las luchas ligadas a las necesidades inmediatas con los intereses históricos de la clase obrera mundial. Recuperar el socialismo como horizonte deseable de transformación, tras la nefasta experiencia de los regímenes burocráticos estalinistas o de sus deformaciones caricaturescas de la socialdemocracia o el nacionalismo burgués. Hacer comprender que no es un recetario de cambios graduales y parciales del capitalismo ni un estatismo que anule las posibilidades e iniciativas de autoactividad de las masas.

El FIT ha realizado un importante acto. En mi humilde opinión, lo debería capitalizar como un insumo para encarar los desafíos pendientes, intentando superar las limitaciones existentes. El proceso de reagrupamiento de la izquierda revolucionaria y socialista no puede constreñirse a un acuerdo electoral, afortunadamente continuado (muchas veces, pareciera ser por circunstancias externas o forzadas), aunque infelizmente sobre la base de una sobrevivencia precaria y convulsiva. Siguen habiendo sectores a incorporar, y miles de posibles militantes y simpatizantes que no encontraron allí una oportunidad, ante la inexistencia de comités de base independientes, pautas claras para el funcionamientos de agrupamientos voluntariamente conformados, reglas de organización o instancias de dirección del frente asumidas e informadas públicamente. Se hace necesaria una más profunda confluencia de la izquierda revolucionaria, siempre a partir de la asunción de un programa y una estrategia anticapitalista, socialista y de lucha de clases, no parlamentarista. Un reagrupamiento que asuma el reto de la acción política común en el momento de recolectar los votos y asumir las representaciones legislativas, pero sobre todo para organizar la lucha, fusionar a la vanguardia, expandir y profundizar la elaboración teórico-programática. No es conveniente coincidir sólo para firmar un par de declaraciones comunes, mientras se dispersa la fuerza en listas rivales incluso cuando se trata de enfrentar a la burocracia en los sindicatos. Habría que evitar la repetición de querellas fincadas en asuntos meramente tácticos y por la preservación simbólica de los contornos partidarios, para dar paso a un nuevo momento de confluencia y debate, en donde todo quede supeditado al mejor modo de comprender las derivas del capitalismo y los caminos para abatirlo, actuando en la lucha de clases para orientar la lucha por el socialismo.

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